Mis escenas favoritas: El gran Lebowski (The Big Lebowski, Joel & Ethan Coen, 1998)

Uno de los grandes momentos de esta negrísima comedia de culto dirigida por los hermanos Coen. El Nota (Jeff Bridges), uno de los grandes personajes del cine de fin de siglo, impregnado, literalmente, de amistad.

El extraño caso de un estupendo western neozelandés: Slow West (John Maclean, 2015)

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Australia tiene su propia tradición western, erigida en torno a figuras como Ned Kelly, ampliamente recogida en su cine y su televisión. Más extraordinario resulta encontrar westerns coproducidos por Gran Bretaña y Nueva Zelanda, en los que los maravillosos paisajes de este último país simulen representar las inacabables praderas y las espesuras boscosas del estado de Colorado. Slow west deviene, por tanto, en proyecto insólito ya desde su concepción; también por la condición de quien lo dirige, John Maclean, músico recovertido en director de cine que debuta nada menos que con una del Oeste que no está filmada en el genuino Oeste. Finalmente, porque la película apela al universo clásico del género dotándolo de un generoso toque escocés, de referencias a los hermanos Coen en determinados aspectos humorísticos y en la conformación de ciertas situaciones, en particular, en la definición entre pintoresca y estrambótica de algunos personajes secundarios, y porque consigue elevar la originalidad del conjunto sobre la, a priori, planicie inicial del guion. Un western brevísimo (escasos ochenta minutos) que, como el buen cine, cuenta muchísimo con muy poco.

El joven e imberbe Jay (Kodi Smit-McPhee), vástago de la aristocracia escocesa, viaja desde Escocia al territorio de Colorado tras los pasos de su amada Rose Ross (Caren Pistorius), una plebeya, hija de granjeros, es decir, de clase inferior, que no responde exactamente a sus anhelos con sentimientos de la misma naturaleza e intensidad. El idealismo romántico tira de él, y se reconvierte en entusiasta exploración a la busca de la amada que conlleva la ignorancia de todos los peligros y la minimización de los riesgos. Jay se libra de una situación peliaguda gracias a la intervención del dudoso Silas (Michael Fassbender), especie de cuatrero, bandido, cazador de recompensas y antiguo atracador de bancos, todo en uno, que por cincuenta pavos se ofrece a llevarlo donde reside su querida Rose. Lo que Jay no sabe es que Rose y su padre están en busca y captura por un hecho criminal (fortuito, eso sí; de eso sabe mucho el propio Jay, ya que tiene que ver con su misma familia…), que andan tras ellos todos los cazadores de hombres del país, incluidos un pintoresco matón disfrazado de predicador y toda la vieja banda criminal a la que Silas perteneció, compuesta por tipos de lo más verborreicos y particulares. En el tránsito hacia su destino, Jay y Silas sortean peligros derivados de la presencia de estos competidores, de los ataques indios, de los pequeños buscavidas que pueblan la región y de los rigores climáticos (fríos vientos y lluvias torrenciales), mientras van a acercándose a un desenlace que, en una película construida sobre la suma de pequeños minimalismos que constrastan con la majestuosidad de los exteriores, alcanza cotas de épica y lírica de la violencia que aluden directamente a Sam Peckinpah.

Breves flashbacks que narran lo acontecido en el pasado escocés de Rose y Jay puntean una narración lineal muy sostenida, incluso morosa, que conduce pausadamente al turbulento tiroteo final. Un buen puñado de hallazgos visuales y un desenlace absolutamente inesperado pero perfectamente contado, en lo explícito y en lo implícito, subrayan la extraordinaria madurez formal de un conjunto más cerebral que apasionado, que bebe sobre todo del western de los setenta (Arthur Penn, Michael Cimino, Richard Brooks o Monte Hellman), aunque no se olvida de los Coen ni de Jim Jarmusch, pero que despunta por su originalidad dentro de un género demasiado tendente al lugar común. Continuar leyendo “El extraño caso de un estupendo western neozelandés: Slow West (John Maclean, 2015)”

Música para una banda sonora vital: A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis, Joel Coen y Ethan Coen, 2013)

Justin Timberlake, Oscar Isaac y Adam Driver interpretan Mr. Kennedy, canción tirando a ridícula que ilustra el espinoso tema del músico que debe participar en la grabación de auténticas porquerías para sobrevivir económicamente, en esta emotiva película sobre los circuitos de música folk del Nueva York de 1961. Melancólica, agridulce y amarga, de altibajos emocionales constantes, también está poblada por esos secundarios chiflados y excéntricos tan queridos por los hermanos Coen.

Música para una banda sonora vital: Fargo (Joel Coen, 1996)

Espléndido tema de Carter Burwell para esta excepcional obra de los hermanos Coen, Joel y Ethan, tan minimalista y majestuosa como el omnipresente blanco del invierno de Dakota.

Buffalo Bill y los indios (Buffalo Bill and the Indians, or Sitting Bull’s History lesson, Robert Altman, 1976)

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Nada mejor para desmitificar el western que convertirlo en un circo. Dentro del Nuevo Hollywood del periodo 1967-1980, durante el que parecía que el cine americano podría ir por otros derroteros, el western crepuscular, la senda abierta por John Ford y Sam Peckinpah en 1962 y continuada, además de por el propio Peckinpah, por cineastas como Blake Edwards, Robert Altman, Arthur Penn, Richard Brooks, Ralph Nelson, Don Siegel, Walter Hill, Michael Cimino, Clint Eastwood o incluso los hermanos Coen, ocupa un capítulo central. El género puramente norteamericano por antonomasia, aquel que provocó que la industria del cine se instalara en Hollywood, la esencia misma del alma de América y de la expresión artística más popular del siglo XX, abiertamente en crisis desde finales de los años cincuenta, se miraba en el espejo para deconstruirse a la vista de un público que ya no se reconocía en el Oeste de dentaduras limpias y camisas planchadas de los tiempos clásicos, que después de Leone quería pelos largos, botas sucias, guardapolvos mugrientos, salpicaduras de sangre y, cosa no menor, una historia más respetuosa con los auténticos acontecimientos que significaron la conquista del Oeste, el Destino Manifiesto de los Estados Unidos en la construcción de su imperio hasta el Pacífico y más allá, en especial en lo que respecta a los indios. A esta circunstancia se añadía otra de tanta o mayor importancia: en tiempos de convulsión política (los asesinatos de los Kennedy y de Martin Luther King, la lucha por los derechos civiles, el terremoto del 68, la Guerra Fría, Cuba, Vietnam, el Watergate, la caída de Nixon…), los cineastas críticos, aquellos que deseaban cuestionar el modo de vida americano, mostrar las vergüenzas de un sistema injusto e hipócrita, encontraron en el western el vehículo a través del que hacer mofa del presunto ideal de América vendido por la mitología nacional, el supuesto sueño americano, un American way of life que era tan falso como las películas de pueblos y ciudades de cartón piedra de los primigenios tiempos del cine. Muchos cineastas utilizaron el género más americano de todos precisamente para, desmontándolo, reubicándolo, reinventándolo, dotándolo de nuevas estéticas, perspectivas y puntos de vista, revelar las falacias de una sociedad complaciente, pagada de sí misma, súbitamente traumatizada por su derrota en Asia y por el descubrimiento de la inmundicia política en la que se hallaba inmersa (y en la que sigue).

Nada mejor para desmitificar el western, y con él América, que acudir a un auténtico circo del western y a uno de sus héroes más célebres y al tiempo el más autoparódico, Buffalo Bill, el legendario explorador del ejército, cazador de búfalos, jinete del Pony Express, asesino de indios y empresario del espectáculo que en torno a 1885 fundó un circo con números basados en episodios más o menos inventados, supuestos sucesos ocurridos en el viejo Oeste y toda la esperada ristra de tópicos (asaltos a diligencias, estampidas de búfados, combates con los indios, pruebas de puntería, habilidades en la monta o con el lazo, guía y captura de ganado, doma de caballos, etc.) y recorrer con él los Estados Unidos y algunas ciudades europeas (hermosísima la historia del guerrero indio fallecido repentinamente y enterrado en París). Precisamente el año del bicentenario de la Declaración de Independencia, Robert Altman, que ya había sorprendido un lustro antes con un western nevado y hermosamente fotografiado por Vilmos Zsigmond, Los vividores (McCabe & Mrs. Miller, 1971), regresa al género para acercarse a la figura de William F. Cody y reescribir la iconografía del Oeste caricaturizando a uno de sus mitos.

Basada en una obra de teatro de Arthur Kopit, y situada en un único escenario (el circo y sus instalaciones, públicas y privadas, durante los ensayos y las funciones), la película muestra en tono sarcástico el negocio del espectáculo erigido en torno a Buffalo Bill Cody (Paul Newman), y el proceso de negociación y diseño del que planea que sea su número estrella, la participación de Toro Sentado (Frank Kaquitts), en lo que sin duda pretende ser una puesta en evidencia del sometimiento del fiero guerrero sioux a la autoridad, primero del gran héroe del Oeste, y después a la raza blanca y al gobierno de los Estados Unidos. El Cody que nos presenta Altman y que Paul Newman interpreta a la perfección, no es ni mucho menos el hombre de acción valiente y resolutivo de los relatos por entregas, sino un fanfarrón con bastantes pocas luces, chabacano, mujeriego, borrachín y ególatra, que se reserva para sí, la única estrella, la gloria de los mejores momentos de los números de su circo. Al pretender hacer lo mismo con Toro Sentado, convertirlo en mera comparsa para su egocéntrico teatro de sí mismo, y dar por hecho, con toda su soberbia, que su “superior” inteligencia blanca hará lo que quiera con el palurdo aunque valiente viejo guerrero, Cody se enfrenta sin embargo a un adversario formidable, cauto, astuto, sagaz y lúcido, que una vez tras otra le lleva la contraria con éxito y burla los intentos de Cody para ridiculizarle o concederle un mero lugar subsidiario, residual. Buffalo Bill se ve así vencido una y otra vez por un hombre mucho más inteligente y auténtico, que no hace propaganda de su propia fachada, que acepta el circo como forma de supervivencia, que comprende que sus antiguas batallas están perdidas, pero que se niega a perder la dignidad ante sus vencedores, que sin embargo carecen de todo atisbo de vergüenza. Continuar leyendo “Buffalo Bill y los indios (Buffalo Bill and the Indians, or Sitting Bull’s History lesson, Robert Altman, 1976)”

Electroletras: La larga despedida del western

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En Electroletras, el programa de TEA FM, hablamos del ‘final’ del western como género. De películas que desde principios de los años sesenta hasta bien entrado el siglo XXI parecen erigirse en despedidas definitivas de un género que es consustancial a la existencia de Hollywood y, por lo tanto, a la historia del cine, pero que nunca termina de marcharse del todo: Sam Peckinpah, John Ford, Paul Newman y Robert Redford, Ben Johnson y Peter Bogdanovich, John Wayne y Don Siegel, Clint Eastwood y los hermanos Coen…

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Infierno Hollywood – Barton Fink (Joel Coen, 1991)

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Brillante y sarcástica, surrealista y tenebrosa, mordaz y descacharrante, tan crítica e irreverente con el Hollywood dorado como perdidamente enamorada de él, Barton Fink (1991) es otra de las joyas cinematográficas de ese par de hermanos llamados Joel y Ethan Coen: todo en la película respira cine, en el fondo y en la forma; su argumento late al ritmo de una impagable galería de personajes surgidos de su excéntrica y sugerente factoría creativa.

La acción transcurre en 1941. Barton Fink (John Turturro, premiado en Cannes por su interpretación), la nueva promesa del teatro americano, un autor que busca conectar el teatro con la realidad social de América, es contratado después de las excelentes críticas de su última obra neoyorquina para escribir películas en los estudios Capitol, dirigidos por el magnate Jack Lipnick (Michael Lerner, nominado al Óscar a la mejor interpretación de reparto), hombre enérgico, priosionero de su hiperactividad tanto como de su verborrea y su retórica. Recién aterrizado en Hollywood, se aloja en el hotel Earle, un edificio antiguo y decadente que lo mantiene alejado de los lujos y las tentaciones de la vida social del cine y en el que espera encontrar la concentración necesaria para trabajar. El poco interesante panorama laboral (el objeto de su contrato es la escritura de películas del subgénero de lucha libre para el actor Wallace Beery) y su desencanto vital (no tardamos en descubrir que es un hombre volcado en su profesión, esto es, apartado de las mujeres y con las únicas amistades que le procura su actividad teatral) le provocan un bloqueo creativo y una agobiante soledad sólo rota por las efusiones románticas de sus vecinos de habitación, las manchas de humedad de paredes y techo, el retrato de una mujer en traje de baño observando el mar que cuelga de su habitación y, sobre todo, el ruido proveniente de la habitación de al lado. Sus quejas le permiten conocer a Charlie (John Goodman, inmenso en todos los sentidos), un vendedor de seguros que resulta ser la única compañía cálida que Barton encuentra en su aventura californiana.

Los Coen reflejan esa edad dorada de Hollywood a través de su prisma distorsionado, del continuo cruce entre el asombro, el humor y el patetismo. De entrada, tenemos al celebrado autor del Este reclutado por los grandes estudios, personificado tanto en el propio Fink, digamos el “antes” (con una estética próxima a la estrella del cine mudo Harold Lloyd), y en el escritor W. P. Mayhew (John Mahoney), el “después”, una de esas glorias de las letras americanas consumidas por el alcohol y la demencia y que atesoran una personalidad al tiempo fascinante, frágil e irritante, en la línea de los Faulkner, Scott Fitzgerald y compañía, un tipo cuyas últimas y exitosas obras las ha terminado escribiendo su mujer (Judy Davis). Por otro lado, Lipnick ejerce de productor total a lo Thalberg, Selznick, Zanuck o Goldwyn, Continuar leyendo “Infierno Hollywood – Barton Fink (Joel Coen, 1991)”