La primera víctima de una guerra es… la mujer: Corazones de hierro (Casualties of war, Brian De Palma, 1989)

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Basada en un hecho real convertido en guión por David Rabe, Corazones de hierro (Casualties of war, 1989) es una de las mejores películas de Brian De Palma. Calificado por muchos en sus inicios, y con motivos, como vulgar imitador-plagiador de Hitchcock (hoy a lo suyo lo llamarían “homenajes”, ¿verdad Quentin?), en su aproximación a la guerra de Vietnam logra dar una visión global del conflicto a través del relato del crimen particular cometido en la persona de una muchacha vietnamita por una compañía de soldados americanos al tiempo que, sin excusar su comportamiento sino limitándose a exponerlo y explicarlo, realiza un alegato acerca de la alienación embrutecedora y del terrible salvajismo que condicionan al ser humano bajo las tensiones y los horrores de la guerra. Una película antibelicista, por tanto (en la tradición de lo mejor del género bélico), que habla de moral pero también de justicia y de los deseables límites a la legitimación de la violencia incluso en un conflicto armado.

El soldado Eriksson (Michael J. Fox en su mejor papel, alejado por completo del eterno teenager de sus personajes de los ochenta) lleva apenas seis meses incorporado a la compañía que dirige de facto el sargento Meserve (Sean Penn), hombre joven pero muy experimentado, carismático, enérgico, admirado, respetado y temido por sus hombre, un soldado profesional perfecto conocedor de su cometido, de sus hombres y del funcionamiento de las cosas en su lucha contra el Vietcong, un hombre digno de toda confianza que sin embargo vive ocasionales episodios de desquiciamiento y de relajación en la observancia de las ordenanzas militares, de la disciplina o, simplemente, de la más estricta educación entre personas adultas. Por eso mismo, por su condición de niño grande pero también de soldado experto, no solo despierta la obediencia instintiva de sus hombres sino también su empatía, su identificación automática con su manera de ser y de vivir la guerra. En ese punto, desde luego se ha ganado a sus hombres mucho más que el teniente Reilly (Ving Rhames), al que no se suele ver mucho junto a los soldados, y cuyas acciones en el frente no destacan por ser las más inspiradas. El ascendiente personal, moral y militar que Meserve impone a sus hombres hace que sus decisiones, sus planes y sus opiniones no se cuestionen, ni siquiera cuando se apartan de la línea oficial o de las órdenes recibidas. Por eso, cuando a causa de una ofensiva sorpresa del Vietcong son restringidos los permisos en la base y se ven privados de una noche de fiesta, sexo, drogas y alcohol en la ciudad más próxima, Meserve improvisa un desquite de emergencia: a la mañana siguiente, de camino al punto del frente cuya patrulla se les ha asignado, se desviarán ligeramente para pasar por una aldea y llevarse a la muchacha más atractiva para su gozo y entretenimiento por turnos. Es decir, que Meserve planifica la violación colectiva de una inocente como parte de las acciones de su pelotón en el frente en su lucha contra el Vietcong. Aunque no cree que Meserve hable en serio, Eriksson asiste incrédulo al desvío en la ruta, la ocupación momentánea de la aldea y a la selección de la muchacha en cuestión. Solo cuando la violación va a consumarse se rebela contra Meserve y sus compañeros, cuya animadversión, que ya venía precedida de lejos por su supuesta debilidad en las acciones de combate, despierta y agranda cuando piensa en denunciar el hecho ante sus superiores, que sin embargo relativizan lo sucedido y le aconsejan olvidarlo todo. Desasistido por las autoridades militares y rechazado y amenazado por sus compañeros, atentado incluido, Eriksson se encuentra tan en peligro entre sus camaradas de armas como en la jungla frente al Vietcong.

De Palma construye un filme de grandiosa estética cuando de reflejar la guerra se trata (abundancia de planos aéreos, sobrada dotación de medios materiales: helicópteros, vehículos militares, aviones de combate, reconstrucción de un populoso campamento…) pero al tiempo intimista cuando aproxima la cámara a los personajes e intenta reflejar sus emociones y contradicciones, o cuando muestra la horrible crudeza del crimen sobre el que se sostiene el argumento y las distintas reacciones de los culpables. Una película con aspecto de gran producción, adscrita a la grandilocuencia visual del cine comercial made in Hollywood pero con un soberbio trabajo de planificación en las distancias cortas. No obstante, donde destaca la labor de dirección es en el manejo de los tiempos. Desde la presentación de los personajes y su descripción en los primeros lances bélicos (la noche en que Eriksson es rescatado por Meserve de una muerte segura) al dominio del suspense a medida que se va fraguando y ejecutando el crimen, además de su postergada conclusión en plena batalla y de las consecuencias posteriores del acto una vez que el pelotón ha regresado a la protección de su base, todo resulta medido y equilibrado en un filme cuyos 113 minutos descansan en un fragmento concreto que podría contarse en un periodo relativamente corto. De Palma dedica igualmente a diseccionar a sus personajes (memorable el brutal monólogo de Sean Penn, que escupe odio, delirio y desesperación a partes iguales), perfectamente encarnados por Penn y Fox bien secundados por ilustres como John C. Reilly o John Leguizamo, y en especial el repulsivo Don Harvey. Continuar leyendo “La primera víctima de una guerra es… la mujer: Corazones de hierro (Casualties of war, Brian De Palma, 1989)”

Electroletras: periodistas en territorio comanche

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En Electroletras, el programa de TEA FM, charlamos de películas que tienen como protagonistas a periodistas destacados en zonas de conflicto: la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial o la Indochina justamente anterior a la guerra de Vietnam, la Indonesia de Sukarno, la Nicaragua de Somoza, la guerra civil de El Salvador, la devolución de Hong Kong… Directores como Hitchcock, Mankiewicz, Phillip Noyce, Peter Weir, Roger Spottiswoode, Oliver Stone, Wayne Wang… Intérpretes como Joel McCrea, Michael Redgrave, Audie Murphy, Michael Caine, Mel Gibson, Sigourney Weaver, Gene Hackman, Nick Nolte, Joanna Cassidy, James Woods, Jeremy Irons, Gong Li…

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Esos locos maravillosos (III): El carnicero (Le boucher, Claude Chabrol, 1969)

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Es lugar común afirmar que Claude Chabrol es el cineasta francés que más y mejor ha profundizado en las miserias de la burguesía, que más ha contribuido a destapar y analizar, con la quirúrgica precisión de un microscopio teñido de un mordaz sentido de la ironía, la hipocresía, el conformismo y la doble moral de toda una clase social. Sin embargo, con El carnicero (Le boucher, 1969), Chabrol da un paso más y, en plena resaca del mayo francés, atrapa buena parte del batiburrillo ideológico de aquel tiempo para elaborar una trama que excede el mero convencionalismo de la lucha entre el bien y el mal para ofrecernos lo aparentemente imposible, lo que solo el cine es capaz de aunar: la historia de amor entre el bien y el mal, entre la mente y el impulso irracional, entre el cerebro y la carne bañada en sangre. La confluencia del cine criminal con el cine romántico.

En una pequeña localidad del Périgord, la vida es tranquila, sin complicaciones. Las mañanas soleadas de la primavera transcurren en paz y armonía, los niños cantan sus lecciones en el colegio, las gentes compran en las pequeñas tiendas, llevan sus tractores al campo o acuden a sus trabajos, y en las tardes los chavales juegan bajo las últimas horas de luz, en las casas se prepara la cena y las parejas pasean por las plazas, los parques o por la carretera. En resumen, la vida sigue su curso normal, salpicada de pequeños eventos, como las bodas, que ayudan a romper la monotonía del devenir de los días simétricos. Es en una boda donde coinciden Popaul (Jean Yanne), el hijo del carnicero del pueblo, que ha retornado al negocio tras pasar quince años ejerciendo el oficio en las campañas militares de Indochina y Argelia, y Hélène (Stéphane Audran, premiada como mejor actriz en San Sebastián aquel año), la directora de la escuela, una parisina que lleva diez años ejerciendo allí como profesora. La alegría, el clima apacible, el sencillo discurrir del tiempo… Solo dos cosas parecen alterar la placidez de las horas de sol: mientras los niños chillan y corren o la gente camina de un lado para otro, algún que otro coche o furgón policial cruza esta o aquella calle o desaparece por la carretera; por otro lado, la inquietante música de Pierre Jansen que acompaña las imágenes anuncia que algo no termina de ir bien, que bajo esa capa de calma cotidiana y vida costumbrista de una sociedad eminentemente agrícola hay un volcán en ebullición, una tormenta que amenaza con cubrir el cielo y descargar toda su potencia. En ese marco de paraíso esencial y amenaza inminente es donde Chabrol sitúa el amor inconcluso, imposible, entre una profesora y un asesino múltiple.

Bajo un disfraz de intriga policial que no es tal (las implicaciones criminales para la pareja protagonista no surgen hasta que se comete el segundo asesinato), Chabrol edifica una relación que se cuece a fuego lento. Ambos provienen de pasados atormentados, de decepciones profundas: ella acabó pidiendo destino en ese pueblo huyendo de un desengaño amoroso (aunque conserva hábitos de gran ciudad que chocan con las costumbres locales, como fumar en la calle); en las palabras de él, como un mantra recurrente, el relato de cuánta sangre y cuántos muertos ha visto en la guerra, de cómo se contaban por montones sin nombre, sin siquiera número. Extraños en el paraíso, alguna clase de fuerza motriz, de gravedad planetaria, de magnetismo de opuestos, les obliga a frecuentarse, a fingir la ilusión de que esta atracción de contrarios puede terminar en fusión. Continuar leyendo “Esos locos maravillosos (III): El carnicero (Le boucher, Claude Chabrol, 1969)”

Amor en caída libre: Un beso antes de morir (A kiss before dying, 1956)

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Ya sea por el original dirigido por Gerd Oswald en 1956, ya por el remake de los noventa protagonizado por Matt Dillon, el momento cumbre de Un beso antes de morir / Bésame antes de morir (A kiss before dying), es bien conocido: el joven guaperas y romántico besa a su chica en la azotea de un alto edificio administrativo justo antes de darle un empujón para que descienda en picado y se haga tortilla contra el asfalto. Y es que Bud Corliss, un muchacho apuesto, encantador, educado, estudiante de español e hijo devoto de su madre, es una caja llena de sorpresas, casi todas malas. Bajo esa fachada de chico sensible y sensato, apto para ser adorado por las abuelas de sus novias, se esconde una mente ambiciosa y calculadora que no deja de maquinar procedimientos para alcanzar aquello que constituye su máxima aspiración: dinero, mucho dinero, montañas de dinero, y una vida de lujos, comodidades y excesos en ambientes exclusivos. Para ello no escatima en medios; ni siquiera le hace ascos al crimen, cuya naturaleza explora en múltiples vertientes…

Basada en una novela de Ira Levin (autor también de La semilla del diabloLos niños del Brasil, ambas llevadas al cine en las décadas siguientes), los 91 minutos de la película de Oswald contienen dos partes bien diferenciadas, tanto por el pulso y la intensidad del relato como por la calidad final del conjunto. La película nos mete de lleno en la acción: en un dormitorio de estudiantes universitarios, Dorothy ‘Dorie’ Kingship (Joanne Woodward) se sincera con su novio, Bud (Robert Wagner) antes de llevar a cabo su proyecto de una boda clandestina. Dorie confiesa a Bud que, a pesar de las apariencias, ella no tiene dinero, y que la fortuna de su padre proviene de la herencia recibida de su primera esposa, a la que heredó a su muerte, y que el capital íntegro pasará a manos de su hermanastra, Ellen (Virginia Leith). Eso, por supuesto, no afecta para nada al amor que Bud siente por ella, y tras los consiguientes arrumacos y besuqueos, deciden seguir adelante con sus planes. Sobre el papel, claro, porque a Bud el noviazgo ya no le sale rentable, y decide por su cuenta cortarlo de raíz. Astuto y manipulador, ha conseguido mantener en secreto su noviazgo con Dorie, de modo que deshacerse de ella puede salirle gratis: no hay nadie que pueda relacionarlos, por lo que cualquier investigación criminal pasará de largo ante él. Después de conseguir, a través de una traducción del español, que Dorie le escriba de su propia mano una nota de suicidio, y de un primer intento con veneno que fracasa, opta sobre la marcha, casi sin tiempo antes de solicitar la licencia matrimonial, aprovechar la altura del edificio del ayuntamiento para arrojar a Dorie desde arriba. Su plan funciona, y ya tiene vía libre para buscarse otra chica. El desconcierto de la policía es total, y las pesquisas dirigidas por el joven Gordon Grant (Jeffrey Hunter, gracioso con sus gafas de pasta y su pipa de tabaco) se agotan en el anterior novio conocido de Dorie, Dwight (Robert Quarry), un locutor de radio. El punto muerto en las investigaciones no termina de convencer a Ellen del suicidio, y empieza a hacerse suposiciones, aunque anda muy ocupada porque le consume mucho tiempo la relación con su nuevo novio, un joven guaperas y romántico, un chico sensible y sensato, apto para ser adorado por las abuelas de sus novias…

Precisamente se sitúa en ese nudo, la presentación del nuevo novio de Ellen, el punto de inflexión de la película en cuanto a tratamiento del suspense y profundidad de la mirada. Hasta ese instante, Oswald ha llevado la narración con buen pulso, manejando a su antojo y con efectividad las claves del suspense. No sólo ha construido un personaje siniestro y psicopático con ese Bud magníficamente interpretado por Wagner, sino que ha elaborado secuencias de gran mérito. Por ejemplo, la aventura de Bud en la Facultad de Farmacia, sus maniobras para colarse en el cuarto donde se guardan los productos químicos, los medicamentos y los venenos, y todo el episodio que le lleva a conseguir las píldoras que deben matar a Dorie. Fenomenalmente rodada, consigue, en la mejor línea de Hitchcock, invertir la carga del interés del espectador de modo que éste no puede evitar colocarse en la piel del futuro criminal, angustiarse por el incierto éxito de la misión de Bud, el cual está a punto de ser descubierto en varias ocasiones. Continuar leyendo “Amor en caída libre: Un beso antes de morir (A kiss before dying, 1956)”

La tienda de los horrores – Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal

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Pues sí, uno ha de reconocer que le ponía la mera expectativa de volverse a situar ante una pantalla para ver la silueta del héroe del látigo ajustándose el sombrero y de fondo los incipientes acordes del temazo de John Williams, indudable puerta abierta a una incesante catarata de acción y aventuras arqueológicas repleta de imprecisiones históricas y gran cantidad de absurdos, pero plenamente disfrutable. No en vano, el primer capítulo de esta saga, En busca del arca perdida, es sin lugar a dudas una obra maestra del cine de entretenimiento. A partir de ahí la cosa empezó pronto a decaer, intentando alternar la acción y la aventura con el humor y la autoparodia, pensando quizá más en el negocio que en el propio producto, y el resultado bajó muchos enteros, como ya dejamos claro aquí. La saga empezó a ser algo más cosa de fans que de aficionados al cine, como suele ser habitual en el cine comercialmente sobreexplotado, y lo que había nacido como una seria intención de recuperar los viejos cómics y el clásico cine de aventuras que dio a luz a generaciones enteras de lectores y cinéfilos, derivó finalmente en algo bastante friki. El anuncio de la tantas veces proyectada, aplazada y finalmente siempre descartada cuarta entrega de las peripecias de Indiana Jones resultó, no obstante, un prometedor augurio de que el cine de efectos especiales, monstruitos, superhéroes y demás morralla, pudiera dar paso de nuevo a una película de aventuras con mayúsculas pilotada por Spielberg y George Lucas, de nuevo con el viejo sabor de la emoción y el peligro a flor de piel.

Pues va a ser que no; el gozo en un pozo. Está claro que quienes a edades tempranas disfrutamos con la trilogía original en su momento (En busca del arca perdida es la primera película que quien escribe tiene memoria de haber visto en el cine) nos hemos hecho mayores y que ciertas historias y ciertos modos de contarlas ya no nos hechizan de igual modo; es lo lógico, uno de los resultados del proceso de maduración, por más que el Hollywood más comercial siga tomándonos por niños y defendiendo la inmadurez infinita. Pero es que la película, la cuarta entrega, no hay por dónde cogerla. Supone la degradación, la devaluación y la ridiculización, mucho más allá de una deliberada voluntad de autoparodia, no ya de un personaje y de una trilogía que se había ganado por derecho propio, a pesar de sus fallos – sobre todo de las dos últimas entregas -, un lugar en la Historia del Cine, sino también del recuerdo, de la memoria de millones de seguidores de la saga por todo el mundo. Y es que hay que ser un fanático muy convencido para no echar pestes de esta cuarta entrega.
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El inconsciente de un genio: Giulietta de los espíritus

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Para su primera película en colores, Federico Fellini se reservó un capítulo personal, mucho más íntimo, inaccesible e inconfesable que las vivencias propias ligadas a su profesión y recogidas en la magistral Otto e mezzo, rodada dos años antes. A un tiempo experimento formal y excéntrica narración de un capítulo oscuro finalmente eliminado de la anterior película, esta obra de 1965 resulta tan cautivadora como inquietante, tan seductora como repelente, pero de un atractivo visual irresistible que no ha perdido ni un ápice de fuerza en más de cuarenta años y que para sí lo querría más de un director que pretende hacer de los colorines su particular seña de identidad. Y decimos bien, película en colores, porque en su primera experiencia fuera del blanco y negro, Fellini nos obsequia con una catarata tremebunda e incontenible de ellos, un frenesí casi orgiástico de juegos cromáticos que no ha tenido parangón posteriormente y que va mucho más allá de la simple metáfora de arquetipos morales o estados de ánimo expresados a través del color.

La película supone la introspección psicoanalítica en el interior de la mente de una mujer, Giulietta (Giulietta Massina, compañera y sempiterna musa del cineasta). Ésta es una mujer algo ingenua, en algunos aspectos incluso casi infantil, que a diario halla pequeñas cotidianidades con las que sorprenderse e ilusionarse como si en lugar de ser una mujer de su edad se tratara de una niña ávida de conocer mundo, curiosa, osada, pero también escéptica, vacilante, temerosa. Giulietta está casada, pero su marido la engaña: su matrimonio es ya un mero formalismo, y él, asumiéndolo como tal, no escatima ocasiones para estar con otras mujeres, para mantener aventuras o participar en juegos sexuales, bien en pareja, bien en grupo. Giulietta, en parte por su incapacidad para afrontar la situación de una manera madura como corresponde a su edad, y en parte por la constante necesidad de abrirse a nuevos caminos, penetra en un extraño ambiente de videntes excéntricas, prostitutas de lujo y hombres y mujeres de alta sociedad que deambulan junto a ellas que, al mismo tiempo, como al espectador, la escandaliza y la atrae. Su tradicional educación en valores religiosos conservadores choca de lleno con el panorama de alternativas que se le ofrecen en ese planeta de sensaciones y tentaciones, mientras que su curiosidad o la necesidad de liberarse de esa carga de moralidad inducida, de esas convenciones que la esclavizan, la hace sentirse cada vez más llamada a introducirse de lleno en esa promesa de liberación que los devaneos de su marido le ha abierto.
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Llegó el escalón 32: cumpleaños feliz

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Efectivamente, según su autobiografía no autorizada y titulada como la célebre película de Nicolas Roeg protagonizada por David Bowie, El hombre que cayó a La Tierra, de 1976, el mantenedor de este blog cumple hoy 32 escalones, gozando de excelente salud física e incluso mental, gracias a ese gran invento llamado electroshock.

Entresacamos algunos fragmentos de estas polémicas memorias no autorizadas escritas por él mismo en las que aclara algunos puntos oscuros de su pasado:

…precisamente escogí el título porque mi llegada a este planeta el 24 de febrero, precisamente de 1976, no puede considerarse en ningún caso un nacimiento, sino más bien una irrupción, una caída a La Tierra en sentido literal, en concreto sobre una baldosa blanquinegra en una clínica zaragozana que ocasionó que lo primero que hice en la vida fuera romperme la clavícula. En conmemoración de aquel suceso, en ese mismo lugar, una gruesa placa de hierro con la leyenda “uso exclusivo Bomberos” recuerda el evento.
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