Magos del shock latente (fragmento del libro Méliès, Libros del Innombrable, 2017)

(de Alfredo Moreno)

Él[*] sólo suministraba la ilusión. Ahí es donde el cine se pone divertido. Utilizas espejos, eres como un mago sacando conejos de chisteras.

Billy Wilder.

 

Georges Méliès no inventó el cinematógrafo; hizo mucho más que eso: inventó el cine.

La figura de Méliès emergió, como el héroe de un antiguo serial de aventuras, en el instante justo, en el momento crucial para salvar al cine de una muerte prematura, de una desaparición en exceso temprana. Consumido el efecto sorpresa, acostumbrada la masa que durante los primeros tiempos había abarrotado las proyecciones a la continuada observación de insulsas escenas de la vida cotidiana o de impersonales estampas urbanas o campestres, simples postales en movimiento, los hermanos Lumière, convencidos de las nulas posibilidades comerciales del cinematógrafo, pretendieron emplearlo como instrumento puramente técnico al servicio exclusivo del conocimiento científico y de los avances tecnológicos. En la otra orilla del Atlántico, la implacable avaricia de Thomas A. Edison había sembrado de férreos y costosísimos derechos económicos la explotación del cine en la Costa Este (propiciando así el inminente descubrimiento de Hollywood) y reducido su condición a la de mera atracción de feria, objeto de clandestino y casi onanista disfrute para todo espectador que, siempre de uno en uno, se introdujera en una barraca de madera, tras una manta que oficiara de precario biombo o en la trastienda de un colmado o de una farmacia para escrutar a través de un agujerito cual Norman Bates espiando a Marion Crane en Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960) un puñado de anodinos fragmentos de película de escasa trascendencia.

En este contexto precozmente decadente, George Méliès irrumpió con el entusiasmo de un visionario, con la clarividencia de un iluminado, para inventar el cine. No el cinematógrafo sino el cine, el ritual, la liturgia de ir al cine. El cine como concepto, el pacto silencioso entre cineasta y público, ese contrato implícito que une al creador con el destinatario de sus fantasías en cuyas cláusulas se acuerda que el autor construirá de la nada todo un universo ficticio de hermosas mentiras que jugará a hacer pasar por reales, que el espectador aceptará creer mientras dure la proyección sin preguntarse cómo o por qué, renunciando a resolver el misterio, a dejarse revelar el truco. A partir de una inagotable imaginación y de un inmenso bagaje de conocimientos técnicos y artísticos sobre el mundo del teatro, las variedades, la magia y el ilusionismo, con espíritu pionero, pleno del candor y de la ingenuidad que también le son propios, con el hambre del descubridor de nuevos horizontes, con la convicción absoluta de que el cine era precisamente la más importante de las artes al comprenderlas todas, Méliès dotó al nuevo medio de uno de sus ingredientes primordiales, de su componente definitivo, hoy más que nunca en cuestión: la ilusión. En su cine, la sorpresa agotada en sí misma y progresivamente diluida por efecto de la repetición se vio arrinconada por la magia, por el hechizo del juego, de la combinación de imágenes, por la ansiedad de saber qué vendría después, en cada plano, tras cada secuencia. La sorpresa cedió su sitio al asombro. Méliès dio a luz eso que Cabrera Infante denominó shock latente, y que de sus películas pasó a Buster Keaton y a Un perro andaluz (1929) o La edad de oro (1930) de Luis Buñuel, que moldeó la personalidad artística de Orson Welles, que impregnó la filmografía de Alfred Hitchcock, quien le raspó el elemento maravilloso para racionalizarlo, estructurarlo según cierta lógica (convenientemente eludida cuando le convenía) y hacerlo su estilo bautizándolo como suspense, que influyó en Ingmar Bergman y en Andrei Tarkovski, en el neorrealismo italiano, en Federico Fellini, en la nouvelle vague y, a través de todos ellos, en su producto natural, Woody Allen (aunque su fórmula se adereza con no pocas gotas de esencia de Billy Wilder, Bob Hope y Groucho Marx).

De niño, Georges Méliès ya mostraba innatas aptitudes para el dibujo, la pintura, la caricatura y la escultura, así como una acusada inclinación por el teatro, los decorados y la puesta en escena. Desde los siete años, cuando empezó a recibir una educación clásica y de base literaria en el parisino Liceo Michelet, alternó sus estudios con su pasión por los guiñoles y el diseño de escenas fantásticas (primigenios storyboards) que transcurrían en paisajes extraños, en palacios de ensueño o en atmósferas de pesadilla. Al regreso del servicio militar, durante el que persistió en el dibujo y se lanzó de lleno a la pintura, sus ansias artísticas se vieron momentáneamente frustradas: opuesto a que ingresara en la Academia de Bellas Artes, su padre le obligó a emplearse en el negocio familiar, una fábrica de zapatos de lujo. Con ello, papá Méliès proporcionó involuntariamente a su hijo la segunda vertiente de su poliédrica personalidad cinematográfica, el gusto, la atracción por la maquinaria. Interesado desde siempre por los engranajes y la utilería asociados al mundo del teatro, en la fábrica de zapatos Méliès, en el número 5 de la calle Taylor del distrito 10 de París, Georges se ejercitó en el mantenimiento y la reparación de las máquinas de la empresa, desarrollando una pericia que le permitió perfeccionar algunas de ellas, mejorar su rendimiento y alargar su vida útil, destreza que resultaría fundamental en su carrera como cineasta total.

[*] Se refiere a Alexander Trauner, director artístico de El apartamento (The apartment, 1960), también colaborador de Marcel Carné, Jean Grémillon u Orson Welles, entre otros.

Información sobre el libro.

John Sturges: el octavo magnífico

No sé por qué me meto en tiroteos. Supongo que a veces me siento solo.

‘Doc’ Holliday (Kirk Douglas) en Duelo de titanes (Gunfight at the O.K. Corral, 1957).

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John Sturges es uno de los más ilustres de entre el grupo de cineastas del periodo clásico a los que suele devaluarse gratuitamente bajo la etiqueta de “artesanos” a pesar de acumular una estimable filmografía en la que se reúnen títulos imprescindibles, a menudo protagonizados por excelentes repartos que incluyen a buena parte de las estrellas del Hollywood de siempre.

Iniciado en el cine como montador a principios de los años treinta, la Segunda Guerra Mundial le permitió dar el salto a la dirección de reportajes de instrucción militar para las tropas norteamericanas y de documentales sobre la contienda entre los que destaca Thunderbolt, realizado junto a William Wyler. El debut en el largometraje de ficción llega al finalizar la guerra, en 1946, con un triplete dentro de la serie B en la que se moverá al comienzo de su carrera: Yo arriesgo mi vida (The Man Who Dare), breve película negra sobre un reportero contrario a la pena de muerte que idea un falso caso para obtener una condena errónea y denunciar así los peligros del sistema, Shadowed, misterio en torno al descubrimiento por un golfista de un cuerpo enterrado en el campo de juego, y el drama familiar Alias Mr. Twilight.

En sus primeros años como director rueda una serie de títulos de desigual calidad: For the Love of Rusty, la historia de un niño que abandona su casa en compañía de su perro, y The Beeper of the Bees, un drama sobre el adulterio, ambas en 1947, El signo de Aries (The Sign of Ram), sobre una mujer impedida y una madre controladora en la línea de Hitchcock, y Best Man Wins, drama acerca de un hombre que pone en riesgo su matrimonio, las dos de 1948. Al año siguiente, vuelve a la intriga con The Walking Hills (1949), protagonizada por Randolph Scott, que sigue la estela del éxito de El tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, John Huston, 1948) mezclada con el cine negro a través de la historia de un detective que persigue a un sospechoso de asesinato hasta una partida de póker en la que uno de los jugadores revela la existencia de una cargamento de oro enterrado.

En 1950 estrena cuatro películas: The Capture, drama con Teresa Wright en el que un hombre inocente del crimen del que se le acusa huye de la policía y se confiesa a un sacerdote, La calle del misterio (Mistery Street), intriga criminal en la que un detective de origen hispano interpretado por Ricardo Montalbán investiga la aparición del cadáver en descomposición de una mujer embarazada en las costas cercanas a Boston, Right Cross, triángulo amoroso en el mundo del boxeo que cuenta con Marilyn Monroe como figurante, y The Magnificent Yankee, hagiografía del célebre juez americano Oliver Wendell Holmes protagonizada por Louis Calhern.

Tras el thriller Kind Lady (1951), con Ethel Barrymore y Angela Lansbury, en el que un pintor seduce a una amante del arte, Sturges filma el mismo año otras dos películas: El caso O’Hara (The People Against O’Hara), con Spencer Tracy como abogado retirado a causa de su adicción al alcohol que vuelve a ejercer para defender a un acusado de asesinato, y la comedia en episodios It’s a Big Country, que intenta retratar diversos aspectos del carácter y la forma de vida americanos y en la que, en pequeños papeles, aparecen intérpretes de la talla de Gary Cooper, Van Johnson, Janet Leigh, Gene Kelly, Fredric March o Wiliam Powell. Al año siguiente sólo filma una película, The Girl in White, biografía de la primera mujer médico en Estados Unidos.

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En 1953 se produce el punto de inflexión en la carrera de Sturges. Vuelve momentáneamente al suspense con Astucia de mujer (Jeopardy), en la que Barbara Stanwyck es secuestrada por un criminal fugado cuando va a buscar ayuda para su marido, accidentado durante sus vacaciones en México, y realiza una comedia romántica, Fast Company. Pero también estrena una obra mayor, Fort Bravo (Escape from Fort Bravo), el primero de sus celebrados westerns y la primera gran muestra de la maestría de Sturges en el uso del CinemaScope y en su capacidad para imprimir gran vigor narrativo a las historias de acción y aventura. Protagonizada por William Holden, Eleanor Parker y John Forsythe, narra la historia de un campo de prisioneros rebeldes durante la guerra civil americana situado en territorio apache del que logran evadirse tres cautivos gracias a la esposa de uno de ellos, que ha seducido previamente a uno de los oficiales responsables del fuerte. Continuar leyendo “John Sturges: el octavo magnífico”

Mis escenas favoritas: Charada (Charade, Stanley Donen, 1963)

Un Hitchcock sin Hitchcock. Stanley Donen siguió la plantilla del director británico para esta comedia de intriga repleta de eso que llaman glamur (que no se sabe qué es) y que gira en torno a un asesinato y a la desaparición de un dinero. Con Cary Grant y Audrey Hepburn el estilo y la elegancia están asegurados, incluso en las situaciones más insospechadas…

La primera víctima de una guerra es… la mujer: Corazones de hierro (Casualties of war, Brian De Palma, 1989)

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Basada en un hecho real convertido en guión por David Rabe, Corazones de hierro (Casualties of war, 1989) es una de las mejores películas de Brian De Palma. Calificado por muchos en sus inicios, y con motivos, como vulgar imitador-plagiador de Hitchcock (hoy a lo suyo lo llamarían “homenajes”, ¿verdad Quentin?), en su aproximación a la guerra de Vietnam logra dar una visión global del conflicto a través del relato del crimen particular cometido en la persona de una muchacha vietnamita por una compañía de soldados americanos al tiempo que, sin excusar su comportamiento sino limitándose a exponerlo y explicarlo, realiza un alegato acerca de la alienación embrutecedora y del terrible salvajismo que condicionan al ser humano bajo las tensiones y los horrores de la guerra. Una película antibelicista, por tanto (en la tradición de lo mejor del género bélico), que habla de moral pero también de justicia y de los deseables límites a la legitimación de la violencia incluso en un conflicto armado.

El soldado Eriksson (Michael J. Fox en su mejor papel, alejado por completo del eterno teenager de sus personajes de los ochenta) lleva apenas seis meses incorporado a la compañía que dirige de facto el sargento Meserve (Sean Penn), hombre joven pero muy experimentado, carismático, enérgico, admirado, respetado y temido por sus hombre, un soldado profesional perfecto conocedor de su cometido, de sus hombres y del funcionamiento de las cosas en su lucha contra el Vietcong, un hombre digno de toda confianza que sin embargo vive ocasionales episodios de desquiciamiento y de relajación en la observancia de las ordenanzas militares, de la disciplina o, simplemente, de la más estricta educación entre personas adultas. Por eso mismo, por su condición de niño grande pero también de soldado experto, no solo despierta la obediencia instintiva de sus hombres sino también su empatía, su identificación automática con su manera de ser y de vivir la guerra. En ese punto, desde luego se ha ganado a sus hombres mucho más que el teniente Reilly (Ving Rhames), al que no se suele ver mucho junto a los soldados, y cuyas acciones en el frente no destacan por ser las más inspiradas. El ascendiente personal, moral y militar que Meserve impone a sus hombres hace que sus decisiones, sus planes y sus opiniones no se cuestionen, ni siquiera cuando se apartan de la línea oficial o de las órdenes recibidas. Por eso, cuando a causa de una ofensiva sorpresa del Vietcong son restringidos los permisos en la base y se ven privados de una noche de fiesta, sexo, drogas y alcohol en la ciudad más próxima, Meserve improvisa un desquite de emergencia: a la mañana siguiente, de camino al punto del frente cuya patrulla se les ha asignado, se desviarán ligeramente para pasar por una aldea y llevarse a la muchacha más atractiva para su gozo y entretenimiento por turnos. Es decir, que Meserve planifica la violación colectiva de una inocente como parte de las acciones de su pelotón en el frente en su lucha contra el Vietcong. Aunque no cree que Meserve hable en serio, Eriksson asiste incrédulo al desvío en la ruta, la ocupación momentánea de la aldea y a la selección de la muchacha en cuestión. Solo cuando la violación va a consumarse se rebela contra Meserve y sus compañeros, cuya animadversión, que ya venía precedida de lejos por su supuesta debilidad en las acciones de combate, despierta y agranda cuando piensa en denunciar el hecho ante sus superiores, que sin embargo relativizan lo sucedido y le aconsejan olvidarlo todo. Desasistido por las autoridades militares y rechazado y amenazado por sus compañeros, atentado incluido, Eriksson se encuentra tan en peligro entre sus camaradas de armas como en la jungla frente al Vietcong.

De Palma construye un filme de grandiosa estética cuando de reflejar la guerra se trata (abundancia de planos aéreos, sobrada dotación de medios materiales: helicópteros, vehículos militares, aviones de combate, reconstrucción de un populoso campamento…) pero al tiempo intimista cuando aproxima la cámara a los personajes e intenta reflejar sus emociones y contradicciones, o cuando muestra la horrible crudeza del crimen sobre el que se sostiene el argumento y las distintas reacciones de los culpables. Una película con aspecto de gran producción, adscrita a la grandilocuencia visual del cine comercial made in Hollywood pero con un soberbio trabajo de planificación en las distancias cortas. No obstante, donde destaca la labor de dirección es en el manejo de los tiempos. Desde la presentación de los personajes y su descripción en los primeros lances bélicos (la noche en que Eriksson es rescatado por Meserve de una muerte segura) al dominio del suspense a medida que se va fraguando y ejecutando el crimen, además de su postergada conclusión en plena batalla y de las consecuencias posteriores del acto una vez que el pelotón ha regresado a la protección de su base, todo resulta medido y equilibrado en un filme cuyos 113 minutos descansan en un fragmento concreto que podría contarse en un periodo relativamente corto. De Palma dedica igualmente a diseccionar a sus personajes (memorable el brutal monólogo de Sean Penn, que escupe odio, delirio y desesperación a partes iguales), perfectamente encarnados por Penn y Fox bien secundados por ilustres como John C. Reilly o John Leguizamo, y en especial el repulsivo Don Harvey. Continuar leyendo “La primera víctima de una guerra es… la mujer: Corazones de hierro (Casualties of war, Brian De Palma, 1989)”

Electroletras: periodistas en territorio comanche

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En Electroletras, el programa de TEA FM, charlamos de películas que tienen como protagonistas a periodistas destacados en zonas de conflicto: la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial o la Indochina justamente anterior a la guerra de Vietnam, la Indonesia de Sukarno, la Nicaragua de Somoza, la guerra civil de El Salvador, la devolución de Hong Kong… Directores como Hitchcock, Mankiewicz, Phillip Noyce, Peter Weir, Roger Spottiswoode, Oliver Stone, Wayne Wang… Intérpretes como Joel McCrea, Michael Redgrave, Audie Murphy, Michael Caine, Mel Gibson, Sigourney Weaver, Gene Hackman, Nick Nolte, Joanna Cassidy, James Woods, Jeremy Irons, Gong Li…

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Esos locos maravillosos (III): El carnicero (Le boucher, Claude Chabrol, 1969)

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Es lugar común afirmar que Claude Chabrol es el cineasta francés que más y mejor ha profundizado en las miserias de la burguesía, que más ha contribuido a destapar y analizar, con la quirúrgica precisión de un microscopio teñido de un mordaz sentido de la ironía, la hipocresía, el conformismo y la doble moral de toda una clase social. Sin embargo, con El carnicero (Le boucher, 1969), Chabrol da un paso más y, en plena resaca del mayo francés, atrapa buena parte del batiburrillo ideológico de aquel tiempo para elaborar una trama que excede el mero convencionalismo de la lucha entre el bien y el mal para ofrecernos lo aparentemente imposible, lo que solo el cine es capaz de aunar: la historia de amor entre el bien y el mal, entre la mente y el impulso irracional, entre el cerebro y la carne bañada en sangre. La confluencia del cine criminal con el cine romántico.

En una pequeña localidad del Périgord, la vida es tranquila, sin complicaciones. Las mañanas soleadas de la primavera transcurren en paz y armonía, los niños cantan sus lecciones en el colegio, las gentes compran en las pequeñas tiendas, llevan sus tractores al campo o acuden a sus trabajos, y en las tardes los chavales juegan bajo las últimas horas de luz, en las casas se prepara la cena y las parejas pasean por las plazas, los parques o por la carretera. En resumen, la vida sigue su curso normal, salpicada de pequeños eventos, como las bodas, que ayudan a romper la monotonía del devenir de los días simétricos. Es en una boda donde coinciden Popaul (Jean Yanne), el hijo del carnicero del pueblo, que ha retornado al negocio tras pasar quince años ejerciendo el oficio en las campañas militares de Indochina y Argelia, y Hélène (Stéphane Audran, premiada como mejor actriz en San Sebastián aquel año), la directora de la escuela, una parisina que lleva diez años ejerciendo allí como profesora. La alegría, el clima apacible, el sencillo discurrir del tiempo… Solo dos cosas parecen alterar la placidez de las horas de sol: mientras los niños chillan y corren o la gente camina de un lado para otro, algún que otro coche o furgón policial cruza esta o aquella calle o desaparece por la carretera; por otro lado, la inquietante música de Pierre Jansen que acompaña las imágenes anuncia que algo no termina de ir bien, que bajo esa capa de calma cotidiana y vida costumbrista de una sociedad eminentemente agrícola hay un volcán en ebullición, una tormenta que amenaza con cubrir el cielo y descargar toda su potencia. En ese marco de paraíso esencial y amenaza inminente es donde Chabrol sitúa el amor inconcluso, imposible, entre una profesora y un asesino múltiple.

Bajo un disfraz de intriga policial que no es tal (las implicaciones criminales para la pareja protagonista no surgen hasta que se comete el segundo asesinato), Chabrol edifica una relación que se cuece a fuego lento. Ambos provienen de pasados atormentados, de decepciones profundas: ella acabó pidiendo destino en ese pueblo huyendo de un desengaño amoroso (aunque conserva hábitos de gran ciudad que chocan con las costumbres locales, como fumar en la calle); en las palabras de él, como un mantra recurrente, el relato de cuánta sangre y cuántos muertos ha visto en la guerra, de cómo se contaban por montones sin nombre, sin siquiera número. Extraños en el paraíso, alguna clase de fuerza motriz, de gravedad planetaria, de magnetismo de opuestos, les obliga a frecuentarse, a fingir la ilusión de que esta atracción de contrarios puede terminar en fusión. Continuar leyendo “Esos locos maravillosos (III): El carnicero (Le boucher, Claude Chabrol, 1969)”

Amor en caída libre: Un beso antes de morir (A kiss before dying, 1956)

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Ya sea por el original dirigido por Gerd Oswald en 1956, ya por el remake de los noventa protagonizado por Matt Dillon, el momento cumbre de Un beso antes de morir / Bésame antes de morir (A kiss before dying), es bien conocido: el joven guaperas y romántico besa a su chica en la azotea de un alto edificio administrativo justo antes de darle un empujón para que descienda en picado y se haga tortilla contra el asfalto. Y es que Bud Corliss, un muchacho apuesto, encantador, educado, estudiante de español e hijo devoto de su madre, es una caja llena de sorpresas, casi todas malas. Bajo esa fachada de chico sensible y sensato, apto para ser adorado por las abuelas de sus novias, se esconde una mente ambiciosa y calculadora que no deja de maquinar procedimientos para alcanzar aquello que constituye su máxima aspiración: dinero, mucho dinero, montañas de dinero, y una vida de lujos, comodidades y excesos en ambientes exclusivos. Para ello no escatima en medios; ni siquiera le hace ascos al crimen, cuya naturaleza explora en múltiples vertientes…

Basada en una novela de Ira Levin (autor también de La semilla del diabloLos niños del Brasil, ambas llevadas al cine en las décadas siguientes), los 91 minutos de la película de Oswald contienen dos partes bien diferenciadas, tanto por el pulso y la intensidad del relato como por la calidad final del conjunto. La película nos mete de lleno en la acción: en un dormitorio de estudiantes universitarios, Dorothy ‘Dorie’ Kingship (Joanne Woodward) se sincera con su novio, Bud (Robert Wagner) antes de llevar a cabo su proyecto de una boda clandestina. Dorie confiesa a Bud que, a pesar de las apariencias, ella no tiene dinero, y que la fortuna de su padre proviene de la herencia recibida de su primera esposa, a la que heredó a su muerte, y que el capital íntegro pasará a manos de su hermanastra, Ellen (Virginia Leith). Eso, por supuesto, no afecta para nada al amor que Bud siente por ella, y tras los consiguientes arrumacos y besuqueos, deciden seguir adelante con sus planes. Sobre el papel, claro, porque a Bud el noviazgo ya no le sale rentable, y decide por su cuenta cortarlo de raíz. Astuto y manipulador, ha conseguido mantener en secreto su noviazgo con Dorie, de modo que deshacerse de ella puede salirle gratis: no hay nadie que pueda relacionarlos, por lo que cualquier investigación criminal pasará de largo ante él. Después de conseguir, a través de una traducción del español, que Dorie le escriba de su propia mano una nota de suicidio, y de un primer intento con veneno que fracasa, opta sobre la marcha, casi sin tiempo antes de solicitar la licencia matrimonial, aprovechar la altura del edificio del ayuntamiento para arrojar a Dorie desde arriba. Su plan funciona, y ya tiene vía libre para buscarse otra chica. El desconcierto de la policía es total, y las pesquisas dirigidas por el joven Gordon Grant (Jeffrey Hunter, gracioso con sus gafas de pasta y su pipa de tabaco) se agotan en el anterior novio conocido de Dorie, Dwight (Robert Quarry), un locutor de radio. El punto muerto en las investigaciones no termina de convencer a Ellen del suicidio, y empieza a hacerse suposiciones, aunque anda muy ocupada porque le consume mucho tiempo la relación con su nuevo novio, un joven guaperas y romántico, un chico sensible y sensato, apto para ser adorado por las abuelas de sus novias…

Precisamente se sitúa en ese nudo, la presentación del nuevo novio de Ellen, el punto de inflexión de la película en cuanto a tratamiento del suspense y profundidad de la mirada. Hasta ese instante, Oswald ha llevado la narración con buen pulso, manejando a su antojo y con efectividad las claves del suspense. No sólo ha construido un personaje siniestro y psicopático con ese Bud magníficamente interpretado por Wagner, sino que ha elaborado secuencias de gran mérito. Por ejemplo, la aventura de Bud en la Facultad de Farmacia, sus maniobras para colarse en el cuarto donde se guardan los productos químicos, los medicamentos y los venenos, y todo el episodio que le lleva a conseguir las píldoras que deben matar a Dorie. Fenomenalmente rodada, consigue, en la mejor línea de Hitchcock, invertir la carga del interés del espectador de modo que éste no puede evitar colocarse en la piel del futuro criminal, angustiarse por el incierto éxito de la misión de Bud, el cual está a punto de ser descubierto en varias ocasiones. Continuar leyendo “Amor en caída libre: Un beso antes de morir (A kiss before dying, 1956)”

La tienda de los horrores – Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal

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Pues sí, uno ha de reconocer que le ponía la mera expectativa de volverse a situar ante una pantalla para ver la silueta del héroe del látigo ajustándose el sombrero y de fondo los incipientes acordes del temazo de John Williams, indudable puerta abierta a una incesante catarata de acción y aventuras arqueológicas repleta de imprecisiones históricas y gran cantidad de absurdos, pero plenamente disfrutable. No en vano, el primer capítulo de esta saga, En busca del arca perdida, es sin lugar a dudas una obra maestra del cine de entretenimiento. A partir de ahí la cosa empezó pronto a decaer, intentando alternar la acción y la aventura con el humor y la autoparodia, pensando quizá más en el negocio que en el propio producto, y el resultado bajó muchos enteros, como ya dejamos claro aquí. La saga empezó a ser algo más cosa de fans que de aficionados al cine, como suele ser habitual en el cine comercialmente sobreexplotado, y lo que había nacido como una seria intención de recuperar los viejos cómics y el clásico cine de aventuras que dio a luz a generaciones enteras de lectores y cinéfilos, derivó finalmente en algo bastante friki. El anuncio de la tantas veces proyectada, aplazada y finalmente siempre descartada cuarta entrega de las peripecias de Indiana Jones resultó, no obstante, un prometedor augurio de que el cine de efectos especiales, monstruitos, superhéroes y demás morralla, pudiera dar paso de nuevo a una película de aventuras con mayúsculas pilotada por Spielberg y George Lucas, de nuevo con el viejo sabor de la emoción y el peligro a flor de piel.

Pues va a ser que no; el gozo en un pozo. Está claro que quienes a edades tempranas disfrutamos con la trilogía original en su momento (En busca del arca perdida es la primera película que quien escribe tiene memoria de haber visto en el cine) nos hemos hecho mayores y que ciertas historias y ciertos modos de contarlas ya no nos hechizan de igual modo; es lo lógico, uno de los resultados del proceso de maduración, por más que el Hollywood más comercial siga tomándonos por niños y defendiendo la inmadurez infinita. Pero es que la película, la cuarta entrega, no hay por dónde cogerla. Supone la degradación, la devaluación y la ridiculización, mucho más allá de una deliberada voluntad de autoparodia, no ya de un personaje y de una trilogía que se había ganado por derecho propio, a pesar de sus fallos – sobre todo de las dos últimas entregas -, un lugar en la Historia del Cine, sino también del recuerdo, de la memoria de millones de seguidores de la saga por todo el mundo. Y es que hay que ser un fanático muy convencido para no echar pestes de esta cuarta entrega.
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El inconsciente de un genio: Giulietta de los espíritus

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Para su primera película en colores, Federico Fellini se reservó un capítulo personal, mucho más íntimo, inaccesible e inconfesable que las vivencias propias ligadas a su profesión y recogidas en la magistral Otto e mezzo, rodada dos años antes. A un tiempo experimento formal y excéntrica narración de un capítulo oscuro finalmente eliminado de la anterior película, esta obra de 1965 resulta tan cautivadora como inquietante, tan seductora como repelente, pero de un atractivo visual irresistible que no ha perdido ni un ápice de fuerza en más de cuarenta años y que para sí lo querría más de un director que pretende hacer de los colorines su particular seña de identidad. Y decimos bien, película en colores, porque en su primera experiencia fuera del blanco y negro, Fellini nos obsequia con una catarata tremebunda e incontenible de ellos, un frenesí casi orgiástico de juegos cromáticos que no ha tenido parangón posteriormente y que va mucho más allá de la simple metáfora de arquetipos morales o estados de ánimo expresados a través del color.

La película supone la introspección psicoanalítica en el interior de la mente de una mujer, Giulietta (Giulietta Massina, compañera y sempiterna musa del cineasta). Ésta es una mujer algo ingenua, en algunos aspectos incluso casi infantil, que a diario halla pequeñas cotidianidades con las que sorprenderse e ilusionarse como si en lugar de ser una mujer de su edad se tratara de una niña ávida de conocer mundo, curiosa, osada, pero también escéptica, vacilante, temerosa. Giulietta está casada, pero su marido la engaña: su matrimonio es ya un mero formalismo, y él, asumiéndolo como tal, no escatima ocasiones para estar con otras mujeres, para mantener aventuras o participar en juegos sexuales, bien en pareja, bien en grupo. Giulietta, en parte por su incapacidad para afrontar la situación de una manera madura como corresponde a su edad, y en parte por la constante necesidad de abrirse a nuevos caminos, penetra en un extraño ambiente de videntes excéntricas, prostitutas de lujo y hombres y mujeres de alta sociedad que deambulan junto a ellas que, al mismo tiempo, como al espectador, la escandaliza y la atrae. Su tradicional educación en valores religiosos conservadores choca de lleno con el panorama de alternativas que se le ofrecen en ese planeta de sensaciones y tentaciones, mientras que su curiosidad o la necesidad de liberarse de esa carga de moralidad inducida, de esas convenciones que la esclavizan, la hace sentirse cada vez más llamada a introducirse de lleno en esa promesa de liberación que los devaneos de su marido le ha abierto.
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Llegó el escalón 32: cumpleaños feliz

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Efectivamente, según su autobiografía no autorizada y titulada como la célebre película de Nicolas Roeg protagonizada por David Bowie, El hombre que cayó a La Tierra, de 1976, el mantenedor de este blog cumple hoy 32 escalones, gozando de excelente salud física e incluso mental, gracias a ese gran invento llamado electroshock.

Entresacamos algunos fragmentos de estas polémicas memorias no autorizadas escritas por él mismo en las que aclara algunos puntos oscuros de su pasado:

…precisamente escogí el título porque mi llegada a este planeta el 24 de febrero, precisamente de 1976, no puede considerarse en ningún caso un nacimiento, sino más bien una irrupción, una caída a La Tierra en sentido literal, en concreto sobre una baldosa blanquinegra en una clínica zaragozana que ocasionó que lo primero que hice en la vida fuera romperme la clavícula. En conmemoración de aquel suceso, en ese mismo lugar, una gruesa placa de hierro con la leyenda “uso exclusivo Bomberos” recuerda el evento.
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