Mis escenas favoritas – Deseando amar (In the mood for love, Wong Kar-Wai, 2000)

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No esperaba que me hiciera tanto daño…

De ser una película norteamericana con grandes estrellas de raza blanca como protagonistas, estaríamos hablando de la Casablanca del siglo XXI, puro mito instantáneo del séptimo arte. Pero así, ya es suficientemente magnética, magnífica, especial, seductora, emotiva, por sí sola.

Drama romántico de culto: El mundo de Suzie Wong

Richard Quine ha pasado principalmente a la historia del cine por su arrebatado, obsesivo, entregado amor por Kim Novak, que le llevó a retratarla maravillosamente en un puñado de apreciables películas, La casa número 322 (Pushover, 1954), Me enamoré de una bruja (Bell, book and candle, 1958), La misteriosa dama de negro (The notorious landlady, 1962) y, sobre todo, Un extraño en mi vida (Strangers when we meet, 1960), posiblemente el mejor melodrama romántico de todos los tiempos, por encima incluso de las afamadas historias lacrimógenas de Douglas Sirk. Sin duda, la experiencia de Quine como actor entre los años 30 y 50 (fue otras muchas otras cosas en el cine, productor y guionista, pero también compositor de temas para películas musicales), pero sobre todo su amor no correspondido por la deseada actriz (Quine se casó dos veces, pero la Novak siempre se le resistió; dicen que incluso este fracaso estuvo entre las razones acumuladas de su suicidio, ya en los años 80), le colocaron en buena disposición para la elaboración de complejos dramas sentimentales cargados de múltiples matices y perspectivas, enriquecidos con una soberbia puesta en escena y un acertado uso del ritmo y de las situaciones. El mismo año del estreno de Un extraño en mi vida, y con producción británica, Quine filmó otra película menor pero que ha crecido en su recuerdo con el tiempo, El mundo de Suzie Wong, un drama romántico con choque cultural y social como conflicto de base no exento de toques humorísticos y sentimentales, incluso de acción, en la línea de esos best-sellers románticos que introducen en cuotas diversos contenidos a fin de ampliar el espectro de público que disfrute con la historia.

Sin embargo, en la película de Quine esta amalgama de visiones, tonos y temas resulta armónica gracias a su plácida conducción en la dirección, a los magníficas localizaciones exteriores del Hong Kong de su tiempo (nada de skyline con rascacielos, tiendas caras, luminarias nocturnas y centros de negocios) y a las interpretaciones de la pareja protagonista, un William Holden en su plenitud profesional y la debutante Nancy Kwan, cuyo catálogo y muestrario de vestidos de aire oriental no tendrá parangón hasta los lucidos por Maggie Cheung en Deseando amar (In the mood for love, Wong Kar-Wai, 2001) de la que la película de Quine, en cierto modo, es casi un antecedente. Todo ello para contarnos una historia canónica, previsible, de manual, pero que se sigue con interés gracias a su ligereza narrativa y a su sencillo encanto. Robert Lomax (William Holden), es un maduro pintor norteamericano que llega a la colonia británica y que por casualidad conoce a una joven china (Nancy Kwan) de la que no tarda en descubrir que se dedica a la prostitución. A lo largo de sus (algo alargados) 129 minutos, asistimos al ilusionante establecimiento de una relación entre ambos, así como a los distintos avatares y altibajos del desarrollo de su historia de amor, en la que hay lugar para triángulos amorosos, indagación social y mensaje de entendimiento cultural entre pueblos, pero que en ningún momento transita por los necesarios ambientes sórdidos y pestilentes que a buen seguro presidían el mundo de la prostitución y la explotación sexual en un puerto como Hong Kong, abierto constantemente a la llegada de marineros y viajeros de todo el mundo.

Contada, por tanto, desde un punto de vista blanco, sin incidir en análisis realistas ni en reflejos auténticos del mundo de la prostitución hongkonesa, la película elude igualmente cualquier visión sobre la cuestión colonial o la interacción de la población europea o norteamericana con los nativos autóctonos, para concentrarse únicamente en la relación principal entre los protagonistas, alrededor de cuyas desventuras amorosas sí introducen Quine y su guionista, John Patrick, pequeños toques que invitan a mirar más allá del romanticismo y despertar el interés por otras cuestiones. Por ejemplo, la profesión de Suzie da pie para presentar breves pero reveladores apuntes sobre el machismo imperante, así como sobre la explotación sexual indiscriminada de las mujeres en las zonas portuarias y, en general, en las ciudades internacionales del sudeste asiático de aquellos (y de estos) tiempos: Hong Kong, Shanghai, Macao, Singapur, etc., etc. Continuar leyendo “Drama romántico de culto: El mundo de Suzie Wong”

Cine en fotos – Wong Kar-Wai

Los personajes en los filmes de Wong Kar-Wai son dolientes: viven en la frustración, están necesitados de afecto y, al mismo tiempo, son incapaces de suturar la herida que les aqueja porque ellos mismos se autoinmolan al no situarse en el instante adecuado ni en la actitud adecuada. El azar es consecuencia de sus actos, de su incapacidad para decidir avanzar hacia el encuentro de la felicidad; de ahí la nostalgia por algo que no se ha perdido porque jamás se ha tenido ni podrá tenerse; de ahí, también, la magnificación del pasado como el lugar de la “posibilidad”, del recuerdo enfermizo que no es sino la herida abierta.

Francisco Javier Gómez Tarín. Wong Kar-Wai. Grietas en el espacio-tiempo. Ed. Akal. Madrid, 2008.

Música: Wang Ji Ta, de Shirley Kwan.

Diálogos de celuloide – Deseando amar

ÉL: Le parecerá raro pero quiero preguntarle algo. El bolso que llevaba esta noche, ¿dónde lo compró?

ELLA: ¿Por qué lo pregunta?

ÉL: Es tan elegante, quiero comprarle uno a mi mujer.

ELLA: Es usted tan bueno con su mujer…

ÉL: No realmente. Mi mujer es muy difícil (…). Prontó será su cumpleaños. No sé qué comprarle (…). ¿Podría usted comprar uno?

ELLA: A lo mejor no le gusta que sea exactamente igual.

ÉL: Es cierto, no se me había ocurrido (…). Eso no les gusta a las mujeres.

ELLA: Sobre todo si son vecinas.

ÉL: ¿Los hay de otros colores?

ELLA: Se lo preguntaré a mi marido.

ÉL: ¿Por qué?

ELLA: Me lo compró él en el extranjero. Aquí no los hay (…). El caso es que… (…). Yo también quiero preguntarle algo.

ÉL: ¿El qué?

ELLA: ¿Dónde se compró su corbata?

ÉL: No sé de dónde viene. La compró mi mujer.

ELLA: ¿De verdad?

ÉL: Me compró ésta en el extranjero. Aquí no las hay.

ELLA: ¡Qué coincidencia!

ÉL: Sí.

ELLA: El caso es que… mi marido tiene una igual. Dijo que era un regalo de su jefe. Se la pone todos los días.

ÉL: Y mi mujer tiene un bolso igual al de usted.

ELLA: Ya lo sé. Lo he visto (…). ¿Adónde quiere ir a parar? (…) Creía que era la única que lo sabía.

Deseando amarIn the mood for love (Dut yeung nin wa). Wong Kar-Wai (2000).

CineCuentos – Sinfonía Kepler

Un planeta girará con mayor velocidad cuanto más cerca se encuentre del Sol.

Johannes Kepler (1571-1628).

2046

El expreso de Chungking me trajo a tu universo una mañana de abril; es él el culpable y no yo, si es que en los amores orbitales hay culpables. Yo sólo me apeé a deshora, no sé cuántas paradas antes de abandonar la galaxia a la que perteneces, sin saber siquiera dónde me encontraba o la dirección que tomar, cansado, derrotado, agonizante, resistiéndome a entregarme al destierro que me había impuesto, rebelándome frente a mí mismo como un suicida que en el último instante desvía el cañón de su pistola o vomita convulso en la bañera de su habitación de hotel las pastillas que acaba de ingerir entre lágrimas. En el tren de los condenados los pasajeros dormitan encogidos en sus asientos o amontonados en sus compartimentos amarillos, la orquesta de espiraciones pone la melodía al ritmo frenético de los vagones cargados de almas perdidas que transitan desbocados por sus raíles de sueños rotos, y la espectral luz roja de cuarto oscuro de los pasillos se rompe continuamente por el intermitente resplandor de los neones y las luces de los rascacielos a través de las ventanas como vertiginosos fuegos de artificio con que las superpobladas ciudades celebraran la huida de los ángeles caídos que le sobran. Y de repente, por vez primera en tres largos años de viaje por la oscuridad de mi agujero negro, el Sol apenas vislumbrado por un resquicio en la esquina del opaco telón con que el encargado cubre metódicamente todas las ventanillas cada amanecer para que ningún viajero conciba esperanzas, para que no caigan en la tentación de sentirse vivos. Así, en un descuido, sin que nadie reparara en mí, por una estación sin nombre de una ciudad anclada en una nebulosa de deseos olvidados, penetré en tu universo, un hermoso mundo de agua, de la que rebosa en tus ojos cuando sientes el cruel aguijón del dolor, los mismos ojos que son un océano de tierra, paraíso por descubrir, un mundo de piel blanca que invita a ser explorada, que se eriza cada vez que el corazón se deja poseer por el recuerdo de una traición, de sonrisas que valen una vida, que, aunque tú no lo sepas, no lo creas, iluminan hasta el último confín desconocido, de voz y palabras que son promesas, de un cuerpo que guarda los ancestrales secretos del qué, cómo, cuándo, dónde y por qué, de un alma sin trampas que encierra todas las respuestas, que es una carta blanca a una esperanza medida en años-luz, el centro de este universo de vida que se me escapa.

Planeta minúsculo de una lejana órbita exterior, me muevo cómodo y desenvuelto en la lejanía, y temeroso y vacilante cuando, tras luchar para abrirme paso entre los otros 2046 asteroides que te acechan, que seguro te codician, que te arrastran lejos de mí en unas rutas ya trazadas a las que intento acoplarme como un advenedizo, sin permiso, sin haber sido invitado, me aproximo por un instante a ti, al calor de tus rayos, al kilómetro cero del sistema, al Sol que lo hace girar todo, que le da sentido a mi ingrávido caos, coreografía de dos cuerpos que constantemente se alejan antes de acercarse, la danza concéntrica de dos trompos a los que de un tirón se ha liberado de su respectivo zumbel, que siguen una ruta propia sin llegar a mezclarse, a chocar, mecidos ambos por una cálida melodía de violines que evoca derrotas pasadas e ilusiones del porvenir, un enloquecido vals de trenes que se cruzan en la noche sin que mi mirada se encuentre contigo a través de las ventanillas, desviada en el último momento hacia un horizonte de estrellas apagadas en el que se pierdan los pensamientos y los deseos. Es el juego de la vida en el que tú te haces trampas para no ganar porque lo hiciste una vez y te costó caro, tú, que eres el centro de una galaxia sin que te des cuenta, rodeada de cuerpos celestes que aguardan los dictados de tu boca y de tu corazón, ansiosos por ser los elegidos. Sólo tú podrías decidir cómo, cuándo y a quién rendir, a qué planeta, cometa, meteorito o agujero negro engullir, acomodar dentro de ti, incorporar a tu ser, pero, aunque tu sistema estuviera inhabitado de otro astro que no fuera el mío, sé que jamás lo escogerías: es poco premio para ti, lo sé, tengo espejos en casa, para ti no valgo el esfuerzo, no disfruto de una orografía que despierte tus ansias de exploración y conquista, vivo en un límite exterior de la galaxia y no he inventado el telescopio capaz de agrandar a tus ojos este remoto y diminuto planeta que soy. Yo, en cambio, aunque lo apostaría todo en esta partida, no juego para no perder, para no verme obligado a volver a aquella estación, otra vez arruinado y solo, y subir de nuevo a un tren oscuro y sonámbulo que me conduzca fuera de tu mundo, de este universo al que ya no podría regresar.

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Contigo me dejaría llevar a otra estación, subiría a un tren muy distinto, Continuar leyendo “CineCuentos – Sinfonía Kepler”