Música para una banda sonora vital: Cavernícola (Caveman, Carl Gottlieb, 1981)

A buen seguro, la música nació de manera bastante más compleja que la aquí señalada. Pero en esta parodia prehistórica, en la que los trogloditas lucen barbas recortadas, modelos de piel fashion y peinados de peluquería, Ringo Starr hace lo que mejor sabe. Muchas caras conocidas en torno al fuego, además de otras que no aparecen en esta secuencia, para adornar una de las películas más gamberras de principios de los ochenta pero que, en el apartado musical, contaba con la mano maestra del argentino Lalo Schifrin.

Música para una banda sonora vital – Golfus de Roma (A funny thing happened on the way to the Forum, Richard Lester, 1966)

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En cierto programa de humor de cierta cadena televisiva española que se emite los viernes por la noche, los cómicos (varios de ellos pseudocómicos, y algunos otros ni siquiera cómicos) anteriormente sometidos a toda clase de pruebas lesivas para su integridad física, se despiden del público canturreando y bailoteando una canción que proviene directamente de esta chispeante comedia musical dirigida por Richard Lester a partir de una obra de Burt Shevelove y Larry Gelbart, y que es interpretada en los créditos iniciales por Zero Mostel, actor en su día perseguido por el maccarthysmo.

Además de la presencia siempre entrañable de un crepuscular Buster Keaton, la película es recordada por varias de sus melodías, algunos gags excelentes, y la presencia en la dirección de fotografía del también director (aunque bastante más rarito) Nicolas Roeg.

Y de propina, la versión doblada al castellano, que carga de razones a los adversarios acérrimos del doblaje de películas…

Crónica del desengaño: Salvad al tigre (1973)

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Ya no hay reglas; sólo árbitros.

Salvad al tigre (Save the tiger, John G. Avildsen, 1973) es un producto típico del llamado Nuevo Hollywood, el intento serio, pilotado por un nuevo grupo de incipientes directores y productores alejados en principio de los grandes estudios cuya crisis había propiciado a finales de los años sesenta la apertura de nuevas vías en el cine americano, por filmar películas maduras, adultas, pegadas a la actualidad y a las corrientes de pensamiento de su tiempo: una película de personajes, un drama pequeño y cotidiano que sin embargo contiene un importante transfondo social, económico y político que radiografía de manera transversal el mayoritario descontento (por entonces) de la sociedad con las contradicciones del sistema de vida americano y, por ende, del occidental en su conjunto. John G. Avildsen, mediocre director cuyos títulos más memorables son Rocky (1976), La fórmula (1980) o Karate Kid (1984), elabora, con guión de Steve Saghan, la que es sin duda su mejor película, con una historia que goza de plena actualidad, gracias a la que Jack Lemmon consiguió un premio óscar al mejor actor principal. El mayor valor de la cinta consiste en su capacidad para exponer los vicios del sistema, tanto en relación con las altas instancias de poder como en su traslación a las vidas de la gente común.

Harry Stoner (Lemmon) atraviesa una profunda crisis personal, de raíz subliminal, que no es otra cosa que una sorda protesta de su desencanto ante la vida. Duerme agitadamente, se despierta entre gritos, se queja de todo, lo aborrece todo, se cansa de todo. Su cara está tensa, apagada, aburrida de la vida. Sólo parece encontrar consuelo en una cosa: el béisbol. Hablando de béisbol, recordando los viejos tiempos, los antiguos jugadores, las grandes ligas, los duelos más importantes, las estadísticas más imborrables, las alineaciones míticas, sus propias antiguas aspiraciones como jugador (como en la larga secuencia inicial en el dormitorio con su esposa, trece minutos en una película de cien minutos de duración) , sus ojos recuperan el brillo, se deja poseer por una alegría juvenil, por la vitalidad y la ilusión. Nada más lejos de la realidad, porque le aguarda una larga jornada de trabajo en su empresa, Capri Casual’s, una firma de moda de Los Ángeles que presenta en un desfile una nueva colección que puede inclinar la balanza: o la empresa se salva o se va al carajo. No ayudan al optimismo sus tejemanejes contables del último año (casi todos ilegales, como la contratación masiva de inmigrantes ilegales mexicanos para sus talleres de confección), las continuas discusiones entre su personal, los tratos financieros (entre otros mucho más turbios) con algunos de sus compradores potenciales y las relaciones con su socio, Phil (Jack Gilford), mucho más sensato y dispuesto a abandonar la lucha, especialmente cuando la única posibilidad de sostenibilidad económica parece pasar por provocar un incendio en una de las plantas de la empresa que permita cobrar la indemnización del seguro, a fin de poder costear la logística de los pedidos que esperan recibir tras el desfile. La acción, que transcurre en 24 horas, resulta tanto o más importante por las lecturas entre líneas que se extraen que por las situaciones o los diálogos.

Este punto de partida permite a Avildsen analizar algunas cuestiones importantes del desencanto americano de los años setenta, al igual que temas como la ruptura generacional, la crisis del patriotismo, los males del capitalismo y el enfriamiento de las estructuras familiares. Como símbolo de todo ello, Avildsen escoge un señuelo dramático: la pérdida de la juventud, y especialmente de forma prematura en la guerra (estamos en 1973, los últimos compases de Vietnam, que aparece subrepticiamente en determinados momentos de la película, bien en noticiarios televisivos o en crónicas radiofónicas), a través de un episodio de la biografía de Stoner, su participación en el desastroso desembarco aliado en Anzio (Italia) durante la Segunda Guerra Mundial, que costó la vida a miles de soldados americanos. Continuar leyendo “Crónica del desengaño: Salvad al tigre (1973)”