Música para una banda sonora vital: Charada (Charade, Stanley Donen, 1963)

Brillante composición del gran Henry Mancini para este clásico de suspense dirigido en clave hitchcockiana por Stanley Donen, con Cary Grant y Audrey Hepburn destilando química, acompañados por otros grandes nombres como Walter Matthau, James Coburn, George Kennedy o Mel Ferrer.

Lo bueno, si breve: Cabalgar en solitario (Ride Lonesome, Budd Boetticher, 1959)

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Siete grandes westerns fueron el resultado de la relación artística a tres bandas mantenida por el director Budd Boetticher, el guionista (y posterior director) Burt Kennedy y el ya veterano intérprete Randolph Scott. Boetticher y Scott colaborarían, además, en otros notables títulos del Oeste como Cita en Sundown (Decision at Sundown, 1957) o Buchanan cabalga de nuevo (Buchanan Rides Alone, 1958), sin llegar al grado de excelencia de los escritos por Kennedy pero dentro de los mismos parámetros estilísticos y narrativos de la serie: extrema concisión narrativa (duraciones ajustadísimas, entre los 70 y los 80 minutos), personajes extraordinariamente complejos dibujados con precisión quirúrgica, contradictorias relaciones entre ellos, no siempre reducibles a una división moral clara, un ritmo vibrante sin concesiones ni apenas descansos en una acumulación de acción y sucesos que abarca todo el metraje, y la importancia concedida al peso del pasado, la culpa, el remordimiento y la venganza, en la que cuenta también el misterio, el secreto, una oscura revelación, un hecho olvidado y recuperado que lo cambia todo. El quinto título de la tripleta Boetticher-Kennedy-Scott es Cabalgar en solitario, la historia de un cazador de recompensas (Scott) que captura a un joven (James Best) acusado de asesinato para llevarlo ante el juez de la ciudad de Santa Cruz; el trayecto, no obstante, está plagado de peligros: la amenaza india, la banda de forajidos liderada por el hermano del detenido (Lee Van Cleef) y la rivalidad del protagonista con dos de sus compañeros de viaje (Pernell Roberts y James Coburn) por el dinero de la recompensa y, tal vez, por las atenciones de la mujer que se ve obligada a viajar con ellos (Karen Steele), complican un viaje condicionado por un propósito oculto surgido de las heridas sin cicatrizar de un pasado demasiado reciente.

Boetticher es sabio en el manejo del tono y del ritmo, en la capacidad para llenar de matices y recovecos emocionales, de acción y emoción, de acontecimientos diversos y cambios de orientación, metrajes tan breves. La definición que el guion hace de la moral de los personajes, de sus puntos de vista ante los distintos sucesos, de sus evoluciones y de sus decisiones es perfecta desde el primer minuto de metraje y encaja a la perfección con las exigencias del desarrollo dramático de la historia. La arquitectura formal de Boetticher y Kennedy parte de la sencillez más aparente de la serie B (un conflicto expresado en líneas simples: frustración y venganza) para ir poco a poco tejiendo una madeja de interacciones y dependencias que conforman una estructura compleja llena de preguntas para las que no hay fácil respuesta. La brutalidad de la violencia contrasta con una plástica lírica, repleta de hermosas y evocadoras imágenes, caldo de cultivo para los remordimientos y las dudas, para las expectativas y los fracasos. Los despiadados forajidos comparten un territorio casi lunar (grandes espacios abiertos de rocas escarpadas, matojos, montes pelados y desoladas riberas de cauces) sobre el que late la atmósfera de calma que precede a la tormenta, al estallido violento.

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El guion y la puesta en escena también funcionan por contraste, la doble amenaza, externa e interna. En primer término, la acción, que arranca en el puesto de aprovisionamiento de una ruta de diligencias, apuesta por la amenaza externa: los apaches han atacado el vehículo y amenazan ahora a quiene se refugian en la precaria construcción de madera y adobe. Las señales de humo irrumpen en el cielo azul hermosamente fotografiado por Charles Lawton Jr. La huida y la persecución, que recuerdan al devenir de la columna de voluntarios de Texas de Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956) dan paso al combate y, después, a un cambio de prisma: una vez superada esta amenaza exterior, son las amenazas interiores, dentro del grupo de huidos y dentro de determinados personajes entre sí, los que marca n la tensión dramática. El prisionero intenta convencer a distintos personajes para que lo liberen y le ayuden a escapar; los cabecillas del grupo entran en abierta rivalidad por imponer sus decisiones; los personajes masculinos experimentan una abierta atracción por el personaje femenino… La historia ofrece distintas perspectivas de choques posibles, y el guion juega con todas ellas para ofrecer un panorama complejo y poliédrico. El grupo, no obstante, sometido de nuevo a una amenaza exterior (la banda de forajidos que pretende libertar al prisionero) se ve obligado a convivir y compartir destino, lo que refuerza asimismo los conflictos internos que surgen entre ellos. Continuar leyendo “Lo bueno, si breve: Cabalgar en solitario (Ride Lonesome, Budd Boetticher, 1959)”

Mis escenas favoritas – La gran evasión (The great escape, John Sturges, 1963)

Title: GREAT ESCAPE, THE ¥ Pers: McQUEEN, STEVE ¥ Year: 1963 ¥ Dir: STURGES, JOHN ¥ Ref: GRE013EX ¥ Credit: [ MIRISCH/UNITED ARTISTS / THE KOBAL COLLECTION ]

Dentro del abundante y formidable reparto masculino (James Garner, Charles Bronson, Richard Attenborough, James Coburn, James Donald, Donald Pleasence o David McCallum, entre otros) de esta magnífica cinta de acción enmarcada en un campo de prisioneros aliados durante la Segunda Guerra Mundial, destaca sin lugar a dudas Steve McQueen, cuyo personaje, el aviador americano Hilts, ‘The cooler King’, se ha convertido en un icono, no solamente cinematográfico, sino prácticamente indicativo de una filosofía y un estilo de vida. No es de extrañar puesto que McQueen, que de la noche a la mañana había pasado del anonimato de intrascendentes personajes secundarios al gran estrellato gracias a otra película interpretada tres años antes a las órdenes de Sturges, Los siete magníficos, sabedor de que el nuevo título podía servir de punto de inflexión definitivo en su carrera, se convirtió en el gran impulsor del proyecto, su gran valedor, su gran atractivo y, casi también, su principal amenaza.

McQueen maniobró por encima del director, directamente ante la Metro y United Artists, socias en la producción, para conseguir la preponderancia dentro de un reparto coral de lo más solvente: no sólo consiguió un lugar preferente en las imágenes promocionales del filme, en el cartel y en el tráiler, sino que logró modificaciones en el guión que le proporcionaban un mayor protagonismo en la trama (él es el personaje que se fuga del campo para dejarse coger una vez que ha averiguado la información necesaria para que sus compañeros logren la evasión masiva del título) y garantizaban la continuidad y la longitud de sus secuencias de acción (su larga huida motociclista, su “heroico” final y su caracterización con el guante y la pelota de béisbol), además de conferirle cierta supremacía individual en la narración compensada de las aventuras de los distintos prisioneros fugados, así como en la vida dentro del campo.

Sin embargo, este afán de protagonismo, que puede juzgarse poco democrático e igualitario respecto a sus colegas de profesión, viene justificado con creces gracias al inmenso éxito de la película y a la factura de su acabado final, una obra más aventurera que bélica, repleta de momentos épicos, de diálogos brillantes, de situaciones inolvidables… Como la que el propio McQueen protagoniza a bordo de la motocicleta alemana, acompañado de la música del gran Elmer Bernstein, secuencia que él mismo ayudó a diseñar y que insistió en protagonizar personalmente, aunque finalmente, en determinados momentos, se consideró la conveniencia de utilizar un doble.

Un momento que hizo de Steve McQueen, cuando apenas su carrera daba los primeros y exitosos pasos, un icono inmortal.

Mis escenas favoritas – Pat Garrett & Billy the Kid

Sublime momento el colofón a este tiroteo del fenomenal western de Sam Peckinpah Pat Garrett y Billy the Kid (1973), en el que las miradas, las lágrimas y las medias sonrisas de ternura y emoción de Slim Pickens y Katy Jurado lo dicen absolutamente todo sobre lo que significa una muerte, quizá esperada, en un ambiente hostil en el que sólo se han tenido el uno al otro, su amor y su cariño, para sobrevivir, mientras suena Knocking on heaven’s door, de Bob Dylan. Un momento sobrecogedor que nos habla como pocos sobre el romanticismo en el western, sobre la poética de la muerte.

Música para una banda sonora vital – La gran evasión

Imperecedera banda sonora del maestro Elmer Bernstein para el clásico de John Sturges (The great escape, 1963).

Ganas dan de marcar el paso…

Cine y poker: cinco (o siete) cartas para vivir el suspense

1. El escenario. El gran salón de un casino de Las Vegas, Reno, Texas, Atlantic City o Montenegro. Quizá una página web donde jugar al poker on line. O mejor una estancia tenuemente iluminada: el reservado de un bar, una trastienda, un vagón de tren, un cuarto de alquiler, el rincón más apartado del saloon, o quizá la discreta habitación de un hotel, en una planta no muy alta, cercana a la escalera de incendios y siempre con vistas a la parte de atrás. El tapete verde parece ser la única fuente de luz, atrae todas las miradas, todos los objetos convergen en él, los naipes brillan como diamantes, las fichas de colores, verdes, amarillas, rojas, blancas, azules, refulgen como gemas preciosas. A su alrededor, delimitando la zona de juego, cansadas botellas medio llenas y turbios vasos medio vacíos, paquetes de cigarrillos prensados, saquitos de tabaco de liar, papel de fumar arrugado, cerillas gastadas, encendedores agónicos, ceniceros insaciables, relojes de bolsillo detenidos, algún que otro pañuelo sudado, puede que un arma expectante, quizá ya humeante. Objetos de culto como tributo al azar, a su Dios, al poker, en forma de billetes verdes de distintos valores pero todos de igual tamaño que, como hormigas trabajadoras aprovisionándose para el invierno, mantienen invariable su ruta desde los informes montones del círculo exterior hacia el mismo centro de la mesa, hasta el lugar donde se levanta el templo de las mil apuestas, la ofrenda a la Diosa fortuna y a su mensajera de dos caras, la suerte escondida en el altar de los sacrificios de un único ladrillo de cincuenta y dos cartas: la partida de poker.

2. El tiempo. La loca carrera de cincuenta años hacia el Oeste, al abrazo del Pacífico a través del desierto. Los felices y violentos años veinte; los deprimidos y depresivos años treinta. Los negros años cuarenta, ya perdida la inocencia del mundo. La enloquecida actualidad devorada por la prisa y el culto a lo inmediato, a lo perecedero, a la muerte instantánea. El poker, la partida, el juego, frontera para el antes y el después de una existencia a refundar, inicio de la incierta aventura de una nueva vida. El futuro, el porvenir que abre o clausura una combinación de cinco (o siete) cartas.

3. El guión. Los jugadores discuten si juegan al poker de cinco o siete cartas, si al poker del Oeste de la frontera o al poker texas holdem. Una joven figura del poker sueña con destronar al rey del juego. Un timador despluma a un gángster para hacerle morder el anzuelo. Un pistolero se entretiene con sus compinches antes de matar o morir. Un grupo de rufianes pasan el tiempo mientras esperan el momento del atraco. Cuatro tipos amañan una partida con el fin de desplumar al quinto. Un ladrón de guante blanco da clases a los jóvenes para que hagan trampas sin que les pillen. Un agente con licencia para matar intenta dejar sin blanca al monstruo que financia el terrorismo internacional. Unos chicos se pasan de listos y terminan debiéndole una fortuna al jefe del hampa londinense. Un chico financia sus estudios de derecho gracias a las cartas. Un jugador listillo pretende hacer reír en un Oeste que no tiene ninguna gracia. Un inocente acusado de hacer trampas acaba linchado. Un joven de talento busca reconciliarse con su padre en una partida. Una dama entre vaqueros se juega la vida y toma el pelo a los hombres más ricos del territorio. Un escritor que oficia de croupier quiere robar el casino en que trabaja. Para un ex convicto que intenta rehacer su vida, el poker es el primer paso hacia el abismo de la droga. Partidas suicidas para tentar al rey del poker de Los Ángeles. La biografía del legendario jugador Stu Ungar. Un magnífico bribón fabrica naipes marcados. Una mujer tan dura, valiente y cruel como los hombres. Doce apóstoles del poker. La aventura de cartas de un escritor de novelas. Una eminente doctora seducida por un timador. La apuesta es un burdel. Un hombre juega y ama en una Casablanca convertida en La Habana… Continuar leyendo “Cine y poker: cinco (o siete) cartas para vivir el suspense”

Cine en serie – Maverick

POKER DE FOTOGRAMAS (VIII)

Sabido es que, por lo general, el western y la comedia no se llevan nada bien. El western y el poker encajan algo mejor, aunque sea de manera tangencial. Pero la combinación de western-comedia-poker realizada por la dupla Richard Donner-Mel Gibson en 1994, en lo que fue un pretencioso intento de acercarse a los pocos afortunados ejercicios de esta mezcla en el pasado, constituye un fiasco monumental. No era para menos ya que el tono del proyecto venía marcado por los éxitos de taquilla que el director y actor habían logrado gracias a la saga Arma letal, una serie de comedias de acción y violencia de mensaje ultraconservador resultado de la ya tradicional hipocresía hollywoodiense tan amiga de tratamientos gratuitos y explícitos (o incluso cómicos) de la muerte y la violencia como nada receptiva, por ejemplo, a un idéntico reflejo del sexo o de la crítica social o política que pudiera conllevar el reconocimiento de la madurez e inteligencia del espectador. Donner, un director antaño mucho más prometedor (La profecía), inmediatamente dio el salto al cine espectáculo de entretenimiento (Superman, Lady Halcón, Los Goonies) en busca de taquillazos a través de comedias planas y facilonas (Los fantasmas atacan al jefe) o de su saga letal (hasta hoy se han filmado cuatro partes, casi siempre contando con el mismo equipo encabezado por Mel Gibson y Danny Glover), además de algún que otro pretencioso filme de acción (Asesinos, Conspiración) y fallidas incursiones en el drama. Gibson, por su parte, no engaña a nadie en cuanto a sus limitaciones como actor ni sobre el tipo de películas que le gusta dirigir y protagonizar, aunque en esa rareza titulada El detective cantante se atreva a ridiculizarse a sí mismo dando vida a un excéntrico psiquiatra calvo y con barriga.

En este caso, Gibson vuelve a encarnar a ese tipo encantador, chistoso y repulsivamente sabelotodo que con ingenio, la suerte de los campeones y una pericia armamentística sin igual, colecciona por igual sonrisas, conquistas, mamporros y disparos, y que por mal que vengan dadas siempre se sale con la suya. Bret Maverick (Mel Gibson), atractivo y chistoso timador y fullero, va en busca de tres mil dólares que le permitan sentarse en una de las sillas de la gran partida de poker que va a jugarse en un barco de los que navegan por el Mississippi hacia Nueva Orleáns. En su camino, pistoleros (Alfred Molina), damas tramposas (desdibujadísima Jodie Foster, con un personaje muy por debajo de su nivel en el que pretendía enterrar la sórdida fama adquirida como Clarice de El silencio de los corderos) y un Marshall que esconde varios trucos en la manga (James Garner, presencia que constituye un homenaje de la película a la serie de televisión en la que se basa y que protagonizaba el actor), además de alguna caricatura de indio tan ridícula como increíble (Graham Greene) y de algún que otro viejo conocido (el propio Danny Glover o las viejas glorias James Coburn, Doug McClure o Margot Kidder).

La película, que ya muestra sus intenciones con esos créditos iniciales protagonizados por los naipes de la baraja francesa, transcurre de manera demasiado ligera a través de las peripecias supuestamente chistosas (humor siempre blanco), lúdicas, aventureras y violentas de Maverick y compañía hacia la partida en el barco fluvial, a través de bromas presuntamente graciosas, diálogos rápidos muy cortitos en ingenio y el consabido romance entre dos inteligencias que pugnan por engañar a la otra en la incesante búsqueda de un final sorpresa que, tan almibarado como el tono general del filme, deje sensación de buen rollo. Continuar leyendo “Cine en serie – Maverick”