Johnny Guitar, el western más romántico del cine y la literatura (Reino de Cordelia, 2018)

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En los últimos años vivimos una recuperación de la literatura del Oeste, durante décadas confinada en las novelas baratas de quiosco y tras los míticos nombres de Zane Grey o de los españoles José Mallorquí, Marcial Lafuente Estefanía o Silver Kane (Francisco González Ledesma). En Norteamérica, como es lógico, la literatura del Oeste, con nombres como Oakley Hall, Dorothy M. Johnson, Elmore Leonard, James Warner Bellah o Charles Portis, entre muchos otros, es desde siempre mayor de edad, obtiene amplio reconocimiento entre los lectores e incluso ha sido candidata a todos los premios habidos y por haber, Pulitzer incluido. La obra de estos y otros escritores está llegando tardíamente a España, y Reino de Cordelia cubre ahora buena parte de ese déficit con su primorosa edición de Johnny Guitar, la obra de Roy Chanslor adaptada al cine por Nicholas Ray en 1954, película de la que hablamos aquí no hace mucho.

Publicada en gran formato de tapa dura, hermosamente ilustrada por Carmen García Iglesias y con una breve pero interesante introducción de Antonio Lafarque que contextualiza el trayecto entre novela y película, esta edición de la obra de Chanslor supone un festín para el aficionado al western, pero también, en general, para todo cinéfilo interesado en conocer y explocar los recovecos de los mecanismos de adaptación de un éxito popular de la literatura a lo más parecido al “cine de autor” que existió en Hollywood en los años cincuenta. La introducción aborda este aspecto desde una múltiple perspectiva; la de las relaciones de la carrera literaria de Chanslor con la escritura de películas, la del interés de una ya madura y veterana Joan Crawford por conseguir poner en pie proyectos que le permitieran mantener su protagonismo en pantalla, la de un director, Nicholas Ray, que, insatisfecho con los primeros borradores del guión, nada entre las dos aguas de las aspiraciones de la actriz y la de sus propios intereses como cineasta para tratar de llevar (con éxito) la historia a su terreno, el del gran cine de los desesperados, pese a partir del modesto presupuesto de un estudio de segundo nivel como Republic. La conformación del reparto, la explicación de algunos de los más llamativos cambios argumentales entre novela y película (algunos de ellos sorprendentes, como las vinculaciones del personaje de Vienna con la capital de Austria), la particular textura fotográfica de Harry Stradling y la inolvidable partitura compuesta por Victor Young, acompañada en su versión con letra por la voz de Peggy Lee, son otros de los asuntos que la introducción expone con amenidad y rigor, y que dejan en buena situación para abordar la historia de Johnny y Vienna, puede que los héroes más románticos del western.

Tal vez no se trate de una gran novela, o incluso  puede que no podamos hablar siquiera de una gran novela del Oeste, pero se destapa como un singular documento literario, impagable para el estudio y la observación de las relaciones entre cine y literatura. De lectura cómoda y ágil (algo más de trescientas cincuenta páginas que se beben en un suspiro), el punto más interesante de la lectura reside en la constante comparación entre el tratamiento de personajes y situaciones de la novela y del guión definitivo de Ray, así como en la valoración de qué dan y qué quitan aquellos personajes (la pistolera Elsa, el pusilánime Mr. Small) y aquellas premisas y escenas presentes en el libro y ausentes de la película, o al contrario (en la novela Johnny y Vienna acaban de conocerse; en la película arrastran un turbulento pasado compartido; en la novela Johnny vive atormentado por un drama follestinesco que le cambió la vida y del que es responsable otra mujer; el cambio de edad del personaje de Vienna para poder ser interpretado por Crawford; las variantes en el desenlace…), y cómo estos aspectos cumplen su función en su respectivo soporte, sin que resulten intercambiables. A través de la lectura de la novela podemos atisbar asimismo la construcción de la película, comprender las distintas decisiones de conservación, reformulación y descarte tomadas por guionistas y director, asistir al proceso de reelaboración de un material que, de partida, encajaba con las querencias narrativas de Nicholas Ray, pero que debía ser tratado con mayor profundidad para llegar a convertirse en una cinta señera en la personalísima obra cinematográfica de un director tan reconocible. Continuar leyendo “Johnny Guitar, el western más romántico del cine y la literatura (Reino de Cordelia, 2018)”

Cerrando bocas: El sargento negro (Sergeant Rutledge, John Ford, 1960)

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La mejor manera de desmentir el presunto racismo de John Ford, lo mismo que su supuesto machismo, es ver su cine y utilizar los ojos para mirarlo y el cerebro para entenderlo. Prácticamente todas sus películas (y en lo que no, ahí está su vida personal dentro y fuera del cine para constatarlo) contienen abundantes y elocuentes elementos que permiten descartar esa lectura torpe, facilona y absurda que determinados sectores de la izquierda y del feminismo han querido dar a su cine sin detenerse a verlo con la debida atención, anteponiendo la ideología y el discurso interesado al indudable carácter de sus películas, incluso de aquellas que hacen exaltación (con muchísimo que matizar) del militarismo. Leer algún libro sobre su vida también ayuda a sacudirse prejuicios y quitarse tonterías de la cabeza, además de para aprender que los genios son siempre mentes complejas, desde luego no tan simples como las que pretenden juzgarlos con un titular. Pero si aun así se persiste en las ideas preconcebidas, El sargento negro (1960) constituye una prueba irrefutable de que lo principal, en el cine y en la vida, es saber mirar. Porque en 1960, en plena caldera de ebullición de la lucha por los derechos civiles de la población negra en los Estados Unidos, John Ford presenta esta tesis sobre la igualdad de los hombres y la injusticia racial que tiene como centro al sargento Rutledge (el apellido tampoco se deja al azar, pues coincide con la malograda prometida del presidente Lincoln, una de las figuras de la historia americana preferidas del director), antiguo esclavo reconvertido en suboficial de la caballería de los Estados Unidos cuyo sobrenombre es “Soldado ejemplar”, y al que se dedica la canción “Capitán Búfalo”, antecedente de Bob Marley y su Buffalo soldier, mientras regala a Woody Strode el plano que en la historia del cine americano antes y mejor ha retratado positivamente a un personaje de raza negra, con toda la épica lírica que solo John Ford ha sabido traspasar adecuadamente a la pantalla.

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Para situar mejor el paralelismo entre este western y el delicado momento de su concepción y rodaje, la historia se sitúa nada menos que en un consejo de guerra al que se somete al heroico sargento, al que se acusa de haber violado y matado a una muchacha adolescente, y del asesinato de su padre, un oficial del fuerte donde se encuentra destinado. Reunido el tribunal, su antiguo superior, el teniente Cantrell (Jeffrey Hunter), ejerce como defensor, mientras que el puesto de incisivo e iracundo fiscal le corresponde a un capitán de infantería (Carleton Young), que busca de todas las maneras posibles una condena que engorde su expediente de éxito profesional. Los diversos testigos intervienen relatando, en distintos flashbacks,  los hechos que permiten colocar en su contexto la figura de Rutledge y conocer los detalles que rodean las muertes de las que se le acusa. De este modo nos encontramos con un western coescrito por un autor de marcada índole racista (James Warner Bellah, que también escribió los relatos originales en que se inspiró la trilogía de la caballería fordiana) al servicio de la reivindicación de la asimilación de los negros (más adelante en la filmografía del director, también de los indios, en El gran combate / Otoño Cheyenne, 1964) a la vida en pie de igualdad con los americanos blancos, y que alterna las luminosas tomas en espacios abiertos características del cine de Ford con destellos expresionistas ya explorados en algunos de sus trabajos de los años 30, El delator (The informer, 1935), y 40, El fugitivo (The fugitive, 1947). El contexto militar, una revuelta india, proporciona la acción y el contexto para la evaluación de Rutledge y la glosa de los méritos del resto de soldados negros del Noveno de Caballería. Continuar leyendo “Cerrando bocas: El sargento negro (Sergeant Rutledge, John Ford, 1960)”

Lección de plástica cinematográfica: La legión invencible (She wore a yellow ribbon, John Ford, 1949)

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¿Puede conseguirse una obra maestra del western (apartado caballería, sección guerras indias), hurtando al espectador el hipotético clímax común a estas películas, el choque entre los guerreros indios y los “casacas azules”, ya sea en la modalidad de asalto al fuerte, persecución y tiroteo por la pradera, ya en la emboscada o invasión y aniquilación del poblado indio? Respuesta: sí, se puede, cuando te llamas John Ford.

Tras sus primeros reveses comerciales, la productora Argosy, fundada por John Ford y Merian C. Cooper (codirector de King Kong, todo un personaje del cine, la aventura, la exploración, las fuerzas aéreas americanas, y otro montón de facetas y disciplinas), encontró en la recuperación del western la forma de resarcirse del fracaso en las taquillas y de financiar futuros proyectos. De ahí surge la llamada “trilogía de la caballería”, inspirada en los relatos del escritor, de corte imperialista y de tintes más que racistas con los nativos americanos, James Warner Bellah (publicados en España por la editorial Valdemar). En La legión invencible (She wore a yellow ribbon, 1949) -cuyo título original se toma de una canción tradicional que recoge la costumbre de las prometidas a soldados de caballería de adornarse con una cinta amarilla-, el segundo capítulo de la serie, adaptado por Frank S. Nugent y Laurence Stallings, Ford se centra en la vida de un oficial de la caballería, Nathan Brittles (John Wayne) como arquetipo del soldado americano de la frontera, y también de un sentido de la vocación de servicio y de la profesionalidad próximos -ya entonces, hoy prácticamente inexistente- a extinguirse.

Brittles es el oficial de campaña de mayor graduación de un fuerte en la frontera en los días de 1876 que siguen a la legendaria derrota y aniquilación del séptimo de caballería del general Custer en Little Big Horn. Los vencedores de aquel combate, los sioux, cheyennes, arapahoes y kiowas, han construido una gran alianza para enfrentarse a los blancos y expulsarlos de la pradera. Brittles, a seis días de la jubilación, recibe la orden de dificultar la concentración de grandes grupos de indios en los alrededores, de investigar e impedir la entrega de rifles a los indios por parte de los traficantes de armas, y también la de acompañar a la esposa (Mildred Natwick) y la sobrina (Joanne Dru) del comandante del puesto (George O’Brien) a la parada de diligencias más cercana para que puedan escapar de la zona de riesgo. En la columna de caballería se encuentran también los dos pretendientes de la chica (Harry ‘Dobe’ Carey Jr. y John Agar), ambos tenientes en fase de formación, y los dos sargentos más carismáticos del fuerte (Victor McLaglen y Ben Johnson). Lo más llamativo del guión es, además de la ausencia de clímax bélico (el encuentro con los indios no pasa de alguna que otra escaramuza y de la presencia de los restos de combates anteriores), que la misión de la caballería termina en fracaso. Brittles no logra impedir la reunión de enemigos, ni la llegada de los rifles, ni tampoco consigue poner a salvo a las mujeres.

No es el argumento o la trama guerrera lo que más importa a John Ford en esta historia, sino el retrato de la vida de los soldados, y de la realidad a la que se enfrentan cotidianamente. Continuar leyendo “Lección de plástica cinematográfica: La legión invencible (She wore a yellow ribbon, John Ford, 1949)”

Mis escenas favoritas – Fort Apache

Recuperamos este anuncio ya que, por culpa sin duda de un ataque tecnológico apache en toda regla, debimos cancelar la emisión por problemas técnicos. Retomaremos la proyección con su coloquio el próximo martes 16 de octubre.

Recurrimos a la famosa (y un pelín ridícula) escena de baile de la Marcha de San Patricio de Fort Apache (John Ford, 1948) para invitar a nuestros queridos escalones a la 4ª sesión del III Ciclo Libros Filmados, organizado por la Asociación Aragonesa de Escritores en colaboración con FNAC Zaragoza-Plaza de España.

Fort Apache es mucho más que una simple película del Oeste. Es la obra de un poeta de la imagen, del mejor y más importante cronista cinematográfico de la historia norteamericana. Es la crónica de cómo las comunidades necesitan de las ficciones -de las mentiras- para fabricar mitos, leyendas, ritos y costumbres que aseguren su supervivencia en el tiempo. Es el testimonio de cómo se inventan y manipulan acontecimientos para santificar convencionalismos como la religión, la nación, la comunidad, el destino común. Es la prueba en imágenes de ese infalible axioma que encuentra su mejor expresión en esa otra gran obra maestra de Ford, El hombre que mató a Liberty Valance (1962): cuando los hechos se convierten en leyenda, imprime la leyenda.

III Ciclo Libros Filmados, organizado por la Asociación Aragonesa de Escritores y FNAC Zaragoza-Plaza de España.
4ª sesión. Martes, 16 de octubre de 2012: Fort Apache (John Ford, 1948), basada en los relatos de la caballería de James Warner Bellah, particularmente en Masacre (1947).
– 18:00 h.: proyección
– 20:10 h.: coloquio, “conmigo mismo”