Vuelve el ciclo Libros Filmados con No es país para viejos (No country for old men, Joel & Ethan Coen, 2007)

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Este es el careto que se le ha quedado a Javier Bardem cuando se ha enterado de que por fin vuelve el ciclo Libros Filmados, organizado por la Asociación Aragonesa de Escritores con la colaboración de Fnac Zaragoza-Plaza de España. Como siempre, se os espera (o no).

IV CICLO LIBROS FILMADOS

Asociación Aragonesa de Escritores – Fnac Zaragoza

5ª sesión del año 2013: No es país para viejos (No country for old men, Joel & Ethan Coen, 2007)

Martes, 5 de noviembre:

18 horas: proyección

20 horas: coloquio

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La tienda de los horrores – Vicky Cristina Barcelona

Vale. Es perfectamente comprensible que Woody Allen haya restringido al máximo los rodajes en Estados Unidos en general y en Nueva York en particular. Rodar en su país de origen se ha puesto terriblemente caro para películas de presupuestos tradicionalmente modestos como las suyas, lo cual le ha hecho buscar fuera de Norteamérica las vías de financiación que le permitan filmar sus proyectos a su gusto y sin intromisiones de productores, contables y financieros que impongan tal o cual protagonista o este o aquel cambio en el guión a fin de controlar económicamente la solvencia de la producción y de obtener seguridad en cuanto a una rentabilidad taquillera del film que les permita recuperar una inversión muy superior a lo que Allen ha estado acostumbrado a manejar en su carrera. O sea, que el fenómeno se entiende. También se entiende que a Woody Allen le haya resultado más fácil, por razones económicas, culturales, sociales y cinematográficas, parir sus películas no norteamericanas en Reino Unido, las cuales, por nivel de interés y calidad (excepto Conocerás al hombre de tus sueñosYou will meet a tall dark stranger-, bodrio máximo), no han desentonado demasiado del conjunto de la obra woodyalleniana, en especial la excepcional Match point. Cuando se ha salido del entorno anglosajón, la cosa ha caído en picado, y si Midnight in Paris es una obra que ha tenido mucha mejor prensa de lo que, a nuestro juicio, merece, por más que reúna muchos de los temas y personajes propios de Allen y algún que otro gag supremo (ese detective en el tiempo…), Vicky Cristina Barcelona (2008) es un absoluto desastre que puede ser considerado sin duda ni competencia la peor película de toda la filmografía de Woody Allen. Aunque, también puede y debe decirse, al final quien escribe no sabe qué es más abominable, si la película en sí o la macrocampaña publicitaria paleta, cateta, provinciana y bobalicona emprendida por los medios de comunicación españoles, especialmente catalanes, por la presencia de Allen rodando en España, siempre con la cretina canción que aparece en el film dando por saco…

Porque la canción, ya para empezar, es asquerosa. Dicen que Allen la escuchó por casualidad y que buscó al grupo barcelonés que la interpreta para conseguir que figurara en la banda sonora de su film. En fin, a un servidor eso le importa poco, y no se ha tomado la molestia ni de averiguar el nombre del grupo ni nada de quienes la perpetran. La cancioncita apesta, y eso es todo. Y cada vez que suena, siempre la misma entradilla, siempre el mismo fragmento de la letra, siempre la misma vocecita de pitiminí, da asco. Dicho lo cual, solo es el primer aspecto detestable de una película fallida en todas las líneas excepto, quizá, en la interpretativa.

El guión de Allen es de los más flojos que ha dado a luz. Sus ideas están ahí, su querencia por la fragilidad de las relaciones humanas, la inestabilidad en el amor, la inconstancia e inconsistencia de los sentimientos. Pero la ejecución es lamentable. Allen estructura la película con la idea de choque, de contradicción. En primer lugar, las distintas personalidades de Vicky (Rebeca Hall) y Cristina (Scarlett Johansson), dos norteamericanas que viajan a Barcelona por distintos motivos, personales y profesionales: conservadora, algo puritana, racional e inflexible la primera, liberal, espontánea, pasional la segunda. En segundo lugar, el choque cultural, el encuentro que supone el descubrimiento de una ciudad europea, uno de los epicentros culturales del continente, con unas mentalidades norteamericanas vírgenes en muchos aspectos, que han crecido y se han formado con referencias, y que se hallan de golpe introducidas en el mundo que hasta entonces solo conocían por los libros y las fotografías. En tercer lugar, la propia estructura de las relaciones emocionales del film, el papel de vértice que el pintor Juan Antonio (Javier Bardem) supone para las dos jóvenes americanas, que establecen con él una extraña relación a tres bandas, en la que las dos muchachas parecen sumar sus características contrapuestas para aparecer ante Juan Antonio como una única amante con dos cuerpos,  y para María Elena (Penélope Cruz) su ex esposa, una mujer mentalmente desequilibrada, un torbellino de fiereza y temperamento del que Juan Antonio se siente en cierto modo dependiente. Pero ninguna de estas relaciones ni situaciones posee fuerza, entidad, elaboración. Al igual que la estética y el diseño de las secuencias, una postal viajera de vacaciones que Allen se monta como recordatorio de un verano de rodaje, una mera recopilación de estampas que se puede equiparar a las colecciones de recuerdos de una tienda de souvenirs o de tarjetas de un estanco de una  zona turística, los personajes de Allen, sus diálogos, sus comportamientos son superficiales, planos, absurdos, caprichosos, incoherentes, vacuos. La presunta carga emocional o intelectual del filme, la personalidad artística y culta de sus protagonistas y demás personajes queda diluida en los clichés de unas frases altisonantes pero vacías, en un discurso elemental, primitivo, descolorido, banal como nunca antes -ni después- en Allen. Los personajes se mueven por impulsos caprichosos, por teledirección de un guión artificioso y vulgar, sin estilo ni construcción.

En el apartado interpretativo, pocas veces se vendió tan barato un Oscar a la mejor intérprete de reparto (Cruz). Los mejores momentos de la cinta, sin embargo, son aquellos en los que Bardem y Cruz alternan el inglés y el español en cualquiera de sus temperamentales combates físico-dialécticos. Hall y Johansson, y por extensión el resto del reparto anglosajón (incluida la excelente Patricia Clarkson) no hacen sino hablar de banalidades, exponer vaguedades y mantener duelos sentimentales o emocionales postizos, forzados. Todo ello acompañado de una insoportable voz en off que nos va contando toda una serie de tonterías (rutas turísticas, lo que los personajes compran, comen, piensan o sienten) que no aportan nada y que no enriquecen, sino que estropean cualquier intención de ofrecer una historia que pueda llamarse tal. Ni siquiera el morbo erótico, vendido hasta la saciedad en las promociones de la película -el beso lésbico de Penélope Cruz y Scarlett Johansson o la supuesta escena del trío que el montaje definitivo nunca incluyó-, inexistente, logra levantar una cinta gratuita, un exabrupto alleniano impropio de él, el punto más bajo de su carrera.

Acusados: todos

Atenuantes: Barcelona es muy bonita

Agravantes: la puñetera canción, repetida machaconamente hasta que licua el cerebro

Sentencia: culpables

Condena: Woody Allen, absuelto; el resto, rodar Vicky Cristina Papúa Nueva Guinea (último lugar donde se ha constatado la presencia de tribus que practican el canibalismo…)

‘Lo mejor’ de Pedro Almodóvar

La “mejor” película de Pedro Almodóvar es un ejercicio de pura ciencia ficción. Se inventa un país que vive en una burbuja virtual, una especie de Matrix en la que conceptos como democracia, justicia o política son virtuales. Un país en el que la Edad Media duró hasta 1900. Un país en que el siglo XIX duró hasta 1978. Un país que apenas lleva viviendo tres décadas de siglo XX. Un país partido en dos desde 1808. Un país pagado de sí mismo que se atreve a mirar permanentemente por encima del hombro a otros países como Camboya, Argentina, Perú o la República Centroafricana, que sin embargo sí han juzgado a los criminales de Estado de su pasado y han destapado las fosas comunes en las que fueron enterrados miles, en algunos casos millones de asesinados. Un país que rinde homenajes públicos y funerales de Estado a ex ministros fascistas con sus manos manchadas de sangre. Un país que se escandalizaría si los asesinos de ETA fueran enterrados junto a sus víctimas pero consiente un lugar como el Valle de los Caídos, donde los represaliados por la dictadura comparten sepultura con su asesino. Un país que deja morir a sus dictadores y asesinos, ya muy viejos, en la cama, cómodamente, tras hacer testamento y dejar todo “atado y bien atado” (para los suyos, aun cuando se disfrazan de otros). Un país que gasta, con toda justicia, dinero en recuperar hasta el último cadáver de los pescadores (desgraciadamente) fallecidos en alta mar, peinando la costa o las profundidades del océano el tiempo necesario, pero que evita desenterrar cuerpos de asesinados que sabe fehacientemente dónde yacen. Un país donde cada reforma educativa va encaminada a la desaparición de la memoria histórica, de la cultura, del saber y del espíritu crítico, y a la implantación de la programación mental del “pensamiento” único. Un país de riqueza virtual. De democracia virtual. De justicia virtual. Un país de mierda.

En un magnífico giro de guión, el espectador percibe que ese país no es virtual ni ficticio, que la película es un veraz ejercicio de realismo cinematográfico. Un país con nombre y apellidos. Que, a pesar de atesorar tantas maravillas y tantas cosas rescatables, dignas de alabanza y reconocimiento, en lo jurídico, lo político, lo intelectual, sería ridículo y risible si no fuera tan terrorífico. Un país carente de la mínima dignidad. Del mínimo respeto por sí mismo. Un país mental y espiritualmente subdesarrollado, anestesiado, sedado, rociado de cloroformo. Un país de súbditos, de esclavos, de replicantes, invadido por los ladrones de cuerpos. De medios de (des)información, de analfabetos funcionales, de beodos tras un balón o de vocingleros televisivos. El país del “pan y circo”. Un país que da absoluta vergüenza. Un país donde quienes se atreven a traer luz siempre son colgados de un farol.

Diálogos de celuloide – Los lunes al sol

SANTA: Érase una vez un país en el que vivían una Cigarra y una Hormiga. La hormiga era hacendosa y trabajadora, y la cigarra no; le gustaba cantar y dormir mientras la hormiga hacía sus labores. Pasó el tiempo y la hormiga trabajó y trabajó todo el verano, ahorró cuanto pudo y en invierno la cigarra se moría de frío mientras la hormiga tenia de todo… ¡Que hija de puta la hormiga! La Cigarra llamó a la puerta de la Hormiga, que le dijo: “Cigarrita, cigarrita, si hubieras trabajado como yo, ahora no pasarías hambre ni frío…” ¡¡Y no le abrió la puerta!! ¿Quien ha escrito esto? Porque esto no es así: la hormiga ésta es una hija de la gran puta y una especuladora. Y además, aquí no dice porque unos nacen cigarras y otros hormigas, y tampoco que si naces cigarra estás jodido, y aquí, no lo cuenta…

Los lunes al sol. Fernando León de Aranoa (2002).

Cortometraje – El pozo, de Guillermo Arriaga

Guillermo Arriaga ha conseguido el éxito como guionista en la famosa trilogía del director mexicano Alejandro González Iñárritu conformada por Amores perros, 21 gramos y Babel. Una vez divorciados, Arriaga debutó en la dirección de largometrajes con la irregular Lejos de la tierra quemada, protagonizada por Charlize Theron y Kim Basinger, que ahondaba en las características de Arriaga como narrador y en la que podía adivinarse sin mucha insistencia cierto parentesco con sus trabajos como guionista. Resta saber de lo que es capaz Iñárritu sin su escritor de cabecera; la incógnita está a punto de desvelarse con Biutiful, protagonizada por Javier Bardem.

Mientras tanto, El pozo es un cortometraje de Guillermo Arriaga que en apenas tres minutos y medio clarifica cuáles son las virtudes, y también los tics, de Arriaga como director. El trabajo forma parte de un macroproyecto titulado Trece formas de amar a México. Pocas nos parecen, siendo el país tan hermoso que es.