¿Distopía o premonición?: 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, John Carpenter, 1981)

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Si nos olvidamos de la datación del futuro próximo que John Carpenter y su coguionista Nick Castle imaginaron para esta historia, 1997, nos encontramos ante un panorama para nada descabellado pero bastante desolador: Estados Unidos se ha enzarzado en una guerra a escala mundial con Rusia y China, en la que el componente nuclear supone un peligro para toda la humanidad. La sociedad norteamericana ha visto cómo la criminalidad ha aumentado un cuatrocientos por ciento, y la ciudad de Nueva York se ha convertido en una prisión de máxima seguridad rodeada de un muro custodiado por fuerzas policiales armadas hasta los dientes, dentro de la cual los recluidos se autogestionan en un ambiente sin gobierno, repleto de violencia, donde impera la ley del más fuerte. En este contexto, mientras se dirige a una importante conferencia con sus adversarios en la guerra, el avión del presidente de los Estados Unidos es secuestrado por un grupo terrorista y estrellado en la ciudad de Nueva York. Protegido en su cápsula de seguridad (que ya es protegerse), sobrevive al choque con una cartera que contiene importantes documentos secretos y una cassette con información sobre la fisión nuclear. Sin embargo, tener al presidente del país perdido en una prisión urbana genera una crisis para cuya resolución de recurre a un antiguo y díscolo marine convertido en convicto, y que debe introducirse en la ciudad para rescatar al presidente.

Más allá de los detalles concretos, la elección de un presidente lo bastante tonto para sobrevolar una zona de conflicto y permitir que se secuestre su avión, o la conversión, en cierto modo, de una sociedad de libertades como la americana en una prisión tutelada (por no mencionar el hecho concreto de que un avión choque contra un edificio de Nueva York, o la explícita alusión a un aterrizaje en lo alto de las Torres Gemelas), aunque esta lectura deba mantenerse en el terreno de lo virtual, colocan esta distopía de Carpenter en un futuro ya superado en lo cronológico pero en nada descartable a ciencia cierta. Aparte de lo débil de esta premisa argumental, lo cierto es que el director crea con un material repleto de carencias una interesante cinta de aventuras situada en un marco de lo más atractivo, y supera las evidentes limitaciones presupuestarias y la escasa entidad del guión con algunas notas visuales de interés (además de alguna chapuza en los efectos especiales) y unos personajes solventes interpretados con solvencia.

La película se ve lastrada por un inconveniente fundamental: Carpenter no puede aprovechar los espacios naturales de Nueva York para recrear su fantasía apocalíptica. Encerrado, pues, en su estudio, la trama se sitúa en interiores, en exteriores urbanos reconstruidos en decorados que huyen de cualquier huella reconocible de la ciudad, y en recreaciones, a base de efectos especiales, del perfil de la ciudad y del mar a su alrededor. La forzosa renuncia a la espectacularidad convierte por tanto la película en una cinta de personajes: Plissken (Kurt Russell), héroe a su pesar, no solo debe rescatar al presidente en el tiempo récord de 24 horas (el tiempo que tiene de hacer acto de presencia en su conferencia y de evitar así que sus adversarios se levanten de la mesa), sino que debe hacerlo para sobrevivir: para comprometerle en su misión le han inyectado una dosis letal de una bacteria que hará sus efectos pasado ese tiempo y cuyo antídoto solo le facilitarán a su regreso, de modo que si intenta evadirse o abstraerse de su cometido, morirá. Por otro lado, Hauk (Lee Van Cleef) es un jefe de policía que vulnera la ley sin vacilar, saltándose los derechos de un detenido, para conseguir un fin que él entiende superior,  y para el que se pone en las manos de un delincuente condenado que, precisamente, tenía como destino esa prisión. Continuar leyendo “¿Distopía o premonición?: 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, John Carpenter, 1981)”

La tienda de los horrores – Cosmos mortal (Alien predator, Deran Sarafian, 1985)

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Este infame subproducto de ciencia ficción, ya de por sí insólito a nivel de financiación (está coproducida entre España y Puerto Rico), constituye una auténtica cochambre dentro del género fantástico, una absoluta aberración cuya absurda concepción solo viene superada, y empeorada, por unas interpretaciones bochornosas y un infecto acabado general. Pese a ello, su director, Deran Sarafian, consiguió saltar a Hollywood -suyo es ese otro impresentable bodrio titulado Velocidad terminal (Terminal velocity, 1994), con Charlie Sheen, Nastassja Kinski y James Gandolfini- y hoy es un prolífico director de capítulos de series de televisión.

En el caso de Cosmos mortal, cuyo título comercial en inglés es Alien predator o Alien predators, por más que la propia película contenga un subtítulo en inglés listo para su uso, The falling, asistimos a una risible amalgama de temas fantásticos y terroríficos anteriormente filmados. En concreto, se trata de un batiburrillo de La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the body snatchers, Don Siegel, 1956), La cosa (The thing, John Carpenter, 1982) y sus versiones anteriores, Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979) y, en menor medida, El diablo sobre ruedas (Duel, Steven Spielberg, 1971), aunque la mezcla sin sentido, talento ni medios produce una cataplasma difícil de tragar, y más teniendo en cuenta que el entorno donde transcurre es la madrileña ciudad de Chinchón (convertida en Duarte en la película).

Resulta que una sonda espacial fue a estrellarse en Duarte a su regreso de una misión secreta, y unos microbios extraterrestres que trajo consigo anidan en el interior de los seres vivos terrícolas, a los que exprimen y convierten en una especie de autómatas hasta que, ya maduritos, salen disparados de sus cuerpos y se aprestan a colonizar a otros seres, y así todo el rato. Tres excursionistas americanos de viaje por Europa (viajan en una autocaravana Iveco, ojo al detalle) se topan con la tostada, y se ven prisioneros en Duarte (donde había un centro de investigación de la NASA, como si nada), cuya población está poseída por el extraño mal (o eso parece, porque vecinos aparecen dos, y mientras una parece que ha metido la lengua en un ventilador, el otro aparece enmascarado, no se sabe si por exigencias del guion o de la vergüenza de salir en semejante mierda). Con ayuda de un científico americano (Luis Prendes, nada menos) se disponen a combatir a los bichos que, no obstante, son muy inteligentes. No solo intentan cortar la única salida del pueblo (un puente que bloquean y amenazan con explosionar), a pesar de que eso cuadra poco con sus intentos por colonizar el mundo, sino que están motorizados: un camión Pegaso y un SEAT de cuatro puertas no dejan de hostigar a los muchachitos, que corretean por ahí para huir (especialmente lamentable es la secuencia en la que el SEAT arroja contra una tapia a un Land Rover…).

La película, de tan mala que es, hace hasta gracia. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Cosmos mortal (Alien predator, Deran Sarafian, 1985)”

La tienda de los horrores – Vampiros de John Carpenter

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“Muere, jodido chupasangre”. Esa es la frase por excelencia de este esperpento western-vampírico con el que John Carpenter, dejando de lado el acto de narcisismo que supone incluir el propio nombre en el título de la cinta, como si por el contenido no quedara ya meridianamente claro a quién pertenece este engendro, pretendía volver a las mismas cotas de éxitos pasados. Evidentemente, para fans de este director, cualquier crítica que pueda hacerse a este petardo monumental les resbalará bastante, pero para un espectador objetivo no entregado de antemano a los desvaríos que pueda proponer este director de los considerados “de culto”, caben pocos alicientes para salvar semejante pestiño.

Esta, llamémosla película para entendernos, nos cuenta la apocalíptica historia de un comando de caza-vampiros comandado por Jack Crow (un James Woods de rostro acartonado y tupé plastificado, una caricatura de héroe de acción), que persigue a un malvado llamado Valek que a su vez capitanea un grupo de activos vampiros de Nuevo México (un lugar conocidísimo por su tradición vampírica, por cierto). Cuando el grupo de Jack consigue acabar con todos ellos, se las promete muy felices y lo celebra con un festorro de campeonato en un motel, con alcohol, drogas y putas, y sin que el hecho de que Valek escapara de la masacre les haga perder el sueño. Pero cuando éste vuelve y la lía parda, acabando con la mayor parte del grupo de mercenarios anti-vampiros, Jack entiende que será una lucha a muerte entre ambos en la que, como va descubriendo a medida que va indagando sobre su paradero, la Iglesia católica tiene mucho que decir. Y que esconder.
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