Música para una banda sonora vital – Agosto (Auguste Osage County, John Wells, 2013)

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Lo mejor de este “melodrama por aplastamiento” (dícese -según definición que nos acabamos de inventar- de la película cuya esencia dramática descansa en el enfrentamiento a varias bandas entre múltiples personajes a raíz de la improbable coincidencia en un mismo tiempo, lugar e individuos de todo el espectro de conflictos que caben en la pareja y en la institución familiar: complejos paterno-materno-filiales de toda índole, traumas infantiles a cascoporro, desencantos emocionales, incestos, crisis matrimoniales, rencores, resentimientos, frustraciones, infidelidades, pedofilia, incomunicación perpetua, etc, etc…), es la canción con que se abre y cierra el film, Lay down Sally, en su versión de “Slowhand” Eric Clapton.

En cuanto a la película, cuya mejor baza son los nombres de su reparto (Meryl Streep, Julia Roberts, Ewan McGregor, Chris Cooper, Abigail Breslin, Benedict Cumberbatch, Juliette Lewis, Dermot Mulroney, Sam Shepard…), no consigue elevarse por encima del original teatral de Tracy Letts, resultando demasiado retórica, impostada, forzada, sin lograr transmitir con veracidad y solidez el poliédrico combate de sentimientos que se establece entre unos personajes que terminan siendo meras perchas para el enunciado verborreico (y mucho, muchísimo) de cosas que no se llegan a sentir como auténticas. Mejor la música, no cabe duda.

Diario Aragonés – The company men

Título original: The company men

Año: 2010

Nacionalidad: Estados Unidos

Dirección: John Wells

Guión: John Wells

Música: Aaron Zigman

Fotografía: Roger Deakins

Reparto: Ben Affleck, Kevin Costner, Maria Bello, Tommy Lee Jones, Chris Cooper, Craig T. Nelson, Rosemarie DeWitt

Duración: 109 minutos

Sinopsis: Una gran corporación reestructura su plantilla para hacer frente a la crisis sin perder su imagen de éxito frente a la opinión pública financiera y sin menoscabar el satisfactorio régimen de retribución de los grandes directivos. Entre los afectados, Bobby, Phil y Gene, tres ejecutivos cuyo modo de vida y cuyo papel en la sociedad e incluso dentro de sus propias familias debe cambiar para ajustarse a la realidad del desempleo.

Comentario: La acreditada experiencia como guionista y realizador de televisión de John Wells se ha traducido en una interesante película de debut que, no obstante, como obra cinematográfica y como producto de consumo contribuye de algún modo a enaltecer con su enfoque aquel mundo que pretende poner en la picota de un falso cine social. Y es que el punto de vista de Wells para analizar, a partir de los indiscriminados efectos de la actual crisis económica y financiera, el proceso de evolución y enriquecimiento ético y moral de un hombre (que no una mujer) que atraviesa la siempre complicada, conflictiva y desesperanzada situación de desempleo, se centra en la figura de los altos ejecutivos de una empresa de logística y transportes de dividendos multimillonarios (se dedica principalmente a la construcción naval de grandes buques de guerra y barcos mercantes, así como al transporte marítimo), hombres que durante sus carreras, algunas de más de tres décadas, han disfrutado de salarios anuales de seis cifras, casa con jardincito, pista de baloncesto y garaje de un millón de dólares en un buen barrio residencial, trajes caros, vacaciones en Europa o el Caribe, comidas y cenas en los restaurantes más exclusivos y demás comodidades, incluido un subsidio por desempleo consistente en su paga completa durante varios meses, de las que la gran mayoría de la población mundial, incluidos sus empleados, permanecen excluidos durante toda su vida. Escogiendo a una tripleta protagonista proveniente de este ambiente de elegidos, el drama gira constantemente en torno a la desgracia de no poder ir a esquiar en Navidad como todos los años, ser expulsado del club de golf por no poder pagar las cuotas, vender el deportivo europeo con el que ha contaminado alegremente el medio ambiente, enfrentarse a una hipoteca que supera anualmente el salario medio de la mayoría de los mortales, o la vergüenza de que sus vecinos ricos los vean en horario de oficina deambular perdidos por casa, sin traje y sin maletín [continuar leyendo]

Revolución, de Hugh Hudson y Al Pacino

El 4 de julio es la fiesta de la independencia de los Estados Unidos ese gran país en tantos aspectos (por ejemplo, el cine) y ese pérfido invento en otros muchos, desde que tal día de 1776 se firmara la Declaración de Independencia respecto al rey de Inglaterra, Jorge III por parte de sus antiguas trece colonias de Norteamérica y que supondría el origen del imperio que actualmente padecemos y que no vaciló en asumir las enseñanzas filibusteras de su antigua metrópoli y explotarlas al límite durante los últimos doscientos y pico años. Sabido es que la revolución americana, como cualquier otra revolución, no supone más que un forzamiento para que las clases privilegiadas admitan en sus círculos privados a las clases dirigentes del proceso revolucionario, momento a partir del cual el pueblo y los valores pasan a importarles un pimiento morrón, lo cual queda constatado en esta guerra revolucionaria por la que las antiguas colonias, con el apoyo “desinteresado” de Francia y España, llegaron a constituir tras siete años de combates un Estado de aristocracia económica, que mantuvo la esclavitud legalizada durante casi cien años más, y que desde el momento de su fundación realizó una ingente labor de limpieza étnica con la población autóctona norteamericana a la par que un acoso y robo de tierras a sus vecinos mexicanos en lo que sería el antecedente de la famosa doctrina Monroe (“América para los [norte]americanos”), política que, contraviniendo todos y cada uno de los elevados postulados por los que se decía buscar la libertad y que venían expresados en la Declaración de Derechos de Virginia y en la propia Declaración de Independencia, ha mantenido en las formas y lugares más dispares durante el resto de su breve historia, haciéndonos saborear las “mieles” de la democracia liberal a tiro limpio, con la implantación o mantenimiento de largas y sangrientas dictaduras a la menor ocasión o con la financiación y equipamiento de grupos terroristas que al tiempo han supuesto una amenaza para todos. Y aunque haya quien se derrita de gratitud por la feliz circunstancia de que fueran los Estados Unidos los que “salvaran” al mundo de la pesadilla del nazismo, quizá convendría señalar algunas razones para tal acto de “generosidad”, como son el deseo (mantenido aun hoy) de que Europa no esté nunca unida bajo un único mando común (sea nazi, comunista o democrático, para lo cual cuentan con la inestimable ayuda quintacolumnista del Reino Unido a la que aspiran a añadir otras como Turquía) que suponga una competencia letal para sus intereses, o la necesidad de ocultar la contemporización de los sucesivos gobiernos americanos con los nazis y la germanofilia de muchos dirigentes políticos y económicos de Estados Unidos hasta 1941, incluidos los abuelos del actual (por poco tiempo, afortunadamente) presidente Bush o los padres del “heroico” presidente-mártir Kennedy, al que para mitigar los devaneos de su familia con los nazis hubo que inventarle apresuradamente un historial heroico que incluir en su hoja de servicios militar. Una democracia en que son tantas las leyes que prohíben, censuran y restringen como las que reconocen derechos, si no más, derechos que sólo parecen haber estado vigentes para los ciudadanos de pasaporte norteamericano pero de los cuales, a su entender y con el alto objeto de “proteger su modo de vida”, es decir, el dólar, no son sujeto los seres humanos del resto del mundo.
Feliz 4 de julio a todos.

Muchas son las películas norteamericanas que, como no podría ser de otra manera tratándose del segundo productor mundial de cine (tras India), Continuar leyendo “Revolución, de Hugh Hudson y Al Pacino”