Dos melodramas criminales: Retrato en negro (Portrait in black, Michael Gordon 1960) y La mujer de paja (Woman of straw, Basil Dearden, 1964)

El melodrama criminal de raíz teatral en el que amores, crimen, grandes fortunas, herencias y luchas por el poder constituyen los mayores alicientes argumentales, camino del siempre presente giro sorpresivo final, es todo un subgénero en sí mismo. De gran proliferación en el cine durante los últimos años 50 y primeros 60, en los 70 y 80 saltó a la televisión para convertirse en esos culebrones tremebundos de tramas retorcidísimas a lo largo de miles de capítulos de millonarias audiencias. No obstante, todos los elementos aparecían ya en estas películas de consumo fácil y olvido vertiginoso, pero con algunas virtudes dignas de ser destacadas. Para muestra, dos botones.

Reina del melodrama, Lana Turner (quién si no) protagoniza Retrato en negro (Portrait in black, Michael Gordon, 1960). Da vida a Sheila, la segunda esposa del magnate Matthew S. Cabot (Lloyd Nolan), cuyos problemas de salud lo han convertido en un marido déspota, irritable e intransigente, en particular en lo referente a su hermosa mujer. Poco escrupuloso asímismo en cuanto a la dirección de su gran empresa naviera, se hace ayudar de Howard Mason (Richard Basehart), un abogado que también se las trae, que a su vez desea en silencio a la esposa del ricachón, la cual se ha enrollado con David Rivera (Anthony Quinn), el solícito médico y cirujano que atiende a los cuidados de Cabot. Para embrollarlo todo más, la hija de Cabot, Cathy (Sandra Dee), fruto de su anterior matrimonio, se ha enamorado de Blake Richards (John Saxon), pequeño empresario del ramo cuyo negocio los Cabot hundieron en el pasado, pero al que a pesar de todo el millonario ha adjudicado una importante contrata. Y todo esto ocurre bajo la atenta mirada de los empleados del servicio, el chófer (Ray Walston) y el ama de llaves (Anna May Wong).

La trama gira en torno a la conveniente muerte del viejo Cabot, que parece convenir tanto a los amores de Sheila y Rivera como a los intereses amatorios y económicos del abogado Mason, y de la que se verá acusado el inoportuno novio de Cathy, aunque la actitud sospechosa del chófer, demasiado amigo de apostar y de pedir adelantos de su sueldo a su patrona, y del ama de llaves, contribuye a aumentar la confusión del público. El encubrimiento de un crimen, el chantaje y la necesidad de cometer un asesinato para librarse de él van enredando una madeja en la que los personajes empiezan a hundirse y desnaturalizarse, revelar una cara oculta muy distinta a su habitual superficialidad, hasta que al final las piezas encajan y se hace justicia, no legal sino la que más importa a Hollywood, moral. Dirigida con rutinaria efectividad por Gordon, como buen melodrama retratado en Color by De Luxe (del que depende en buena medida la atribución visual de emociones y perfiles a los personajes) posee sus buenas dosis de decorados de cartón piedra, sus interminables secuencias de grandes pasiones sentimentales verbalizadas (que no sentidas, al menos no transmitidas como tales al público), sus gotas de acción y de intriga y su conclusión desorbitada. Entre sus aciertos, la secuencia en la que el personaje de Quinn da el giro definitivo hacia el abismo, de los colores vivos y brillantes que presiden la película en la primera mitad, a su deambular de sombras y su rostro oculto en la oscuridad cuando asciende la escalera de los Cabot en la secuencia crucial. Igualmente, el manejo del suspense en la escena del chantaje. En cuanto a los errores, un final previsible y aparatoso y, especialmente, toda la secuencia en la que el personaje de Turner, que no sabe conducir, se ve obligada a hacer un largo trayecto al volante del cual depende el ocultamiento de una muerte; aunque Gordon maneja bien el suspense que acompaña a la escena, esta se cae por completo cuando pensamos en cómo alguien que no ha tocado un coche en su vida puede realizar ese desplazamiento conduciendo por primera vez, en su estado de agitación, atravesando un paso a nivel con barrera y bajo la oportuna mirada de la policía que pasaba por allí. Pero todo melodrama tiene su aportación de delirio disparatado, y en este título la secuencia en cuestión alcanza cotas de absurdo auténticamente risibles.

La mujer de paja (Woman of straw, Basil Dearden, 1964) se beneficia de un texto más sólido, a pesar de no ser de origen estrictamente teatral, y de la experiencia y veteranía de Dearden, uno de los directores británicos más importantes y solventes del periodo. Sigue leyendo “Dos melodramas criminales: Retrato en negro (Portrait in black, Michael Gordon 1960) y La mujer de paja (Woman of straw, Basil Dearden, 1964)”

Accidentes de la Historia: Operación Cicerón

Turquía, 1944. La Historia está a punto de cambiar, pero nadie parece ser, ni haberlo sido después, consciente de ello. Y todo por la ambición personal de un individuo aparentemente irrelevante, insignificante, prescindible. Un simple ayuda de cámara conspira para cambiar el destino de decenas de millones de seres humanos en todo el mundo sin que le importe otra cosa que conseguir a la mujer que desea y reunir la fortuna económica que siempre ha perseguido…

Inspirada en la vida real de Elyesa Bazna, espía albanés durante la Segunda Guerra Mundial, novelada por L.C. Moyzisch, el gran Joseph L. Mankiewicz filmó en 1952 Operación Cicerón, la que es posiblemente la mejor película de espionaje situada en el conflicto y una de las cimas del cine de agentes secretos de todos los tiempos. Con guión de Michael Wilson y el propio Mankiewicz (nominados al Oscar ambos por su trabajo, doblemente en el caso del director), la película nos traslada a la Turquía oficialmente neutral de la Segunda Guerra Mundial. Al igual que otros países oficial u oficiosamente no neutrales, como Suecia -no perderse la estimable Espía por mandato (The counterfeit traitor, George Seaton, 1962), aventura muy apreciable aunque algo estirada de duración con William Holden como agente sueco-americano infiltrado en Alemania-, Suiza o España, Turquía no es país beligerante pero apoya más o menos veladamente a las potencias del Eje Berlín-Roma-Tokio. Al mismo tiempo que circulan rumores cada vez más insistentes sobre su entrada en la guerra para desequilibrar los frentes de Europa oriental y del Mediterráneo, Ankara y Estambul son centro de operaciones habitual para los espías de todas las nacionalidades al servicio de cualquiera de los bandos, coincidiendo en locales, restaurantes, librerías, paseos, plazas y cafés. O incluso en los propios edificios oficiales, en los que las fiestas organizadas por los políticos o las instituciones turcas tienen que hacer encaje de bolillos para evitar la coincidencia de alemanes y británicos en los mismos salones al mismo tiempo (magnífica escena de apertura, el momento en que el piano deja de interpretar a Wagner para no herir sensibilidades y todo el diálogo inicial entre los alemanes y la condesa desterrada, una conversación llena de cinismo, dagas retóricas y dardos venenosos). En este continuo mercadeo de intrigas, favores, confesiones veladas y juegos del ratón y el gato irrumpe Diello (James Mason), un personaje enigmático que ofrece a los alemanes informes solventes sobre actividades secretas británicas al más alto nivel por un precio, obviamente, también muy alto. Las investigaciones germanas terminan averiguando que el tal Diello es nada menos que ayuda de cámara del embajador británico, con libre y continuo acceso a documentación reservada que incluye las actas de la conferencia de Teherán entre Stalin, Churchill y Roosevelt o los preparativos de algo llamado Operación Overlord (como se denominó el desembarco de Normandía de 6 de junio de 1944), por lo que las fuentes de información parecen seguras. ¿O no? ¿Qué es Diello? ¿Un traidor? ¿Un vividor que sólo busca dinero con el que huir en compañía de su amante a los placeres de Sudamérica? ¿O quizá un doble agente que intenta embaucar a los alemanes convenciéndoles de rocambolescos planes en Europa Occidental?

La película se abre y se cierra con dos de los rasgos de estilo más queridos a Mankiewicz. El comienzo es uno de sus tan amados flashbacks: en Londres, un miembro del Parlamento interroga al gobierno acerca de la reciente publicación de un libro en el que se relatan impactantes experiencias de un antiguo miembro del servicio de la embajada británica en Turquía en relación con la venta de secretos a los nazis. A partir de ahí, da comienzo la historia propiamente dicha, ambientada en los elegantes salones y despachos de la administración turca y de las legaciones diplomáticas alemana y británica, así como en los Estados Mayores de Londres y Berlín. Narrada con el estilo y la elegancia propios de Mankiewicz, la fluidez del ritmo viene perfectamente complementada por un texto riquísimo, marca de la casa, repleto de referencias, dobles lecturas, frases lapidarias y juegos retóricos, en los que se luce especialmente un James Mason magistral, inconmensurable, en su encarnación de cínico, empático, inquietante y algo botarate bon vivant al que la suerte de la guerra le trae al fresco y sólo busca satisfacer su propio interés económico, físico y material. Sigue leyendo “Accidentes de la Historia: Operación Cicerón”