Música para una banda sonora vital: Missouri (The Missouri Breaks, Arthur Penn, 1976)

Missouri (The Missouri Breaks, Arthur Penn, 1976) ha terminado siendo considerado un western de culto, no tanto por su perfección formal ni por la historia en sí, algo tópica (unos rancheros acomodados contratan a un asesino a sueldo para que elimine al pretendiente de su hija, un antiguo ladrón de ganado reconvertido en granjero), como por la célebre y extravagante caracterización que Marlon Brando hace de su personaje, el pistolero (llega a travestirse, por ejemplo, y algunos de sus diálogos y varias de sus escenas son, tal vez involuntariamente, descacharrantes), y por lo complicado y caótico que fue el rodaje, con un Brando y un Jack Nicholson pasadísimos, incapaces de memorizar sus frases, de actuar con coherencia y solidez, absolutamente idos, anárquicos, ingobernables, impredecibles. Una juerga.

Se trata, sin embargo, de una película estimulante, que, entre otros alicientes, cuenta con la música de John Williams justo antes de zambullirse en épicas espaciales. A la partitura compuesta por Williams pertenece este Love theme.

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Diálogos de celuloide – Tiburón (Jaws, Steven Spielberg, 1975)

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Un submarino japonés disparó dos torpedos al costado del barco. Yo había vuelto de la isla de Tinian, de Leyte, donde habíamos entregado la bomba, la que había de ser para Hiroshima. 1100 hombres fueron a parar al agua. El barco se hundió en 12 minutos. No vi el primer tiburón hasta media hora después, un tigre de cuatro metros. ¿Usted sabe cómo se calcula eso estando en el agua? Usted dirá que mirando desde la dorsal hasta la cola. Nosotros no sabíamos nada. Nuestra misión de la bomba se hizo tan en secreto que ni siquiera se radió una señal de naufragio. No se nos echó de menos hasta una semana después. Con las primeras luces del día llegaron muchos tiburones y nosotros fuimos formando grupos cerrados, algo así como aquellos antiguos cuadros de batalla, igual que los que había visto en una estampa de Waterloo. La idea era que cuando el tiburón se acercara a uno de nosotros éste empezara a gritar y a chapotear, y a veces el tiburón se iba pero otras veces permanecía allí, y otras se quedaba mirándole a uno fijamente a los ojos. Una de sus características es sus ojos sin vida, de muñeca, ojos negros y quietos. Cuando se acerca a uno se diría que no tiene vida hasta que le muerde, esos pequeños ojos negros se vuelven blancos y entonces… Ah… Entonces se oye un grito tremendo y espantoso, el agua se vuelve de color rojo, y a pesar del chapoteo y del griterío ves como esas fieras se acercan y te van despedazando. Supe luego que aquel primer amanecer perdimos cien hombres. Creo que los tiburones serían un millar que devoraban hombres a un promedio de seis por hora. El jueves por la mañana me tropecé con un amigo mío, un tal Robinson, de Cleveland, jugador de béisbol bastante bueno. Creí que estaba dormido. Me acerqué para despertarlo, se balanceaba de un lado a otro igual que si fuera un tentetieso. De pronto volcó y vi que había sido devorado de cintura para abajo. A mediodía del quinto día apareció un avión de reconocimiento, nos vio y empezó a volar bajo para identificarnos. Era un piloto joven, quizá más joven que el señor Hooper, que, como digo, nos vio, y tres horas después llegó un hidro de la Armada que empezó a recogernos. Y ¿saben una cosa? Fueron los momentos en que pasé más miedo, esperando que me llegara el turno. Nunca más me pondré el chaleco salvavidas. De aquellos 1100 hombres que cayeron al agua solo quedamos 316. Al resto los devoraron los tiburones el 29 de julio de 1945. No obstante, entregamos la bomba.

Jaws (1975). Guion de Peter Benchley y Carl Gottlieb a partir de la novela del primero.

 

Alfred Hitchcock presenta: Regreso por Navidad y El caso del señor Pelham

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Después de los famosos acordes de la Marcha fúnebre para una marioneta de Gounod, y de mostrar su no menos famosa silueta entre sombras, Alfred Hitchcock presenta:

Regreso por Navidad (Back for Christmas)

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John Williams, que por el mismo tiempo de la serie participó en producciones hitchcockianas para la gran pantalla como Crimen perfecto (Dial M for a murder) o Atrapa a un ladrón (To catch a thief), interpreta a un apacible y paciente ciudadano inglés que está pensando en reformar la bodega de su casa antes de viajar junto a su esposa a la norteamericana Los Ángeles. Es un proyecto antiguo que siempre ha querido emprender, pero que por una u otra razón, o tal vez por las continuas interferencias de su pesadísima esposa, nunca ha logrado culminar. Ahora se le presenta la ocasión más oportuna, porque su última idea para la bodega está más que lograda: convertirla en la tumba de su esposa y marcharse él solo a Los Ángeles para establecerse allí definitivamente sin que nadie pueda culparle de nada, ya que planea hacer creer a todos que su esposa ha viajado con él tal como estaba previsto.

El relato está repleto de ironías. La narración repasa la meticulosa preparación del crimen, y destila suspense en todos aquellos momentos en que no cesan de surgir complicaciones que dificultan su consumación al mismo tiempo que retrata de forma sarcástica la pacífica convivencia de este tradicional matrimonio británico (cabe preguntarse hasta qué punto la historia puede acercarse a la realidad Alfred Hitchcock-Alma Reville), un sordo pero continuo choque de caracteres sumidos en la dictadura de la rutina diaria. Esa precisamente, la ironía, es la línea central del relato y la clave para su resolución. La esposa, una mujer aparentemente cargante y entrometida, ha diseñado el viaje para que el retorno a casa se produzca en Navidad, y que así su marido descubra el regalo que durante muchísimo tiempo ha estado organizando pacientemente para él. Un efecto sorpresa que, efectivamente, será impactante, aunque no en la forma en que ella piensa…

El mismo Hitchcock construye una narración tremebunda pero amable, que supura un fino humor negro basado en la callada relación entre los dos esposos y, sobre todo, en el comportamiento del marido y en su empeño por cavar una fosa en la bodega que se ajuste a las medidas necesarias para su proyecto, así como en la ejecución material del mismo, cuando en la contemplación del hueco cavado su esposa no se sitúa en la perspectiva que a él más le interesa para ahorrarse esfuerzos y problemas a la hora de “rellenarla”. Dos magistrales golpes de suspense en forma de contrariedad tensan los planes del asesino, que pretende poner tierra (y océano) por medio fingiendo que su esposa vive feliz y contenta en América, y planeando con una serie de cartas falsas la despedida definitiva de sus amigos ingleses y el anuncio de su establecimiento en América para siempre. No obstante, el celo de su esposa, podría decirse que pesada incluso desde el más allá, frustra sus planes y le hace rendirse a la evidencia de la manera más divertidamente trágica.

El caso del señor Pelham (The case of Mr. Pelham)

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En este, uno de los mejores relatos de la serie, nos encontramos con un angustiado hombre de negocios (Tom Ewell, en la cumbre de su popularidad cinematográfica) Continuar leyendo “Alfred Hitchcock presenta: Regreso por Navidad y El caso del señor Pelham”

Altman encuentra a Chandler: Un largo adiós (1973)

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Quien tiene un amigo no siempre tiene un tesoro. Al menos si te llamas Philip Marlowe y eres un detective acabado, que dormita vestido las noches de verano y que sale de su ático cutre a las tres de la madrugada para comprarle comida al gato. La visita, una de tantas en principio, que Terry Lennox (Jim Bouton) le hace a su amigo Marlowe (Elliott Gould, uno de los actores más importantes del cine americano de los setenta) va a complicarle la vida a base de bien. Terry, que acaba de pelearse otra vez con su mujer, aunque en esta ocasión todo parece haberse salido de madre (al menos la marca de arañazos que luce en su mejilla así lo indica), prefiere poner tierra de por medio al otro lado de la frontera, en Tijuana. Marlowe, insomne, acepta hacer de taxista por una noche, pero a la vuelta todo se embrolla: la policía se muestra muy interesada en ese viaje, ya que la mujer de Lennox, Sylvia, ha aparecido brutalmente asesinada (de hecho, ha muerto a palos). Detenido para forzarle a contar lo que sabe de las relaciones de su amigo con su esposa, es puesto en libertad cuando la policía tiene conocimiento de que Lennox, único sospechoso del crimen, se ha suicidado en un remoto pueblo mexicano. Marlowe no se lo cree, pero no tiene por dónde empezar a investigar. La puerta se le abrirá inesperadamente al indagar sobre otro caso, el de la esposa (Nina Van Pallandt) de un escritor (Sterling Hayden) que lo contrata para que lo encuentre, ya que hace una semana que falta de su casa –en realidad se esconde, sin que ella lo sepa, en una clínica regentada por un extravagante doctor que lo chantajea (Henry Gibson)-. Sus ausencias son habituales porque su matrimonio no va bien, está bloqueado como escritor y se ha entregado a la bebida, pero en esta ocasión también hay algo distinto en esa desaparición que hace que su mujer se alarme. Por último, el toque maestro: Augustine (el actor y también director Mark Rydell), un mafioso local siempre rodeado de esbirros (entre ellos, sin acreditar, un bigotudo Arnold Schwarzenegger), encarga a Marlowe, por la fuerza, el hallazgo de 355.000 dólares que Lennox, en realidad un correo suyo, le ha birlado.

En esta Un largo adiós (The long goodbye, 1973), aproximación de Robert Altman al universo de Raymond Chandler, no falta, por tanto, ninguno de los ingredientes canónicos del cine negro clásico, a excepción quizá del tratamiento del blanco y negro, sustituido aquí por technicolor en sistema Panavision de aires setenteros empleado muy eficazmente por Vilmos Zsigmond. Lo demás, volcado al guión por nada menos que Leigh Brackett a partir de la novela de Chandler, esta todo ahí: un enigma alambicado con múltiples líneas de investigación entrecruzadas, paralelas o como camuflaje para despistar; una chica sofisticada y seductora que no se sabe si es sincera al ayudar al detective o sólo busca confundirle y utilizarle; un mafioso con intereses pecuniarios que parece tener mucho que decir en todos los asuntos que investiga Marlowe; policías cegados por la desidia, la burocracia o la ambición personal; chantajes; matones que van desde lo bestial a lo ridículo; noches de seguimientos, esperas y persecuciones; maletas llenas de dinero; lujosas casas junto al mar; diálogos, secos y cortantes, o elaborados e ingeniosos, según el caso, que en Marlowe se convierten en todo un recital de ironías, sarcasmos, juegos de palabras y bromas de doble filo; giros inesperados (en sentido literal algunos, como el episodio de la botella de coca-cola en el apartamento de Marlowe); mucho jazz (el clásico The long goodbye, entre otros, interpretado por Johnny Mercer, o la partitura compuesta para la película por John Williams); humor en pequeñas dosis; y, como añadido más que estimable, los toques cinéfilos, tanto en diálogos puntuales como en referencias explícitas (el guardia de seguridad que imita a antiguas estrellas; las secuencias “homenaje”, como esa en la que un personaje se suicida introduciéndose en el mar o los últimos planos, trasplantados del final de El tercer hombre de Carol Reed).

Altman dirige con fenomenal pulso, alejado de los largos planos-secuencia y sus confusos conglomerados corales, una historia que se ciñe a la evolución clásica, pero en la que no puede evitar introducir píldoras personales, algunas con tintes surrealistas Continuar leyendo “Altman encuentra a Chandler: Un largo adiós (1973)”

Diario Aragonés – Caballo de batalla

Título original: War horse

Año: 2011

Nacionalidad: Estados Unidos

Dirección: Steven Spielberg

Guión: Lee Hall y Richard Curtis, sobre la novela Michael Morpurgo

Música: John Williams

Fotografía: Janusz Kaminski

Reparto: Jeremy Irvine, Emily Watson, Peter Mullan, Niels Arestrup, Tom Hiddleston, David Thewlis, Benedict Cumberbatch, Celine Buckens, Toby Kebbell, David Kross, Nicolas Bro, Leonhard Carow, Eddie Marsan, Patrick Kennedy, Liam Cunningham

Duración: 146 minutos

Sinopsis: Historia de la amistad entre un joven y su caballo en el marco de la I Guerra Mundial.

Comentario: Da la impresión de que Steven Spielberg ha querido sintetizar en Caballo de batalla las dos vertientes de su filmografía, el cine infantil y juvenil, en el que es un maestro, y sus películas, digamos, “maduras”, en las que tradicionalmente casi siempre se queda corto o resulta fallido. En esta ocasión adapta una novela convertida en obra de teatro con un protagonista muy particular, Joey, un caballo sacado de su plácido hogar en la campiña para ser utilizado por el ejército británico en los combates de la Gran Guerra.

Filmada con elegancia, lirismo y corrección formales, la película adolece, por un lado, de personajes que superen las fronteras de lo arquetípico o de lo decorativo, lo cual acarrea que los intérpretes, siendo eficientes, no destaquen especialmente (a excepción, quizá, de Peter Mullan como padre del protagonista humano), y por otro, de un verdadero interés que no dependa del mero sentimentalismo. Construida sobre una estructura episódica, de pequeñas historias que, con Joey como hilo conductor, nos presentan distintos personajes y situaciones, unos domésticos y otros bélicos, que poco o nada tienen que ver entre sí y que fragmentan la narración con saltos de ritmo y rupturas de tono, ninguna de ellas resulta verdaderamente profunda o intensa en lo puramente narrativo, ya que sirven únicamente como pretexto emocional de la trama, esto es, la separación y el reencuentro de dos amigos, uno humano y otro equino, con un trasfondo bélico en cuyas causas, historia y consecuencias apenas se entra.

La simpleza emocional y narrativa de la cinta no se traslada a la puesta en escena, de dirección artística sobresaliente y con un gran trabajo de ambientación y un impecable tratamiento de primer nivel en la recreación de las secuencias y de los escenarios bélicos [continuar leyendo]

CineCuentos – Oswiecim

Su mirada era de un profundo gris y parecía tan antigua como el mundo. Su piel, de un blanco espectral, y sus cabellos, tan rubios que parecían de plata, le conferían un aspecto de ángel de la muerte. De estar a los pies de mi cama y no dentro de ella junto a mí, hubiera pensado que era un mensajero del averno enviado para pedirme cuentas. En sus ojos todavía se leía el miedo, la temerosa sumisión a quien sabe que controla su destino. Su cuerpo seguía gélido, a pesar del fuego de la chimenea y de llevar varias horas bajo las mantas. Me parecía haberle hecho el amor a un bloque de hielo. No se atrevió a hablarme ni cambió siquiera el gesto cuando me levanté, quieta en la cama, callada, esperando, quizá la muerte inevitable, quizá mi permiso para volver corriendo al campo, cabizbaja, herida, sucia, encorvada, con la memoria perdida en la nieve, pero viva un día más.

Cuando años después corrió la soga y la tierra desapareció bajo mis pies, creí ver entre los testigos de mi muerte, como un último destello, aquella mirada profunda y gris tan antigua como el mundo, tan inexpresiva como entonces, igual de muerta que yo. La que vi aquella mañana en Oswiecim. O como la llamábamos nosotros: Auschwitz.

La tienda de los horrores – Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal

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Pues sí, uno ha de reconocer que le ponía la mera expectativa de volverse a situar ante una pantalla para ver la silueta del héroe del látigo ajustándose el sombrero y de fondo los incipientes acordes del temazo de John Williams, indudable puerta abierta a una incesante catarata de acción y aventuras arqueológicas repleta de imprecisiones históricas y gran cantidad de absurdos, pero plenamente disfrutable. No en vano, el primer capítulo de esta saga, En busca del arca perdida, es sin lugar a dudas una obra maestra del cine de entretenimiento. A partir de ahí la cosa empezó pronto a decaer, intentando alternar la acción y la aventura con el humor y la autoparodia, pensando quizá más en el negocio que en el propio producto, y el resultado bajó muchos enteros, como ya dejamos claro aquí. La saga empezó a ser algo más cosa de fans que de aficionados al cine, como suele ser habitual en el cine comercialmente sobreexplotado, y lo que había nacido como una seria intención de recuperar los viejos cómics y el clásico cine de aventuras que dio a luz a generaciones enteras de lectores y cinéfilos, derivó finalmente en algo bastante friki. El anuncio de la tantas veces proyectada, aplazada y finalmente siempre descartada cuarta entrega de las peripecias de Indiana Jones resultó, no obstante, un prometedor augurio de que el cine de efectos especiales, monstruitos, superhéroes y demás morralla, pudiera dar paso de nuevo a una película de aventuras con mayúsculas pilotada por Spielberg y George Lucas, de nuevo con el viejo sabor de la emoción y el peligro a flor de piel.

Pues va a ser que no; el gozo en un pozo. Está claro que quienes a edades tempranas disfrutamos con la trilogía original en su momento (En busca del arca perdida es la primera película que quien escribe tiene memoria de haber visto en el cine) nos hemos hecho mayores y que ciertas historias y ciertos modos de contarlas ya no nos hechizan de igual modo; es lo lógico, uno de los resultados del proceso de maduración, por más que el Hollywood más comercial siga tomándonos por niños y defendiendo la inmadurez infinita. Pero es que la película, la cuarta entrega, no hay por dónde cogerla. Supone la degradación, la devaluación y la ridiculización, mucho más allá de una deliberada voluntad de autoparodia, no ya de un personaje y de una trilogía que se había ganado por derecho propio, a pesar de sus fallos – sobre todo de las dos últimas entregas -, un lugar en la Historia del Cine, sino también del recuerdo, de la memoria de millones de seguidores de la saga por todo el mundo. Y es que hay que ser un fanático muy convencido para no echar pestes de esta cuarta entrega.
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