Música para una banda sonora vital – Agosto (Auguste Osage County, John Wells, 2013)

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Lo mejor de este “melodrama por aplastamiento” (dícese -según definición que nos acabamos de inventar- de la película cuya esencia dramática descansa en el enfrentamiento a varias bandas entre múltiples personajes a raíz de la improbable coincidencia en un mismo tiempo, lugar e individuos de todo el espectro de conflictos que caben en la pareja y en la institución familiar: complejos paterno-materno-filiales de toda índole, traumas infantiles a cascoporro, desencantos emocionales, incestos, crisis matrimoniales, rencores, resentimientos, frustraciones, infidelidades, pedofilia, incomunicación perpetua, etc, etc…), es la canción con que se abre y cierra el film, Lay down Sally, en su versión de “Slowhand” Eric Clapton.

En cuanto a la película, cuya mejor baza son los nombres de su reparto (Meryl Streep, Julia Roberts, Ewan McGregor, Chris Cooper, Abigail Breslin, Benedict Cumberbatch, Juliette Lewis, Dermot Mulroney, Sam Shepard…), no consigue elevarse por encima del original teatral de Tracy Letts, resultando demasiado retórica, impostada, forzada, sin lograr transmitir con veracidad y solidez el poliédrico combate de sentimientos que se establece entre unos personajes que terminan siendo meras perchas para el enunciado verborreico (y mucho, muchísimo) de cosas que no se llegan a sentir como auténticas. Mejor la música, no cabe duda.

Confesiones de una mente peligrosa (2002): la telebasura mata

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La filmografía como director de George Clooney, a pesar de resultar, en general, salvo en momentos puntuales, irregular, desequilibrada y densa, suele superar con mucho en calidad e interés a la mayoría de las películas en las que interviene como actor, o en las que no toma parte en la dirección o, al menos, en la producción. Sus cuatro películas hasta la fecha, a excepción quizá de esa tontita mediocridad que es Ella es el partido (2008), contienen más cine por metro cuadrado de celuloide que aquellos productos en los que sólo se exhibe de manera vacía o estética el encanto, el carisma y el atractivo del actor con fines meramente decorativos y/o publicitarios. Su debut tras la cámara, Confesiones de una mente peligrosa (Confessions of a dangerous mind, 2002), más reconocida entre la crítica que apreciada por el público, es una película que gana en entidad y solvencia con el paso del tiempo.

Escrita por el guionista Charlie Kaufman a partir de la “autobiografía no autorizada” del productor televisivo y ex agente de la CIA (o eso dice él; en cambos casos, se podría añadir…) Chuck Barris, y producida por Steven Soderbergh, la cinta supone una, en ocasiones, desconcertante combinación entre comedia y drama, que destila un humor muy negro a lo largo de sus 110 minutos de metraje, pero con innegable estilo visual, complicada labor de producción (un meritorio cúmulo de localizaciones geográficas muy distintas, de Filadelfia o Nueva York a México, Berlín Este o Helsinki; una narración que se prolonga desde los años cincuenta a principios de los ochenta, con lo que supone a efectos de decoración, vestuario, maquillaje, ambientación general y, muy particularmente, la recreación del interior de unos estudios televisivos: producción, decorados, cámaras, control de realización, etc., etc.; un empleo de la música, comprendiendo tanto la banda sonora compuesta expresamente por Alex Wurman como las canciones colocadas para señalar propiamente la época en la que transcurre cada segmento) y una muy estimable labor de los intérpretes principales, especialmente de Sam Rockwell, su protagonista, una de las más estimulantes presencias del cine americano actual.

La película es contada mediante un gigantesco flashback, punteado con testimonios en el “presente” (entre ellos la aparición final del Chuck Barris real) que dotan a la historia de las formas y maneras de un reportaje periodístico: exiliado en la habitación de un hotel, Chuck Barris (Sam Rockwell) se entrega al abandono de sí mismo, a la suciedad, al desánimo, al remordimiento. Es un hombre que abomina de su pasado, que se avergüenza de sí mismo, que necesita liberarse de sus ataduras depresivas, del horror de sus malas acciones. Ni siquiera la presencia de Penny, su novia de toda la vida (Drew Barrymore, con diferencia lo más digno que ha interpretado desde E.T., el extraterrestre) al otro lado de la puerta para rescatarlo y llevárselo con ella a California consiguen que salga de su retiro y de su desamparo. La única salvación para él consiste en escribir su historia, en poner negro sobre blanco las luces y las sombras de una historia que sería “increíble” si no fuera “cierta”. Así, el espectador asiste a las evoluciones y, en algunos casos, justificaciones, de Barris para convertirse en lo que llegó a convertirse, un productor de telebasura y un asesino a sueldo de la CIA durante la Guerra Fría. Se trata de un acomplejado adolescente cuyas acciones van encaminadas en todo caso al sexo, a la consecución de sus deseos sexuales, desde los más elementales a los más perversos. Toda su carrera, su afán por convertirse en alguien en la televisión, no tiene otro fin que adquirir una fama, un prestigio y una popularidad que le faciliten la tarea de ver ocupada su cama, o cualquier otro mueble, funcional o no, cada noche, cada día, cada hora. En esta parte de la trama pesa el ritmo y el tono de comedia, porque Barris es tan pringado que suele contar sus intentos por fracasos. Al menos hasta que conoce a Penny, compañera de piso de una empleada de la televisión con la que se ha acostado (Maggie Gyllenhaal). Con Penny mandentrá una relación de encuentros y desencuentros que se prolongará toda su vida, salpicando sus distintas actividades.

Al mismo tiempo que logra su paso más importante en televisión (el llamado Juego de parejas, que en España, producido por el innombrable canal-ponzoña, se llamó Vivan los novios, presentado por aquel galán de cartón pìedra y la tetona siliconada de turno), entra en contacto con él Jim Byrd (George Clooney), un empleado de una agencia del gobierno que recluta individuos a los que convertir en máquinas de matar para delicadas misiones internacionales. Barris, que descubre el secreto placer que le produce la violencia sin consecuencias visibles, acepta, y desde ese momento su trabajo y su tapadera, sea cual sea uno y otro, se asocian e interrelacionan de manera que uno y otro se desarrollan a la par como mutuas coartadas. Y si en su vida común televisiva está Penny, en su vida como agente está Patricia (Julia Roberts), ambigua y áspera agente-contacto con la que inicia una relación puramente sexual, arrebatadora, de las que siempre deseó desde adolescente… Todo parece perfecto, hasta que se descubre la existencia de un topo en la organización. Continuar leyendo “Confesiones de una mente peligrosa (2002): la telebasura mata”

La tienda de los horrores – Sobrevalorados

En esta secuencia de la fenomenal Manhattan (Woody Allen, 1979), Isaac (Allen), Mary (Diane Keaton), Yale (Michael Murphy) y Tracy (Mariel Hemingway) hablan de, entre otras muchas cosas, su particular lista de personajes sobrevalorados de la cultura de todos los tiempos y de la vida en general, entre los que incluyen ilustres nombres como Gustav Mahler o James Joyce.

Esto de la sobrevaloración tiene su aquel. No es un fenómeno nuevo, ni mucho menos. Pero en la sociedad actual, acosada más que nunca por el marketing y la publicidad, cuya única finalidad no es la defensa de la calidad de un producto ni la mejora del bienestar o de la felicidad de los seres humanos y de un próspero aumento de sus condiciones de vida, o una contribución a la cultura o a la creación y mantenimiento de un sistema de creencias, valores y concepciones, sino la venta a toda costa del producto y el incremento de los márgenes de beneficio de empresas, compañías y fortunas particulares que ya tienen el riñón bastante bien cubierto, lo de la sobrevaloración ha llegado a ser incluso por sí misma un hecho cultural en el que no hay límite ético alguno, cancha abierta para la manipulación, el fraude y el provecho económico con escaso mérito o incluso sin él.

En España, es algo tan cotidiano y habitual que no pocas figuras del cine, la música y el artisteo en general se ganan la vida más que bien gracias más a la publicidad y al uso que de su imagen hacen los medios de comunicación que por la calidad última de los trabajos que perpetran, hasta el punto de que son absorbidos por la cultura mediática oficial como tótems de lo bueno, de lo mejor, de las esencias patrias deseables. Tal es así, que en la música española llamada popular, por ejemplo, son mayoritarios, por no decir que tienen el monopolio casi casi en exclusiva (Alejandro Sanz, Miguel Bosé, la familia Flores, Estopa o adquisiciones trasatlánticas como Shakira o Paulina Rubio, puaj!!!, y un larguísimo etcétera). Y en el cine también hay unos cuantos.

A nuestro juicio, esto de la sobrevaloración se da de dos maneras: 1) aquellos mediocres cuyos trabajos van en general de lo discreto a lo lamentable pero que, no se sabe por qué pero quizá por eso mismo son absorbidos por la cultura “oficial”, que los mima, los acoge, los subvenciona, les da incluso trabajo (TVE, la de carreras y cuentas corrientes que ha salvado…), los promociona gratuitamente con el dinero de todos y los erige en bandera de un modelo de cultura, de pensamiento, de trabajo o de estética deseables, no se sabe por qué o para quién, o aquellos que, tampoco se sabe por qué pero quizá a causa de todo lo expuesto, gozan del favor del público mayoritario, generalmente el menos reflexivo o exigente, gracias a la influencia de medios de comunicación de masas que simplemente repiten eslóganes, lugares comunes o se hacen eco de las notas de prensa de las agencias de publicidad, o también gracias a la “facilidad”, pobreza o calidad pedestre, asumible y cutre de lo que ofrecen. Y 2) Aquellos elevados por el esnobismo cultural más exacerbado a la categoría de inmortales en el Olimpo de la trascendencia, aunque nadie sea capaz de aguantar sus películas o terminar sus libros, por causa de quienes, en el ánimo de parecer distintos a sus semejantes, oponen lo culto a lo popular para distinguirse, significarse, separarse de la masa, alimentar su ego, su autoestima, su necesidad de sentirse mejores, por encima de sus semejantes, del “populacho”. Es decir, el “efecto gafapasta”.

Para nosotros, lo culto y lo popular no son opuestos, sino solo matices, apellidos de un mismo fenómeno. Nos da igual Tarkovski que Groucho Marx, Alfred Hitchcock que Leslie Nielsen siempre que lo que ofrezcan sea producto del trabajo, de las ideas, del mérito, de una elaboración profesional con ánimo de aportar, de crecer, de mejorar, de avanzar. Todo esto sea dicho como pretexto, sin salir del cine, o saliendo de él, qué más da, para proponer nuestra particular lista -meramente orientativa, sin ánimo de compendio- de SOBREVALORADOS, a la que todos los escalones están invitados a proponer nuevos nombres para su inclusión permanente y vergonzosa en la galería de fotos de nuestra tienda de los horrores. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Sobrevalorados”

Feliz Navidad (2ª parte) – Todos dicen I love you

En la delicia musical Todos dicen I love you (1996), Woody Allen incluye un sentido homenaje a Groucho Marx, en particular a la escena precedente, perteneciente al principio de la magistral El conflicto de los Marx (Animal Crackers, 1930). Allen, que utiliza un fragmento de ese pasaje musical de Groucho (I must beeee goiiiiiiing…) para los créditos de Si la cosa funciona (2009), rinde así pleitesía a una de las razones que, según él mismo expone casi al final de su clásico Manhattan (1977), hacen que la vida valga la pena.

Y como no podemos estar más de acuerdo con el genio de Brooklyn, aprovechamos ese magnífico homenaje musical para desear a todos los escalones unos días muy felices en compañía de aquellas personas, animales y cosas que más quieren.

I love you, my steps… ¡FELIZ NAVIDAD!

Cine en fotos – El factor X

BILLY WILDER: Tenía tanto en su interior, un sentimiento que comunicaba a los demás. ¿Si era sexy? Fuera de la cámara no era más que una actriz. Era muy delgada, era una buena persona, y a veces, cuando estaba en el plató, se hacía invisible. Pero tenía algo encantador, simplemente adorable. Uno confiaba en aquella persona tan menuda. Cuando se plantaba ante la cámara, se convertía en Miss Audrey Hepburn. Conseguía revestirse de atractivo sexual, y el efecto era tremendo. Por ejemplo, en Sabrina, cuando volvía de París con el vestido (…).

Se trata, una vez más, de ese factor X que uno tiene o no tiene. Uno puede conocer a alguien, le encanta, y luego la fotografía, y no es nada. Pero ella era algo. Y no habrá otra igual. Existe eternamente como parte de su época. No se la puede reproducir ni extraer de su era. Si se pudiera destilar el factor X, se podrían hacer todas las Monroes que uno quisiera, y todas las Hepburns…, como esa oveja que clonaron. Pero no se puede. Y era muy distinta en la pantalla que en la vida. No es que fuera vulgar; no. Pero en la práctica creaba algo nuevo, lleno de clase. Ella y la otra Hepburn, Katharine, en otra época. Era completamente maravillosa. Hoy tiene lo mismo Julia Roberts. Es muy buena, muy divertida… Me gustó inmediatamente en Pretty Woman. Pero ninguna actriz debe aspirar a ser Audrey Hepburn. El vestido de Givenchy está ocupado.

Sabrina fue una época difícil para mí. Era una película que íbamos escribiendo y perfilando mientras rodábamos. Hubo noches sin dormir. Mi espalda me estaba dando problemas. El guión no estaba terminado e íbamos retrasados. Ella tenía una gran escena con Bogart, cuando le visita en su sala de reuniones y él le dice que se vaya a París, y no acababa de salir bien. Así que llegué al estudio con sólo página y media y tenía que llenar la jornada entera. No podría ir al despacho principal y decir: “Nos hemos quedado sin guión”. Era viernes, teníamos el sábado y el domingo para escribir. Teníamos que ganar tiempo. Así que fui a verla y le conté el problema. “Mira, tienes que equivocarte con alguna frase, leerla mal. Lo siento muchísimo, pero me tienes que ayudar. No podemos rodar más que página y media. No hay más”. Y me respondió: “Te voy a ayudar”. Y así lo hizo.

Empezó a decir “Oh, qué dolor de cabeza tan terrible, voy a echarme un rato”. Y pasaban quince minutos, o una hora, de forma que prácticamente llegamos a las seis de la tarde con lo que teníamos, con la página y media. El sábado y el domingo reescribimos aquello. Por fin estaba listo. Pero ella me ayudó. Fue una cosa magnífica. Porque aquel día tal vez dio la imagen de actriz difícil, pese a que no deseaba una reputación de tener la cabeza a pájaros. Pero no le importó. Me ayudó.

Conversaciones con Billy Wilder. Cameron Crowe. Alianza Editorial (2002).

Música para una banda sonora vital – Pretty woman

Esta célebre película, que ya incluimos en su momento en la sección “Cine en serie – Maldito cine”, cuenta con una banda sonora que alcanzó un enorme éxito de ventas. Temas como el de Roy Orbison que da título a la cinta o el famoso y meloso It must have been love, del dúo sueco Roxette, fueron auténticos pelotazos del momento. Algo más escondida, afortunadamente, estaba esta canción del irrelevante grupo Go West, pop de 1990 demasiado ochentero, con todo lo que eso conlleva, lo de pop y lo de ochentero, titulada King of wishful thinking. Lo dicho, música pop con todas las consecuencias y vídeo que se mueve a medio camino entre lo triste, lo curioso, lo simpático y, sobre todo, lo patético. Se recomienda ver el vídeo dos veces, con y sin sonido. Lamentable. Con esta “inolvidable” canción y su correspondiente clip iniciamos una serie discontinua que irá reflejando el petardeo que también contienen algunas bandas sonoras.

Para compensar algo la fechoría de hoy, dos anuncios:

– En el marco de las Segundas Jornadas Aragón-India se proyectará íntegramente en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, Pza. Paraíso, 4, en sesiones de 19:30 a 21:30, del 8 al 10 de junio, la “Trilogía de Apu”, de Satyajit Ray, que incluimos en nuestra sección Cine en serie.

– Julio y agosto: cine de verano en 39escalones. Más detalles próximamente en sus pantallas.

Cine en serie – Pretty woman

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MALDITO CINE (y IX)

Finalizamos la sección Maldito Cine dentro del apartado Cine en Serie en la que durante nueve semanas (y media) hemos hecho un recorrido por el cine más cuestionable desde el punto de vista de su postura ideológica o de su clara tendenciosidad, con esta fábula romántica y empalagosa de un ya lejano 1990, en la que Richard Gere hace de magnate generoso y Julia Roberts de puta inteligente. Queriendo recuperar el espíritu de las comedias románticas (expresión que odio, por cierto) de la época dorada de Hollywood, el intrascendente pero hábil Gerry Marshall terminó creando una película que marcó un hito en el cine norteamericano de los noventa, lanzó a la fama a la protagonista, y dio cuerda a un Richard Gere que a mediados de la década anterior ya estaba defenestrado.
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