Música para una banda sonora vital – Tres colores: Azul (Krzysztof Kieslowski, 1993)

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Esta Song for the unification of Europe (Tema por la unificación de Europa), compuesta por Zbigniew Preisner, es una de las grandes bazas de Tres colores: Azul (Trois couleurs: Bleu, Krzysztof Kieslowski, 1993), primera parte de la famosa trilogía basada en la bandera francesa y en sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad (tan en entredicho en la propia Europa hoy en día), magistralmente concebida, diseñada y ejecutada por el prestigioso director polaco, y que se completa con Tres colores: Blanco (Trois couleurs: Blanc) y Tres colores: Rojo (Trois couleurs: Rouge), ambas del 94.

Casi 8 maravillosos minutos bajo los que bucean siglos de desdichas acaecidas en el continente europeo, así como una esperanza, hoy en día truncada por la Europa del dinero, los negocios, la libertad de capitales (incluso a paraísos fiscales que pertenecen a ella como miembros de pleno derecho), de que, en vez de crear nuevas fronteras artificiosas basadas en las delirantes interpretaciones del pasado de algunos, seamos capaces de abolir las que nos hemos ido inventando durante siglos merced a los intereses de los ricos, los poderosos y sus acólitos. Porque no hay nacionalistas buenos o malos según la banderita que lleven o el número de sus franjas. Independientemente de los colores que porten, la ignorancia, el oscurantismo, la superchería y la interpretación simplista, falsaria, maniquea y retrógrada de la historia y de la realidad social no pueden triunfar. En Europa, y especialmente en España tras cuarenta años de nacionalcatolicismo criminal, sabemos muy bien a qué nos llevan los delirios mesiánicos de los mediocres, y el seguidismo que de ellos hacen los pueblos manipulados, coaccionados o desesperados. La invención de presuntas “naciones libres” como coartada para continuar forjando esclavos.

Encuentro de oriente y occidente: El vuelo del globo rojo

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La mayor virtud de esta película del reputado director chino Hou Hsiao-Hsien, cineasta de talla mundial del que en cambio sólo se han estrenado seis películas en España, es precisamente el complejo discurso que subyace tras las bellas y aparentemente banales -y también en ocasiones aburridas- imágenes con las que ilustra la historia, por llamarla de alguna forma, de Song Fang (interpretada por ella misma), una joven de Taiwan que viaja a París para estudiar cine y que se emplea en casa de Suzanne (Juliette Binoche), una actriz que trabaja poniendo voz a un espectáculo de marionetas, para cuidar a su hijo Simon y obtener así un sueldo con el que costear su estancia y sus estudios. Y este discurso a varias bandas que introduce subrepticiamente bajo el acopio de escenas cotidianas con que nos obsequia, y a veces nos bombardea, no es otro que la especial relación de atracción y alejamiento que caracteriza las relaciones entre las culturas oriental y occidental, una cuestión fundamental para gran parte de los cineastas orientales dado que, al mismo tiempo que poseen una identidad propia, diferenciada y reconocible, tanto en la forma de narrar como en el tratamiento visual, sus historias se nutren en ambos aspectos tanto de referencias culturales propias como de las innegables influencias del cine clásico occidental en su forma de concebir el séptimo arte, con continuos guiños y reminiscencias de un estilo que les es a priori ajeno, pero que asimilan como propio para convertirlo en punto de partida.

En esta ocasión, el encuentro es, además de físico entre representantes de ambas procedencias, artístico, emocional e incluso conceptual, con ramificaciones que se unen, mezclan y contienen. Para empezar, una de las referencias cinematográficas de Song Fang en sus estudios es la gran película infantil de Albert Lamorisse El globo rojo (1956), que cuenta la historia de un niño que se encuentra un globo rojo (o es éste quien le encuentra a él) y que le sigue a todas partes desde el aire, si bien las crecientes envidias entre sus amigos y compañeros de colegio ante la especial relación que ha establecido con tan mágico artilugio acaban con la rotura del globo, que simboliza el paso a la madurez del muchacho. La película de Lamorisse constituye el leitmotiv simbólico del contenido último de la película de Hsiao-Hsien, al ser utilizado también por él como vehículo en su recorrido por los cielos de París: el globo aparece ya en la primera escena de la película, y va asomándose en distintos momentos de la historia, hasta incluso dentro de un cuadro que Simon contempla en el Museo d’Orsay en una visita colegial, siendo además también el detonante estético del cortometraje que rueda Song con su cámara digital. De esta manera, el globo rojo hace de doble catalizador: en la ficción, en la película que filma Song, y en la realidad, en el propio trabajo de Hsiao-Hsien. Continuar leyendo “Encuentro de oriente y occidente: El vuelo del globo rojo”

Música para una banda sonora vital – El paciente inglés

Márta Sébestyén es una excelentísima cantante húngara que obtuvo fama por los temas incluidos en esta película de 1996, aunque ya había logrado cierta notoriedad un año antes por su colaboración en el disco Boheme del magnífico grupo Deep Forest. Marta, hija de una etnomusicóloga, ha buceado en las expresiones más puras del folclore húngaro y del resto del este de Europa a través de su incorporación a grupos como Muzsikás y Vujicsisc, explotando una fórmula que mezcla las composiciones clásicas creadas a partir de las minuciosas recopilaciones de música popular realizadas por Béla Bartok y las melodías húngaras, rumanas, rusas o griegas y sus conexiones con la música tradicional gitana e incluso de India.

Marta ha colaborado en algunas otras películas, como en Prét à porter de Robert Altman o La caja de música de Costa Gavras. Nos quedamos con los créditos de apertura del film de Anthony Minghella acompañados por la voz de Sébestyén y con esa deliciosa joya de Marta y Deep Forest titulada Martha’s song, dedicada, of course, a mis queridas Marta y Marta.

Maravilloso clip, por cierto: el mundo, la vida, este maltrecho contenedor donde, a poco que se busque reparar en ellas, florecen por doquier belleza y armonía, no para de dar vueltas y vueltas y de recordarnos lo pequeños que somos ante su hermosa inmensidad…

Cortometraje: Faubourg – Saint Denis

Película de Tom Tykwer que forma parte del macroproyecto Paris, Je t’aime, homenaje a la ciudad de la luz por parte del cine que consiste en minipelículas encadenadas de apenas unos minutos, dirigidas por cineastas de todo el mundo: Olivier Assayas, Frédéric Auburtin, Gérard Depardieu, Gurinder Chadha, Sylvain Chomet, Joel Coen, Ethan Coen, Isabel Coixet, Wes Craven, Alfonso Cuarón, Christopher Doyle, Richard LaGravenese, Vincenzo Natali, Alexander Payne, Bruno Podalydès, Walter Salles, Daniela Thomas, Oliver Schmitz, Nobuhiro Suwa, Tom Tykwer y Gus Van Sant, y con una extensa y variopinta nómina de intérpretes: Natalie Portman, Fanny Ardant, Elijah Wood, Nick Nolte, Juliette Binoche, Willem Dafoe, Bob Hoskins, Gena Rowlands, Ben Gazzara, Gérard Depardieu, Steve Buscemi, Rufus Sewell, Emily Mortimer, Maggie Gyllenhaal, Leonor Watling, Miranda Richardson, Sergio Castellito Juliette Binoche, Sergio Castellitto, Olga Kurylenko, Li Xin, Javier Cámara, Margo Martindale, Yolande Moreau, Catalina Sandino Moreno, Ludivine Sagnier, Barbet Schroeder, Gaspard Ulliel… (duración: 7 minutos, aproximadamente).