Música para una banda sonora vital – Nueve semanas y media (Nine 1/2 weeks, Adrian Lyne, 1986)

39 semanas y media

Es la tercera ocasión en la que Joe Cocker aparece por esta sección, un tipo que se ha hecho grande gracias a sus eficaces versiones de canciones de éxito (Bob Marley o Lovin spoonful, entre otros, aunque su mayor mérito reside en haber mejorado a Los Beatles, que ya es decir). Su tema más archiconocido, You can leave your hat on, es de hecho una reinterpretación de un tema de Randy Newman (habitual compositor de cintas animadas de Disney; menudo contraste…) para esta película de Adrian Lyne que lanzó al estrellato sexual a Kim Basinger, le metió la tontería en la cabeza a Mickey Rourke (hasta los extremos actuales, que parece que desayuna neumáticos todos los días) y que, en resumidas cuentas, a pesar de su carga erótica y del morbo que promete, no deja de ser una película profundamente retrógrada y conservadora, por no hablar de que la cosa en su conjunto es bastante más que soft. De ella, con el tiempo, ha quedado una fama inmerecida, una restricción para menores de 18 años, una famosa escena de strip-tease, y un tema para los restos que, además, tiene un valor añadido: permite adivinar cuántos gilipollas sueltos hay en cualquier bar a altas horas de la noche.

Y de propina, más Joe Cocker, esta vez versionando al gran Ray Charles en su fenomenal Unchain my heart. Temazo.

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Dos píldoras de Charles Bukowski: El borracho y Factótum

barfly

Si la expresión “escritor de culto” es aplicable a alguien es sin duda a Charles Bukowski, paradigma del llamado “realismo sucio” de la literatura norteamericana contemporánea. Autor de decenas de novelas (La máquina de follar, Factótum o Pulp, por citar tres), multitud de relatos cortos e incontables poemas, era cuestión de tiempo que sus libros o la atmósfera que retrata en los mismos fueran llevados al cine, directamente o por imitación. El no menos de culto cineasta francés nacido en Teherán Barbet Schroeder (convertido en cineasta en plena nouvelle vague junto a Jean-Luc Godard y Jacques Rivette, y autor de películas tan variopintas, tanto en Hollywood como fuera de él, como More, La Vallé, Mujer blanca soltera busca, El misterio Von Bülow, La virgen de los sicarios o la impresionante dupla de documentales General Idi Amin Dada, sobre el dictador ugandés, y El abogado del terror, sobre el abogado Jacques Verges) llevó a la pantalla El borracho (Barfly, 1987), con guión del propio Bukowski inspirado en su propia biografía.

Su trasunto, Henry Chinaski (interpretado por Mickey Rourke en lo que bien podría haber sido el mejor papel de toda su carrera hasta su reciente y magistral caracterización de la derrota en El luchador), es un joven escritor, genial y lúcido, cuyas virtudes son favorecidas por el ingente consumo de alcohol y la vida nocturna a borbotones. Su local favorito es El cuerno de oro, lugar frecuentado por un conjunto de múltiples territorios humanos de la noche de lo más exótico: vagabundos, putas, tipos solitarios, desechos sociales y demás individuos marginales (incluido el propio Bukowski sentado en un taburete ante la barra). El aliciente de la noche suelen protagonizarlo Henry y Eddie, el barman del turno de noche, cuyas peleas son objeto de apuesta por el resto de los clientes. Si Henry gana, se gasta los pavos ganados en copas o putas. Si pierde, Jim, el barman del turno de día, le cura las heridas y le da alguna que otra copa gratis. Y así es la vida de Henry hasta que una noche conoce a Wanda (Faye Dunaway), una mujer de de belleza residual que tiene tanta afición a la soledad y al alcohol como él mismo.

La película es un catálogo de excesos interpretativos y narrativos, aunque para apreciarlos en lo que valen y no llevarse la impresión de que asistimos a una pantomima artificiosa, a un desbocado tributo a una vida al límite de alcohol, drogas y agresividad social, es imprescindible verla en versión original (la diferencia es tal, que la gran interpretación de Rourke se convierte en una nulidad en la versión doblada). Por lo demás, la película es más bien un producto para lectores fieles de Bukowski (o de la música: la banda sonora contiene piezas de Mahler, Beethoven, Mozart o Händel, entre otros), acostumbrados a esos personajes derrotados, a la figura del perdedor en escenarios de tugurios nocturnos, moteles, habitaciones cochambrosas, cucarachas, suciedad y barrios marginales de naves vacías, bares poco frecuentados y calles semidesiertas, retratado como un hombre desaliñado, sin afeitar, de ropa arrugada y llena de lamparones, de talento e inteligencia innegables pero de vida anárquica, sostenida por el alcohol, una vida en la que la comida pinta poco y el agua todavía menos, ni para beber ni por higiene. Y desde esa perspectiva, pequeñas dosis de lucidez en forma de reflexiones interesantes, de píldoras de sabiduría concentrada en lo que es un análisis demoledor de la sociedad actual, críticas devastadoras a una hipocresía instalada como valor fundamental y único de un desierto intelectual en el que los individuos ya no saben vivir como tales, sino produciendo por objetivos, vitales o económicos, utilizando para ello ese ser acabado como metáfora del alma del hombre contemporáneo, consumido por enormes debilidades sin que lo sepa o bien acomodándose a ello, resignándose, entregándose, revolcándose en ellas, asumiendo el final pero disfrutando de todo lo que le dan hasta que ese inevitable momento llegue. Un personaje, un esperpento deliberado cuyo rechazo por parte de la “gente bien” es una inteligente forma de retratar el inconsciente autorrechazo por sí mismos. Continuar leyendo “Dos píldoras de Charles Bukowski: El borracho y Factótum”