Música para una banda sonora vital – Vencedores o vencidos (Judgement at Nuremberg, Stanley Kramer, 1961)

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Aunque existen ejemplos previos, el cine de tribunales se asentó en Hollywood entre mediados de los cincuenta y comienzos de los sesenta. En algo menos de un decenio se produjeron las mejores películas de temática judicial, un género que tanto ha degenerado posteriormente en el cliché de lo fácil y lo previsible de resultas de su mezcla con el drama y el melodrama. En aquellos años, no obstante, alcanzó un apogeo que respondía directamente al clima político vivido entonces en los Estados Unidos a causa, por un lado, de la emergencia del país como potencia económica y militar global tras las Segunda Guerra Mundial y de la hegemonía de lo que Eisenhower denominó al final de su mandato como “complejo militar-industrial”, y por otro, de las sucesivas tensiones y transformaciones internas, en el plano político y jurídico, pero también en lo económico, lo social y lo cultural, derivadas del contraste entre el papel ejercido por el país a nivel mundial y la necesaria preservación de los derechos y libertades fundamentales de su sistema democrático. No es de extrañar que otro de los géneros más estimados por Hollywood en ese momento fuera el peplum, y que durante esos mismos años se filmaran las más importantes películas ambientadas en la Roma antigua, casi siempre situadas en un periodo histórico muy concreto (y muy elocuente), el que comprende el final de la República romana y el nacimiento del Imperio.

En 1961 Stanley Kramer produjo y dirigió esta joya de más de tres horas de duración (tan absorbentes y entretenidas que se pasan en un suspiro) que narra el viaje de un juez del estado de Maine (Spencer Tracy) a Nuremberg para presidir el tribunal que ha de juzgar por crímenes de guerra a algunos de los juristas más importantes de la Alemania de Weimar, después asimilados y comprometidos con la barbarie nazi. Además de Tracy, la película cuenta con un reparto excepcional formado, entre otros, por Burt Lancaster, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Maximilian Schell, Judy Garland, Montgomery Clift, Werner Klemperer o William Shatner, y entre sus sorpresas contiene imágenes de algunas de las películas auténticas que cineastas de Hollywood como Billy Wilder filmaron de la liberación de los campos de exterminio en 1945. La película analiza la cuestión de la culpa colectiva, y también las relaciones entre los conceptos de derecho y justicia, y cuenta con momentos absolutamente brillantes.

La música no desmerece. Ernest Gold compuso para la película una partitura que incluye esta overtura que capta a la perfección toda la pompa militarista y la eufórica agresividad del autobombo nacionalista tan querido a los nazis (con un aire casi más propio de la Oktoberfest). Suena al comienzo, en un plano congelado de las instalaciones de Nuremberg, coronadas por la esvástica y el águila, en las que el partido nazi celebró su famoso congreso de 1934, inmortalizado en imágenes por Leni Riefenstahl. Cuando la música termina, la cruz gamada y el águila saltan dinamitadas por los aires.

Música para una banda sonora vital – Jefferson Airplane

La música de Jefferson Airplane, grupo de rock influenciado por la psicodelia y las drogas alucinógenas contemporáneo de The Mamas & The Papas o Scott McKenzie, suele ir ligada, como muestra el primero de los vídeos que aparecen a continuación, a un periodo muy determinado de la historia reciente norteamericana, los años sesenta y setenta, a acontecimientos como la guerra de Vietnam, Woodstock o la lucha por los derechos civiles y a figuras como los hermanos Kennedy o Martin Luther King. No se le escapó este detalle a Robert Zemeckis para Forrest Gump y ese doble compendio de rock, pop y folk que constituye su banda sonora, todo un éxito de ventas en su día que incluía joyas de la música imprescindibles. Precisamente la abre Volunteers, un clásico del grupo californiano convertido en himno contra la intervención militar norteamericana en el sudeste asiático. Otro de los grandes clásicos del grupo, Somebody to love, tenía una presencia destacada en Apolo 13, de Ron Howard, y además es perpetrada por Jim Carrey en esa cosa llamada Un loco a domicilio, bodrio dirigido por Ben Stiller, el eslabón perdido de Atapuerca.

Revolución, de Hugh Hudson y Al Pacino

El 4 de julio es la fiesta de la independencia de los Estados Unidos ese gran país en tantos aspectos (por ejemplo, el cine) y ese pérfido invento en otros muchos, desde que tal día de 1776 se firmara la Declaración de Independencia respecto al rey de Inglaterra, Jorge III por parte de sus antiguas trece colonias de Norteamérica y que supondría el origen del imperio que actualmente padecemos y que no vaciló en asumir las enseñanzas filibusteras de su antigua metrópoli y explotarlas al límite durante los últimos doscientos y pico años. Sabido es que la revolución americana, como cualquier otra revolución, no supone más que un forzamiento para que las clases privilegiadas admitan en sus círculos privados a las clases dirigentes del proceso revolucionario, momento a partir del cual el pueblo y los valores pasan a importarles un pimiento morrón, lo cual queda constatado en esta guerra revolucionaria por la que las antiguas colonias, con el apoyo “desinteresado” de Francia y España, llegaron a constituir tras siete años de combates un Estado de aristocracia económica, que mantuvo la esclavitud legalizada durante casi cien años más, y que desde el momento de su fundación realizó una ingente labor de limpieza étnica con la población autóctona norteamericana a la par que un acoso y robo de tierras a sus vecinos mexicanos en lo que sería el antecedente de la famosa doctrina Monroe (“América para los [norte]americanos”), política que, contraviniendo todos y cada uno de los elevados postulados por los que se decía buscar la libertad y que venían expresados en la Declaración de Derechos de Virginia y en la propia Declaración de Independencia, ha mantenido en las formas y lugares más dispares durante el resto de su breve historia, haciéndonos saborear las “mieles” de la democracia liberal a tiro limpio, con la implantación o mantenimiento de largas y sangrientas dictaduras a la menor ocasión o con la financiación y equipamiento de grupos terroristas que al tiempo han supuesto una amenaza para todos. Y aunque haya quien se derrita de gratitud por la feliz circunstancia de que fueran los Estados Unidos los que “salvaran” al mundo de la pesadilla del nazismo, quizá convendría señalar algunas razones para tal acto de “generosidad”, como son el deseo (mantenido aun hoy) de que Europa no esté nunca unida bajo un único mando común (sea nazi, comunista o democrático, para lo cual cuentan con la inestimable ayuda quintacolumnista del Reino Unido a la que aspiran a añadir otras como Turquía) que suponga una competencia letal para sus intereses, o la necesidad de ocultar la contemporización de los sucesivos gobiernos americanos con los nazis y la germanofilia de muchos dirigentes políticos y económicos de Estados Unidos hasta 1941, incluidos los abuelos del actual (por poco tiempo, afortunadamente) presidente Bush o los padres del “heroico” presidente-mártir Kennedy, al que para mitigar los devaneos de su familia con los nazis hubo que inventarle apresuradamente un historial heroico que incluir en su hoja de servicios militar. Una democracia en que son tantas las leyes que prohíben, censuran y restringen como las que reconocen derechos, si no más, derechos que sólo parecen haber estado vigentes para los ciudadanos de pasaporte norteamericano pero de los cuales, a su entender y con el alto objeto de “proteger su modo de vida”, es decir, el dólar, no son sujeto los seres humanos del resto del mundo.
Feliz 4 de julio a todos.

Muchas son las películas norteamericanas que, como no podría ser de otra manera tratándose del segundo productor mundial de cine (tras India), Continuar leyendo “Revolución, de Hugh Hudson y Al Pacino”

Buena intriga de los 80: ‘No hay salida’

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Esta obra de Roger Donaldson dirigida en 1987 es uno de los más resultones filmes de intriga de los 80, que combina sexo, romance, acción, política, espionaje y crímenes. Quizá sin llegar a ser brillante, es un buen exponente del buen cine de entretenimiento, idónea para acompañarla con palomitas, frutos secos, pipas y demás menudencias alimentarias. Tom Farrell (Kevin Costner) es un oficial de la marina norteamericana que conoce en la fiesta de reelección del Presidente a Susan, una ardiente joven (Sean Young) -la escena de sexo entre ambos en una limusina que da vueltas por Washington ha quedado para los restos- con la que inicia una relación. Sin embargo, ella tiene un particular modo de ganarse la vida: es la amante de David Brice (Gene Hackman), Secretario de Defensa (que es como se llaman en EE.UU. los ministros) del gobierno reelegido y superior directo de Tom en su nuevo puesto en el Pentágono. La cosa se complica cuando, en un arrebato de furia motivado por los celos que siente Brice al saber que ella tiene un novio cuya identidad se niega a revelar, Brice mata a Susan.
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