Música para una banda sonora vital – The way you look tonight

Compuesta por Jerome Kern, con letra de Dorothy Fields, The way you look tonight, historia viva de la música estadounidense, es una canción igualmente inseparable de la historia del cine desde que Fred Astaire se la cantara a Ginger Rogers en En alas de la danza (Swing time, George Stevens, 1936).

La canción ha aparecido innumerables veces, en múltiples versiones, en películas de todo tipo. Es habitual en la filmografía de Woody Allen -así, por ejemplo, en Hannah y sus hermanas (Hannah and her sisters, 1986), Alice, (1990) o Todo lo demás (Anything else, 2003)- pero también recurren a ella otros directores, siempre para remarcar momentos especialmente emotivos, como Kenneth Branagh en Los amigos de Peter (Peter’s friends, 1992).

Como se trata de historia del cine y de la música, nada mejor que escucharla en la versión de otro nombre que es historia del cine y de la música, Frank Sinatra.

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Electroletras: otros “Shakespeares” del cine

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En Electroletras, el programa de TEA FM, conmemoramos el cuarto centenario de la muerte de William Shakespeare, que se cumple este año, recuperando varios clásicos cinematográficos basados en obras de William Shakespeare, dejando de lado, eso sí, las obras de Laurence Olivier, Orson Welles y Kenneth Branagh.

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Puro teatro… y algo más: Looking for Richard (Al Pacino, 1996)

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Retomamos el título de un libro de otro hombre de teatro, Fernando Fernán Gómez, para referirnos a esta inclasificable (para bien) y excelente película dirigida por Al Pacino, Looking for Richard, excepcional mixtura entre cine vanguardista y experimental, falso documental y adaptación teatral que, partiendo del proceso de creación de un montaje cuasi-privado de la obra Ricardo III de William Shakespeare, nos ofrece una visión global del proceso creativo de puesta en marcha de una obra, desde el estudio del texto original, su análisis, su contextualización histórica y el acercamiento a la figura de su autor, hasta la selección del reparto, el debate en el seno de la compañía en cuanto a los distintos puntos de vista sobre las escenas más relevantes y su tratamiento y, por último, de la percepción por parte del público tanto de la obra como del autor, del teatro en general y del shakespeariano en particular. Todo ello, no con vistas a la representación de la obra en un marco teatral -o, mejor dicho, no sólo- sino, y ahí radica buena parte del mérito innovador del filme, para la puesta en imágenes cinematográficas de una forma de expresión artística puramente teatral traducida al lenguaje de la cámara sin olvidar la naturaleza última de su raíz, la esencia íntima del teatro. La gran virtud de la cinta reside en que, construyéndose en un formato documental mediante el que Pacino pretende acercarse -y acercar al público- a una de las obras más complejas y difíciles de representar del inmortal dramaturgo inglés, la película termina conteniendo en su metraje final, 107 minutos, la práctica totalidad de la obra, o al menos sus fragmentos más importantes y reconocibles, una nueva forma, más dinámica, didáctica, amena y apasionante de brindar al público generalista la oportunidad de zambullirse en el universo de conspiraciones, crímenes, envidias, celos, asesinatos, ambiciones, traiciones y venganzas que comprende el inagotable caudal de las tragedias shakespearianas. De tal manera que el espectador, que al principio asiste al proceso de construcción, o más bien de deconstrucción, de un denso drama de complot, ascenso y caída con mucha sangre vertida, obtiene finalmente la recompensa de una representación superlativa de un clásico imperecedero, y a día de hoy no superado, sobre la naturaleza del poder y de la corrupción de su ejercicio, en un destilado lenguaje, además, que ofrece lo mejor del teatro con una exposición cinematográfica ejemplar, que roza el virtuosismo en la dirección y en el montaje. Este aspecto de mezcla de lenguajes queda simbolizado ya en los créditos iniciales: en primera instancia, las palabras “king richard” aparecen sobreimpresionadas en la pantalla; después, son “look” y “for” las que ocupan su orden para componer el título del filme.

Pacino nos lleva de la mano, en un tono ligero, atractivo, moderno y extraordinariamente dinámico, de lo general a lo particular, de los fríos datos o incluso de las académicas explicaciones de los eruditos (momento en el que Pacino se recrea con no poco sentido del humor) a la más pura expresión de sensibilidad artística, a la emoción estrictamente teatral, y lo consigue con un sabio manejo de localizaciones, tonos, intereses y ritmos diferentes. Lo mismo recorre las calles de Nueva York, entre toma y toma de un rodaje, o buscando localizaciones para la representación (en imágenes fílmicas) de la obra, deteniéndose a preguntar a los transeúntes por Shakespeare, por sus conocimientos sobre él, por su opinión sobre su legado (calificado invariablemente, con alguna excepción fenomenalmente lúcida, de inaccesible, anticuado, denso o incluso aburrido, una encuesta presidida casi uniformemente por un gran desconocimiento y una no menor pereza a la hora de esforzarse en paliar esa carencia), que nos permite asistir a las charlas internas entre dirección y reparto sobre las claves del texto y sus puntos fuertes, la forma de encarar el proceso de adaptación y de entrar dentro de los personajes por parte de los actores. Igualmente, son muchos los pasajes que, en localizaciones seleccionadas de la propia ciudad de Nueva York (un museo de ambientación medieval, por ejemplo, o el campo de batalla final), durante cenas, fiestas o paradas para tomar algo, en una escenografía propiamente teatral, en lecturas colectivas del texto, en monólogos improvisados en el asiento del copiloto de un coche, o, simplemente, en ropa de calle, en tal o cual esquina o en la habitación de un hotel, exponen directamente el contenido de la obra al público (a veces con un realismo, digamos excesivo: en determinados momentos, la cámara capta clarísimamente los salivazos de un inspirado Pacino, cual aspersor, entregado a su personaje), de modo que, uniendo los distintos fragmentos, sus diversas formas y tonos, al final el espectador comprueba que ha asistido a una representación integral de la obra original.

Por otro lado, son en ocasiones los mismos expertos en Shakespeare, desde profesores universitarios hasta grandes intérpretes y directores que han dedicado años de su vida a trabajar en montajes y adaptaciones suyas (Kenneth Branagh, John Gielgud, Vanessa Redgrave, entre muchos otros), Continuar leyendo “Puro teatro… y algo más: Looking for Richard (Al Pacino, 1996)”

Música para una banda sonora vital – Intrusos (II)

Seguimos con actores y actrices “infiltrados” en clips musicales. En este caso, el atorrante Robin Williams se mete en el trío protagonista del archiconocido Don’t worry, be happy de Bobby MacFerrin, mientras que John Malkovich y un, por entonces, desconocido Hugh Laurie (que hacía películas con Kenneth Branagh como Los amigos de Peter y figuraba como secundario en cintas con ratones animados por ordenador como Stuart Little antes de ser el famoso Doctor House) acompañan a Annie Lennox, ex Eurythmics, en Walking on broken glass.

La tienda de los horrores – La huella (2007)

Un sacrilegio. Los remakes de ciertas cosas son puro sacrilegio. Desde luego, no pocas veces hay que alabar la irreverencia de quienes, saltándose normas y bajando del pedestal a artistas santificados, osan explorar lenguajes nuevos y llevar sus historias más allá. Pero repetirse por el mero gusto del propio onanismo, o peor todavía, por la caída en desgracia o la ausencia de ideas propias, es digno de cárcel. Y en este caso, Kenneth Branagh y Jude Law (director y uno de los productores, respectivamente), merecen la pena máxima.

La última película de Joseph L. Mankiewicz, de 1972, es una obra maestra absoluta, un ejemplo del punto de magnificencia cinematográfica que puede llegar a alcanzar a veces ese cine que algunos rechazan como “excesivamente teatral” (pobres). En ella, dos intérpretes de primera categoría (Laurence Olivier y Michael Caine), una obra excepcional de Anthony Shaffer (autor teatral especializado en obras de misterio con su propia trayectoria cinematográfica como guionista –Frenesí, de Alfred Hitchcock (1972) o las adaptaciones de Agatha Christie con Peter Ustinov como Hercules Poirot, Muerte en el Nilo (1978) o Muerte bajo el sol (1982) son muestra de ello-), la juguetona partitura de John Addison y, por encima de todo, las grandes dotes de Mankiewicz para la dirección de actores, la traslación a imágenes de los guiones y el dominio de la puesta en escena, componen un puzle inolvidable, una joya repleta de suspense, ingenio, inteligencia, chispas de humor e ironía, crítica social y, sobre todas las cosas, una relación especial entre película y espectador: un reto en forma de juego. La historia de un adinerado y aristocrático autor de novelas policíacas que invita al amante de su mujer a pasar con él un fin de semana en su mansión de campo para proponerle un plan criminal que les permite enriquecerse y vivir libremente sus aventuras amorosas consigue elevarse tras sus ciento treinta y ocho minutos a la categoría de mito.

Poco de ello conserva, sin embargo, la versión de Branagh de 2007. El planteamiento es el mismo, pero el resultado es muy diferente a pesar de contar con Harold Pinter para adaptar la historia de Shaffer. Con todo, vayamos primero con lo positivo: la película de Branagh y el texto de Pinter encaran directamente y sin ambages los tintes de homosexualidad, más o menos latente, que contenía la obra de teatro y que en la película de Mankiewicz, pese a contar con el propio Shaffer como adaptador, han de leerse muy entre líneas. La ejecución de esta parte de la historia por los actores, es otro cantar, pero al menos la idea está ahí.

En cuanto a lo negativo, lo es casi todo. Las grandes expectativas que levantara el proyecto, especialmente por los nombres involucrados en él, no tardan en frustrarse: uno espera mucho más de un guión de Harold Pinter, de la dirección de Branagh, que si bien estaba -y está- en horas muy bajas, sí que había dado durante los noventa la medida de lo que era capaz dirigiendo e incluso interpretando películas basadas en textos teatrales, siempre con el respaldo de Shakespeare y del buen hacer de su ex, Emma Thompson, de la interpretación de Caine, un seguro, y de la de Jude Law, uno de los más prometedores actores “jóvenes” de su generación, con un incipiente currículum más que aceptable, y que hoy parece ser otra muestra de cómo el éxito hueco puede devorar en la nada más absoluta a las nuevas caras desorientadas por el reconocimiento y el dinero fácil.

La película comete errores desde el principio, desde los mismos créditos Continuar leyendo “La tienda de los horrores – La huella (2007)”

Música para una banda sonora vital – Los amigos de Peter (I)

La banda sonora de esta película de Kenneth Branagh es un compendio de rock y pop de los ochenta que incluye nombres como The Pretenders, Cyndi Lauper, Paul Young, Eric Clapton, Elton John, Queen, Terence Trent D’Arby, Prefab Sprout, Tina Turner, Deacon Blue o The Pasadenas, con la incursión añadida de una clásica del jazz como Nina Simone.

Sin duda, rescataremos más temas esta banda sonora. En esta ocasión nos quedamos con la canción que abre la película, Everybody wants to rule the world, de los británicos Tears for fears, que actúa como hilo narrativo entre el prólogo de la película, situado en 1982, y el reencuentro de los protagonistas diez años después que constituye el motivo de la trama, mientras por la pantalla van desfilando acontecimientos de la vida pública británica acaecidos durante ese tiempo: la elección de Margaret Thatcher como primera ministro, la guerra de las Malvinas, las huelgas mineras, la boda de Carlos y Diana, las tragedias mortales en distintos campos de fútbol, la elección de John Major…

Y además, otro clásico, Hungry heart, de Bruce Springsteen, que engrosa la parte americana de la banda sonora.

Woody Allen sin Woody Allen: En lo más crudo del crudo invierno

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No era de extrañar la gran solvencia con la que un fondón Kenneth Branagh hizo de trasunto de Woody Allen en su magnífica Celebrity (1998); ya tres años antes, el director británico se había imbuido del universo cómico woodyalleniano para abordar una pequeña producción situada finalmente entre la grandilocuente y fastuosa (y fallida) Frankenstein de Mary Shelley (1994) y la espectacular, majestuosa, monumental, Hamlet (1996), En lo más crudo del crudo invierno, una película que constituye probablemente la mejor imitación, al menos desde cierta perspectiva, del trabajo de Woody Allen dentro de la interminable legión de imitadores suyos que en el mundo han sido (empezando por Todd Solondz y terminando por Neil LaBute). La película, al mismo tiempo deudora de este tributo inconfeso hacia la obra del autor neoyorquino y de la obsesión casi laurenceoliveriana u orsonwellesiana (la cosa va de palabros raros) de Branagh por la obra de Willliam Shakespeare, posee a partes iguales elementos de uno y otro, algo a priori disparatado pero en ningún modo gratuito (sabido es el gusto de Allen por el cine de Welles y Bergman, ambos herederos en su forma de narrar de la manera shakespeariana – uno más – de montar sus trágicos dramas y de dotar de psicología a sus personajes, e incluso en el caso del director sueco, también a la hora de construir alguna de sus comedias, como por ejemplo, Sonrisas de una noche de verano, readaptada a su vez en 1982 por el propio Allen en la película de cuyo guión hemos extraído un diálogo de inminente publicación), como se va descubriendo con el avance de los minutos.

Tras unos créditos iniciales en blanco sobre fondo negro con un estilo y una música que podrían pertenecer a cualquier película de Woody Allen, nos encontramos en la Inglaterra de los 90: plena crisis económica (para variar) y un actor (Richard Briers), una antigua promesa convertida en celebridad y ahora venida a menos, que pretende sacarse la espinita de representar y dirigir por fin un montaje teatral de Hamlet. Desaconsejada por su agente (una Joan Collins plastificada, recauchutada y/o momificada que no se sabe qué pinta aquí, nuevo nexo con Woody Allen y sus trabajos con, por ejemplo, el plastificado, recauchutado y momificado George Hamilton), que le impulsa a buscar trabajos más comerciales, artísticamente irrelevantes pero muy rentables económicamente, acepta los planes de su hermana para representar la obra en la antigua iglesia de su pueblo, un edificio precisado de restauración sobre el que los buitres del mercado inmobiliario han puesto los ojos para cobrarse ciertas deudas. De este modo, en plena Navidad, se pretende apelar a la generosidad de los vecinos para recaudar fondos y salvar el edificio. Para ello, crea una compañía nueva formada por actores amateurs, para cuya elección realiza un casting que termina resultando delirante por una confusión idiomática en el anuncio publicado en el periódico (un tipo que se presenta para interpretar los personajes femeninos, una “vieja gloria” soberbia y altanera que se las da de importante mientras reza por lo bajini para que le den trabajo, una chica que pretende convencer al director de que es válida para Hamlet interpretando Heart of glass, de Blondie, un individuo que ve en la obra de shakespeare la clave para entender incluso la geología, un alcohólico que huye de su padre, una excéntrica diseñadora de escenografías y vestuarios que está como una chota…). Ése es sólo el primer capítulo de una serie de inconvenientes que continúa con el hecho de que la antigua iglesia a salvar no es la que él recordaba, una preciosa capilla de piedra rodeada de una hermosa pradera verde, sino una ruinosa iglesia de ladrillo que no le gusta a nadie. Y desde ahí, la catástrofe que constantemente amenaza con acabar con el proyecto, no sólo por el lento avance en la preparación de la obra, sino por el inevitable enfrentamiento o enamoramiento de algunos de los miembros de la compañía. Continuar leyendo “Woody Allen sin Woody Allen: En lo más crudo del crudo invierno”