Puro teatro… y algo más: Looking for Richard (Al Pacino, 1996)

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Retomamos el título de un libro de otro hombre de teatro, Fernando Fernán Gómez, para referirnos a esta inclasificable (para bien) y excelente película dirigida por Al Pacino, Looking for Richard, excepcional mixtura entre cine vanguardista y experimental, falso documental y adaptación teatral que, partiendo del proceso de creación de un montaje cuasi-privado de la obra Ricardo III de William Shakespeare, nos ofrece una visión global del proceso creativo de puesta en marcha de una obra, desde el estudio del texto original, su análisis, su contextualización histórica y el acercamiento a la figura de su autor, hasta la selección del reparto, el debate en el seno de la compañía en cuanto a los distintos puntos de vista sobre las escenas más relevantes y su tratamiento y, por último, de la percepción por parte del público tanto de la obra como del autor, del teatro en general y del shakespeariano en particular. Todo ello, no con vistas a la representación de la obra en un marco teatral -o, mejor dicho, no sólo- sino, y ahí radica buena parte del mérito innovador del filme, para la puesta en imágenes cinematográficas de una forma de expresión artística puramente teatral traducida al lenguaje de la cámara sin olvidar la naturaleza última de su raíz, la esencia íntima del teatro. La gran virtud de la cinta reside en que, construyéndose en un formato documental mediante el que Pacino pretende acercarse -y acercar al público- a una de las obras más complejas y difíciles de representar del inmortal dramaturgo inglés, la película termina conteniendo en su metraje final, 107 minutos, la práctica totalidad de la obra, o al menos sus fragmentos más importantes y reconocibles, una nueva forma, más dinámica, didáctica, amena y apasionante de brindar al público generalista la oportunidad de zambullirse en el universo de conspiraciones, crímenes, envidias, celos, asesinatos, ambiciones, traiciones y venganzas que comprende el inagotable caudal de las tragedias shakespearianas. De tal manera que el espectador, que al principio asiste al proceso de construcción, o más bien de deconstrucción, de un denso drama de complot, ascenso y caída con mucha sangre vertida, obtiene finalmente la recompensa de una representación superlativa de un clásico imperecedero, y a día de hoy no superado, sobre la naturaleza del poder y de la corrupción de su ejercicio, en un destilado lenguaje, además, que ofrece lo mejor del teatro con una exposición cinematográfica ejemplar, que roza el virtuosismo en la dirección y en el montaje. Este aspecto de mezcla de lenguajes queda simbolizado ya en los créditos iniciales: en primera instancia, las palabras “king richard” aparecen sobreimpresionadas en la pantalla; después, son “look” y “for” las que ocupan su orden para componer el título del filme.

Pacino nos lleva de la mano, en un tono ligero, atractivo, moderno y extraordinariamente dinámico, de lo general a lo particular, de los fríos datos o incluso de las académicas explicaciones de los eruditos (momento en el que Pacino se recrea con no poco sentido del humor) a la más pura expresión de sensibilidad artística, a la emoción estrictamente teatral, y lo consigue con un sabio manejo de localizaciones, tonos, intereses y ritmos diferentes. Lo mismo recorre las calles de Nueva York, entre toma y toma de un rodaje, o buscando localizaciones para la representación (en imágenes fílmicas) de la obra, deteniéndose a preguntar a los transeúntes por Shakespeare, por sus conocimientos sobre él, por su opinión sobre su legado (calificado invariablemente, con alguna excepción fenomenalmente lúcida, de inaccesible, anticuado, denso o incluso aburrido, una encuesta presidida casi uniformemente por un gran desconocimiento y una no menor pereza a la hora de esforzarse en paliar esa carencia), que nos permite asistir a las charlas internas entre dirección y reparto sobre las claves del texto y sus puntos fuertes, la forma de encarar el proceso de adaptación y de entrar dentro de los personajes por parte de los actores. Igualmente, son muchos los pasajes que, en localizaciones seleccionadas de la propia ciudad de Nueva York (un museo de ambientación medieval, por ejemplo, o el campo de batalla final), durante cenas, fiestas o paradas para tomar algo, en una escenografía propiamente teatral, en lecturas colectivas del texto, en monólogos improvisados en el asiento del copiloto de un coche, o, simplemente, en ropa de calle, en tal o cual esquina o en la habitación de un hotel, exponen directamente el contenido de la obra al público (a veces con un realismo, digamos excesivo: en determinados momentos, la cámara capta clarísimamente los salivazos de un inspirado Pacino, cual aspersor, entregado a su personaje), de modo que, uniendo los distintos fragmentos, sus diversas formas y tonos, al final el espectador comprueba que ha asistido a una representación integral de la obra original.

Por otro lado, son en ocasiones los mismos expertos en Shakespeare, desde profesores universitarios hasta grandes intérpretes y directores que han dedicado años de su vida a trabajar en montajes y adaptaciones suyas (Kenneth Branagh, John Gielgud, Vanessa Redgrave, entre muchos otros), Continuar leyendo “Puro teatro… y algo más: Looking for Richard (Al Pacino, 1996)”

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Política-ficción absorbente: Trece días

Una característica propia de los imperios es que necesitan inventarse mitos y héroes a través de los cuales convencerse de la creencia en sí mismos y en su inmortalidad. La característica del actual -y perecedero, como todos los imperios- imperio americano es que insiste en la creación de mitos y héroes cuando el mundo ya es demasiado viejo y tiene el culo demasiado pelado para creer en ellos, sin que la mercadotecnia, la publicidad y la machacona repetición demagógica y santificadora de mensajes unidireccionales (en la línea de Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”; una de las muchas, muchísimas cosas que la democracia capitalista “a la americana” tomó de los nazis, de las cuales no pocas tenemos la oportunidad de “disfrutar” en la actualidad) sirva para que le compremos una moto que sabemos que no arranca, y a la que además le falta el manillar. El caso más flagrante de los muchos que atesoran la reciente -la más reciente, en un país en que cualquier cosa llamada Historia es por naturaleza reciente- historia americana es la figura de John Fitzgerald Kennedy, y por extensión, la de todo su clan, los Kennedy, familia de enorme poder económico, político y mediático en la segunda mitad del siglo XX, lo más parecido en Estados Unidos a lo que puede denominarse como aristocracia. Y como toda aristocracia, pretende ocultar con esa cosa llamada “glamour” (sea lo que sea eso) y mucho dinero un pasado de piratería y negocios sucios. Joseph P. Kennedy, el padre de John, sin ir más lejos, que ha pasado a la historia como inversionista, político, empresario y diplomático, se hizo rico gracias al alcohol de contrabando que durante la llamada Ley Seca su familia introducía en el país desde Canadá con ayuda del crimen organizado irlandés y la mafia italiana. Sus contactos con la mafia de Chicago le permitieron diversificar sus inversiones (incluyendo el cine y Hollywood, donde fundó la RKO), y en el futuro incluso comprar una enorme cantidad de votos para su hijo en no pocas circunscripciones electorales de amplias zonas del país. Estas notas características de su poco edificante comportamiento, unidas a sus querencias filonazis, compartidas con la familia Bush, por cierto, otra cuna de presidentes, le costaron sus cargos políticos y diplomáticos, y forzaron a los cerebritos de la campaña electoral de JFK en los cincuenta a inventarle a toda prisa un episodio de héroe de guerra (un supuesto hecho heroico en una lancha torpedera en el frente del Pacífico contra los japoneses) con el que tapar las fechorías económicas, políticas y delincuenciales de su padre y el resto de su familia. De la misma forma que este refrito publicitario ocultó el pasado familiar a los ojos de la opinión pública, el oscuro asesinato de JFK en Dallas en 1963 ha santificado a un político de talento bastante discutible, ambición desmedida, maneras bastante poco democráticas y una vida personal que poco tiene que ver con el aura complaciente con que la política oficial americana intenta tapar las dudas que genera su muerte. Por supuesto, el capítulo que más contribuye a crear esta imagen del Kennedy estadista, del tipo resolutivo, sagaz, astuto y encarnación de una nueva (que en realidad era vieja, muy vieja) forma de encarar la política, especialmente la internacional, es la crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962, que Roger Donaldson refleja en Trece días (2000).

La película de Donaldson, escrita por David Self, hace un recorrido cronológico por los acontecimientos que rodearon el intento de instalación por parte de los soviéticos de misiles nucleares de largo alcance en Cuba desde el punto de vista de cómo se vivieron aquellos momentos de tensión desde la Casa Blanca, con sus reuniones políticas de alto nivel, sus conferencias con el alto mando militar y los momentos de confidencias, reflexiones, temores y amenazas que rodearon a los protagonistas del lado norteamericano durante aquellos tensos días. Todo se cuenta a través del filtro de Kenny O’Donnell (Kevin Costner), el secretario del presidente Kennedy (Bruce Greenwood, en una estupenda caracterización), un hombre que pertenece a ese cuerpo de abogados, economistas, contables y políticos de la nueva hornada de Harvard que formaron sus filas, desde cuya perspectiva observamos los distintos vaivenes de una situación en la que, en días sucesivos, se pasó del riesgo de una III Guerra Mundial y la destrucción nuclear del planeta, a una clamorosa bajada de pantalones por parte de los americanos ante las exigencias soviéticas que los yanquis han intentado haer parecer siempre ante la opinión pública mundial como una inteligentísima y sabia maniobra diplomática con la que salvar al mundo de su desaparición. La película, consagrada principalmente a ofrecer un retrato amable de los Kennedy (tanto de JFK como de su hermano Robert, Secretario de Justicia y consejero para todo, interpretado de manera solvente por Steven Culp), sin mostrar ni un solo atisbo de los hábitos extorsionadores, chantajistas y autoritarios, sin duda heredados de su padre, que eran moneda corriente -y son- en la Casa Blanca de aquellos -y estos, y todos los- tiempos, presenta igualmente los hechos desde otros frentes, los barcos de guerra responsables del bloqueo de la isla caribeña, así como desde las mismas instalaciones de misiles cubanos, y, en cuanto a la Casa Blanca se refiere, sí llega a esbozar, muy esquemáticamente, algunas claves de la vida personal de Kennedy (su distanciamiento de su esposa Jackie, que asoma un segundo al comienzo de la película para desaparecer después) y también de su vida política (su preferencia por el apaciguamiento y la búsqueda de una solución que no sea invadir la isla y declarar la guerra a los rusos, lo que ocasiona el distanciamiento de buena parte de la clase militar dirigente del país, embrión, según se sugiere, del futuro complot que acabaría con su vida apenas un año más tarde).

Lo mejor que puede decirse del film de Donaldson es que el espectador se siente absorbido por el interés creciente de la historia, por más que sabida, apasionante, hasta el punto de olvidar los, a primera vista, excesivos 145 minutos de metraje. Kennedy y su equipo han de hacer frente, por un lado, a las presiones soviéticas y a la amenaza de guerra que supone la presencia de armas nucleares a apenas un centenar de kilómetros de Florida, y por otro, a los exaltados de las propias filas, que buscan la ocasión para resarcirse del fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos y una nueva oportunidad de hacerse con Cuba -entre otras cosas, para reintegrarle a la mafia los negocios que mantenían en la isla con Batista y que los comunistas les arrebataron- y de acabar con Fidel Castro. Continuar leyendo “Política-ficción absorbente: Trece días”

La tienda de los horrores: Rápida y mortal

Y nunca mejor dicho. Nos referimos a lo de mortal… Porque lo es, y de necesidad, situarse ante este truñowestern dirigido, más o menos, por Sam Raimi. Ya advertimos en su día que Raimi, consagrado por la serie B gracias a sus “comedias” de terror Posesión infernal y El ejército de las tinieblas, entre otras, y perdido en la nada de la saga Spiderman, aparecería tarde o temprano en esta sección por méritos propios, y lo hace por la puerta grande. Y, una vez más, aunque falte su partenaire habitual, de la mano de Russell Crowe, quien se convirtiera en rostro reconocible en el cine americano en aquel 1995, el año de su desembarco, gracias a su participación en esta cosa junto a un impresionante reparto -de nombres- para una historia que bien valdría la tortura del guionista responsable, un tal Simon Moore cuya manicura y depilación, si hubiera justicia, sería encargada a una muchedumbre de tiburones blancos.

En fin. Sharon Stone (otra habitual de este peldaño del blog) es Ellen, una atractiva y misteriosa joven vestida de pistolero (uniforme que, tras meticulosa consulta con un buen número de congéneres masculinos, por lo visto pone farruco al personal de ese género) que llega a un pueblo del oeste para inscribirse en la competición definitiva de duelos. Vamos, que los pistoleros más famosos del oeste, ouh yeah, organizan su propio Mundial para zurrarse la badana a plomadas y que, como en Los inmortales, sólo pueda quedar uno. Claro, la chorrada es de espanto, así como la ausencia de míticas figuras históricas o cinematográficas que bien les hubieran dado p’al pelo a toda esta panda de indocumentados. Pero bueno, allí anda la buena de Ellen calentando al personal mientras menea las caderas adornadas con sus revólveres, y entra en contacto con el resto de merluzos que se citan para la ocasión. Entre ellos, Herod (Gene Hackman; sí, Gene Hackman. ¿Que qué narices está haciendo aquí? Pues ni él mismo puede que lo supiera…), el mandamás del lugar, que rige a golpe de pistolón los destinos del pueblo, un niñato pedorro de lo más antipático (Leonardo DiCaprio, especializado por entonces en niñatos pedorros, no como ahora, estupendo recreador de adultos pedorros), y un extraño predicador de la no violencia (Crowe, que ya sabía poner la única cara que sabe poner), que, claro, fornica oportunamente con la guapa.

El caso es que, como en el circo romano, en los toros o en el fútbol, la gente en la ciudad hace corrillo alrededor de los que van a ajustarse las cuentas a tiro limpio por una bolsa de dinero, jalean, vitorean, aplauden y apuestan mientras, por parejas, los matones van clasificándose para la siguiente ronda (sí, si hubiera alguno español seguramente lo matarían en cuartos de final) con el envío de sus rivales a un cajón de pino. Este absurdo y ridículo paraíso del enterrador sirve, en cambio, para que Ellen encuentre el vehículo de una venganza personal que es el verdadero motivo por el que se encuentra allí entre tanto varón sudoroso, guarrindongo, polvoriento y, cuando sale ella, palote. Vamos, que el argumento es una idiotez difícilmente igualable. Continuar leyendo “La tienda de los horrores: Rápida y mortal”