Música para una banda sonora vital: Lone Star (John Sayles, 1996)

Todo es magnífico en esta excepcional película de John Sayles. En especial, su música, que, como defiende la película, representa el carácter mestizo de Texas y, en particular, de la zona fronteriza con México. Como muestra, dos ejemplos: en primer lugar, My love is, de Billy Myles; a continuación, Mi único camino, del Conjunto Bernal.

Mis escenas favoritas – La puerta del cielo (Heaven’s gate, Michael Cimino, 1980)

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De acuerdo. El pretencioso, melodramático y extralarguísimo western de Michael Cimino La puerta del cielo (Heaven’s gate, 1980) estuvo a punto de sepultar la carrera del director lo mismo que arruinó a los veteranísimos estudios United Artists, creados por David W. Griffith, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y Charles Chaplin en los albores del cine. Todavía hoy se discute sobre el colosalismo de este film, de sus virtudes y defectos. Todavía se ovaciona como recuperada joya de culto a la vista de las nuevas copias restauradas o se la zarandea de manera inmisericorde como muestra de la desmedida ambición perfeccionista de ciertos obsesos del cine de autor.

Con todo, contiene momentos hermosísimos, como este Ella’s waltz, en el que la joven y delicada (por entonces) Isabelle Huppert se marca un romántico baile con el tosco y grandote (entonces y ahora) Kris Kristofferson, justo antes de cogerse de la mano y caminar hacia la puesta de sol… Snif, snif… Maravillosa fotografía, por cierto, del húngaro Vilmos Zsigmond, con esa pátina triste y melancólica de tonos grises y de ocres tonos pastel que impregnan la cinta de nostalgia y sensibilidad.

Mis escenas favoritas – Pat Garrett & Billy the Kid

Sublime momento el colofón a este tiroteo del fenomenal western de Sam Peckinpah Pat Garrett y Billy the Kid (1973), en el que las miradas, las lágrimas y las medias sonrisas de ternura y emoción de Slim Pickens y Katy Jurado lo dicen absolutamente todo sobre lo que significa una muerte, quizá esperada, en un ambiente hostil en el que sólo se han tenido el uno al otro, su amor y su cariño, para sobrevivir, mientras suena Knocking on heaven’s door, de Bob Dylan. Un momento sobrecogedor que nos habla como pocos sobre el romanticismo en el western, sobre la poética de la muerte.

La tienda de los horrores – La diligencia 2 (1986)

Esto no se comprende. ¿Hacía falta un puñetero refrito de la obra maestra de John Ford de 1939? Evidentemente, no. ¿Por qué demonios le pusieron La diligencia 2, como queriendo insinuar una continuación de la historia de Dudley Nichols allá donde John Ford la dejó, con John Wayne y Claire Trevor camino de un rancho mexicano, cuando de lo que en realidad se trata es grabar la misma historia, con ligeros cambios, todos ellos pésimos, con ánimo de emitirla en televisión y de hacerle el caldo gordo publicitario a tres músicos de country…? Incógnitas que quizá encuentren respuesta en el responsable último del desaguisado, el televisivo Ted Post, director de diferentes capítulos en distintas series como Colombo y de un puñado de películas entre las que destacan Cometieron dos errores (1968), western con Clint Eastwood, Regreso al planeta de los simios (1970), con Charlton Heston, continuación del célebre filme de ciencia ficción, Harry el fuerte (1973), secuela del Harry el sucio de Don Siegel (1971) o la película pro-guerra de Vietnam La patrulla (1978), con Burt Lancaster y Marc Singer (el guaperas que se enfrentaba a los lagartos de la serie V).

El caso es que este burdo pastiche sigue las líneas generales de la obra de Ernest Haycox que Nichols guionizó para John Ford: un heterogéneo grupo de personas viaja en una diligencia a través del desierto de Arizona en un tramo desprotegido por el ejército y bajo la amenaza de los apaches de Gerónimo, que han cortado los cables del telégrafo y se han puesto en pie de guerra. Se supone que, como el clásico de Ford, la obra debe retratar distintas personalidades, a su vez encarnación de distintas tipologías sociales, que en interacción mutua y continua ante un inminente peligro exponen su compleja psicología, sus diferentes motivaciones y comportamientos ante una situación de riesgo vital, de forma que representan un interesante mosaico humano que revela buena parte de las virtudes y miserias de nuestra especie. El grupo, como ya es sabido, incluye a Lucy, la esposa embarazada de un capitán de caballería con el que va camino de reunirse; Dallas, una prostituta con el corazón roto a quien ha expulsado del pueblo un grupo de mujeres moralistas, un sheriff que recoge a su preso durante el viaje, el conocido forajido Johnny Ringo, un jugador profesional interesado por Lucy, un banquero que ha robado los fondos de su banco… y Doc Holliday, un dentista borrachín (¿Y qué puñetas pinta aquí Holliday…? La idea de la película se supone que es explorar las tensas relaciones entre un grupo tan variopinto, cada uno con su drama y con su quimera, mientras la amenaza de los apaches les obliga a convivir, a transigir y a compartir, hechos que pone también en riesgo el cumplimiento de sus deseos.

Pero no, porque la idea final de la película parece ser la demostración de cómo es posible tomar una obra maestra del cine, despojarla de toda inteligencia, de toda profundidad, de todo atractivo, de todo estilo narrativo, y crear unos personajes de cartón introducidos en un drama forzado y postizo en los que se mezcla sin ton ni son a Doc Holliday, el pistolero y jugador que acompañó a los hermanos Earp en el famoso tiroteo del O.K. Corral de Tombstone de 26 de octubre de 1881 que ya reflejaron en el cine, entre otros, el propio Ford o John Sturges (por dos ocasiones). Continuar leyendo “La tienda de los horrores – La diligencia 2 (1986)”

CineCuentos – Quiero la cabeza de Alfredo Moreno

– Cincuenta mil. La mitad ahora y el resto cuando esté hecho el trabajo. Ya sabes, como en las películas. Tómate tu tiempo pero no quiero vivo a ese cretino dentro de un año por estas fechas, ¿me oyes? Me da igual lo que hagas con él, pero que sufra. Nada de dos tiros de cualquier manera, un navajazo, un atropello o un empujón por las escaleras. Si le pegas dos tiros o le das una puñalada, que sea en el bajo vientre, que la agonía es más larga y duele más, ¿entendido? No te será difícil con la barriga que tiene ese mamón: cuando se presentó a un casting para hacer de doble le dijeron que mejor fuera para hacer de triple… Y si le atropellas, más te vale echar luego marcha atrás y darle otro repaso. Lo ideal sería que antes lo torturaras un poco, que le cortaras algo de aquí y de allá, que lo sangraras como a un gorrino, y que después me trajeras su cabeza en una cesta, como el tipo aquel de México por cuya cabeza el padre de la chica que dejó preñada ofreció un millón de pavos. Quizá no tengamos ni tanto tiempo ni tanta suerte, pero que sufra, ¿estamos?

El por qué no es asunto tuyo; limítate a hacerlo y a sacarle una foto después para que por lo menos pueda echarme unas buenas risas a su costa. Y sin remordimientos, no te dé ninguna pena. Créeme, en el fondo le hacemos un favor, a él y al mundo. No necesitamos a otro vulgar juntaletras que nos diga lo que tenemos que hacer o que pensar, ya nos basta con la tele. Tampoco va a perderse gran cosa con la porquería de vida que lleva. Fíjate, mira qué careto. Joder, seguro que le dieron la primera comunión con una pértiga… Una mezcla de Tony Soprano y Boris Karloff, sólo le faltan los tornillos a los lados del cuello, porque está claro que en la cabeza no tiene ninguno. Hasta el personal de quirófano se asustó cuando lo vieron nada más nacer y lo dejaron caer al suelo. No es de extrañar que las mujeres pasen de él. Desde luego, si tiene éxito con alguna mujer será por efecto del coma etílico… Y además, seguro que la tiene pequeña.

Para colmo ahora hace ya algún tiempo que encima se las da de escritor y de crítico de cine. ¡Pero si en su vida ha cogido una cámara ni ha pisado nunca un rodaje! ¡Si dice que lleva un montón de tiempo escribiendo no sé qué guión o qué pestiño de novela y nadie jamás ha visto nada suyo que no sean unos cuentos de mierda de tres o cuatro párrafos como mucho! Pero no, el señorito se cree con derecho a decirme a mí que no sé dirigir, que mis películas son una birria, que mis actores no saben actuar, que mis guiones son delirantes. ¡A mí! ¡Con la pasta que me gasto en efectos especiales para que no se note que tiene razón! Vale que Chuck Norris no es precisamente un gran actor, que es idiota, que Sandra Bullock es tonta del culo y que Renée Egelzegger, Zegelwelter, Welgezeguer o como coño se llame no sabe decir dos palabras seguidas que tengan sentido, pero de algún sitio tendré que ahorrar, digo yo. ¿Qué más quieren? ¿Que me rebaje el sueldo? ¿Que piense en hacer cine en vez de en cómo hacer dinero? ¿Acaso yo me meto en su trabajo? Me tiene harto, he aguantado mucho más de lo que puedo soportar, así que quiero que te lo cargues cuanto antes de la forma más dolorosa de la que seas capaz. Ya sabes, otro tanto cuando me traigas su fotografía… o su cabeza en una cesta.

Antes de que transcurriera el año, ella estaba de nuevo ante el escritorio de nogal del despacho de grandes ventanales con vistas a Burbank y los estudios. En silencio, ante la expectación de su interlocutor, abrió lentamente la caja que tenía sobre las rodillas, extrajo un paquete envuelto en un papel grueso, blanco, teñido de sangre, y lo dejó sobre la mesa por el lado manchado. Él sonrió con suficiencia: días atrás, nada más escuchar su voz al otro lado del teléfono, había adivinado al instante que su encargo había sido cumplido y había pasado toda la semana recreándose en el momento en que pudiera tener la prueba ante sus ojos, regodeándose, paladeándolo por anticipado. Con gran excitación, tomó el paquete entre sus temblorosas manos sin importarle que sus dedos y hasta los puños de la camisa fueran impregnándose del espeso líquido rojo. Casi emocionado, destapó el envoltorio y puso el corazón todavía sangrante sobre la mesa.

– Buen trabajo, sí señora -dijo entre dientes, con una sonrisa de crueldad, casi de psicópata de sus películas de serie B, que le cruzaba de oreja a oreja-. ¿Cómo fue? ¿Cómo se lo arrancaste? ¿Con una cuchara, un serrucho, una taladradora, una perforadora, un martillo pilón? Cuéntamelo todo. Con detalles. No te ahorres ni omitas nada, sobre todo si es escabroso.

Ella se mantuvo seria, ensimismada, con la mirada perdida, al parecer poco satisfecha con el papel que le había tocado desempeñar en aquella historia. Incómoda, pero conservando el pleno dominio de sí misma, respondió.

– Supongo que he cumplido sus órdenes al pie de la letra, aunque no me gustó hacerlo. Tiene que estar contento porque fui mucho más cruel y despiadada que todo eso.

Ante el visible nerviosismo que consumía el ansioso rostro de su interlocutor, los ojos desencajados de azufre y casi al borde de las lágrimas, la nariz hiperventilando, las mejillas sonrosadas y el perfil cubierto de sudor, sacó del bolso el sobre con el fajo de dólares adelantado tiempo atrás, lo arrojó con desdén sobre la sangre que se extendía lenta pero incesantemente por la mesa y, antes de girarse hacia la puerta de salida, se limitó a añadir, glacial:

– Hice que se enamorara de mí.

– ¿Sí? -preguntó embobado, perplejo, venciendo por vez primera la rabia que le impedía reparar en la hipnotizante hermosura de la mujer que se hallaba ante él.

– Claro que no. Le obligué a ver todas tus películas una tras otra…

Y dando la vuelta, ocultando un principio de sonrisa y reprimiendo una lágrima que amenazaba con desbordarse, se marchó dejándolo con las manos manchadas de sangre.