La huella (Sleuth, Joseph L. Mankiewicz, 1972): coloquio en ZTV

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Reciente intervención en el coloquio del programa En clave de cine, de ZARAGOZA TELEVISIÓN, acerca de esta obra maestra de Joseph L. Mankiewicz.

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Música para una banda sonora vital – La huella (Sleuth, 1972)

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La juguetona melodía que John Addison compuso para La huella (Sleuth, Joseph L. Mankiewicz, 1972), además de abrir una partitura que obtuvo una nominación al Oscar, sintetiza a la perfección el espíritu de la obra maestra que el espectador va a disfrutar a continuación, acentúa su carácter teatral y lúdico, y apela a la complicidad y al humor del público para el pleno disfrute del duelo de astucias y malicias que protagonizan el millonario autor de novelas de misterio Andrew Wyke (Laurence Olivier) y el peluquero Milo Tindle (Michael Caine). Todo ello bajo la sabia dirección de Mankiewicz en la que fue su última película (falleció veinte años más tarde).

Una pizca de esa sabiduría se demuestra en los créditos iniciales, con la música de Addison acompañando las deliciosas maquetas que representan pasajes de los crímenes que Wyke narra en sus novelas, todas ellas sin excepción, de títulos enrevesados y exóticos. Un comienzo que es ya toda una escena en sí mismo, un aviso para navegantes. Una película cuyo primer visionado es una de las más grandes experiencias cinematográficas a las que puede entregarse un espectador.

Música para una banda sonora vital – Anything goes

Anything goes, el memorable clásico de Cole Porter, tiene infinita presencia en el Séptimo Arte. Por ejemplo, es una canción que sirve casi de leitmotiv para La huella (Sleuth, Joseph L. Mankiewicz, 1972). Steven Spielberg, que, aunque no lee nada, ha crecido viendo y escuchando cine, tomó nota de ello para su homenaje al inventor del género musical como tal, el coreógrafo Busby Berkeley, al principio de su Indiana Jones y el templo maldito (1984), la más floja entrega de la saga hasta que a Spielberg y Lucas se les ocurrió la mamarrachada esa de la calavera de cristal.

En la secuencia, situada en un presunto local descomunal (de múltiples pisos de altura y con un inmenso escenario que, curiosamente, queda oculto a la vista del público, en el que las bailarinas rubias sustituyen a las chinas como por arte de magia) de la ciudad de Shanghai, por entonces, hasta la ocupación japonesa, calificada como ciudad internacional bajo gestión británica, asistimos a la perfecta simbiosis entre Cole Porter, Busby Berkeley y las películas de Fu Manchú, con Kate Capshaw, que por entonces era o iba a ser la esposa de Spielberg, cantando en chino (suponemos, por la geografía, que chino cantonés) la tonadilla de Porter, eso sí, con su estribillo insustituible, pura moraleja en sí mismo: Anything goes.

Cine en fotos – El marinero jovial

Viste uniforme de paseo –zapatos negros, pantalones blancos, jersey de listas azules y blancas, chaquetón azul marino y gorrito estilo Popeye- pero da la impresión de que hace mucho tiempo que no va a ninguna parte. Por la piel curtida, las cejas tupidas y blanquecinas, la barba rala y sin bigote salpicada de canas y por algún que otro incisivo y canino que ya le va faltando se diría que es muy veterano, aunque en sus traviesos ojos azul claro y en el gesto abierto, franco y un punto socarrón de su sonrisa conserva evidentes residuos de alegría juvenil. En efecto, lleva años varado en una oscura esquina del salón de una casa de campo de Wiltshire, Inglaterra, del estilo que suelen ser allí las casas de campo de los hombres adinerados: chimenea, amplios dormitorios, sala de billar, bodega…, donde su único quehacer diario consiste en reírle las gracias a su propietario o, en los días de mal tiempo –porque en la primavera sin lluvia y durante los veranos Andrew prefiere el epicentro del laberinto esculpido con los setos de su jardín-, hacerle muda compañía mientras, sentado en el butacón que hay junto a él, revisa concienzudamente el borrador de la última aventura de su detective, St. John Lord Merridew. La mayor parte del tiempo lo pasa solo en la oscuridad de la sala. Cuando Andrew no está, el servicio cierra las habitaciones y lo cubre todo con sábanas, incluido él mismo. Marguerite casi nunca va por allí (aunque el marino bien podría asegurar que alguna que otra vez ha aparecido por la puerta muy bien acompañada) porque dice odiar la afición de su marido por los juegos, los juguetes, los cachivaches curiosos y las antigüedades con que ha llenado la casa. Así que allí la vida, alejada de largas travesías por mares embravecidos, es de lo más tranquila pero ciertamente monótona, y la mera llegada de alguien con quien compartir unas horas le anima tanto que no puede dejar de reír. Especialmente memorable fue el fin de semana que Milo pasó en la casa; incluso hoy, el marinero jovial no puede evitar una sonora carcajada cuando se acuerda…

39 estaciones. De viaje entre el cine y la vida.
Extracto de la estación número 21: El marinero jovial.
Autor: Alfredo Moreno
Editorial: Eclipsados
Fecha de publicación (aproximada, Dios menguante): septiembre de 2011 (seguiremos informando).

La tienda de los horrores – La huella (2007)

Un sacrilegio. Los remakes de ciertas cosas son puro sacrilegio. Desde luego, no pocas veces hay que alabar la irreverencia de quienes, saltándose normas y bajando del pedestal a artistas santificados, osan explorar lenguajes nuevos y llevar sus historias más allá. Pero repetirse por el mero gusto del propio onanismo, o peor todavía, por la caída en desgracia o la ausencia de ideas propias, es digno de cárcel. Y en este caso, Kenneth Branagh y Jude Law (director y uno de los productores, respectivamente), merecen la pena máxima.

La última película de Joseph L. Mankiewicz, de 1972, es una obra maestra absoluta, un ejemplo del punto de magnificencia cinematográfica que puede llegar a alcanzar a veces ese cine que algunos rechazan como “excesivamente teatral” (pobres). En ella, dos intérpretes de primera categoría (Laurence Olivier y Michael Caine), una obra excepcional de Anthony Shaffer (autor teatral especializado en obras de misterio con su propia trayectoria cinematográfica como guionista –Frenesí, de Alfred Hitchcock (1972) o las adaptaciones de Agatha Christie con Peter Ustinov como Hercules Poirot, Muerte en el Nilo (1978) o Muerte bajo el sol (1982) son muestra de ello-), la juguetona partitura de John Addison y, por encima de todo, las grandes dotes de Mankiewicz para la dirección de actores, la traslación a imágenes de los guiones y el dominio de la puesta en escena, componen un puzle inolvidable, una joya repleta de suspense, ingenio, inteligencia, chispas de humor e ironía, crítica social y, sobre todas las cosas, una relación especial entre película y espectador: un reto en forma de juego. La historia de un adinerado y aristocrático autor de novelas policíacas que invita al amante de su mujer a pasar con él un fin de semana en su mansión de campo para proponerle un plan criminal que les permite enriquecerse y vivir libremente sus aventuras amorosas consigue elevarse tras sus ciento treinta y ocho minutos a la categoría de mito.

Poco de ello conserva, sin embargo, la versión de Branagh de 2007. El planteamiento es el mismo, pero el resultado es muy diferente a pesar de contar con Harold Pinter para adaptar la historia de Shaffer. Con todo, vayamos primero con lo positivo: la película de Branagh y el texto de Pinter encaran directamente y sin ambages los tintes de homosexualidad, más o menos latente, que contenía la obra de teatro y que en la película de Mankiewicz, pese a contar con el propio Shaffer como adaptador, han de leerse muy entre líneas. La ejecución de esta parte de la historia por los actores, es otro cantar, pero al menos la idea está ahí.

En cuanto a lo negativo, lo es casi todo. Las grandes expectativas que levantara el proyecto, especialmente por los nombres involucrados en él, no tardan en frustrarse: uno espera mucho más de un guión de Harold Pinter, de la dirección de Branagh, que si bien estaba -y está- en horas muy bajas, sí que había dado durante los noventa la medida de lo que era capaz dirigiendo e incluso interpretando películas basadas en textos teatrales, siempre con el respaldo de Shakespeare y del buen hacer de su ex, Emma Thompson, de la interpretación de Caine, un seguro, y de la de Jude Law, uno de los más prometedores actores “jóvenes” de su generación, con un incipiente currículum más que aceptable, y que hoy parece ser otra muestra de cómo el éxito hueco puede devorar en la nada más absoluta a las nuevas caras desorientadas por el reconocimiento y el dinero fácil.

La película comete errores desde el principio, desde los mismos créditos Continuar leyendo “La tienda de los horrores – La huella (2007)”

La tienda de los horrores – The code

Este par de mamertos que miran al frente con cara de panoli son los protagonistas de una de las peores películas de atracos jamás filmadas, The code, bodriometraje dirigido en 2009 por Mimi Leder (que, además de amplia experiencia televisiva, también tiene en su haber dos truños como Deep Impact y El pacificador y un filme parcialmente estimable, Cadena de favores), una película que traiciona doblemente al espíritu de lo que pretende homenajear y al club al que insiste en pertenecer: ni funciona como comedia de atracos, ni tampoco como película de ese reducido grupo de joyas en las que la sorpresa final apabulla, desconcierta, reconforta y agrada hasta el punto de convertir el guión en un puzle inolvidable, en un juego de ratón y el gato entre película y espectador que se remata con un gran ohhhh! de emoción y satisfacción.
El cine de atracos nos ha proporcionado no pocos momentos agradables, ya sea disfrutando con la interacción de la mezcla de divergentes y excéntricas personalidades, bien entre el grupo de atracadores, bien entre el de policías que les persigue, bien entre todos ellos a la vez, ya con la minuciosa y elaborada planificación de un golpe aparentemente imposible, así como su ejecución, los múltiples inconvenientes que la ponen en peligro, y las amenazas y sorpresas que la circundan.

Nada de eso hay en The code, ni gracia ni meticulosidad, ni tensión ni preocupación por cómo se resolverá el entuerto. Para empezar, resulta difícil la empatía con un personaje, digamos positivo (Keith, el ladrón que interpreta Morgan Freeman, típico delincuente que roba sólo a los malos que lo merecen, con una integridad moral mayor que la del Alcoyano y más aún que la de los policías que le quieren dar caza, típico bueno-malo tan querido al cine de Hollywood y que tantas pampurrias da), que nos es presentado como un asesino a sangre fría. Por otro lado, Gabriel Martín (Antonio Banderas) no resulta creíble en su papel de joven alocado e impulsivo, ratero callejero que se conoce los recovecos de Nueva York como la palma de la mano. Y no es creíble porque ni es tan joven ni da el pego como ladronzuelo guaperas, ingenioso y además diestro en persecuciones, cabriolas, peleas, salvaciones imaginativas en el último momento y demás características de un héroe de acción, personaje en el que ya resultara más paródico y caricaturesco que atractivo en El Zorro. Para empeorarlo todo, nada mejor que introducir una tercera pata, por supuesto femenina, que relacione la historia con lo emocional y sentimental, la hija adoptiva de Keith (Radha Mitchell), una rusa de la que Gabriel se enamora, y que da ocasión para desviar la trama hacia la labor de acoso y derribo a la chica que despierta la contrariedad de Keith y amenaza el buen resultado del golpe con el crecimiento del recelo mutuo. Por último, Robert Forster dista mucho de ser el policía ocurrente, irónico o perverso que el género requiere, y desde luego, la relación de amor-odio, de admiración y animadversión que supuestamente mantiene con Keith a lo largo de los años, tan tópica como superficialmente apuntada, tampoco funciona ni aporta nada que no se haya visto mil veces.

Tres secuencias demuestran la penosidad a la que asistimos: primero, la “espectacular” persecución en el metro, en la que Gabriel se arrastra por el techo de unos vagones de videojuego (literalmente, la escena es recreada con computadora y está más cercana a los dibujos animados que al cine), chirriante y espasmódico fragmento apto para la casquería de chapa y pintura tan querida al falso cine-espectáculo; segundo, Continuar leyendo “La tienda de los horrores – The code”

El juego del ratón y el gato: Muerte en el Nilo

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Agatha Christie es una inagotable fuente de inspiración para el cine. Sus novelas de misterio son referencia directa de una buena cantidad de adaptaciones cinematográficas y también el origen de múltiples imitaciones. En esta ocasión es John Guillermin, discreto director británico autor de clásicos menores como El robo al Banco de Inglaterra, El Cóndor, El coloso en llamas o las dos partes del moderno King Kong anterior a Peter Jackson, quien adapta de una manera bastante fiel la novela del mismo título, una de las más famosas de su autora, en la que el detective belga Hercules Poirot es esta vez el encargado de desenmascarar al autor del asesinato de una joven millonaria en un crucero fluvial por el Nilo.

La fidelidad al texto original, tan reclamada a veces cuando se desvirtúan obras inmortales y se devalúan al ser convertidas en películas convencionales y ramplonas, es quizá esta vez el mayor problema de la cinta. Todas las películas basadas en obras de Agatha Christie son traslaciones perfectas de las trampas narrativas de la escritora a la hora de esbozar sus intrigas. En el mundo de las imágenes, estas trampas resultan aún más llamativas y, por desgracia, juegan en contra del objeto de la película: el suspense. Porque, evidentemente, el episodio introductorio, el preludio inglés en el que la joven posteriormente asesinada (Lois Chiles) rivaliza con una amiga (Mia Farrow) por el amor de un atractivo joven (Simon MacCorkindale, hoy perdido en telefilmes baratos pero durante un tiempo archifamoso por su aparición en teleseries como Falcon Crest) y la posterior persecución a la que Farrow somete a los recién casados a través del Mediterráneo y Egipto, quizá exponga demasiado abiertamente y permita presuponer el desenlace de la trama a medida que avanza el metraje (unas dos horas y cuarto). Obviamente, si una película contiene una introducción narrativa de unos diez minutos con sólo tres de los personajes antes de presentar al resto de sospechosos, por más motivos que éstos tengan para cometer el crimen, se nos está proporcionando demasiada información desde un punto de vista parcial a la hora de establecer una verdadera intriga. Una decisión arriesgada que, si bien permite sospechar con demasiados indicios acerca del whodunit (el quién lo hizo) al menos dispara las elucubraciones del espectador en cuanto al howdunit (cómo lo hizo).
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