La tienda de los horrores – Driven (2001)

Probablemente el planeta sería mejor sin el cine de Renny Harlin, director finlandés afincado en Hollywood que ha perpetrado basura en serie del tamaño de Pesadilla en Elm Street 4 (1988), La jungla de cristal 2: alerta roja (1990), Máximo riesgo (1993), La isla de las cabezas cortadas (1995), Memoria letal (1996), Deep blue sea (1999) y una larga ristra de bodrios y mediocridades realmente insoportables paridas en esta primera década del siglo XXI, fundamentalmente petardos de terror barato o de acción digitalizada con niños bonitos de neuronas imperceptibles. La filmografía de este impresentable se ha visto condicionada, o empeorada todavía, por dos factores: su amistad con Sylvester Stallone, uno de sus ¿actores? fetiche, y su matrimonio con Geena Davis, para la cual diseñó especialmente dos o tres títulos de acción que constituyeron primero un colosal fracaso de taquilla y un fiasco de inversión multimillonaria, y después un sonado desastre conyugal… Curiosamente, tras su separación, ni uno ni otro reflotaron su carrera: Geena Davis siguió sin despegar como actriz tras sus esporádicos éxitos a finales de los ochenta y principios de los noventa (tanto fue así que dejó de lado el cine por su afición al tiro con arco, modalidad deportiva en la que llegó a representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos), y Renny Harlin siguió haciendo su mierda sin un ápice de mejora. Una de sus mierdas más representativas es Driven (2001), bodrio entre los bodrios ambientado en las carreras de coches -no se sabe muy bien de Fórmula Qué…- que es tan mala y requetemala que bien podría conseguir dos efectos en uno simultáneamente: tanto podría encogerle el cuello a Fernando Alonso como hacerle brotar el pelo a Antonio Lobato.

Harlin y Stallone son tan amigos que el director aceptó una porquería de guión del ¿actor? para este proyecto, en el cual abundan las notas características del cine de ambos, destacando, como siempre, esas frases entrecortadas, de monosílabos, de oraciones breves que Stallone repite en todas sus películas, no porque interprete a personajes lacónicos, sino porque ni su cerebro ni sus escuálidas dotes interpretativas, o lo que sean, le permiten decir algo más sin parecer idiota -y aún así consigue parecerlo-. Como está escrito con encefalograma plano, la historia es la cosa más superficial, tonta y ridícula del universo, pésimamente interpretada por la colección de niños bonitos elegida en el casting y cuya finalidad parece ser únicamente no eclipsar, ni en cuanto a presencia ni en cuanto a capacidad dramática, al amigo Sylvester, el gran coloso del clembuterol. Vamos allá: Jimmy Bly (Kip Pardue -¿cómo se puede ser actor llamándose Kip Pardue? ¿Qué puñetas significa Kip Pardue? ¿Kip Pardillo?)- es un jovencito piloto de carreras que en su etapa principiante ya está a punto de ganar el campeonato de no se sabe qué -no es Fórmula 1, no son las 500 millas, no se sabe qué es, aunque acuden a carreras por todo el mundo y los bólidos parecen ser más potentes que los de Schumacher, Vettel, Webber, Hamilton y compañía-, pero que, por culpa de la presión, de la emoción y de que es un pazguato, está a punto de echarlo todo a perder a raíz de sus ataques de ansiedad, nervios y gilipuertez, provocados, acrecentados y nunca solucionados por su hermano y representante (Robert Sean Leonard, que no para de poner caritas de ñoño llorica pringado, como en toda su carrera, por cierto). Su máximo rival, Beau Brandenburg (Til Schweiger), anda por uno igual, porque su chica Sophia (Estella Warren, que es eso justamente, una Warren como no hay dos…), culo de mal asiento, lo abandona por el guaperas del Kip Pardillo-Jimmy Bly. Este par de capullos ponen de los nervios a Carl Henry (Burt Reynolds), el promotor del equipo de Jimmy -el personaje va en silla de ruedas, bien porque quieren vincular su pasado a algún accidente en la pista o bien porque Reynolds no soportaba participar en esta basura sin que le flaquearan las piernas-, que contrata a Joe Tanto (insistimos, Tanto, no Tonto -si se llamara Tonto su segundo apellido sería “Del Culo”-), un antiguo piloto suyo que sucumbió al vértigo del éxito antes de convertirse en verdaderamente grande, para que asesore, acompañe, reconforte y manipule las carreras para que el Pardillo gane, aunque sea echando del equipo al otro piloto, Memo (no es coña, la peli está llena de tontos hasta en sentido literal) Moreno (nada que ver con quien escribe, desde luego), que curiosamente es la actual pareja de la ex mujer de Tonto, digo de Tanto (Gina Gershon, siempre perturbadora, aunque en esta ocasión su máxima contribución a la cinta consista en embutirse unos vaqueros de cinco tallas menos…). O sea, que tenemos a un pendón que duda entre el Pardillo y el Beau-Bo, a un promotor sin escrúpulos, a un Tanto-Tonto que intenta corromper las carreras -deportivamente hablando- para que el Pardillo no se haga pipí dentro del coche, a un Memo al que echan del trabajo, y a su mujer, calentorra perdida, extrañamente fiel dado el percal de la cinta.

La película, reiterativa hasta decir basta -se trata de una sucesión de carreras, todas iguales, narradas constantemente por una insoportable voz en off que va contando lo que va ocurriendo, tal es la impericia y la incompetencia de Harlin para contar visualmente lo que pasa, consiste en una colección de tomas videocliperas en la que no dejan de aparecer coches, chicas guapas, música atronadora y motores rugiendo durante casi dos horas. Lo dramático está ausente: no hay humor, no hay dramatismo, no hay conflicto más allá de un montón de obviedades vacías contadas con toda superficialidad, sin profundidad ni talento alguno, sin personajes más allá de la percha cubierta con el mono de competición. Es decir, la acción por la acción, la nada absoluta, sin sentido, sin por qué, en algunos momentos, verdaderamente risible, como la toma en la que los dos rivales, Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Driven (2001)”

La tienda de los horrores – Piratas del Caribe

Quien escribe no ha hecho la prueba, pero sin duda, si pudiera hacerse como con los antiguos discos de vinilo y poder proyectar al revés un DVD de Piratas del Caribe y el resto de su vomitiva saga, cuya cuarta parte se va a honrar además con la presencia de Penélope Cruz, siempre dispuesta a revolcarse en el cine-mierda para conseguir cuatro portadas y un titular, seguramente obtendríamos signos, palabras entrecortadas e imágenes diabólicas procedentes del mismísimo Satán. O en su defecto, de cualquier mamarracho de los que han convertido a Hollywood en la mayor fábrica de cine basura del mundo. Y no diremos que la cinta no contiene acción en dosis y formas estimables, efectos visuales muy trabajados y conseguidos e incluso una dirección artística, computadora aparte, que merezca no sólo el aprobado sino incluso nota. Pero la perversa y asquerosa concepción de la cinta, unida la desfachatez con la cual es vendida y promocionada cada vez que una de sus repugnantes secuelas es regurgitada o proyectada en televisión es tal, que se ha ganado a pulso un lugar de honor en el escaparate de la tienda de los horrores.

Y no puede ser de otra forma si atendemos a la ecuación, a la espina dorsal que recorre el proyecto de principio a fin: Disney, una atracción de parque temático, Jerry Bruckheimer y Gore Verbinski. Es decir, cuatro pilares del mayor de los estercoleros del cine concebido como pasatiempo (que no entretenimiento, cosa que productores y público intentan o insisten en confundir). La cosa, andando Disney de por medio, es un compendio de hipocresías y dólares, de falsedades y vergonzosas componendas. La película se vendió -y se vende- como la recuperación con los medios técnicos actuales y la actualización visual que permiten, del antiguo género del cine de piratas que tantos y tan buenos momentos proporcionó a varias generaciones de espectadores que lo usaban a edades tempranas, junto con el western, el peplum o el cine negro como puerta de entrada al planeta del cine. Para ello se partía de un presupuesto millonario, de un ingente esfuerzo de producción y de un largo proceso de escritura y reescritura de guiones que derivaría, junto a la contratación de un estelar reparto de nombres de primera fila, en un apoteósico retorno de las antiguas historias de tesoros escondidos, galeones de decenas de cañones, y duelos a espada en el puente de mando. Es decir, mucho aparato publicitario generando falsas esperanzas para un público que hacía décadas que no oía hablar del género más allá del fracaso de la cinta de Polanski en los años ochenta o esa cosa concebida para el lucimiento de Geena Davis llamada La isla de las cabezas cortadas, producto mediocre pero más digno que esta bazofia caribeño-digitaloide. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Piratas del Caribe”