Música para una banda sonora vital: 12 monos (Twelve monkeys, Terry Gilliam, 1995)

Partitura de Paul Buckmaster, basada en una pieza del argentino Astor Piazolla, que recoge toda la atmósfera de distopía y paranoia propia de esta intriga de futuro postapocalíptico, pandemias y viajes en el tiempo dirigida por Terry Gilliam en 1995 a partir del mediometraje La jetée de Chris Marker (1962).

 

Perlas breves (II): El muelle (La jetée, Chris Marker, 1961)

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Vuelta a rodar décadas después en formato más “convencional” (pónganse un número indeterminado de comillas) como  Doce monos (Twelve monkeys, 1995) por Terry Gilliam, La jetée, película experimental de Chris Marker de apenas 26 minutos de duración, está compuesta casi en su totalidad de una sucesión de fotos fijas en blanco y negro. Ambientada en un futuro próximo justo después de un holocausto nuclear que ha acabado con la vida en la superficie del planeta, la historia es narrada por un hombre que ha sido enviado al pasado en un viaje en el tiempo con el fin de evitar la devastación de la última guerra. Su aptitud para el proyecto, al parecer, proviene de que en su mente se conservan frescos, reales, recuerdos previos al desastre: un rostro de mujer captado en el aeropuerto parisino de Orly, precisamente en la zona de embarque, el muelle aludido en el título, una cara hermosa que acompaña a la misteriosa muerte de un hombre.

Engañosamente simple, pero como catalizadora de reflexiones muy complejas y enriquecedoras que se van desplegando a medida que transcurre el breve metraje, Marker concentra la potencia dramática de la historia en el uso del sonido, obviamente como resultado del empleo de la imagen estática como escenario, el desconcertado, alucinado discurso del protagonista, una aparente limitación que no llega a ser tal gracias al pulso narrativo y al sentido dramático con que Marker monta y combina la sucesión de fotografías. Este juego de tiempo, espacio y memoria cobra su máxima expresión en el momento más bello de la cinta, el instante en que esa hermosa mujer, aparentemente dormida, abre los ojos, el único instante de cine en movimiento que contiene la película, detalle impagable que dota de sentido a todo el relato y lo convierte en una historia conmovedora y emotiva, al comprender el espectador un minuto antes que el protagonista, que lo hará ya cuando sea demasiado tarde, el sentido de la extraña misión que debía cumplir, el secreto último que oculta, y lograr así que quede perturbado por el triste y confuso destino que afronta.

Deliberadamente fría en su forma, la película resulta sin embargo terriblemente cálida y conmovedora, producto del contraste que supone una ambiciosa concepción temática ligada a la ciencia ficción mezclada con una historia sentimental profundamente humana contada con la osadía, la libertad creativa y la ingenuidad que cabía esperar del cine francés de la década de los sesenta del siglo XX, un paso más allá de la nouvelle vague y en paralelo a Godard. Por ello La jetée, a pesar de su brevedad y de constituirse en una película nada convencional, deja un hondo rastro emocional en el espectador así como una influencia inagotable en el género de la ciencia ficción, muy dado a elaboradas puestas en escena y a derroches de fuegos pirotécnicos y artificios de cámara casi nunca llega a alcanzar, no obstante, un grado semejante de asombro y desasosiego.