Música para una banda sonora vital – La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014)

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Musicalmente hablando, La isla mínima, el estimable thriller de Alberto Rodríguez, una especie de True detective andaluza de la transición española, candidata y premiada en todos los premios habidos y por haber en el cine patrio correspondientes al pasado curso, prácticamente se cierra con este ¿clásico? del dúo Baccara, Yes sir, I can boogie, que solo la televisión española de entonces sabía dotar del inherente patetismo. Se da la circunstancia de que, más o menos por entonces, las Baccara, dúo de notable éxito de ventas, además de en España, en lugares tan dispares como Alemania y Japón, representaron en Eurovisión a… ¡¡¡Luxemburgo!!!

Un guiño simpático al final de esta estupenda intriga, sutil, sugerente, tensa y apasionante, en la que solo algún pequeño matiz de diálogos y argumento la separa de consideraciones mayores.

Ese otro cine español: Carlos contra el mundo (Chiqui Carabante, 2002)

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Dentro de la maraña de óperas primas de todo género y pelaje tan abundantes en el cine español de finales de siglo XX y comienzos del XXI, Carlos contra el mundo (Chiqui Carabante, 2002), drama con tintes de comedia protagonizado por el excelente Julián Villagrán, ocupa por derecho propio un lugar de honor.

Extrañamente madura para tratarse de un debut, sólida en su planteamiento -especialmente impactantes las dos primeras secuencias, de signo y tonos totalmente antitéticos, que describen a la perfección el sube y baja dramático y humorístico del que se compone la cinta y muestran ya el talento y el acierto en la realización- y tanto o más en su desarrollo, huyendo de las tentaciones del lugar común y de excesos de todo tipo, al mismo tiempo contenida y torrencial, con un sabio manejo de la tensión y sin perder un ápice de interés a lo largo de sus 90 minutos, la película alterna continuamente lecturas cómicas y tremebundas de lo que es el patético relato de la triste realidad de un protagonista que no quiere crecer y al que las circunstancias obligan a colocarse en el papel de cabeza de familia. Tras la -como mínimo curiosa- muerte del padre, Carlos, con apenas veinticinco años, debe abandonar su mundo de tebeos, salidas nocturnas, trapicheos y drogas blandas por los suburbios de un barrio obrero de Málaga, para labrarse una posición económica y social que le permita sacar adelante a su madre viuda (que, de momento, sale a la calle con su tenderete de tabaco de contrabando para obtener ingresos) y a su hermano pequeño. La solución, a priori, se presenta fácil: trabajar a las órdenes de su primo (Juanma Lara) en su negocio de cachivaches para turistas y suministro de bagatelas para tiendas de chinos. No obstante, eso le obliga a vestirse de botella de Tío Pepe y pasarse todo el día al sol con el carromato, además de aguantar los delirios de grandeza de empresario emprendedor y hecho a sí mismo de su primo, y soportar su carácter hosco y antipático, por no hablar de las horrendas comidas dominicales. Carlos prefiere robar carburadores junto a un colega del barrio (Manolo Solo), y pulirse las ganancias en cervezas y maría. Con idea de huir de su primo, y al mismo tiempo contentar a su madre, que no deja de presionarle, Carlos, que tiene alma de artista, encuentra un excelente refugio temporal: la mentira. Continuar leyendo “Ese otro cine español: Carlos contra el mundo (Chiqui Carabante, 2002)”

Música para una banda sonora vital – La flaqueza del bolchevique

Para Raúl Ariza, escritor elefantiásico, porque sabemos que esta película le llega.

Uno de los muchos aciertos de La flaqueza del bolchevique, dirigida en 2003 por Manuel Martín Cuenca, estupenda adaptación de la novela de Lorenzo Silva, que también colabora en el guión, protagonizada por el omnipresente Luis Tosar y María Valverde, es adornar su banda sonora con tres temazos de Extremoduro: Standby, A fuego y Puta.

Lejos de ser un grupo de greñudos pelanas ruidosos, los extremeños combinan las armonías guitarreras con un lenguaje de una notable contundencia verbal inscrito en las coordenadas de un cáustico lirismo poético que hace que su música no sea el típico ‘ruido’ de rockeros sin duchar, sino que posee una inusitada y profunda sensibilidad que no evita que llamen a las cosas por su nombre. Su vena más artística puede comprobarse en la primera propina, Dulce introducción al caos, pedazo de tema con homenaje a Bach incluido; sus primeros tiempos como grupo outsider con un puntito gamberro quedan demostrados con la segunda propina: Extremaydura.


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