Diálogos de celuloide: Campanadas a medianoche (Chimes at midnight, Orson Welles, 1965)

Campanadas_39

¿Qué es el honor? Aire. Sólo aire. ¿Quién lo obtiene? El que murió el miércoles pasado. ¿Lo siente? Nooo… ¿Es cosa insensible? Sííí, para los muertos. Pero… ¿puede vivir entre los vivos? Nooo… Las malas lenguas no lo permiten, por tanto no quiero saber nada de él. El honor es un escudo… funerario. Éste es mi catecismo.

Guion de Orson Welles, a partir de varias obras de William Shakespeare y de la obra de Raphael Holinshed.

 

Mis escenas favoritas – Campanadas a medianoche (1965)

Orson Welles en su salsa (o más bien con varios litros de ella en el cuerpo…) en esta coproducción hispanosuiza (como aquellos magníficos coches que hicieron sombra hasta a los mismísimos Rolls-Royce), filmada en España, que fusiona varios textos de Wiliam Shakespeare para crear un drama sombrío y, a pesar de basarse en obras del dramaturgo inglés por excelencia, también profundamente hispánico, de traiciones, desengaños, decepciones, melancolías y nostalgias.

Porque, ¡cuántas cosas hemos visto…!

La tienda de los horrores – Un ratón en la Luna

Y seguimos con horrores lunáticos…

La parodia es uno de los géneros cinematográficos más difíciles. Sin un guión milimétrico, sin una acertada combinación de diálogos brillantes, ácidos, rápidos, agudos, y un buen repertorio de gags visuales, y sin intérpretes capaces de dotar al conjunto de cuerpo y consistencia, y lo más complicado de conseguir, de encanto, sin una adecuada atmósfera y ambientación, el producto tiende a descafeinarse, a apagar las risas, a despertar el tedio y el aburrimiento y, finalmente, desemboca en rotundo fracaso. Es el caso de Un ratón en la Luna (The mouse on the moon, 1963), dirigida por (el en otros casos excelente) Richard Lester cuando estaba a punto de iniciar su periplo cinematográfico junto a los Beatles y mucho antes de sus mayores aciertos tras la cámara, como Robin y Marian, o de colarse en la saga de Superman.

La película, de brevísimo metraje (afortunadamente), apenas 82 minutos, se agota ya tras los primeros instantes. Grand Fenwick es un microestado centroeuropeo fundado en la Edad Media por un inglés que con el paso de los siglos se ha convertido en una fotocopia en miniatura de los tópicos ingleses: Parlamento, Reina (una ya anciana Margaret Rutherford, cuya presencia intrascendente es meramente decorativa), cambio de guardia, afición por la cerveza y flema, mucha flema. Sin embargo, eso es mera apariencia, porque el país, cuyo punto en el mapa viene a ocupar un lugar incierto en el entorno de Suiza, Austria y Liechtenstein (quizá este pequeño principado, conocido por su colaboracionismo con el expolio nazi en Europa y que concedió el voto a las mujeres en ¡¡¡¡1984!!!! sirviera de inspiración a Michael Pertwee, ¿guionista? de este engendro: no olvidarse de que el himno de Liechtenstein comparte con el de Inglaterra la melodía del God save the Queen, o the King, según el caso) anda algo escaso de instalaciones de conducción de agua. Paliar este problema, el de sus tuberías para el correcto suministro de agua, está en el origen del rocambolesco plan del Primer Ministro: pedir a los Estados Unidos un préstamo de un millón de dólares sobre la base de un supuesto programa espacial propio de Grand Fenwick a fin de utilizar los fondos en tuberías, cañerías y grifería variada. Cuando, cosas de la política internacional, la petición cuela en Washington y en la ONU, los rusos, para hacer la competencia a los yanquis, envían un costoso cohete como donación, a fin de atraerse a su órbita a este inesperado rival en la carrera hacia la Luna. Por tanto, y para demostrar a los americanos que el dinero fue empleado para lo que se pidió, los responsables del país no tienen más remedio que diseñar un rocambolesco plan espacial que lleve a sus impresentables astronautas al satélite ante los sorprendidos ojos del mundo. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Un ratón en la Luna”

Un espíritu burlón, de David Lean

Cartel cedido por Marta Navarro, mantenedora del sublime blog Entrenómadas, absolutamente recomendable.

El pasado mes de marzo se cumplieron cien años del nacimiento de David Lean, cineasta británico superlativo, consagrado maestro en la puesta en imágenes de la épica, la epopeya y la aventura, autor de filmes de leyenda, de obras maestras indiscutibles y que han ocupado no poco espacio en la memoria colectiva. ¿Quién no evoca con facilidad, con los ojos cerrados, a Peter O’Toole túnica blanca al viento danzando majestuosamente sobre el techo de un tren en medio del desierto? ¿Quién no es capaz de recrear en su cabeza un desfile de prisioneros británicos silbando al unísono camino de su campo de internamiento japonés en las selvas de Thailandia? ¿Quién no podría retratar fielmente la carga de la caballería rusa sobre los manifestantes que piden pan en las calles de Moscú mientras los opulentos burgueses cenan en sus clubes privados? ¿O las muecas extrañas de John Mills y el rostro duro de Robert Mitchum en La hija de Ryan? El cine de David Lean es uno de los más reconocibles de todos los tiempos, pero en su limitada filmografía (apenas una docena y media de filmes), son muchas más las obras maestras: Breve encuentro, Cadenas rotas, Pasaje a la India, su última película, ya en 1984… Incluso su proyecto inacabado, Nostromo, basado en la obra de Joseph Conrad.

Y entre su filmografía menor, destaca esta pequeña joya de la comedia, uno de los mayores hitos de la comedia británica de todos los tiempos, realizada antes de su magistral Breve encuentro. Tanto en ésta como en Un espíritu burlón (y en su obra anterior, This happy breed), David Lean se apoya en textos teatrales del gran dramaturgo Noel Coward (en este caso una obra escrita durante una semana de vacaciones del autor en Gales), exitosamente representados durante mucho tiempo en el West End londinense. Un espíritu burlón es una comedia hilarante en la que el ingenio y los diálogos chispeantes, agudos e irónicos campan a sus anchas. La película, cuyo título proviene de un poema del autor romántico Percy Bhysse Shelley, cuenta la historia de Charles (Rex Harrison), un novelista con cierto prestigio que planea casarse en segundas nupcias con la bella Ruth (Constance Cummings). Sin embargo, el fantasma de su primera esposa, Elvira (Kay Hammond) comienza a aparecerse, a atormentarle y a hostigarle para dilapidar uno tras otro todos los proyectos que tiene planeados junto a su novia. Charles intenta desesperadamente seguir adelante con su boda, pero se muestra impotente una y otra vez frente a las diversas argucias con las que Elvira va incrementando por momentos su pequeña venganza. Pero sin duda la película se la lleva de calle el personaje de Madame Arcati (Margaret Rutherford), la excéntrica y alocada médium a la que Charles recurre para intentar deshacerse de la incómoda y espectral presencia de su primera esposa. Rutherford tiene las mejores frases, protagoniza las mejores secuencias y realiza un despliegue cómico entre el gag y el humor negro que pocas veces puede verse en el cine personificado en una actriz. Está sencillamente magistral y es uno de los grandes alicientes para disfrutar con la película.
Continuar leyendo “Un espíritu burlón, de David Lean”