‘Lo mejor’ de Pedro Almodóvar

La “mejor” película de Pedro Almodóvar es un ejercicio de pura ciencia ficción. Se inventa un país que vive en una burbuja virtual, una especie de Matrix en la que conceptos como democracia, justicia o política son virtuales. Un país en el que la Edad Media duró hasta 1900. Un país en que el siglo XIX duró hasta 1978. Un país que apenas lleva viviendo tres décadas de siglo XX. Un país partido en dos desde 1808. Un país pagado de sí mismo que se atreve a mirar permanentemente por encima del hombro a otros países como Camboya, Argentina, Perú o la República Centroafricana, que sin embargo sí han juzgado a los criminales de Estado de su pasado y han destapado las fosas comunes en las que fueron enterrados miles, en algunos casos millones de asesinados. Un país que rinde homenajes públicos y funerales de Estado a ex ministros fascistas con sus manos manchadas de sangre. Un país que se escandalizaría si los asesinos de ETA fueran enterrados junto a sus víctimas pero consiente un lugar como el Valle de los Caídos, donde los represaliados por la dictadura comparten sepultura con su asesino. Un país que deja morir a sus dictadores y asesinos, ya muy viejos, en la cama, cómodamente, tras hacer testamento y dejar todo “atado y bien atado” (para los suyos, aun cuando se disfrazan de otros). Un país que gasta, con toda justicia, dinero en recuperar hasta el último cadáver de los pescadores (desgraciadamente) fallecidos en alta mar, peinando la costa o las profundidades del océano el tiempo necesario, pero que evita desenterrar cuerpos de asesinados que sabe fehacientemente dónde yacen. Un país donde cada reforma educativa va encaminada a la desaparición de la memoria histórica, de la cultura, del saber y del espíritu crítico, y a la implantación de la programación mental del “pensamiento” único. Un país de riqueza virtual. De democracia virtual. De justicia virtual. Un país de mierda.

En un magnífico giro de guión, el espectador percibe que ese país no es virtual ni ficticio, que la película es un veraz ejercicio de realismo cinematográfico. Un país con nombre y apellidos. Que, a pesar de atesorar tantas maravillas y tantas cosas rescatables, dignas de alabanza y reconocimiento, en lo jurídico, lo político, lo intelectual, sería ridículo y risible si no fuera tan terrorífico. Un país carente de la mínima dignidad. Del mínimo respeto por sí mismo. Un país mental y espiritualmente subdesarrollado, anestesiado, sedado, rociado de cloroformo. Un país de súbditos, de esclavos, de replicantes, invadido por los ladrones de cuerpos. De medios de (des)información, de analfabetos funcionales, de beodos tras un balón o de vocingleros televisivos. El país del “pan y circo”. Un país que da absoluta vergüenza. Un país donde quienes se atreven a traer luz siempre son colgados de un farol.

Mis escenas favoritas – Ben-Hur

Periódicamente un servidor tiene que discutir, más o menos acaloradamente, con lectores y comentaristas de éste y otros blogs cuando uno se queja amargamente de la dependencia del cine-espectáculo actual de los aparatitos con teclas, botoncitos, pantallitas y numeritos. En esos casos, uno generalmente recibe amables calificativos que van desde el tan manido “gafapasta” hasta sarcasmos e ironías bastante ridículos en cuanto a la supuesta avanzada edad de mi menda o a la antigüedad de los gustos de uno aplicables a otras esferas de la vida más personales, hechos que, según estos humanoides, dificultarían la adaptación de un servidor a la vida moderna, eso por no hablar de las proclamaciones públicas como ignorantes de quienes no sabemos apreciar las virtudes del cine colonizado por el videojuego.

Quien escribe no es enemigo, ni mucho menos, del empleo de efectos especiales ni del uso de las nuevas tecnologías aplicadas al cine (sí de cruzar, eso sí, los límites insalvables de la dependencia de la tecnología contra los que ya nos advirtió, por ejemplo, Luis Buñuel, hábito de nuestro tiempo cuyo único fin suele ser recaudatorio y no artístico); lo contrario sería una estupidez: es propio del cine la investigación y la experimentación técnica y creativa como vehículo de retroalimentación. Lo que no entienden los partidarios del cine “de muñequitos” (término en absoluto despectivo con el que aquí nos referimos a esos circos de pirotecnia que copan por aplastamiento las multisalas) es que a veces hay modos mejores y más efectivos (y también más baratos) de hacer las cosas que el recurso al ordenador, y que muchas veces éste es una coartada para la falta de talento y de capacidad de los promotores de un filme. Los efectos digitales pueden apabullarnos la vista, cortocirtuitar nuestros cerebros, colman nuestras retinas, llenan nuestros ojos, pero rara vez, por no decir nunca, pasan de ahí, casi nunca llegan al alma o tocan el corazón: nada más espectacular e impactante que Matrix. Y también nada más frío, mecánico, distante y vacío.

Y lo que no entienden, y no entenderán jamás porque hablamos casi de una secta, los hooligans del actual cine “de muñequitos”, sea de superhéroes, adaptaciones de los tebeos o demás productos casi siempre prescindibles, es que una computadora, cueste los dólares que cueste, y un ingeniero, ídem de ídem, jamás podrán igualar el grado de perfección técnica y de emoción y calidez narrativas que ofrecen escenas como ésta, creada por ese genio de los efectos especiales y maestro del oficio de especialista que fue Yakima Canutt (el indio que cae a los pies de los caballos en La Diligencia de John Ford, 1939) para la nueva adaptación que del best-seller de Lewis Wallace, Ben-Hur, filmó William Wyler en 1959, protagonizada por Charlton Heston (la primera versión es de 1925 y no es menor en cuanto a espectacularidad y perfección técnica). La película ganó, entre muchos otros, el Oscar de la Academia a los mejores efectos especiales y hoy, cincuenta años después, no tenemos ninguna duda de que si optara al premio volvería a ganarlo de calle. Porque el cine de verdad posee un valor y, sobre todo, un estilo y una fuerza, en suma, un poder, que las vulgares imitaciones mecánicas del cine, hoy por hoy no van a igualar. Aunque claro, para estos esclavos de modernidad, 1959 es la prehistoria, y no digamos ya el cine en blanco y negro (pobres, no saben lo que se pierden), y como tal, hay que despreciarlo. Modernos que son, oye, aunque no se den cuenta de que no se es moderno sólo por parecerlo. Y también son, tristemente, un poco inconscientes.

Y en cuanto al cine “de muñequitos”, mientras no sea capaz de crear un prodigio técnico como el que sigue a continuación, seguirá siendo de segunda categoría.

La tienda de los horrores – La isla

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Pues no, a este dúo de guaperas no se les ha quedado este careto facial viendo su propia película (si lo hubieran hecho, ya no tendrían cara porque se les hubiera caído de vergüenza…). Es un fotograma de uno de los abundantes, excesivos, atosigantes, circenses, momentos de acción de este truño de Michael Bay, experto especializado en castañas pilongas que pretenden pasar por cine (Armaggedon, Pearl Harbor, Transformers 1 y 2, Dos policías rebeldes 1 y 2) que una vez más toma una idea a priori no ya buena, sino magnífica, que desarrolla durante un rato de sus 127 minutos, para luego tirarla por el W.C. y dedicarse a hacer durante la hora y media restante una mamarrachada de pirotecnia y chapa destrozada de esas que le gustan tanto a él y a su padre.

Hay que reconocer que la idea de origen, siendo buena, original, lo que se dice original, no es. El trío maravillas de guionistas de este peñazo (Caspian Tredwell-Owen, Alex Kurtzman-Counter y Roberto Orci) se compraron una batidora último modelo (o más bien les tocó en la tómbola; dada su calidad como guionistas uno se los imagina mejor sacando boletos en las ferias que con la cartera rebosante de dólares para comprar electrodomésticos superfluos), vertieron en su interior Matrix y Blade Runner y, hala, ya tenemos veinte o treinta minutos de película. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – La isla”