Turismo por lugares de película en La Torre de Babel, de Aragón Radio.

Nueva entrega de mi sección en el programa La Torre de Babel, de Aragón Radio, la radio pública de Aragón, en este caso dedicada a hablar de algunos lugares míticos inventados por las películas: la Barranca de Solo los ángeles tienen alas (Only Angels Have Wings, Howard Hawks, 1939), la Innisfree de El hombre tranquilo (The Quiet Man, John Ford, 1952), la Brigadoon de Vincente Minnelli (1954) y la Freedonia de los hermanos Marx en Sopa de ganso (Duck Soup, Leo McCarey, 1933).

(desde el minuto 14)

Música para una banda sonora vital – El hombre tranquilo (The quiet man, John Ford, 1952)

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Este blog cumple hoy siete años.

Para celebrarlo, nada mejor que algunos de los temas que forman parte de la hermosísima banda sonora musical que compuso Victor Young para esta maravillosa comedia dramática de ambiente irlandés dirigida por John Ford a partir de los relatos de Maurice Walsh, una buena muestra de ese género no establecido que podría denominarse cine que reconcilia con la vida.

¡¡Bienvenidos a Innisfree!!

Exotismo de cartón piedra: Bagdad (Charles Lamont, 1949)

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Valga este collage de imágenes para mostrar buena parte de lo que es Bagdad, colorista cinta de exóticas aventuras desértico-arábigas dirigida por Charles Lamont en 1949 para la Universal International Pictures. En verdad, poquito hay que rascar que valga la pena de esta obra menor de bajo presupuesto destinada a las salas de programa doble, pero sirve para ejemplificar el funcionamiento de la cadena de montaje de los estudios en la producción de películas para el mercado secundario de la serie B durante el Hollywood clásico.

A los mandos, Charles Lamont, un director acostumbrado a películas ligeras (ya fueran del género aventurero o bien a la medida del artista cómico de turno, especialmente de la pareja Abbott y Costello) y capaz de rodar con rapidez y no excesivo metraje (en el caso que nos ocupa, apenas 78 minutos); al frente del reparto, una estrella, una pelirrojísima y más exuberante que nunca Maureen O’Hara, que luce esplendorosamente voluptuosa a falta de una mayor ‘chicha’ en la caracterización de su personaje; a su lado, un galán acartonado, sin carisma ni encanto que sobrepase lo meramente superficial, Paul Hubschmid (acreditado como Paul Christian), destinado a hacer de percha imitadora de Errol Flynn; frente a ellos, dos villanos, uno magnífico, como siempre, con un carisma y un poder de presencia realmente estimables (Vincent Price), y otro esquemático y escasamente dibujado (John Sutton); la historia, un cliché de lugares comunes y elementos previsibles escrito por Tamara Hovey y Robert Hardy Andrews, que combina la fantasía de Las mil y una noches con las aventuras coloniales, la comedia musical o la comedia basada en el error de identidad; como marco, una Bagdad recreada en unos aparentemente lujosos pero baratos decorados de estudio y unas tomas de exteriores (a menudo acompañadas de un uso bastante chapucero de las transparencias) filmadas en los parajes desérticos de los alrededores de Los Ángeles; y como complemento, la fotografía de Russell Metty, que sirve a la perfección tanto al elemento mágico y exótico que una historia bagdadí requiere como a la belleza de O’Hara, una de las bazas comerciales y artísticas del filme, y la música con toques orientalizantes de Frank Skinner, que sirve de entrada para situar el argumento geográficamente.

El conjunto, sin más pretensión que el entretenimiento de evasión, funciona dentro del estrecho margen que marcan la pobreza general de su concepción y un guión que renuncia a ofrecer algo distinto del previsible y trillado camino por el que suelen discurrir este tipo de productos de la época: la princesa Marjan (O’Hara) es una joven y hermosa beduina, criada en Inglaterra por orden de su padre, un príncipe de una de las tribus más importantes del desierto de Arabia durante la dominación otomana (es decir, en algún momento de mediados o finales del siglo XIX -la película no lo aclara pero los objetos, los uniformes, las armas y el tono general de la puesta en escena permiten suponerlo así-), que regresa a Bagdad para enterarse de que su padre ha sido asesinado a traición, al parecer tras una encerrona preparada por el príncipe Ahmed, al que tanto el gobierno turco como algunas tribus beduinas persiguen acusado de ser el cabecilla de los llamados Chilabas Negras, levantisco grupo que está arrasando a sangre y fuego los territorios entre el Tigris y el Éufrates (los cuales, al menos geográficamente, no son Arabia, pero eso a la película le da igual…). Este Ahmed, sin embargo, se ha infiltrado como Hassan (Paul Christian), un simple camellero, en la caravana que ha conducido a Marjan hasta Bagdad, con idea de descubrir quién está detrás del complot que le señala como el rebelde asesino líder de los Chilabas Negras, y tras el cual están el Pachá que gobierna la zona por delegación turca (Vincent Price) y el príncipe Raizul (John Sutton), su propio primo, que es el auténtico jefe de los asesinos. Todo, sin embargo, transcurre por los derroteros de lo inverosímil o de lo directamente absurdo. Continuar leyendo “Exotismo de cartón piedra: Bagdad (Charles Lamont, 1949)”

Un poco de John Ford es mucho: Cuna de héroes (The long gray line, 1955)

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Cualquier espectador que se acerque a Cuna de héroes (The long gray line, John Ford, 1955) desde el tan manido prejuicio que acusa al maestro de ser un cineasta ultraconservador o directamente fascista, creerá que encuentra argumentos para un planteamiento tan simplón: acentuadamente sentimental, volcada en la recreación complaciente de las liturgias militaristas y nacionalistas norteamericanas más retrógradas (si no ridículas), es cierto que la película ofrece una premisa tan ramplona y previsible que se agota en sí misma nada más empezar. Pero a los mandos está John Ford, y eso significa que nada es superficial, aunque pueda parecerlo. Ford encuentra en la historia real del sargento Marthy Maher, un irlandés que sirvió durante más de cincuenta años en la Academia Militar de West Point, el vehículo perfecto para sus temas de siempre: la conformación de la nación, los valores de la historia, la tradición y el ritual como reconocimiento de la comunidad hacia sí misma y permanente ejercicio de construcción, el amor como salvación personal y el homenaje al concepto de sacrificio y lucha abnegada por unos sentimientos superiores: el amor, la familia, la amistad y la prosperidad.

El guión de Edward Hope se construye sobre una estructura episódica. Como toda película que intenta recrear distintas fases de la vida de una persona, se sostiene sobre un débil hilo conductor repleto de elipsis y saltos temporales que, al mismo tiempo que ocasiona desajustes de ritmo -por momentos la acción avanza vertiginosa en los hechos y en el tiempo; en otros se producen parones y recesos dramáticos que prolongan y ponen el énfasis en ciertos pasajes concretos y ningunean o descartan otros- generan un conjunto dramáticamente irregular, en el que la comedia, el drama, la tragedia y el romance se mezclan en compartimentos estancos sin interacción entre sí. Pero, como decimos, John Ford es mucho John Ford, y, aunque no lo logra del todo, se esfuerza en conseguir un equilibrio en su historia a través del recurso que mejor manejó en su carrera: la composición de planos y el tono poético de la narración. Dejando de lado el hecho de que la traducción española califique ligera y gratuitamente de “héroes” a los cachorros de una academia militar, así porque sí, sin entrar a valorar sus acciones (West Point se ha distinguido por dar a luz a un buen número de criminales de guerra norteamericanos, de los que la historia contada por los vencedores nunca habla), Ford se concentra en un único personaje como portavoz de sus puntos de vista, Marthy Maher (Tyrone Power), un emigrado irlandés que ingresa en West Point para cumplir su sueño de integración en el nuevo país.

Pero la película comienza lejos de West Point. Es en Washington, en la Casa Blanca, donde vamos a empezar a conocer la historia de Maher, en relato directo al presidente Eisenhower (mostrado de espaldas). La razón no es otra que Maher protesta contra su orden de jubilación, y para ello acude ante uno de sus antiguos tutelados en la Academia, el general que dirigió las tropas americanas en la II Guerra Mundial y que luego se aupó a la presidencia, con nefastos resultados (dio origen a la dictadura americana dirigida por el complejo militar-industrial, que dura hasta hoy y que ha ocasionado millones de víctimas en todo el mundo, normalmente en conflictos artificiales generados desde la idea de la guerra como negocio). A partir de ese instante, Maher vuelve atrás en su historia, hasta el momento de su llegada a West Point directamente desde el barco que le trajo desde Irlanda. Los primeros minutos del film transcurren por los derroteros de la comedia: el choque cultural se combina con las dificultades de Maher en sus relaciones con los cadetes autóctonos y con su nula adaptación a los distintos oficios que le toca desempeñar, en especial el de camarero (destrozando la vajilla de las cocinas en un par de ocasiones) pero también el de instructor de boxeo (los cadetes le zurran en todo momento) o en la piscina (sin saber nadar). Sus dificultades de adaptación provienen de su falta de entendimiento de la tradición militar (lo cual le ocasiona enfrentamientos y peleas con algunos compañeros de armas, como con el personaje de Peter Graves, o con mandos militares, ante los que se permite discursos y actitudes inapropiados), pero a medida que ésta se vaya subsanando irá encontrando la protección de algunos mandos (el comandante Kohler que interpreta Ward Bond) bajo cuya tutela hacer carrera… y algo más.

Porque de esa protección surge el amor: al servicio de la familia Kohler sirve otra irlandesa, Mary O’Donnell (Maureen O’Hara), de la que Maher se enamora. Continuar leyendo “Un poco de John Ford es mucho: Cuna de héroes (The long gray line, 1955)”