Mis escenas favoritas: Apocalypto (Mel Gibson, 2006)

Hay que reconocerle al discutido (por tantas cosas) Mel Gibson su talento como director, en particular su brío y su destreza en las secuencias de acción, además de señalar y recuperar algunas de sus buenas interpretaciones, ya sea como héroe apocalíptico, ya como periodista australiano o incluso como un, a priori, improbable Hamlet en un reto superado con solvencia.

Apocalypto atesora momentos vibrantes (como los dos que ofrecemos a continuación, la larga secuencia de los sacrificios humanos y el impactante final) más allá de las críticas (acertadas) recibidas respecto a las inexactitudes históricas y antropológicas que su largo metraje (dos horas y cuarto) puede contener. Una película que crece con el tiempo y que, si bien puede llegar a resultar desagradable a los espectadores más delicados, da evidencia de la pericia de Gibson tras la cámara y, junto a otros títulos o determinados fragmentos de ellos, avala la categoría como director de un actor tirando a discreto y, en otras facetas, un individuo incluso siniestro.

Electroletras: periodistas en territorio comanche

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En Electroletras, el programa de TEA FM, charlamos de películas que tienen como protagonistas a periodistas destacados en zonas de conflicto: la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial o la Indochina justamente anterior a la guerra de Vietnam, la Indonesia de Sukarno, la Nicaragua de Somoza, la guerra civil de El Salvador, la devolución de Hong Kong… Directores como Hitchcock, Mankiewicz, Phillip Noyce, Peter Weir, Roger Spottiswoode, Oliver Stone, Wayne Wang… Intérpretes como Joel McCrea, Michael Redgrave, Audie Murphy, Michael Caine, Mel Gibson, Sigourney Weaver, Gene Hackman, Nick Nolte, Joanna Cassidy, James Woods, Jeremy Irons, Gong Li…

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La tienda de los horrores: El guerrero del amanecer (1987)

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Apología del pastiche, esta obra minúscula del aún más minúsculo Lance Hool, cuyo título más relevante en una filmografía más que prescindible es Héroes sin patria (One man’s hero, 1999), crónica de la epopeya del batallón irlandés de San Patricio, conformado por desertores del ejército de la Unión y al servicio de México durante la guerra de 1846-48 con su poderoso vecino del Norte. En El guerrero del amanecer (Steel dawn, 1987), Hool echa a la olla todo lo que se le ocurre, remueve y obtiene un refrito resultón a ratos, patético las más veces, bochornoso en conjunto.

En un futuro post-apocalíptico de cuyo origen no se nos cuenta apenas nada, Nomad (Patrick Swayze, en la cima de su efímero éxito) -Nomad: ¿cómo iba a llamarse si no?-, es un guerrero nómada -queda claro- que vaga por el desierto, o por el mundo, que es ya un desierto, hasta dar con un grupo de colonos -viuda y niño, además de capataz y obreros- que controlan una fuente de agua amenazada por unos bandidos muy malos que quieren hacerse con ella y expulsar a los granjeros del valle. Por supuesto, estos bandidos son responsables, casualmente, de la muerte del único amigo de Nomad, un guerrero oriental que había luchado con él en la guerra -¿qué guerra?- y le había adiestrado en el uso del cortaplumas de cuatro palmos que gasta el tío. Pues bien, el bueno ayuda a los buenos a matar a los malos. Fin de la historia.

¿Tiene la película algo que valga la pena aparte de clichés, lugares comunes, aires de solemnidad bastante ridículos, unas interpretaciones de baratillo y una puesta en escena cutre, pero cutre, cutre, hasta para tratarse de un apocalipsis? No. Es más, el resultado final conjunto es sonrojante, e incluso las escenas de acción y combate, pretendidamente espectaculares pero pobremente elaboradas, se perciben filmadas en precario, coreografías teledirigidas, postizas, más bailadas que atléticas. En cuanto a la ambientación, ni los capítulos más baratos de El equipo A resultaban tan tristes: los vehículos, el molino de agua, los andamios y tenderetes… Todo parece de cartón piedra envuelto en papel de aluminio, parece que van a caerse en cuanto algún actor, o el viento, soplen. Algo más de talento se desprende de las localizaciones desérticas, por más que se note a la legua de que apenas han recorrido un radio de quinientos metros para ubicar los distintos escenarios.

Este subproducto concebido para el lucimiento físico -que no de otro tipo- de Swayze, que arrastraba masas de jovenzanas chocholocos a las taquillas por aquellos años, no es más que la puesta en común y la mixtura fallida de un montón de fórmulas ajenas, que van desde el western, principalmente dentro de los esquemas narrativos de Jack Shaefer trasplantados al cine en Raíces profundas (Shane, George Stevens, 1953) o su inconfeso remake, El jinete pálido (Pale rider, Clint Eastwood, 1985), a la fantasía épica medieval de tebeo tipo Conan, en la que se mezclan las artes marciales, los aires orientales (de ahí la presencia de John Fujioka como guerrero veterano) y la mitología vikinga o nórdica (especialmente en los rituales y ceremonias colectivas, dejando de lado a esa particular asamblea democrática tan risible que es disuelta, oh, qué peligro, por un esbirro de malo que, desde su caballo, y por medio de un lazo, tira al suelo ¡¡¡¡un bidón que contenía maderos ardiendo!!!; maderos que, dicho sea de paso, no se sabe de dónde salen, porque no se ve leña potencial de coña…), pasando, por supuesto, como evidencia el argumento y la estética, por el universo visual del Mad Max del australiano George Miller y de Mel Gibson. La mezcla no sólo atraganta, sino que en algún momento provoca carcajadas. No ya por el reparto, en el que además de Swayze y Fujioka destacan Lisa Niemi (la viuda a la que el héroe se cepilla), Brion Jones (famosísimo rostro ochentero, visto, por ejemplo, como replicante en Blade runner) o Anthony Zerbe, como malo maloso, todos ellos haciendo lo que pueden con un guión de espanto, sino más bien por la escasa tensión, lo previsible del desarrollo y la ridiculez de la puesta en imágenes de todo ello. Continuar leyendo “La tienda de los horrores: El guerrero del amanecer (1987)”

Música para una banda sonora vital – Tina Turner

Pedazo de estilismo el que gasta la gran Tina Turner (por no hablar del tipo del saxofón en el video-clip) en Mad Max 3: más allá de la cúpula del trueno (Mad Max beyond thunderdome, George Miller, 1985), la tercera entrega de la saga apocalíptica de violencia y gasolina protagonizada en Australia por Mel Gibson, aunque la amiga Tina siempre ha respondido, y responderá, a ese viejo dicho de “si tú fueras mi abuela, mi abuelo dormiría en la escalera”.

Y de propina, Typical male, toma ya.

Cine y poker: cinco (o siete) cartas para vivir el suspense

1. El escenario. El gran salón de un casino de Las Vegas, Reno, Texas, Atlantic City o Montenegro. Quizá una página web donde jugar al poker on line. O mejor una estancia tenuemente iluminada: el reservado de un bar, una trastienda, un vagón de tren, un cuarto de alquiler, el rincón más apartado del saloon, o quizá la discreta habitación de un hotel, en una planta no muy alta, cercana a la escalera de incendios y siempre con vistas a la parte de atrás. El tapete verde parece ser la única fuente de luz, atrae todas las miradas, todos los objetos convergen en él, los naipes brillan como diamantes, las fichas de colores, verdes, amarillas, rojas, blancas, azules, refulgen como gemas preciosas. A su alrededor, delimitando la zona de juego, cansadas botellas medio llenas y turbios vasos medio vacíos, paquetes de cigarrillos prensados, saquitos de tabaco de liar, papel de fumar arrugado, cerillas gastadas, encendedores agónicos, ceniceros insaciables, relojes de bolsillo detenidos, algún que otro pañuelo sudado, puede que un arma expectante, quizá ya humeante. Objetos de culto como tributo al azar, a su Dios, al poker, en forma de billetes verdes de distintos valores pero todos de igual tamaño que, como hormigas trabajadoras aprovisionándose para el invierno, mantienen invariable su ruta desde los informes montones del círculo exterior hacia el mismo centro de la mesa, hasta el lugar donde se levanta el templo de las mil apuestas, la ofrenda a la Diosa fortuna y a su mensajera de dos caras, la suerte escondida en el altar de los sacrificios de un único ladrillo de cincuenta y dos cartas: la partida de poker.

2. El tiempo. La loca carrera de cincuenta años hacia el Oeste, al abrazo del Pacífico a través del desierto. Los felices y violentos años veinte; los deprimidos y depresivos años treinta. Los negros años cuarenta, ya perdida la inocencia del mundo. La enloquecida actualidad devorada por la prisa y el culto a lo inmediato, a lo perecedero, a la muerte instantánea. El poker, la partida, el juego, frontera para el antes y el después de una existencia a refundar, inicio de la incierta aventura de una nueva vida. El futuro, el porvenir que abre o clausura una combinación de cinco (o siete) cartas.

3. El guión. Los jugadores discuten si juegan al poker de cinco o siete cartas, si al poker del Oeste de la frontera o al poker texas holdem. Una joven figura del poker sueña con destronar al rey del juego. Un timador despluma a un gángster para hacerle morder el anzuelo. Un pistolero se entretiene con sus compinches antes de matar o morir. Un grupo de rufianes pasan el tiempo mientras esperan el momento del atraco. Cuatro tipos amañan una partida con el fin de desplumar al quinto. Un ladrón de guante blanco da clases a los jóvenes para que hagan trampas sin que les pillen. Un agente con licencia para matar intenta dejar sin blanca al monstruo que financia el terrorismo internacional. Unos chicos se pasan de listos y terminan debiéndole una fortuna al jefe del hampa londinense. Un chico financia sus estudios de derecho gracias a las cartas. Un jugador listillo pretende hacer reír en un Oeste que no tiene ninguna gracia. Un inocente acusado de hacer trampas acaba linchado. Un joven de talento busca reconciliarse con su padre en una partida. Una dama entre vaqueros se juega la vida y toma el pelo a los hombres más ricos del territorio. Un escritor que oficia de croupier quiere robar el casino en que trabaja. Para un ex convicto que intenta rehacer su vida, el poker es el primer paso hacia el abismo de la droga. Partidas suicidas para tentar al rey del poker de Los Ángeles. La biografía del legendario jugador Stu Ungar. Un magnífico bribón fabrica naipes marcados. Una mujer tan dura, valiente y cruel como los hombres. Doce apóstoles del poker. La aventura de cartas de un escritor de novelas. Una eminente doctora seducida por un timador. La apuesta es un burdel. Un hombre juega y ama en una Casablanca convertida en La Habana… Continuar leyendo “Cine y poker: cinco (o siete) cartas para vivir el suspense”

Un amor convulso: El año que vivimos peligrosamente

Guy Hamilton (Mel Gibson, cuando todavía intentaba ser actor) es un joven periodista australiano que por vez primera ha conseguido un destino fuera de la redacción, nada menos que la agitada Indonesia en plena rebelión comunista contra el presidente-dictador Sukarno. Desorientado e inexperto, es acogido por Billy Kwan (Linda Hunt, caso extraordinario de Oscar a la mejor actriz de reparto por la interpretación de un personaje masculino), un fotógrafo chino-australiano que se siente íntimamente atraído por él y que se encarga de ponerle al tanto de la situación y de que conozca a los personajes clave del lugar. Junto a Kwan observa los acontecimientos del país, se apunta sus primeros tantos en sus crónicas y comparte su tiempo de ocio con otros corresponsales extranjeros, normalmente en los bares de los hoteles o en las fiestas de las embajadas. En una piscina conoce a Jill (Sigourney Weaver), una empleada de la embajada británica que pasa sus últimos días de destino indonesio antes de regresar a Londres, una mujer muy especial de la que se enamora.

Esta coproducción australiano-estadounidense dirigida por Peter Weir en 1983 constituye un sólido y absorbente drama impregnado de aires clásicos que mezcla romance, intriga política, acción, historia y periodismo, elementos mezclados con fuerza, honestidad, buen pulso narrativo y notable pericia técnica. La película recoge con gran acierto visual la atmósfera repleta de tensión del convulso sudeste asiático de la década de los sesenta (además de los propios hechos acaecidos en Indonesia, son constantes los ecos de lo que lleva tiempo fraguándose en Indochina), pero al mismo tiempo conserva cierta sensibilidad propia del documental a la hora de reflejar el modo de vida de los nativos, especialmente en las zonas suburbiales más deprimidas, así como para enfocar las simulaciones de los distintos sucesos protagonizados por las masas en la Yakarta de 1965.

Temáticamente, la película aborda de manera poliédrica distintas cuestiones, todas ellas tratadas con criterio y profundidad gracias al espléndido guión, obra del director y del autor de la novela, C.J. Koch. Además de una apasionada historia de amor enclavada en un marco de peligro constante, especialmente para la vida de los ciudadanos extranjeros, la película retrata con rigor los entresijos del trabajo periodístico de un enviado especial a un clima de incertidumbre social sobre el que planea el fantasma de la guerra civil, en un tiempo en que todavía se usaban las máquinas de escribir y la información no viajaba en décimas de segundo de punta a punta del mundo. Por otro lado, la película ofrece también el lado humano de los profesionales, de periodistas y técnicos alejados de sus casas que viven en una prácticamente total soledad el tiempo que no están trabajando, acompañados de otros solitarios extranjeros como ellos o aprovechándose de las “ventajas” que les proporciona su estatus y su salario en un país del llamado Tercer Mundo, ya sean legales (comidas, cenas y copas en los mejores locales), ya sean comerciando en los bajos fondos (drogas, prostitución, abuso de menores). Ello proporciona otra lectura interesante, las relaciones entre las clases adineradas del país, los extranjeros acomodados, y el abismo que su sociedad clasista separada de la hambrienta realidad del país supone con respecto a quienes alimentan el clima de rebelión, ya sean los comunistas auspiciados por China o los musulmanes apoyados desde Oriente Medio. Este aspecto es clave para entender la evolución del personaje de Kwan, entregado a los logros de Sukarno al comienzo de la película, cada vez más escéptico y crítico según avanza su metraje hasta la eclosión final de su compromiso con la democracia y la libertad. La película, en última instancia, también es una reflexión acerca del tratamiento que los gobiernos, los medios y el público occidental dan a los acontecimientos políticos o bélicos en los países subdesarrollados, a las muertes subsidiarias, residuales, convertidas en meras cifras, que se producen en ellos y que en muchas ocasiones son resultado de influencias occidentales ocultadas por los gobiernos, ignoradas deliberadamente por la prensa y, por tanto, desconocidas por unos ciudadanos que no pueden ejercer así sus derechos o exigir responsabilidades relativas a política exterior.

Acompañada por la espéndida música de Maurice Jarre y Vangelis (no acreditado), la cinta contiene algunas imágenes imborrables, como la carrera de Jill y Guy bajo la lluvia torrencial para refugiarse en su coche o la manifestación que filma Kwan subido en los hombros de Guy y que casi les cuesta la vida. Fenomenalmente interpretada, especialmente por Hunt, sin olvidar a un Gibson que intentaba salirse de los esquemas de tipo duro en los que estaba encasillándose a marchas forzadas ya entonces, la película destila por igual una emotiva sensibilidad y un fuerte compromiso con la libertad de prensa, la democracia y la rebeldía, aunque, y esta es una gran virtud, no la limita al hecho histórico de la situación indonesia a mediados de los sesenta, sino que la extiende a las actitudes de los medios de comunicación, del público y, a través de él, de los gobernantes de los países occidentales.

Un drama romántico directamente inspirado en fuentes clásicas (historia de amor en un mundo de tintes exóticos a punto de derrumbarse) bellamente filmado, una historia poderosa cuyas implicaciones emocionales van mucho más allá del simple romance, que abarcan el amor, la amistad, la política, el sentido de la vida y el carácter gratuito de la muerte en función de las azarosas circunstancias que nos rodean, especialmente si somos habitantes del mundo más desfavorecido.