Música para una banda sonora vital: Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower, Steven Chbosky, 2012)

Heroes, el clásico de David Bowie, cierra este Juan Palomo de Steven Chbosky, quien dirige y escribe el guion a partir de su propio libro. A priori, la película tiene todos los ingredientes para desmotivar al espectador con criterio (desarrolla el trillado lugar común, sin saltarse un solo tópico, de las cuitas de un grupo de jóvenes inadaptados en un instituto de secundaria estadounidense, en puertas de ingresar en la universidad), pero a fin de cuentas, gracias a la inteligencia del guion y a la labor de los intérpretes, resulta ser una más que agradable sorpresa. La canción, como suele utilizarse hasta la saciedad (al igual que sucede también en Jojo Rabbitt, de Taika Waititi, 2019), subraya el punto de aceptación y reconocimiento de unos personajes que, tras muchas aventuras de toda clase, han triunfado en su particular historia de superación.

La tienda de los horrores – El Bar Coyote

Manifiesta gilipollez producida por el magnate del cine de acción Jerry Bruckheimer y Touchstone (Tostón) Pictures y dirigida en 2000 por David McNally (director también de Canguro Jack, trinca y brinca, lo cual lo dice todo…) esta película de apenas hora y media de duración es un suplicio. Protagonizada por Piper Perabo (¿quién decía que hacía falta un nombre artístico para abrirse paso en Hollywood? ¿qué clase de nombre es ese?), la película, azucarada y almibarada hasta más allá de lo admisible y rodada como un film calentorro de baratillo, nos cuenta la historia de una jovencita de provincias de voz dulce y aterciopelada educada en los coros de iglesia wasp que marcha a Nueva York (aunque, al contrario que en la horripilante canción de Mecano, no especifica si llevaba o no la botella de Fundador) a convertirse en cantante y/o letrista de éxito. Lo que pasa es que la nena, buena y dócil cual pajarillo campestre, va a caer en un antro de perdición y lujuria, el Bar Coyote, cuyo atractivo básico consiste en que las camareras, tías buenorras donde las haya, visten de manera provocativa y cuando toca se suben en la barra a contorsionarse lúbricamente para calentar al personal masculino y parte del femenino meneando el pandero y aumentar así la cantidad de consumiciones gracias al bamboleo de su silicona y la flexibilidad de los pespuntes heredados de su paso por el cirujano plástico.
Continuar leyendo «La tienda de los horrores – El Bar Coyote»