Musical sin música: Como un torrente (Vincente Minnelli, 1958)

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Una historia de soledades compartidas, de vidas desgarradas, de tristeza y de lucha por conservar la integridad y la dignidad. Y también un acertado retrato de las miserias e hipocresías de cualquier ciudad de tamaño mediano del centro de Estados Unidos. Ese puede ser el resumen de Como un torrente (Some came running, Vincente Minnelli, 1958), magnífico y poderosísimo melodrama con un cuarteto protagonista excepcional: Frank Sinatra, Dean Martin, Shirley MacLaine y el gran, gran, gran Arthur Kennedy.

Dave Hirsh (Frank Sinatra) es un soldado amargado y alcohólico que, recién licenciado tras su paso por el frente entre el 39 y el 45, regresa a su localidad, Parkman (Indiana), después de 16 años de ausencia voluntaria. Su viaje, en cambio, no lo es: su llegada a la ciudad, procedente de Chicago, tiene más que ver con una reyerta y una borrachera, y con el hecho de que un grupo de rufianes jugadores lo hayan subido al autobús que lo ha llevado a su ciudad natal acompañado de una chica de alterne, Ginnie (Shirley MacLaine), a la que ni siquiera recuerda. Como tampoco quiere acordarse de su incipiente y exitosa (para la crítica) carrera literaria; sus novelas, malditas entre los lectores, que apenas han reparado en ellas, son apreciadas sin embargo por los críticos, que veían en él a una gran promesa de la literatura. Pero la guerra, el pasado y el odio hacia sí mismo han hecho mella en Dave, que ya no piensa en escribir, sino en beber y en jugar al póker. El reencuentro con su hermano Frank (Arthur Kennedy) resucita sus antagonismos, apenas disfrazados de fingida cordialidad y recubiertos de un sordo rencor que alimenta en enfrentamiento mutuo (Frank, que tuvo que hacerse cargo de la familia prematuramente, dispuso el ingreso de Dave en un centro de internamiento para jóvenes…), y Dave, además de en su sobrina, Dawn (Betty Lou Keim), toda una jovencita a punto de convertise en una solicitadísima bella mujer, sólo encuentra refugio en la amistad de un jugador, Bama Dillert (Dean Martin) y en una joven pacata y provinciana, profesora de literatura y crítica aficionada, Gwenn (Martha Hyer). Ginnie no deja de rondar a su alrededor porque, también para esquivar a un violento pretendiente que le ha salido en Chicago, ha decidido quedarse a vivir en la ciudad, pero su amor no es correspondido por Dave, que se ha encaprichado de la profesora.

Una vez planteada la situación, el drama se desarrolla hasta alcanzar más de dos horas que en ningún momento llegan a pesar, tal es la cantidad de cosas que suceden y de momentos dramáticos brillantes que sacuden al espectador. No sólo nos encontramos con una pugna familiar hundida en el pasado, la antipatía mutua de Frank y Dave y, sobre todo, de éste con su cuñada Agnes (Leora Dana), sino también una crítica costumbrista a los modos y maneras de las pequeñas localidades americanas, personificadas en la sobrina de Dave y en sus primeros coqueteos con los chicos -o algo más que coqueteos- así como en la relación de Frank con su secretaria personal (Nancy Gates) y con su esposa, una familia próspera que encuentra en la acumulación de bienes materiales su vehículo para hacerse un lugar en la sociedad más escogida del lugar. Sin embargo, estos personajes, a pesar de su aparente autocomplacencia, están igual de varados, perdidos, que sus opuestos en la película, Dave, Bama y, sobre todo, Ginnie. Éstos en cambio, son más honestos a la hora de admitir los estrechos horizontes de sus vidas (correrías nocturnas entre tugurios, copas, partidas de cartas, compañías más que discutibles) y, si bien Bama se ha convertido en un cínico entregado a su pobre deambular sobre la faz de la tierra (eso sí, sin quitarse una sola vez el sombrero por mera superstición: él cree que le trae suerte), tanto Dave como Ginnie intentan redimirse a través del amor. A Dave su amor por Gwenn le sirve además para reencontrarse con la literatura y aspirar a retomar su carrera; a Ginnie, en cambio, su amor por Dave sólo consigue llenarla de sinsabores e ingenuas esperanzas, finalmente plasmadas en un giro del destino producto, una vez más, del desengaño y la frustración. El pesimista final de la cinta, el golpe fatal a toda ilusión por una vida mejor, por una escapatoria, es uno de los momentos más crudos y dolorosos de la historia del melodrama. Continuar leyendo “Musical sin música: Como un torrente (Vincente Minnelli, 1958)”

Maléfica, malévola, mala malosa: Que el cielo la juzgue (1945)

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La aparición súbita de Gene Tierney “volviendo de la tumba” en Laura (Otto Preminger, 1944)  supone, junto a la de Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946) y la de Ava Gardner en Forajidos (The Killers, Robert Siodmak, 1946), una de las irrupciones más inolvidables de toda la historia del cine. En Que el cielo la juzgue (Leave her to heaven, John M. Stahl, 1945), el sensual cruce de piernas de Tierney mientras lee un libro en el vagón de un tren camino de Nuevo México quizá no sea para tanto, pero marca a la perfección el punto necesario de atracción que permite al público comprender el deseo y la fascinación que de inmediato nacen en el escritor Richard Harland (Cornel Wilde) por la mujer que, despreocupada y con aire casual, lee precisamente su última novela, aunque ella tarde un tiempo en reconocerle. Ese comienzo azaroso pone de manifiesto lo que va a ser la constante nota principal de la historia: el poder manipulador, consciente o inconsciente, de una bella y carismática mujer sobre todos los que la rodean. O mejor habría que decir que ésta es una de las notas principales, porque la otra es tanto o más importante en el devenir de los acontecimientos: el patológico poder perturbador de unos celos obsesivos de tal magnitud que no sólo logran trastocar la percepción de la realidad y su interpretación, sino que consiguen mutar una personalidad hasta convertirla en un ser vil, mezquino, brutal, criminal.

Estas son las líneas maestras de este melodrama de intriga filmado a todo color (nominación al Oscar incluida) por John M. Stahl en 1945, un director hoy prácticamente olvidado cuyas mayores aportaciones al arte cinematográfico vienen, además de por la presente película, de Las llaves del reino (1944), relato de pobreza y miseria en China de la mano de un sacerdote católico interpretado por Gregory Peck, el drama sobre infidelidades titulado La usurpadora (1932), con Irene Dunne y John Bowles, y dos películas que alcanzarían la fama como remakes rodados por Douglas Sirk, Imitación a la vida (1934) y Sublime obsesión (1935), sin olvidar que Stahl llegó a codirigir con el gran Ernst Lubitsch El príncipe estudiante en 1927. Que el cielo la juzgue es seguramente su cinta más conocida, y ello es mérito de su personaje central, Ellen, compuesto extraordinariamente por Gene Tierney, que ha pasado a la posteridad como uno de los máximos ejemplos que el cine ha ofrecido de la perturbación mental como fuente de desgracias y fatalidades.

El encuentro casual de Richard y Ellen cuando ambos van, en compañía de la madre y una prima de ella, a pasar unos días en el rancho de un amigo común, Glen Robie (Ray Collins), es el detonante de una pasión mutua que lleva a la joven a romper repentinamente su compromiso matrimonial con Russell Quinton (Vincent Price), un incipiente abogado que trabaja como fiscal, y casarse apresuradamente con Richard, junto al cual la vida parece feliz hasta el punto de que Ellen parece haber olvidado la traumática muerte de su padre, que la había sumido en una profunda tristeza. Sin embargo, Ellen vive su amor de manera tan posesiva, la fuerza de sus celos es tan irrefrenable, su obcecación obsesiva por Richard es tan cruel y brutal, que no repara en medios para tenerlo siempre a su lado, incluso si es preciso maniobrando en la sombra para conseguir sus fines, que no son otros que apartar de su lado a todo aquel que puede competir con ella en sus afectos, su tiempo o sus atenciones, no en el primer lugar, sino en la totalidad, los cuales ella exige, desea y anhela para ella sola. Por eso Ellen no vacilará en expulsar del lado de Richard, de una manera u otra, sin detenerse siquiera a considerar el respeto a la vida humana, presente o futura, a toda aquella persona por la que Richard sienta la más mínima inclinación, desde su hermano pequeño, un enfermo crónico que apenas puede mover las piernas, hasta a su propia prima, Ruth (Jeanne Crain), fuente principal de sus celos al pensar que entre ella y Richard existe una naciente atracción que amenaza con crecer. La deriva psicológica de Ellen, su obsesión cada vez mayor, la lleva a cometer verdaderas atrocidades y a confeccionar tupidas telarañas de intrigas, falsedades, verdades a medias y manipulaciones que conseguirán tejer una red de discusiones, enfrentamientos, odios, huidas y desencuentros de la que ella misma deberá erigirse en víctima necesaria para mantener los efectos de la maquinaria de insidias que ha construido durante años. Continuar leyendo “Maléfica, malévola, mala malosa: Que el cielo la juzgue (1945)”

Alfred Hitchcock presenta – Juego sucio

Tras su experiencia alemana en la UFA y su aprendizaje de manos de los directores y técnicos alemanes (Murnau o Lang entre ellos), Hitchcock retornó a Inglaterra convencido de cuáles eran los tonos y las atmósferas que convenían a sus historias, así como de los temas que le permitían sacar a la luz sus principales intereses. No obstante, tras sus primeros pasos en el mundo del misterio (El enemigo de las rubias, La muchacha de Londres), todavía deberían transcurrir unos cuantos años más hasta que su inconfundible estilo y su oronda marca de fábrica quedaran definitivamente instalados en el mundo del cine como sinónimos de suspense criminal. Durante ese tiempo, Hitchcock siguió alternando películas de intriga (El número 17, Asesinato o la producción alemana Mary) con comedias y melodramas (Lo mejor es lo malo conocido, Elstree calling). Una espléndida muestra de éstos últimos es Juego sucio (The skin game, 1931), un drama rural que alcanza cotas de alta tragedia.

La premisa de la película no es otra que el enfrentamiento de dos familias como símbolo de las tensiones entre clases sociales. Los Hillcrist son una familia de la aristocracia rural tradicional que ha labrado su prosperidad y su buena posición, un tanto ya venida a menos, gracias a la explotación agrícola y ganadera de sus tierras, y a la vida en armonía con el entorno que conforman las propiedades y pueblos vecinos. Este idílico panorama cambia ligeramente con la llegada de los Hornblower, cuyo patriarca (Edmund Gwenn) responde a la estereotipada imagen de rico industrial advenedizo que, habiendo hecho dinero con los negocios, busca el reconocimiento y la respetabilidad que proporcionan las buenas relaciones -eso sí, de tú a tú- con los más prestigiosos terratenientes del lugar. Sus ansias de liderazgo y visibilidad se traducen en la adquisición de las tierras y propiedades colindantes a las fincas de los Hillcrist, que se encuentran en apuros económicos, hasta el punto de rodear sus propiedades con las suyas cerrarles la salida directa al suelo público. Esta tensión, unida a los desencuentros de clase y procedencia entre ambas familias, provoca una escalada de rivalidades y enfrentamientos cada vez más recrudecidos que, llegados a su punto máximo, amenazan con arruinar y destruir la reputación de Chloe Hornblower (Phyllis Konstam), la joven nuera del patriarca. Sin embargo, la naturaleza del asunto, su gravedad y su posible trascendencia va mucho más allá de lo que la señora Hillcrist, promotora del ataque, habían pensado, y pone a la joven ante un difícil trance que cierne nubarrones sobre su futuro e incluso sobre su supervivencia.

Aunque la historia transcurra por los derroteros del drama familiar, Hitchcock reviste a la trama con varias de las notas características de sus películas. En primer lugar, maneja adecuadamente el tono de tensión creciente; el clima campestre, casi familiar, idílico, sugerido por unos excepionales decorados (pinturas y lienzos que, perfectamente colocados en la acción, permiten recrear la ilusión y la alegría de una campiña en plena explosión primaveral), se va tornando en una atmósfera turbia, convulsa, nocturna (la acción se traslada a interiores, a salones y despachos en penumbra o iluminados por el fuego de la chimenea), mientras que la historia, del mero enfrentamiento vecinal, se va trocando en una lucha a vida o muerte por la supervivencia económica y social. Este perfecto uso de decorados y atmósferas viene complementado por varias secuencias de gran belleza plástica, en positivo, como los paseos por el campo o la recreación en estudio de las perspectivas paisajísticas de la zona, o en negativo, en la escena en la que se saca el cuerpo de la piscina. La tensión que se maneja de manera magistral eclosiona en la magnífica escena de la subasta de tierras, un prodigio de suspense ajeno a lo criminal que enfrenta a los Hillcrist y los Hornblower (y a los respectivos señuelos que pujan por ellos de manera encubierta) con los paisanos que buscan hacerse con unas buenas tierras a precios módicos. Hitchcock desarrolla la escena al principio de manera plácida y tranquila, casi costumbrista y tradicional, mientras que con el paso de los minutos, con el ritmo acelerado y una sucesión de planos frontales de los personajes, recoge el incremento constante e irracional del precio de salida como forma de plasmar una rivalidad casi destructiva del contrario. Continuar leyendo “Alfred Hitchcock presenta – Juego sucio”

Dos grandes (II): El gran Flamarion

Aquí tenemos nada menos que a Erich von Stroheim emulando a una especie de Billy el Niño de etiqueta en esta semidesconocida película negra dirigida por el gran Anthony Mann en 1945, basada en una historia de la austriaca Vicki Baum (la autora de Gran Hotel, la novela que inspiró la gran triunfadora de los Oscar de 1932 dirigida por Edmund Goulding), y que cuenta además en su reparto con Mary Beth Hughes, una de las actrices con peor suerte de Hollywood, y al gran Dan Duryea, rostro frecuente en el ciclo dorado del cine negro norteamericano y también del futuro cine de Mann (Winchester 73, de 1950, por ejemplo) y cuya filmografía y calidad en sus interpretaciones bien merece reconocimiento y atención en los anales, recopilatorios, artículos, listas y demás literatura especializada en el cine clásico.

La película, de una brevísima duración (apenas 75 minutos) está construida sobre la base de un flashback casi total. México, 1936: en un teatro de variedades especializado en atracciones y vodevil actúan varios artistas ambulantes, payasos, acróbatas, magos, cantantes y bailarinas, entre otros. Durante uno de los números se escucha entre bastidores el grito agónico de una mujer y, seguidamente, el eco de unos disparos estalla en la platea. Los murmullos, el nerviosismo devienen en psicosis y, mientras el público intenta huir desesperadamente del lugar en el que creen que se acaba de cometer un crimen, tras el escenario el descubrimiento del cadáver de una mujer corre paralelo a la huida del asesino, que corre a ocultarse en las alturas del telón y los decorados. Sin embargo, cuando el teatro ha sido desalojado y está acordonado y ocupado por la policía, que intenta cercar al asesino, éste cae sobre el escenario y es encontrado por uno de los miembros de la compañía. Moribundo, agonizante, el asesino relata el por qué de su crimen.

Nos encontramos con una película negra de estructura clásica, si bien en un entorno poco frecuente como escenario principal (no tanto en relación con los muchos personajes, sobre todo femeninos, que aparecen en el cine negro provenientes de ese marco), el mundo de las variedades, la revista y el vodevil. Sin embargo, los personajes y las relaciones establecidas entre ellos son de manual: El gran Flamarion (Von Stroheim) es un artista de las armas, su número consiste en representar una escena de celos junto a sus dos ayudantes (Mary Beth Hughes y Dan Duryea), que en la “realidad” son matrimonio. Se supone que Flamarion interpreta a un marido celoso y vengativo que vuelve a casa y halla a su esposa en brazos de su amante, a los cuales tirotea sin descanso haciendo blanco en distintas partes de su vestimenta y complementos, así como en el decorado que los circunda. Se trata de un número de gran mérito y precisión que levanta pasiones entre el público dada la extraordinaria puntería y habilidad de Flamarion, que nunca falla. Las relaciones del grupo fuera del escenario son, sin embargo, muy frías y distantes. Para Flamarion sus ayudantes son objetos tan imprescindibles como las armas, pero no les presta ni la atención ni los cuidados que dedica a éstas. Al Wallace (Duryea) permanece casi siempre en estado de embriaguez, mientras que su esposa Connie, siempre sola y relegada a un segundo plano por el interés de su marido por la bebida, busca la atención masculina en otra parte. Y, claro está, la encuentra en un acróbata del que se encapricha y que no tarda en corresponderle. En este punto empiezan a rodar los engranajes del cine negro. Connie, buscando una forma de librarse de su marido, la encuentra con facilidad. Nadie pondría objeciones ni investigaría si en el escenario, por accidente, Flamarion equivocara el tiro y acabara con su ayudante, un notorio borracho del que no habría extrañado que cometiera un fallo de colocación o actuación durante la representación. Pero para eso, el artista tendría que dispararle a conciencia y simular el error, y por ello es necesario conseguir lo único que podría convencerle de algo así: seducirlo. Eso no resultará tan fácil, porque Flamarion es un ladrillo, un pedazo de hielo como no hay otro, inalterable, insobornable, que ni sonríe ni alterna con nadie. Pero la mujer fatal del cine negro es mucha mujer, y no tardará el pistolero en caer en sus redes y someterse a sus planes… Continuar leyendo “Dos grandes (II): El gran Flamarion”

Cuando el remake era un arte: Un rostro de mujer

Junto al cine de secuelas, la otra gran abominación del panorama cinematográfico actual, al menos en lo que a Hollywood se refiere, es el fenómeno del remake: a un productor falto de ideas cuyos guionistas, generalmente provenientes de exitosas series de televisión que son como gigantescas plantas de reciclaje de tramas ya amortizadas, están secos, se le ocurre volver a hacer una película que ya ha sido hecha una, dos o más veces, o que por provenir de un país no anglosajón la mayor parte del público americano no ha visto. Así, cumple la cuota de estrenos anual, apuesta más o menos sobre seguro y puede dar carpetazo al asunto con un discreto margen de beneficio. Por lo común, estos productos suelen quedar muy por debajo en cuanto a calidad y pericia técnica de las versiones anteriores, y no digamos ya si de emulaciones de películas extranjeras se trata. Pero en otro tiempo, cuando el remake tenía sentido, cuando el público americano estaba destinado a desconocer para siempre el cine que se hacía fuera de sus fronteras y cuando no existían los medios de que disponemos hoy para bucear en la memoria cinematográfica y recuperar títulos de décadas atrás o películas fuera de nuestro circuito más asequible, podía ser bien diferente. El remake es consustancial al propio cine, se ha hecho siempre, primero porque las películas mudas debían volverse a rodar habladas; luego porque lo hecho en blanco y negro debía volver a verse en color. Otras veces porque las historias mutiladas por la censura ya podían verse sin la amenaza de cortes y amonestaciones. Aquellos propósitos propiciaban en parte la misma basura de hoy, pero también la existencia de magníficas películas que han pasado a la posteridad como obras autónomas, con carácter propio, en las que su condición de copia -u homenaje, como se dice ahora- es lo de menos. Es el caso de este magistral drama dirigido por George Cukor en 1941, Un rostro de mujer.

Basada en la película sueca de 1938 del mismo título dirigida por Gustav Molander, inspirada a su vez en la obra de teatro de Francis de Croisset, Cukor encuentra aquí en Joan Crawford una más que digna intérprete para el personaje que Ingrid Bergman encarnara en la versión sueca. Construido en torno al magnetismo del personaje principal, Cukor conserva la localización sueca de una historia que nos cuenta a modo de gigantesco flashback, acompañado de un epílogo final. En un tribunal criminal de Estocolmo se abre el proceso contra una enigmática mujer acusada de asesinato que oculta parte de su cara bajo el ala del sombrero. En la sala contigua, los testigos convocados aguardan a prestar juramento antes de ser llamados uno por uno a la presencia del juez y relatar de manera fragmentada los distintos episodios que conjuntamente van a presentar al público la historia de Anna Holt, una mujer cuyo desgraciado pasado pervivía en su rostro en forma de grotesca cicatriz. Convertida en delincuente y chantajista a causa de una infancia infeliz y llena de rencor por el rechazo que su físico despertaba en todo el mundo, mujeres y niños, pero especialmente en los hombres, hizo de la crueldad y la falta de escrúpulos su norma de comportamiento, lo que la hacía al mismo tiempo vehículo de las bromas y foco del terror de los miembros de su banda. Sin embargo, todo cambia cuando conoce a Torsten (Conrad Veidt), un hombre sofisticado y de posición acomodada que parece verdaderamente interesado en ella y que no manifiesta el rechazo habitual ante la visión de su malformación. Por él está dispuesta a todo, a abandonar el mundo de la delincuencia y también a someterse, gracias precisamente a una de las víctimas de sus chantajes (Melvyn Douglas), a una costosa y dolorosa cadena de operaciones quirúrgicas que le restablezcan la faz que un truculento episodio de su pasado casi consiguió destrozar para siempre. Sin embargo, un plan de Torsten para asegurar su futuro juntos volverá a plantear ante ella el dilema que ya creía haber resuelto.

A priori, lo más destacable de la cinta es su estructura. La narración se construye en torno a los distintos testimonios que las personas convocadas por el tribunal, todos ellos personajes a su vez presentes en los distintos capítulos de la narración, ofrecen de la historia de tan misteriosa mujer Continuar leyendo “Cuando el remake era un arte: Un rostro de mujer”

Mis escenas favoritas – Él

Escalofriante secuencia de Él (1953), obra maestra del aragonés Luis Buñuel durante su etapa mexicana que, en la piel de Arturo de Córdova, supone un magistral retrato de la paranoia enfermiza de los celos. Buena parte de la película sirvió de inspiración a Alfred Hitchcock para su Vertigo (1958).

Cine en serie – Comer, beber, amar

CINE PARA CHUPARSE LOS DEDOS (VI)

Este melodrama sentimental del taiwanés Ang Lee pertenece a esa rara especie de películas para cuyo género debería inventarse una nueva denominación, algo así como “películas que reconcilian con la vida”. Porque esta cinta de 1994 es un verdadero canto de vitalidad, un derroche de sensibilidad a ritmo de cocina que levanta los ánimos y abre el apetito.

Chu es un veterano chef de un restaurante de Taipei. Desde que su esposa murió, para él no hay nadie más en la vida que sus tres hijas: Jen, Chien y Ning, unas jóvenes modernas e independientes con distintos modos de ver la vida pero que comparten la rebeldía contra los hábitos de una sociedad modernizada pero moralmente anclada en un sistema de valores milenario que resulta difícilmente compatible con la forma de vivir occidentalizada. Sin embargo, con tiras y aflojas y sin demasiados sobresaltos, la vida discurre apaciblemente. Al menos, hasta que un día empiezan las complicaciones en forma de un embarazo no previsto, una tristeza enorme, una muerte y la visita inesperada de un amor arrollador e integral como en la adolescencia. Sin olvidar a una vecina quejica y un tanto excéntrica que perturbará la vida en el vecindario y que proporciona momentos hilarantes. A partir de ahí comienza una sinfonía de vidas en las que, como dice el guión “vivir día a día es lo mismo que cocinar; sean los que sean los ingredientes al final el sabor es lo único que cuenta”. Continuar leyendo “Cine en serie – Comer, beber, amar”