Música para una banda sonora vital: Los amos de la noche (The Warriors, Walter Hill, 1979)

Barry De Vorzon compone la partitura de este clásico de Walter Hill, salpicado de violencia y acción de tintes épicos y trágicos, que se inserta en el submundo de bandas callejeras en el Nueva York de la época para contar la historia de la odisea nocturna de una de ellas, los Warriors, para regresar a Coney Island desde el Bronx mientras son perseguidos por la policía y por las demás bandas, que les acusan del asesinato del líder de un grupo rival. Una pequeña joya de culto, construida a la manera de un musical sin números musicales, en la que Walter Hill plasma su doble amor por el cine de acción y por la música.

La tienda de los horrores – Xanadú

Dedicado, es de ley, a mi querido amigo Francisco Machuca, gran escritor, gran intelectual y mejor persona, culpable máximo de que haya perdido unos buenos minutos -y no pocas neuronas- en la ardua tarea de glosar esta memez. Paco lanzó el guante cuando aquí nos metimos -más de ley todavía- con esa cosa llamada Super 8 con la que el presunto genio J.J. Abrams pretendió convencernos de que sabe hacer algo más que copiar, y como somos más chulos que un Super 8, pues aquí queda el resultado para mofa y escarnio de quien lo propuso, de quien lo ha escrito y de quien lo lea.

No, no es una fotografía del último video-clip de Scissors sisters… Es una captura de uno de los mejores momentos (de los más repulsivos momentos) de Xanadú, bodrio exorbitante dirigido por Robert Greenwald en 1980, protagonizado por Olivia Newton John, Michael Beck y, snif, snif, ¡¡¡Gene Kelly!!! El caso es que después de esta película-o-lo-que-sea, las carreras de todos aquellos que no estaban ya jubilados, se vieron finiquitadas de manera fulminante. Con un título inspirado en un poema de Coleridge sobre Kublai Khan (tomado igualmente por Orson Welles para dibujar el entorno vital de su Charles Foster Kane en su obra maestra de 1941), y basada libremente en el musical La diosa de la danza (Down to Earth, Alexander Hall, 1947), protagonizado en su día por una Rita Hayworth en todo su esplendor (pero a la que, como siempre, dobló una cantante de verdad en cuanto abría la boca para hacer gorgoritos), Xanadú es un cagarro integral a la altura de muy pocos, a pesar de que con los años Greenwald desarrollara una interesante labor en el documental, poniendo al descubierto las miserias y mentiras de la guerra de Irak o analizando la perniciosa labor de Rupert Murdoch en el mundo del periodismo más amarillista, manipulador y embustero (casualmente nuestro ex presidente Aznar es consejero suyo; si es que Dios los cría… Cuánta basura junta en un mismo post, qué horror…).

Ni más ni menos lo que se espera viendo la historia en cuestión: Kira, hija de Zeus y Leto (Olivia Newton John, en la cresta de la ola tras el éxito de Grease dos años antes), una de las tres vírgenes diosas de la mitología griega, y a la vez una de las encarnaciones de la triple diosa lunar helena, es además una de las musas de las artes (menuda tarjeta de visita tenía que tener la moza, con tanto cargo desempeñado al mismo tiempo…; imaginamos que sólo cobraría un sueldo y que de lo demás sólo percibiría las dietas, justo al contrario que la Cospedal, que encima de virginal no tiene nada). El caso es que semejante elementa, y aunque la humanidad pasa olímpicamente (qué bien traído) de los dioses griegos desde hace más de dos mil años, decide teletransportarse a la Tierra para aparecerse a un pintor americano (mira que hay gente en el planeta y la tía se va a Estados Unidos en 1980; está claro que, mucha diosa, mucha musa y mucha virgen, pero no conocía a Ronald Reagan…), Sonny Malone, al que de buenas a primeras morrea para que surja la inspiración en su moribunda creatividad. Por supuesto, ella, que es virginal pero está más salida que el palo de un churrero, y él, que le va la marcha que no veas, se encandilan a más no poder, y además de la inspiración, surge la necesidad constante del intercambio de fluidos entre ambos dos, todo convenientemente azucarado, almibarado y caramelizado para que sea dulzón y empalagoso hasta más no poder (de hecho, la visión de esta película está prohibida para los diabéticos, así como se recomienda a quien ande escaso de glucosa). El encandilamiento mutuo que se profesan origina toda una serie de consecuencias zodiacales que se complican cuando la pareja se involucra en el sueño de un viejo músico de abrir una sala de fiestas a la antigua usanza, ocasión que el filme no pierde de “fusionar” lamentablemente el recuerdo del Hollywood clásico con la horterada sin sentido propia de los ochenta (como puede comprobarse en la foto).

La película es posiblemente el mayor horror que ha pasado por estas galerías (que ya es decir). La abominable puesta en escena, tan cursi y ridícula como el argumento, va acompañada de la que quizá es la peor banda sonora jamás compuesta para un musical, en la que los temas de la ELO (Electric Light Orchestra) brillan con luz propia. Tanto es así que, un servidor, falto de inspiración y de estómago para narrar pormenorizadamente el amplio catálogo de insensateces, bobadas, cagadas y repugnancias que la película contiene, sin musa griega y virginal que venga a morrearle para ello, y convendido por una vez de que no tiene por qué sufrir la película él sólo, se complace en compartir al menos el trailer con sus queridos lectores:
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