Mis escenas favoritas: Jasón y los argonautas (Jason and the Argonauts, (Don Chaffey, 1963)

Aquel cine de aventuras, de orientación juvenil, inspirado en mitos y leyendas griegos que se produjo en Europa en los años sesenta al calor del éxito de las grandes superproducciones ambientadas en la Antigüedad, servía a los jóvenes de puerta de entrada a un rico y complejo mundo, descartado en los planes de estudio, que fusionaba pasado y presente, mito e historia, cultura y vida. Esta película de 1963 contó para ello con la imaginación y la pericia técnica del gran Ray Harryhausen, creador de, entre otros, los famosos esqueletos armados que atacan a Jasón y sus compañeros, de viaje hacia la Cólquide en persecución del Vellocino de Oro. Junto a esta secuencia, otras muy recordadas, como la de Poseidón sosteniendo los acantilados para abrir camino a la nave Argos en un estrecho canal, o las de los dioses jugando con el destino de los hombres como piezas de ajedrez desde sus tronos en lo alto del monte Olimpo. Una prueba más de que el cine de entretenimiento, para resultar atractivo, no tiene por qué estar vacío.

He aquí el dilema: Ifigenia (Iphigenia, Mihalis Kakogiannis, 1977)

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Reunido en la Áulide el ejército movilizado para partir a la guerra con la ciudad de Troya, las naves aqueas se ven varadas en la costa debido a la falta de viento que las impide zarpar. Las tropas gandulean en las playas y matan el tiempo como pueden, impacientes por entrar en combate. La necesidad de aprovisionarlas obliga a reunir partidas de caza que se internan en los bosques en busca de carne fresca para los soldados. Uno de estos bosques, donde los hombres de Agamenón (Kostas Kazakos) han matado varios ciervos, se encontraba sin embargo bajo la protección de Artemisa, que, enfurecida, y apoyada por los otros dioses, y según el adivino-intérprete de sus designios, maldice al ejército aqueo: si no ofrecen un sacrificio en compensación por la violación cometida, las tropas aqueas nunca podrán salir camino de Troya porque los dioses impedirán que sople el viento a favor de sus naves; no obstante, si pagan el precio exigido, el ejército no solo podrá partir hacia Troya, sino que se verá recompensado con la victoria. Pero Agamenón no lo tendrá tan fácil. El agravio a Artemisa ha sido grande, y el bien a sacrificar deberá ser proporcional, nada menos que la vida de Ifigenia (Tatiana Papamoschou), la primogénita de Agamenón y Clitemnestra (Irepe Papas). Agamenón deberá elegir entre la vida de su hija y la presión de sus soldados que, capitaneados por Odiseo (Christos Tsagas), exigen el cumplimiento de los deseos de los dioses. Atraída Ifigenia al campamento aqueo bajo la falsa promesa de un matrimonio concertado con el heroico Aquiles (Panos Mihalopoulos), la joven llega con su madre, que no tarda en descubrir el drama. Por su parte, Agamenón acude a su hermano Menelao (Kostas Karras) en busca de ayuda, pero este se muestra igualmente a merced de las grandes pasiones despertadas, ante el abismo que amenaza a Ifigenia, que la obliga a convertirse en la primera víctima de la guerra.

Mihalis Kakogiannis (a menudo reconocido internacionalmente como Michael Cacoyannis) adapta la tragedia de Eurípides Ifigenia en Áulide en este sólido y bien construido drama, seleccionado para el Óscar a la mejor película de habla no inglesa y para la Palma de Oro en Cannes. La puesta en escena se aleja completamente de la tan manida estética habitual en las superproducciones hollywoodienses de fanfarria y túnicas de la década de los cincuenta y del peplum europeo de imitación surgido en los sesenta. Muy al contrario, huye de toda espectacularidad y del cartón piedra para rodar en escenarios realistas o incluso en las mismas ruinas de los lugares relacionados con los personajes del drama, como es el caso de Micenas. La desnudez formal va acompañada de cierta aspereza en las formas, de un estilo seco no desprovisto, no obstante, de la adecuada imaginería (en las armas y los escudos, en los pertrechos de los soldados, en el diseño de las naves) propia del 1200 anterior a la Era Común, ese tiempo que se pierde en las brumas de la historia, de la mitología y de los orígenes de la literatura, y que conocemos gracias a las imágenes provenientes de los frescos, los grabados y las cerámicas pintadas. La dorada luz y el azul cristalino del Mediterráneo, las agrestes llanuras secarradas por el sol inclemente, las extensiones de olivos, los montes pelados y los escasos bosques silvestres enmarcan climáticamente la historia; las cabañas de pastores, los altares improvisados, las columnas solitarias, proporcionan la necesaria ambientación de una historia en la que no hay héroes, en que la mitología se degrada, se hace literatura y se pone a la altura de los dramas humanos.

El potencial real de la historia reside en las distintas y contradictorias emociones que pueblan el campamento de Agamenón, en especial en el dilema moral al que este se ve arrastrado. En torno a él se va desarrollando una catarata de acontecimientos dominados por el fatum, por ese destino fatal propio de las tragedias, que arrastra a todos los personajes, a todo el ejército, y que amenaza con desencadenar un conflicto sangriento entre los mismos aqueos, entre quienes están a favor de cumplir los designios de los dioses y los que optan porque el ejército regrese a sus lugares de origen para salvar la vida de la joven. Continuar leyendo “He aquí el dilema: Ifigenia (Iphigenia, Mihalis Kakogiannis, 1977)”

Simpática gilipollez: Combate de gigantes (Ercole, Sansone, Maciste e Ursus gli invincibili, Giorgio Capitani, 1964)

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Si el cómic americano tiene a Los 4 Fantásticos,  el peplum mediterráneo (coproducciones entre Italia y Francia, Italia y España, o entre todas entre sí, como es el caso) tiene a Hércules (o Heracles, en terminología griega), Maciste, Ursus y Sansón. Y lo que tiene el director italiano Giorgio Capitani es el morro suficiente para juntar a los cuatro en esta abierta parodia del género. Combate de gigantes (Ercole, Sansone, Maciste e Ursus gli invincibili, 1964) se chotea de los lugares comunes de las películas “de romanos”, esas cintas europeas de los años 60 que, al calor del éxito de las grandes superproducciones norteamericanas, se dedicaron a recrear con mayor o menor fidelidad, con más o menos gusto y nivel de calidad técnica y artística, algunos de los episodios, reales o míticos, más populares de la Antigüedad, sus mitos, sus leyendas, sus personajes y sus conflictos.

El carácter zumbón del filme queda ya patente en los créditos iniciales.

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Inmediatamente después, asistimos a la primera irreverencia. Zeus habla a Hércules (la película mezcla indistintamente denominaciones griegas y latinas; en otros momentos Zeus es Júpiter) en una encrucijada del camino: a la izquierda, le dice, se abre la ruta hacia la virtud; a la derecha, los reinos del placer. Por supuesto, Hércules (Sergio Ciani, de nombre artístico Alan Steel), harto ya de virtudes insípidas, elige el placer: el camino de la derecha conduce al reino de Lidia, famoso por la belleza de sus mujeres. Su padre divino se cabrea, pero a pesar de que sus advertencias en forma de rayo, Hércules pasa de él y se va de ligue. Allí salva de ahogarse a la princesa Ónfale (Elisa Montés), de la que se enamora y a la que pretende desposar. Pero Ónfale está enamorada a su vez de Inor (Luciano Marín), el hijo del rey de los belicosos hombres de la montaña, enemigos mortales de su madre, Nemea (Lia Zoppelli), reina de Lidia. Para terminar de liarla, Goliat (Arnaldo Fabrizio), el bufón, manipula el oráculo y establece que para que Hércules pueda desposar a Ónfale, debe vencer al hombre más fuerte de la Tierra: Sansón (Nadir Moretti, que firma la película como Nadir Baltimore). Sin embargo, Dalila (Moira Orfei), celosa de que su marido quiera irse de picos pardos a Lidia (también él se siente atraído por las mozas lidias), le corta el pelo. Sin fuerzas, el embajador de Lidia (Conrado San Martín), regresa acompañado del guiñapo de Sansón, del recto y valiente Maciste (Howard Ross) y el borracho y burdo Ursus (Yann Larvor, acreditado Yann L’Arvor). Continuar leyendo “Simpática gilipollez: Combate de gigantes (Ercole, Sansone, Maciste e Ursus gli invincibili, Giorgio Capitani, 1964)”

Mitos en technicolor – Orfeo negro (Orfeu Negro, Marcel Camus, 1959)

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En Brasil, Orfeo negro (Orfeu Negro, Marcel Camus, 1959) no despertó muchas simpatías en un primer momento. Como ha ocurrido tantas veces en el cine occidental situado en países en vías de desarrollo (en ocasiones, como sucede con Brasil, futuras economías emergentes de cinematografías más que estimables), se acusaba a la película de fomentar, desde una perspectiva neocolonialista, una visión folclórica y pintoresquista de los tópicos más extendidos sobre el país, en especial el carnaval, la música, el gusto por la fiesta y, en un par de pinceladas, incluso la religión del fútbol, dejando de lado otras realidades más o menos controvertidas y, desde luego, huyendo de cualquier publirreportaje a la medida de los deseos del gobierno (en la época del rodaje, Brasil todavía no se había sumido en la dictadura militar que se instauró cinco años después) o de las apetencias turísticas. Sin embargo, como ha sucedido no pocas veces, el triunfo internacional de la película (tanto en Cannes, donde obtuvo la Palma de Oro, como en Hollywood, con la consecución del Óscar a la mejor película de habla no inglesa) hizo que los brasileños la reivindicaran como propia a pesar de que su participación en la producción es minoritaria en comparación con los inversores italianos y franceses (estos últimos son quienes atribuyen la nacionalidad a la película). Recepciones y repercusiones aparte (que incluyen la extraordinaria difusión por todo el mundo, sobre todo en Estados Unidos, de la bossa nova y otros estilos musicales brasileños a partir de la comercialización del filme), la gran maestría de esta película descansa en la ingeniosa y colorista trasposición del famoso mito griego de Orfeo y Eurídice al Brasil contemporáneo, y su situación en pleno carnaval de Río de Janeiro.

La joven Eurídice (Marpessa Dawn) llega a Río invitada por su prima, Serafina (Léa Garcia). Nada más llegar conoce a Orfeo (Breno Mello), un conductor de tranvía, cantante y guitarrista (en este caso, a diferencia del mito, no toca la lira), que está a punto de casarse con su prometida, Mira (Lourdes de Oliveira), aunque el bueno de Orfeo es muy dado a tontear con toda chica que pasa a su alrededor y no destaca por su fidelidad a la pareja. La casualidad quiere que Serafina y Orfeo sean vecinos en la barriada Babilonia, un promontorio rocoso sobre el mar abierto a la bahía de Río, y también que la llegada de Eurídice coincida con la víspera del carnaval, con las distintas agrupaciones, como la de Babilonia, ultimando preparativos, vestidos, ensayos y canciones para la competición entre los distintos grupos. El espectador, no obstante, no tarda en saber que el viaje de Eurídice no se debe tanto al deseo de zambullirse en la famosa fiesta como a la necesidad de huir de un hombre misterioso que quiere matarla, aunque en ningún momento se conoce su identidad ni los motivos que puedan impulsarle a cometer el crimen. Como obliga el mito, Orfeo y Eurídice se enamoran apasionadamente, aunque la Muerte triunfa sobre el Amor y Orfeo, descendido a los infiernos para rescatar a su amada, terminará pagando la osadía con su vida.

La tragedia del mito órfico contrasta con el lenguaje visual, luminoso y vivamente colorista, y el tratamiento musical del filme, propios de su traducción a Brasil. Basada en una obra teatral de Vinicius de Moraes, destaca la habilidad de Camus para congeniar la atmósfera fatalista de la historia (desde el primer instante, cuando Eurídice se topa con el vendedor ciego, hasta las inquietantes y logradas apariciones de la Muerte enmascarada, pasando por la evocación del mito que hace el funcionario del registro civil) con los aspectos más lúdicos de la vida en carnaval. La música está presente prácticamente en cada fotograma Continuar leyendo “Mitos en technicolor – Orfeo negro (Orfeu Negro, Marcel Camus, 1959)”

Poderosa Afrodita: colosal Woody Allen

El cine de Woody Allen no destaca precisamente por su virtuosismo técnico. Aparentemente, no contiene tomas complicadas, planos y movimientos de cámara muy elaborados (si acaso algún travelling, alguna vista panorámica de Nueva York…), una fotografía deslumbrante (aunque sí de lo más eficiente, como en este caso, obra de Carlo Di Palma) o una labor de montaje especialmente destacable. Todos los elementos formales están al servicio, de la manera más discreta y eficiente, del guión y de la caracterización de unos personajes sobre los que recae toda la carga simbólica de unos argumentos engañosamente simples y presuntamente reincidentes en los mismos prismas y temáticas, en esta ocasión con ciertos aspectos de la mitología y la historia griegas como vehículo de metáforas y comicidad. En esta ocasión vuelve a ser así, una historia sencilla para sugerirnos cuestiones de enorme trascendencia y complejidad con la dosis de humor habitual (en algunos momentos hasta la carcajada) en pequeñas píldoras que nos conduzca a examinar nuestra naturaleza contradictoria, obsesiva, caprichosa, a veces incluso infantil, para terminar riéndonos de nosotros mismos y relativizar, sobre todo, esos pequeños reveses que la vida nos regala de vez en cuando.

Lenny (el propio Allen) es un cronista deportivo cuya esposa (Helena Bonham Carter, cuando todavía tenía aspiraciones de trabajar en otra cosa que no fueran las frikadas de su partenaire) trabaja en una galería de arte pero ansía independizarse y abrir su propio negocio. De una cena con unos amigos surge la posibilidad de que tener un hijo suponga un refuerzo para su relación, una forma de consolidar la pareja y su proyecto juntos. El entusiasmo de ella vence los inevitables recelos de él, pero para no perjudicar su incipiente carrera profesional en solitario, el sistema escogido para su paternidad es la adopción. Cuando, algunos años después, Lenny descubre la extraordinaria capacidad intelectual del niño, impresionado y un tanto desencantado por los abiertos coqueteos de su esposa con un galerista guaperas (Peter Weller), decide buscar a la madre biológica del niño, esperando que se trate de una mente superdotada. Sin embargo, se trata de una joven ingenua y bondadosa (Mira Sorvino, otra víctima del síndrome del Oscar cuya carrera tras el galardón cayó en picado) que, mientras aguarda su oportunidad de convertirse en actriz, trabaja de prostituta y ocasional actriz de cine porno.

La película contiene los habituales elementos en la filmografía del director -Nueva York, juegos de pareja en la aristocracia cultural y de profesionales liberales de la ciudad (artistas, bohemios, escritores, periodistas, abogados, médicos…), chistes sobre el judaísmo, diálogos ágiles, veloces, agudísimos e hilarantes, algún que otro gag visual- pero añade una nota de diferencia con respecto a otros trabajos semejantes: la historia, contada en clave de fábula tierna y desternillante, tiene como hilo conductor un coro griego que, con sus pinturas y sus máscaras, y desde su antiguo anfiteatro, realiza su mitológica narración a través de los bailes y cánticos ancestrales, en algún caso de lo más delirantes, dirigidos por un corifeo muy particular (F. Murray Abraham) que, a modo de espectro, se va colando en las vivencias de Lenny a fin de convertirse en la voz de su conciencia y advertirle así, primero, de las consecuencias de sus alocadas maniobras para encontrar a la madre biológica de su hijo y, más tarde, de los peligros de caer bajo el hechizo de una mujer tan encantadoramente carnal o de buscarle una pareja que vele por ella (Michel Rapaport). Continuar leyendo “Poderosa Afrodita: colosal Woody Allen”

Cine en serie – Furia de Titanes

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MAGIA, ESPADA Y FANTASÍA (I)

Iniciamos aquí una serie de artículos que nos van a introducir de lleno a través del cine en el mundo de la magia, de las historias fantásticas de universos imaginarios o de mundos olvidados poblados por criaturas misteriosas, bestias temibles y seres fabulosos, vivos todos ellos en mitos y leyendas repletos de poderosos sortilegios, tesoros enterrados y héroes invencibles enfrentados a enemigos formidables y terribles, viejas historias que relatar en las oscuras noches de invierno junto al fuego que aleja a los lobos, los trasgos o los trolls.

Y abrimos la serie con una película inesperada, improbable quizá entre el resto de cintas que van a configurar esta sección, una producción británica de 1981 que supuso el debut (y penúltimo trabajo) de Desmond Davis en el cine: Furia de Titanes, un clásico de juventud para toda una generación. En ella se dan la mano la mitología, la historia, la leyenda, las aventuras de capa y espada y la imaginación con que poblamos mundos imposibles en el marco de la antigua Grecia de dioses inmortales creados a imagen y semejanza del hombre, con las mismas virtudes, defectos y, sobre todo, debilidades, el país del nacimiento de la historia, la literatura, la filosofía y, también, de la fantasía convertida en género, una tierra por la que discurren personajes que son nuestros, que se sitúan en escenarios que hemos incorporado a nuestro imaginario colectivo, que son testigos o autores de hazañas que permanecen ocultas bajo nuestros pies, como los inconfesables cimientos sobre los que hemos construido nuestra cultura, nuestra forma de entender el arte de narrar, que están ahí aunque no queramos verlas o nos apartemos de ellas. Historias que hablan de nosotros más incluso que los cuentos de diseño para la taquilla.

Zeus (un candongo Laurence Olivier) ha sucumbido una vez más a las tentaciones carnales de una mortal, para desesperación de su esposa, Hera (Claire Bloom). La hermosa hija del gobernador de Argos ha sucumbido a sus tácticas amatorias, siempre tomando el cuerpo de una lluvia de oro, de un rayo de luz o de un chorro de agua cristalina, y de la unión de sus cuerpos ha nacido un niño, de nombre Perseo (Harry Hamlin, tiempo antes de convertirse en el guaperas oficial de La ley de Los Ángeles, serie televisiva que llevó a un montón de incautos a las facultades de Derecho para ser abogados a la americana). El gobernador, dolido por la vergonzante deshonra de su hija a manos de un Dios traicionero y cruel, decide sacrificar a la joven y al niño, pero ambos son oportunamente salvados por Zeus, que los pone a salvo. Sin embargo, el rencor de la diosa Thetis (Maggie Smith) por la maldición que Zeus ha hecho recaer en su hijo Calibos, al que ha convertido en una bestia semihumana, hace que descargue toda su ira sobre Perseo, al que intentará privar del amor de la joven Andrómeda y al que sumergirá en una arriesgada aventura que pondrá a prueba su habilidad y su astucia, y en la cual el joven héroe tendrá que vérselas con malvadas brujas, oscuros maleficios y criaturas sobrenaturales como el Kraken o Medusa, y en la que, gracias a Zeus y la corte de diosas que le apoyan, Hera, Atenea (Susan Fleetwood) y Afrodita (Ursula Andress), contará con la ayuda de unas armas mágicas, del caballo alado Pegaso, y de su amigo Ammón (Burguess Meredith). Continuar leyendo “Cine en serie – Furia de Titanes”