Hotel, desquiciante hotel: El embrollón (L’emmerdeur, Edouard Molinaro, 1973)

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El gran Lino Ventura y el cantante Jacques Brel, que además compone parte de la música del filme, protagonizan esta estimable, por ratos desternillante, comedia de Edouard Molinaro, uno de los cineastas franceses relevantes menos seguidos en España. Basada en un guión del también director Francis Veber (que hizo su propio remake en 2008), este título es célebre sobre todo por tratarse del material original que Billy Wilder utilizó para la que iba a ser su última película, Aquí un amigo (Buddy, Buddy, 1981).

La premisa, por tanto, es muy conocida: Ralph Milan (Ventura), asesino por encargo de intachable reputación, se desplaza a Montpellier para acabar con la vida de un testigo crucial en un juicio por corrupción; mientras espera en su habitación de hotel, justo frente al Palacio de Justicia, a que su víctima sea trasladada para testificar, su vecino de habitación, Pignon (Brel), representante de camisas que acaba de ser abandonado por su esposa, decide poner fin a sus días. Sus estrafalarios y escandalosos intentos de suicidio no dejan de llamar la atención tanto del personal del hotel como de la abundante policía que custodia los alrededores. Milan, al ver puestos en riesgo sus meticulosos planes, decide hacerse cargo del pobre Pignon para neutralizarlo o, llegado el caso, eliminarlo. Esa decisión introduce al asesino en una impredecible catarata de acontecimientos, a cual más absurdo, que llevan al límite la posibilidad de cumplir con éxito su misión, con el consiguiente peligro para su vida. El desesperado Pignon, su esposa (Caroline Cellier) y el nuevo amor de esta, el psiquiatra Fuchs (Jean-Pierre Darras), van a ser demasiado duros de roer para el carácter tranquilo y la profesionalidad de Milan, que se ve arrastrado por una irresistible, por momentos surrealista surrealista, fuerza mayor. Quien conozca bien la película de Billy Wilder observará, no obstante, variaciones en el desarrollo y, especialmente, en la conclusión. Wilder y su colaborador Izzy Diamond dieron una vuelta de tuerca más a la historia de Veber, la hicieron más redonda (también más improbable, más increíble) al retorcer el final y dirigirlo hacia el intercambio de papeles entre los protagonistas, aparte de que alteraron la posición de algunos gags en el equibrio final del guión y suprimieron otros. Con todo, al igual que ellos, Veber y Molinaro hacen descansar la construcción de la película en dos parámetros, las interpretaciones y el antagonismo de los protagonistas, y el diseño de las situaciones.

Así, un fenomenal Ventura compone un personaje hierático, frío, muy profesional, no altera por nada su rostro pétreo ni realiza ninguna acción apresurada o instintiva; incluso cuando improvisa ante los desaforados intentos de Pignon por quitarse la vida, lo hace con calma y controlando la situación, estudiando variables, estrategias, soluciones, intentando encajarlas sin que desvirtúen sus planes. Ventura sigue en la creación de su personaje el molde de tantos clásicos franceses e italianos del género criminal en los que participó. En cambio, Brel compone un personaje absolutamente ido, acabado, apático y llorón, extremadamente torpe, repleto de impericias, aliado con las casualidades más desastrosas. Brel conforma magistralmente el retrato del patetismo más descarnado. Su desesperación va acompañada de un efecto ventilador, apabulla todo lo que le rodea. El contraste del histrionismo casi infantil de uno con la sobriedad extrema del otro multiplica el efecto humorístico de las situaciones (ahí está, por ejemplo, el doble gag del ahorcamiento en la tubería del baño y, en respuesta, el golpe de la persiana en la habitación de Milan, presentado y preparado con la suficiente antelación y efectividad por Veber y Molinaro para que el estallido de la carcajada resulte inevitable) al tiempo que dota el trasfondo criminal de un suspense creciente que va ocupando subrepticiamente la película. Continuar leyendo “Hotel, desquiciante hotel: El embrollón (L’emmerdeur, Edouard Molinaro, 1973)”

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Música para una banda sonora vital – El paciente inglés

Márta Sébestyén es una excelentísima cantante húngara que obtuvo fama por los temas incluidos en esta película de 1996, aunque ya había logrado cierta notoriedad un año antes por su colaboración en el disco Boheme del magnífico grupo Deep Forest. Marta, hija de una etnomusicóloga, ha buceado en las expresiones más puras del folclore húngaro y del resto del este de Europa a través de su incorporación a grupos como Muzsikás y Vujicsisc, explotando una fórmula que mezcla las composiciones clásicas creadas a partir de las minuciosas recopilaciones de música popular realizadas por Béla Bartok y las melodías húngaras, rumanas, rusas o griegas y sus conexiones con la música tradicional gitana e incluso de India.

Marta ha colaborado en algunas otras películas, como en Prét à porter de Robert Altman o La caja de música de Costa Gavras. Nos quedamos con los créditos de apertura del film de Anthony Minghella acompañados por la voz de Sébestyén y con esa deliciosa joya de Marta y Deep Forest titulada Martha’s song, dedicada, of course, a mis queridas Marta y Marta.

Maravilloso clip, por cierto: el mundo, la vida, este maltrecho contenedor donde, a poco que se busque reparar en ellas, florecen por doquier belleza y armonía, no para de dar vueltas y vueltas y de recordarnos lo pequeños que somos ante su hermosa inmensidad…