Mis escena favoritas: Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, Luchino Visconti, 1960)

Sublime momento en los altos de la catedral de Milán, tanto por el contenido dramático como por la forma en que se relaciona con el empleo del espacio, para esta maravillosa película de Luchino Visconti. Espléndido reparto (Alain Delon, Renato Salvatori, Annie Girardot, Katina Paxinou o Claudia Cardinale, entre muchos otros), música de Nino Rota y fotografía de Giuseppe Rotunno en una colosal obra maestra que, como todo clásico, pervive con toda la fuerza de su mensaje.

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Tierra quemada en el amor y en la guerra: Guerra y paz (War and peace, King Vidor, 1956)

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La invasión napoleónica de Rusia y el proceso paralelo de crecimiento y maduración de una muchacha de buena familia, la dulce y generosa Nathasa Rostova. Resulta más fácil resumir en una frase el esqueleto argumental de la monumental obra de Tolstoi que trasladarla a la pantalla, aun utilizando para ello tres horas y cuarto de metraje. Aunque King Vidor salió más que airoso de un desafío artístico y técnico harto complicado, no obtuvo el favor del público en la taquilla, lo cual, unido a los inmensos costes de producción, supuso un fuerte contratiempo en la carrera de un director que venía de la edad de los pioneros y que sólo rodaría una película más. Producida por Dino de Laurentiis y concebida como una de las más grandes superproducciones cinematográficas de la era de las superproducciones cinematográficas que trataba de imponerse por aplastamiento al incipiente reinado doméstico de la televisión, la película pretendía atesorarlo todo: una fuente literaria de prestigio, un guión en el que intervinieron más de media docena de escritores (entre ellos Irwin Shaw, Mario Camerini o el propio Vidor), un director consagrado cuya carrera hundía sus raíces en la etapa muda del cine, un operador de fotografía de primer nivel (Jack Cardiff), un compositor reputadísimo (Nino Rota), y un reparto de grandes figuras del cine norteamericano y europeo que pudiera atraer al público a las pantallas, con Audrey Hepburn, Henry Fonda, Mel Ferrer, Vittorio Gassman, Herbert Lom, Anita Ekberg, Oskar Homolka, Jeremy Brett o John Mills. Hoy en día, el paciente visionado de la película tiene premio, descubrir un catálogo de exquisitas interpretaciones enmarcadas por una fotografía excepcional.

Vidor capta la esencia de la obra de Tolstoi contraponiendo acertadamente, a través de los personajes de Pierre Bezukhov (Fonda) y el príncipe Andrei Bolkonsky (Ferrer), la doble naturaleza del argumento: ambos mantienen una estrecha relación con Natasha y se ven involucrados, cada uno a su manera, en los excepcionales acontecimientos que sacuden la vida de su país: Pierre es un hombre pacifista e ilustrado, que ve en Napoleón el libertador democrático de Europa antes de desengañarse cuando contempla la batalla de Borodino y el comportamiento de las tropas francesas en las zonas ocupadas; Andrei, que ha perdido a su esposa en el parto de su hijo, es un militar y diplomático que, salvado de morir por los médicos de Napoleón, lucha en una guerra militarmente perdida con la abnegación de un país capaz de arrasar sus propias ciudades y cultivos para no dejar nada valioso en manos del enemigo. El polo alrededor del que gira todo es, por supuesto, Natasha (Audrey Hepburn), la muchacha que descubre al mismo tiempo el amor y la guerra, que abre la película asistiendo a un desfile con la ilusión y la traviesa impaciencia de una niña, y la termina como la mujer de la casa, tomando las primeras decisiones para la reconstrucción en ella de su vida familiar.

El amor y la guerra marchan en paralelo. Los desengaños románticos, de Pierre hacia su mujer (Anita Ekberg), de Natasha hacia Kuragin (Gassman), de Andrei hacia Natasha…, tienen su paralelo en lo político, con Pierre renegando de su antigua admiración por Napoleón (como sucediera igualmente con figuras históricas de la talla de Beethoven, por ejemplo), e incluso en lo militar, con un país avergonzado de un ejército que huye ante el avance francés, que no entiende la estrategia emprendida por el viejo mariscal Kutuzov (Oskar Homolka), paciencia y tiempo, que es la que finalmente conducirá a las armas rusas a la victoria. Continuar leyendo “Tierra quemada en el amor y en la guerra: Guerra y paz (War and peace, King Vidor, 1956)”

Electroletras: charlando de El Padrino (The Godfather, Francis F. Coppola, 1972)

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Charlamos sobre la primera entrega de la obra maestra de Francis Ford Coppola en Electroletras, el estupendo programa de TEA FM.

Electroletras

http://www.ivoox.com/electroletras-89_md_8903249_wp_1.mp3″ Ir a descargar

Música para una banda sonora vital – Rodrigo Leao

Ex componente de Madredeus, el portugués Rodrigo Leao publicó en 2004 Cinema, su melancólico y optimista tributo al cine, a las películas pero también a la inmortal música que durante décadas se ha producido por y para él. Partiendo de la fusión de música e imagen como inspiración, como concepto básico, Leao ofrece quince piezas magníficas en las que, a su manera, como en esta A estrada, homenajea al cine que más le gusta, el de Federico Fellini, Stanley Kubrick o David Lynch, y a músicos como Nino Rota o Angelo Badalamenti.

El inconsciente de un genio: Giulietta de los espíritus

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Para su primera película en colores, Federico Fellini se reservó un capítulo personal, mucho más íntimo, inaccesible e inconfesable que las vivencias propias ligadas a su profesión y recogidas en la magistral Otto e mezzo, rodada dos años antes. A un tiempo experimento formal y excéntrica narración de un capítulo oscuro finalmente eliminado de la anterior película, esta obra de 1965 resulta tan cautivadora como inquietante, tan seductora como repelente, pero de un atractivo visual irresistible que no ha perdido ni un ápice de fuerza en más de cuarenta años y que para sí lo querría más de un director que pretende hacer de los colorines su particular seña de identidad. Y decimos bien, película en colores, porque en su primera experiencia fuera del blanco y negro, Fellini nos obsequia con una catarata tremebunda e incontenible de ellos, un frenesí casi orgiástico de juegos cromáticos que no ha tenido parangón posteriormente y que va mucho más allá de la simple metáfora de arquetipos morales o estados de ánimo expresados a través del color.

La película supone la introspección psicoanalítica en el interior de la mente de una mujer, Giulietta (Giulietta Massina, compañera y sempiterna musa del cineasta). Ésta es una mujer algo ingenua, en algunos aspectos incluso casi infantil, que a diario halla pequeñas cotidianidades con las que sorprenderse e ilusionarse como si en lugar de ser una mujer de su edad se tratara de una niña ávida de conocer mundo, curiosa, osada, pero también escéptica, vacilante, temerosa. Giulietta está casada, pero su marido la engaña: su matrimonio es ya un mero formalismo, y él, asumiéndolo como tal, no escatima ocasiones para estar con otras mujeres, para mantener aventuras o participar en juegos sexuales, bien en pareja, bien en grupo. Giulietta, en parte por su incapacidad para afrontar la situación de una manera madura como corresponde a su edad, y en parte por la constante necesidad de abrirse a nuevos caminos, penetra en un extraño ambiente de videntes excéntricas, prostitutas de lujo y hombres y mujeres de alta sociedad que deambulan junto a ellas que, al mismo tiempo, como al espectador, la escandaliza y la atrae. Su tradicional educación en valores religiosos conservadores choca de lleno con el panorama de alternativas que se le ofrecen en ese planeta de sensaciones y tentaciones, mientras que su curiosidad o la necesidad de liberarse de esa carga de moralidad inducida, de esas convenciones que la esclavizan, la hace sentirse cada vez más llamada a introducirse de lleno en esa promesa de liberación que los devaneos de su marido le ha abierto.
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El juego del ratón y el gato: Muerte en el Nilo

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Agatha Christie es una inagotable fuente de inspiración para el cine. Sus novelas de misterio son referencia directa de una buena cantidad de adaptaciones cinematográficas y también el origen de múltiples imitaciones. En esta ocasión es John Guillermin, discreto director británico autor de clásicos menores como El robo al Banco de Inglaterra, El Cóndor, El coloso en llamas o las dos partes del moderno King Kong anterior a Peter Jackson, quien adapta de una manera bastante fiel la novela del mismo título, una de las más famosas de su autora, en la que el detective belga Hercules Poirot es esta vez el encargado de desenmascarar al autor del asesinato de una joven millonaria en un crucero fluvial por el Nilo.

La fidelidad al texto original, tan reclamada a veces cuando se desvirtúan obras inmortales y se devalúan al ser convertidas en películas convencionales y ramplonas, es quizá esta vez el mayor problema de la cinta. Todas las películas basadas en obras de Agatha Christie son traslaciones perfectas de las trampas narrativas de la escritora a la hora de esbozar sus intrigas. En el mundo de las imágenes, estas trampas resultan aún más llamativas y, por desgracia, juegan en contra del objeto de la película: el suspense. Porque, evidentemente, el episodio introductorio, el preludio inglés en el que la joven posteriormente asesinada (Lois Chiles) rivaliza con una amiga (Mia Farrow) por el amor de un atractivo joven (Simon MacCorkindale, hoy perdido en telefilmes baratos pero durante un tiempo archifamoso por su aparición en teleseries como Falcon Crest) y la posterior persecución a la que Farrow somete a los recién casados a través del Mediterráneo y Egipto, quizá exponga demasiado abiertamente y permita presuponer el desenlace de la trama a medida que avanza el metraje (unas dos horas y cuarto). Obviamente, si una película contiene una introducción narrativa de unos diez minutos con sólo tres de los personajes antes de presentar al resto de sospechosos, por más motivos que éstos tengan para cometer el crimen, se nos está proporcionando demasiada información desde un punto de vista parcial a la hora de establecer una verdadera intriga. Una decisión arriesgada que, si bien permite sospechar con demasiados indicios acerca del whodunit (el quién lo hizo) al menos dispara las elucubraciones del espectador en cuanto al howdunit (cómo lo hizo).
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