El motor es la actriz: La última seducción (The Last Seduction, John Dahl, 1994)

Esta película, clásico instantáneo de los años noventa, significó una doble eclosión fugaz. Primero, la de John Dahl, prometedor cineasta «independiente» (lo de la independencia en el cine, cuestiones financieras aparte, hay que ponerlo siempre entre muchísimas comillas) que, tras unos inicios titubeantes, venía de sorprender con la revitalización del noir que supuso Red Rock West (1993), se confirmó con este título y se consagró comercial e industrialmente con Rounders (1998) antes de diluirse en proyectos fallidos y subproductos mediocres y perderse entre las grietas de los capítulos de distintas series de televisión. Segundo, y sobre todo, la de Linda Fiorentino, que alcanzó en esta película el cénit de su carrera y luego desapareció tan pronto como emergió, en películas de poca importancia, cada vez menos relevantes y más penosas y lamentables, hasta esfumarse casi por completo con el nuevo siglo, circunstancia que no era ajena a su particular carácter y su escasa docilidad en la trastienda de los rodajes. No obstante, este breve destello de su trayectoria como actriz le vale un lugar propio entre las femmes fatales del género negro, de las que es tributaria y a las que a la vez supera con creces merced a un personaje fascinante magníficamente perfilado que ella ejecuta con una maestría que hacía tiempo que no se estilaba en una pantalla y que no ha vuelto a verse después.

Aunque la película posee elementos suficientes para aplaudir su solvencia en el uso del lenguaje cinematográfico (transiciones como el paso del airbag que estalla al cómodo y mullido almohadón de una cama de hospital; los momentos en que la protagonista va calzada y descalza; el mobiliario de los espacios y, en particular, la falta de él…), la mayor virtud y fuerza del filme reside en el guion, que si bien reúne una serie de lugares comunes en el cine negro, algunos de ellos tratados mediante la elipsis, cuenta con dos bazas fundamentales: la estructura, que va de la sencillez del planteamiento inicial hacia la complejidad progresiva de la trama y del desenlace, alternando la presencia y el peso de los personajes masculinos (primero, abogado y detective; después, marido y amante), que flotan y giran en torno a la verdadera protagonista, y en especial esta, el auténtico pilar central y leitmotiv de la historia, alimentado de forma tan meritoria por Fiorentino que asombra y seduce por igual, hasta el punto de que el cautivado espectador, que a pesar de su naturaleza perversa y maquinadora no puede evitar ponerse de su lado, concluye indefectiblemente que sin la actriz, sencillamente, la película no podría existir, o al menos alcanzar la misma dimensión. Tan pronto (y tan tarde) como mediados de los noventa, el personaje femenino rompe el corsé de la femme fatale por las costuras y, lejos de aludir metafóricamente a esa idea de fatalidad que es (o debería ser) consustancial al género negro, se erige en su encarnación física, rigiendo y determinando los destinos de cuantos hombres la rodean con ausencia total de moral o remordimientos, buscando únicamente su liberación personal en términos prácticos y funcionales, que cuando es necesario son también crueles y criminales pero, desde su perspectiva, meras operaciones o maniobras utilitarias para la consecución de un fin, tan ambicioso (el dinero) como imprescindible (la supervivencia). Un personaje totalmente autónomo y ajeno a cualquier idea de sumisión o sometimiento, de una feminidad que se eleva incluso por encima de la retórica feminista para imponerse sobre ella y alcanzar un resultado que haría salivar a las huestes más irracionales y furibundas del Mee Too y corrientes similares o a cualquier iletrada ministra del ramo, pero que en el fondo supera y aparta el argumento del sexo como forma de categorizar y estigmatizar los personajes de una película.

Clay Gregory (Bill Pullman), incitado por su esposa, Bridget (Linda Fiorentino), se introduce en un negocio ilegal de venta de drogas y medicamentos que le proporciona estratosféricos beneficios con los que pagar las enormes deudas, de un centenar de miles de dólares con unos intereses semanales de diez de los grandes adicionales, que tiene contraídas con algún jefe mafioso no identificado (extremo siempre tratado en elipsis en el argumento que funciona como MacGuffin parcial). Desde el primer momento, sin embargo, queda claro que la mente pensante del matrimonio es ella: jefa de equipo de una empresa de telemarketing en la que tiene martirizados a los empleados a su cargo (la mayoría hombres), está acostumbrada a métodos expeditivos y a incentivos laborales que bordean la explotación y la humillación. Es fácil suponer cuánto ha podido costarle y qué metodos ha podido utilizar para conseguir que el infeliz, inexperto y bastante botarate de Clay haya dado semejante paso, y también el grado y el número de cuestionamientos lesivos para su orgullo masculino que le ocasiona a diario y que le sirven de acicate. Por eso no es de extrañar que, tras los nervios de la experiencia del intercambio de mercancía por dinero reaccione violentamente, dándole una bofetada, cuando ella hace el enésimo comentario sarcástico sobre su inteligencia y su hombría, sin sospechar que, con ese gesto, que posiblemente tampoco es el primero, está detonando una serie de circunstancias que van a escapar a su control. Porque Bridget, resentida pero sin perder jamás su sentido práctico, concibe casi de inmediato un plan que a la vez la monta en el dólar y la libra de un cretino: aprovechando que este se está duchando, coge el portante y desaparece por la puerta de casa con una bolsa que contiene setecientos mil dólares, dispuesta a huir de Nueva York y retornar (se sugiere) a Chicago, ciudad donde está su no demasiado limpio pasado (de nuevo sugerido).

La película se abre en dos frentes: en primer lugar, la huida de Bridget, que se ve interrumpida en un pueblo de mala muerte del estado de Nueva York, en el que espera ocultarse con discreción y, sobre todo, sacar el dinero de la circulación mientras su abogado de Chicago (J. T. Walsh), con el que también (se sugiere que) tuvo sus escarceos de cama, le lleva el divorcio a distancia de manera que Clay no pueda exigir su mitad del botín como parte de los bienes conyugales; en este pueblo entra en contacto con Mike (Peter Berg), un paleto que se ve deslumbrado y encandilado por ella y con el que inicia una tórrida aventura sexual; el otro frente, presentado en segundo plano, refleja las maniobras de Clay para localizar a Bridget y recuperar el dinero con ayuda de un detective privado (Bill Nunn), al tiempo que trata de impedir que los delincuentes con los que está en deuda le rompan todos los dedos de las manos (subtrama sugerida únicamente con la mano vendada y los dedos entablillados). Estas dos líneas argumentales confluyen en un doble vértice: en el éxito del detective al encontrar el lugar en el que Bridget se oculta, lo que da pie a que su personaje demuestre el punto hasta el que es capaz de llegar para proteger su recién descubierta y asegurada (económicamente) libertad; y como consecuencia del anterior, la compleja red que Bridget empieza a tejer sobre Mike para que este se preste a asistirla en la eliminación de Clay y, por tanto, en la supresión de todos sus problemas, y en cuya elaboración emplea todas sus dotes de manipulación, engaño y chantaje emocional, sexual e incluso laboral. Sin embargo, la construcción del guion y la caracterización del personaje no apuestan por retratar a Bridget como una psicópata desequilibrada o como un ser pérfido y malvado sino como una mera superviviente que utiliza todos los medios a su alcance que le proporciona su condición de mujer atractiva para salir triunfante y con éxito en un ambiente, el del género negro, en principio poco propicio para su sexo.

Así, mientras el personaje del abogado se esfuma sin dejar rastro cuando la historia toma los derroteros más oscuros (cuando la única -o la más cómoda- salida es el crimen perfecto ya no hace falta asistencia legal), la película se va cerrando sobre el triángulo protagonista hasta reunirlo en un único espacio en el que Bridget, lejos de amilanarse, verse contrariada o sentirse intimidada en minoría entre dos hombres, despliega por última vez el tarro de las esencias de su talento retorcido y manipulador, toda su batería de recursos e improvisaciones para imponerse. Un doble salto mortal con tirabuzón que el guion realiza y que concluye en un epílogo que retuerce y redondea la trama hasta su única conclusión posible, aquella siempre impregna el cine negro, la fatalidad que se abate sobre aquellos personajes arrastrados irremisiblemente por su condición, de los que, en esta ocasión, Bridget es honrosa y seductora excepción. Su personaje escapa a cualquier limitación de conceptos como liberación o emancipación; es más una mantis religiosa que actúa por instinto, que actúa casi por impulsos automáticos en dirección a la inmediata satisfacción de cada paso, de cada necesidad, de cada deseo, y que también termina por devorar a los machos con los que se aparea. En su camino no solo cuenta con nuestra comprensión (¿son realmente los hombres que frecuenta mejores moralmente que ella?) sino que despierta nuestra simpatía y admiración, de la misma forma que el tono criminal del argumento viene rubricado con un aire adicional de comedia negra subrayado por un paralelismo tan elocuente como chocante: los dos miembros al aire; primero, el de Mike, cuando Bridget, en una escena memorable, sopesa sus encantos masculinos (que él ha calificado previamente como los de un caballo); segundo, el del detective, que implica la no menos negra resolución de la participación de este personaje en la película.

Fiorentino, que se instala en el personaje como quien se pone un traje a su medida, ofrece una prueba de que pueden construirse personajes femeninos fuertes, interesantes, actractivos, sobre la plantilla de un cliché desplazando un poco más sus límites, sin caer en el panfleto ni en la propaganda de valores, tan poco cinematográfica per se, y que estos personajes pueden despertar la empatía, la identificación y el reconocimiento del público masculino al margen del sentimentalismo, el paternalismo e incluso sin que el sexo o el aspecto físico resulten determinantes. Bridget abre y cierra su propio camino en la madurez de las antiheroínas del cine de los noventa, un tipo propio políticamente incorrecto para todos pero universalmente cautivador.

El crimen no sale a cuenta: Los ojos dejan huellas (José Luis Sáenz de Heredia, 1952)

Ni mucho menos todo el cine realizado durante la dictadura franquista puede etiquetarse como rancio o casposo, pero es que ni siquiera en la obra de uno de los más grandes adeptos al régimen, José Luis Sáenz de Heredia, todo lo que se encuentra obedece necesariamente al catálogo de las consabidas cintas de exaltación patriótica, la promoción de valores religiosos y moralizantes, los dramas que adaptan clásicos literarios o las comedias amables con alto contenido sentimental y en ningún caso reñidas con los principios fundamentales del llamado Movimiento Nacional. Muy al contrario, antes de dejarse arrastrar por modas más comerciales, «abiertas» y «atrevidas» en las décadas siguientes, filmó uno de los más eficaces noirs españoles (con participación italiana), por derecho propio una de las mejores películas españolas de la década y referente ineludible del género en España. Y como resulta primordial en el cine negro, es la ineludible fatalidad la que arrastra al protagonista a una espiral que solo puede conducirle a la autodestrucción, pero también, como es consustancial, no hablamos de un inocente, sino de un personaje con aristas no siempre favorables a su identificación con el público; son sus propias acciones, sus decisiones éticamente más que discutibles, las que marcan la tragedia a la que se ve abocado, el desenlace anunciado.

Este personaje es Martín (Raf Vallone), individuo arisco y antipático que, debido a un error del pasado que le costó su expulsión del colegio de abogados, malvive como representante de venta de perfumes, recorriendo Madrid de punta a punta y de la mañana a la noche con su muestrario en la cartera y sin poder ganarse dignamente la vida. En la fonda en la que cena habitualmente se topa con un antiguo compañero de estudios, Roberto (Julio Peña), que anda muy bebido y busca la manera de eludir a su esposa (Elena Varzi) para poder pasar la noche con su amante. El reencuentro abre una posible vía de negocio y de redención para Martín, pero su orgullo y su desprecio por todo y por todos, empezando por él mismo y terminando por Lola (Emma Penella), la joven con la que sale de vez en cuando y a la que trata con desdén y desprecio, le impiden acercarse a su viejo camarada de la Facultad de Derecho y congraciarse con él. No obstante, cuando Roberto cree haber matado al hombre en cuya compañía ha hallado esa noche a su querida, acude a pedir ayuda a Martín, que no se siente precisamente inclinado a socorrer a uno de esos tipos acomodados y solventes de los que reniega y a los que odia. Porque Martín aborrece a todos aquellos que tienen lo que él no puede tener, que viven la vida que él no puede vivir, que disfruta de las comodidades y los caprichos que él no puede permitirse. El rencor gobierna su vida hasta el punto de que la petición de ayuda de Roberto se convierte en un instrumento de venganza personal contra el mundo que siente que conspira contra él. Decidido a aprovecharse de las dificultades de Roberto, y dejándose invadir por el súbito deseo que siente por Berta, su esposa, Martín elabora un plan construido sobre la más absoluta doblez: mientras convence a Roberto de que debe fingir un suicidio para después poder huir de España de manera clandestina, en realidad lo que se propone es ocupar el lugar de Roberto ante Berta y ante el mundo, hacerse con su espacio, disfrutar de la vida fácil y segura de Roberto, de los lujos, la despreocupación y los ambientes más refinados y atractivos, una vida a la que él cree que tiene derecho. Naturalmente, hablamos de cine negro, las cosas se complican, y ni Berta es una inexperta en los juegos de dobleces ni la policía, hablamos de cine español en la etapa franquista, deja pasar fácilmente historias que no terminan de encajar. Así, el comisario Ollaza (Félix Dafauce) y el agente Díaz (Fernando Fernán Gómez, policía poco ortodoxo y bastante despistado que pone el contrapunto cómico al argumento criminal central), investigan el asunto incluso cuando este está oficialmente cerrado, dispuestos a ejercer la tutela protectora de Berta frente a un hombre de cuyas maquinaciones no han dejado de sospechar toda vez que las únicas pruebas disponibles de la muerte de Roberto (la carta firmada por él, el arma con sus huellas y los doce testigos que se hallaban en el Café Gijón en el momento en que se disparó en el corazón) apuntan al suicidio como causa de la muerte. Continuar leyendo «El crimen no sale a cuenta: Los ojos dejan huellas (José Luis Sáenz de Heredia, 1952)»

Música para una banda sonora vital: Calles de fuego (Streets of Fire, Walter Hill, 1984)

Aquí tenemos a Diane Lane dándole al playback y meneando el esqueleto en la interpretación de Tonight Is What It Means To Be Young para este ochentero clásico de culto dirigido por Walter Hill, en el que el guionista y director pudo dar rienda suelta a dos de sus grandes pasiones, la música y el cine de acción y de violencia. A ratos tan magnética como ridícula, mixtura de película de pandilleros e intriga neo-noir, de musical y thriller, de western urbano y drama romántico con tintes de cómic retrofuturista y mucha cancha abierta al videoclip, la película es todo un ejercicio de nostalgia para los nacidos en los cincuenta que hacían cine en los ochenta y para los espectadores del siglo XXI que en esos ochenta éramos unos críos. Vergüenza ajena aparte. Que la da, y mucha.