Música para una banda sonora vital: Cotton Club (The Cotton Club, Francis F. Coppola, 1984)

The Mooche, célebre tema de John Barry para esta película de Francis Ford Coppola, especie de biografía de los tiempos álgidos del más populoso club de jazz del Harlem neoyorquino durante los años veinte del pasado siglo.

El ser humano frente a la adversidad: After hours

noche

Si Taxi Driver constituía un alucinante viaje al corazón de la angustia, a una noche desolada, deshumanizada, violenta y salvaje como metáfora del atormentado interior del ser humano alienado y perdido en la inmensidad de una sociedad decadente y opresiva, After hours, traducida estúpidamente en España como Jo, ¡qué noche!, película dirigida por Martin Scorsese en 1985, es una especie de emulación en apariencia (pero sólo en apariencia) amable, también con Nueva York como marco, de ese mismo y desigual enfrentamiento entre el hombre con aspiraciones de bienestar y felicidad y un contexto colectivo que lo reduce a mera estadística, que lo ningunea, coarta, utiliza y pervierte, que le hace perder sus puntos de referencia y su lugar con respecto a sus semejantes.

Griffin Dunne (también productor de la película, que consiguió imponerse como intérprete por delante de Robert De Niro, para quien estaba pensado el papel en lo que, si volvemos a pensar en la anterior película de Scorsese, hubiera constituido un irónico guiño al público y a la propia carrera del director), inolvidable en esta película por su magistral encarnación y caracterización de lo que comúnmente llamaríamos un “pringao”, es Paul Hackett, un discreto y anónimo empleado de una multinacional de la informática dedicado a cuestiones de programación. Es un hombre solitario: la enorme oficina, en la que prácticamente no tiene relación con ninguna de las decenas y cientos de personas con las que se cruza diariamente, exceptuando a aquellos a los que tiene que adiestrar en los instrumentos de su trabajo, gente a la que no volverá a ver ni a hablar, es una metáfora de su propia vida. Largas jornadas de trabajo, desplazamientos interminables de punta a punta de la ciudad, horas y horas sin hablar con nadie, concentrado en el cajón en el que trabaja sin dirigirle la palabra a cualquiera de las personas que, no obstante, lo rodean constantemente, triste soledad compartida con una cena rápida y el televisor cada noche al regreso a casa… Una perspectiva de vida que amenaza con prolongarse sine die y para la que parece no encontrar alternativa. El actual y prolongado insomnio que padece no ayuda a mitigar los efectos de la soledad forzosa en la que se encuentra, y las salidas nocturnas a horas intempestivas para cenar o tomar café en alguno de los locales próximos a su casa no le sirven de consuelo ni de remedio. Al menos hasta que, una noche cualquiera, una joven atractiva (Rosanna Arquette, sutilmente perturbadora), se interesa por el libro que está leyendo mientras su café se enfría (de Henry Miller, para más señas), traban conversación, y le da su teléfono. Paul, acostumbrado a encerrarse en sí mismo, a vivir de espaldas a una sociedad que suele darle pescozones cada vez que es capaz de asomar la cabeza fuera de su armadura, se retrae todo lo que puede, pero finalmente marca el número… y su vida cambia. Por lo menos, durante una noche: su llamada de teléfono le abre la puerta a un mundo de extrañas circunstancias encadenadas, una especie de apoteosis del mal fario, de casualidad adversa, de azar tramposo que se ensaña, se recrea en el destino de Paul haciéndole vivir una continua sucesión de fenómenos absurdos, inexplicables, retorcidamente ilógicos, en el peor barrio de Nueva York, un microcosmos nocturno vestido de cuero y poblado por islotes, por territorios humanos a la deriva, una fauna de lo más variopinto que incluye sombríos artistas amantes del sadomasoquismo, camareras desquiciadas, desvalijadores de pisos, porteros de discoteca, almas solitarias que beben sus copas en un rincón oscuro, contorsionistas de la música disco y demás criaturas de la noche que transitan por camuflados locales nocturnos abiertos hasta el amanecer y tan vacíos como la propia vida de quienes se encargan de mantener el neón encendido. Continuar leyendo “El ser humano frente a la adversidad: After hours”

King Kong cumple 75 años

kingkong_r0984230384grnde.jpg

Noticia publicada en Heraldo de Aragón el 3 de marzo de 2008.

“King Kong, el monstruoso gorila que aterrorizó y enterneció a muchos, cumple 75 años este domingo, y sus seguidores lo festejarán en la Gran Manzana con un concurso de gritos y la proyección de la película que lo lanzó a la fama el 2 de marzo de 1933.

Dirigido por Merian Cooper y Ernest Schoedsack, el filme causó entonces sensación entre el público que acudió a verlo a uno de los teatros más emblemáticos de Manhattan, el Radio City Music Hall, y desde entonces King Kong se ha convertido en uno de los iconos de la ciudad de los rascacielos.
Continuar leyendo “King Kong cumple 75 años”

Una española en Nueva York: ‘Sublet’ (Realquiler)

sublet.jpg

¿Quién no ha sentido en alguna ocasión, tras una ruptura sentimental o de otro tipo, la necesidad de alejarse de todo una temporada, incluso de empezar de nuevo en otro lugar, variar de entorno, de caras, de voces, de sonidos? Precisamente la protagonista de Sublet, la ópera prima de la directora y guionista española Chus Gutiérrez se encuentra atravesando esa etapa cuando decide quedarse en Nueva York tras unos días de vacaciones. La película, rodada en 1991, producida por el director Fernando Trueba y protagonizada por la primero actriz y tiempo después directora y guionista Icíar Bollaín, recoge algunas de las propias experiencias de Chus Gutiérrez tomadas de su vida real. Gutiérrez vivió una experiencia parecida cuando se trasladó a Nueva York a estudiar cine, lugar donde rodó también sus primeros documentales e incluso formó un curioso grupo musical.
Continuar leyendo “Una española en Nueva York: ‘Sublet’ (Realquiler)”

Mis escenas favoritas – Manhattan, de Woody Allen

Imposible no adorar Nueva York, idolatrarla de modo desproporcionado, sentimentalizarla desmesuradamente, si se contempla la maravillosa escena de apertura de este clásico de Woody Allen, con Manhattan fotografiado en un soberbio blanco y negro y con la Rhapsody in blue de George Gershwin de fondo. Amigos, esto es el cine.