La tienda de los horrores – Mein Führer

Lo peor del cine europeo actual son esos ataques que sufre de vez en cuando para obligarse a imitar al peor cine norteamericano, suponemos, para conseguir sus mismas cotas de rentabilidad pero sin tener en cuenta que el público europeo, en su mayoría, acepta las estupideces de buena gana cuando vienen del otro lado del Atlántico pero que raramente las asimila cuando se pretenden hacer pasar por propias. Un mal que es propio mayoritariamente del cine francés pero que se extiende a otras filmografías del continente (sobre todo a la española), como ocurre con este subproducto de Dani Levy, una supuestamente divertida visión satírica del personaje de Adolf Hitler, tan aburrida y sosa como pretencionsamente moralizadora.

Este bodrio se sitúa en 1944, cuando los alemanes empiezan a ser conscientes de que su aventura militar ha fracasado y que les aguarda una devastadora destrucción. Goebbels (Sylvester Groth) prepara el discurso de Año Nuevo de Hitler (Helge Schneider) y, como ministro de propaganda, sabe que de sus palabras depende buena parte del ánimo y el espíritu de lucha de su pueblo. Por ello se propone redactar un texto contundente, agresivo, pero el Führer se encuentra tan desanimado, apático y deprimido, que el tiro puede salir por la culata. Por ello busca a un antiguo profesor de arte dramático (Ulrich Mühe, fallecido antes del estreno español de la película y conocido por su espía de La vida de los otros) para que haga de entrenador personal de Hitler durante los cinco días que faltan para el momento del discurso. Lo paradójico es que el profesor es judío y está confinado en un campo de concentración…

Contado así puede tener su gracia, pero advertimos encarecidamente de que no la tiene. Por ninguna parte. El planteamiento de la historia no deja de estar bien realizado y de ser curioso, pero una vez superado el primer cuarto de hora, cualquier atisbo de inteligencia, de ambición cómica, de hilaridad, desaparece para dejar paso a un conjunto de gags sin gracia, de momentos presuntamente divertidos horriblemente encadenados y desprovistos de cualquier posibilidad de hacer reír que no sea el patetismo extremo y, cuando Levy entiende seco (tardíamente) el pozo del que extraía sus penosos chistes, intenta salirse por la tangente con una segunda mitad repleta de moralina en la que, a lo Tarantino, busca en la manipulación de la historia, en el juego de la historia ficción, una salida ridícula para una historia que no hay por dónde cogerla y, peor todavía, con ínfulas de trascendencia y solemnidad. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Mein Führer”

Cine para pensar – El experimento

En los últimos lustros vivimos en una epidemia televisiva llamada “realities”, sobre la base de la cual se coloca a una serie de personas -parafraseando a los físicos- en unas condiciones determinadas de presión y temperatura, con el objeto de ofrecer sus peripecias diarias y los avatares de sus relaciones a un público siempre ansioso por ver, implicarse emocionalmente y dar relevancia a cosas que, en el fondo, le importan un pimiento morrón. Sin embargo, resulta curioso el grado de identificación que estos personajillos (lo mejor de cada casa) que interviene en este tipo de pseudotelevisión logra en algunos espectadores que llegan incluso a debatir, discutir y enfrentarse a causa de las circunstancias generadas en este tipo de programas. Lo que para algunos significa encerrar a un montón de mamarrachos para que hagan el tonto y que así se diviertan los espectadores que son aún más tontos, para otros es la puesta en marcha de un “experimento sociológico” que conlleve la difusión pública del comportamiento “natural” de las personas en un marco de convivencia determinado. Una chufla marinera, teniendo en cuenta que, queramos o no, nuestro comportamiento no es natural cuando sabemos que nos graban (ni siquiera cuando nos toman una foto en una boda) y, todavía mejor, que se hacen castings para participar, con lo cual es de todo menos natural. Estas objeciones, y las dudas y quejas en cuanto a la existencia de guiones, manipulaciones y fenómenos teledirigidos en función de las audiencias televisivas de este tipo de programas que se venden como “la vida en directo”, ha hecho que la Unión Europea haya investigado este tipo de televisión y que canales televisivos como la RAI italiana hayan renunciado, en una muestra de buen gusto encomiable, a este tipo de telebasura.

Cuando estos experimentos quieren hacerse con seriedad, normalmente se hacen llamando la atención lo menos posible, y desde luego, con ninguna pretensión de obtener rendimientos publicitarios. Mario Giordano tomó como base la experiencia real de uno de estos ensayos para escribir una novela adaptada por él mismo para la película dirigida por Oliver Hirschbiegel en 2001.
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