Mis escenas favoritas: Apocalypse now (Francis F. Coppola, 1979)

Apoteósico momento, este del ataque de los helicópteros del coronel Kilgore a la aldea vietnamita con acompañamiento musical de Richard Wagner y su Cabalgata de las valquirias, forma popular con que se denomina al tercer acto de su ópera La valquiria, segunda parte de su tetralogía El anillo del nibelungo.

La secuencia dialoga a través de las décadas con otro momento clásico y memorable de la historia del cine: el episodio en que el Ku Klux Klan salva a los guardianes de las esencias del Sur asediados por los esclavos negros liberados después de la Guerra de Secesión en El nacimiento de una nación (The birth of a nation, David W. Griffith, 1915), en cuya partitura original se incluía, precisamente para ilustrar este instante, la misma composición de Wagner.

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Mis escenas favoritas: La chica con la maleta (La ragazza con la valigia, Valerio Zurlini, 1961)

Un poco de Claudia Cardinale y Giuseppe Verdi en esta breve sinergia entre cine y ópera, parte de este estupendo melodrama con toques cómicos dirigido por Valerio Zurlini en 1961. El personaje de Claudia, naturalmente, se llama Aida, y es una joven y pobre muchacha que se gana la vida bailando en los tugurios de Milán y que, seducida por un señorito de Parma, encuentra refugio junto al hermano adolescente de este en su casa familiar.

Música para una banda sonora vital – Los intocables de Eliot Ness (The untouchables, Brian De Palma, 1987)

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Vesti la giubba, una de las más famosas arias operísticas, perteneciente a la ópera I Pagliacci de Ruggero Leoncavallo, es uno de los motivos musicales más recurrentes en películas y series de televisión de toda clase, época, condición y procedencia.

En la película de De Palma, Al Capone (Robert De Niro) es informado del asesinato de Jim Malone (Sean Connery), cometido por orden suya, mientras asiste a una representación desde su palco de la Ópera de Chicago y suena precisamente el más célebre fragmento del aria (las lágrimas de Capone-De Niro, conmovido por el dramatismo de la situación, se convierten en una sonrisa histérica), aquí interpretada por Plácido Domingo en un montaje dirigido por el cineasta italiano Franco Zeffirelli.

Diálogos de celuloide – Io, Don Giovanni (Carlos Saura, 2009)

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CASANOVA: ¿Por qué por una vez no renunciar a este insulso viaje al infierno y viajar al paraíso?, ¿eh? Una meta salvaría su alma. El justo precio para aquel que hasta el final ha sido esclavo de los placeres terrenales. ¡Dejadle salvar su alma!

LORENZO DA PONTE: No. Don Giovanni asume su responsabilidad. De otro modo sería un hipócrita. Vos mismo lo predicabais: “un instante de vida terrenal vale más que toda la eternidad”.

CASANOVA: ¿Yo he dicho eso?…, bueno, no importa. ¿Por qué entregarle al fuego eterno? ¿Tal vez porque me reconocéis en él y queréis condenarme?

DA PONTE: No, Giacomo, soy yo quien me reconozco en Don Giovanni.

CASANOVA: De ser así, su caída sería también la vuestra.

DA PONTE: Solo de una parte de mi vida, esa parte de la que quiero liberarme.

Io, Don Giovanni (Carlos Saura, 2o09).

 

Música para una banda sonora vital – Excalibur

Esta épica película de 1981 en la que John Boorman logró plasmar como nadie el misterio, la magia y la mitología de la leyenda artúrica, con una escenografía muy particular pero alejada de los leotardos y los arcos y flechas de cartón de los años 50, contiene en uno de sus momentos álgidos nada menos que el fragmento más conocido de la monumental obra Carmina Burana del alemán Carl Orff. En particular, se trata de la escena de la batalla final, donde Arturo se recupera de su embrujo y acude con lo que queda de sus Caballeros de la Tabla Redonda a su último combate con Sir Mordred, mientras que los campos, sumidos en las tinieblas, la oscuridad y el hechizo sombrío del mal, recuperan la primavera. Una película mágica, mítica, en la que podemos descubrir, en papeles de mayor o menor relevancia, a actores y actrices como Helen Mirren, Liam Neeson o Gabriel Byrne.

Ofrecemos dos vídeos. El primero contiene la célebre pieza como ilustración musical de la recreación que en los llanos de Hastings tuvo lugar en 2006 para conmemorar el 940 aniversario de la conquista de Inglaterra por los normandos del rey Guillermo. El segundo muestra el fragmento de la película de Boorman con la pieza de Carl Orff. Épica y magia en estado puro.

Fausto 5.0, el mito revisitado

Concebida como la última parte de una trilogía creativa del grupo teatral La fura dels baus en torno a la figura del Doctor Fausto iniciada con el montaje teatral Faust versión 3.0 y continuada con la ópera La condenación de Fausto, esta película dirigida en 2001 por Alex Ollé, Isidro Ortiz y Carlos Padrissa con guión de Fernando León de Aranoa es una de las obras más sugerentes e inquietantes del último cine español gracias a su atmósfera entre onírica, mágica y siniestra magníficamente recreada sin necesidad de los trucos y trampas visuales del más exitoso cine español de los últimos años. Con un reparto central excepcional compuesto por el argentino Miguel Ángel Solá (desprovisto de acento para la ocasión), la sugerente Najwa Nimri y, sobre todo, por el excelso y fenomenal Eduard Fernández (interpretación sublime, excepcional, enorme que le valió el premio Goya), la película revisita de forma actualizada y con una estética moderna el viejo mito de Fausto y sus relaciones con Mefistófeles.

La película nos cuenta el viaje que el Doctor Fausto (Solá) realiza a una decrépita, desolada y no identificada ciudad para acudir a una convención médica que ha preparado gracias a la ayuda de su recatadísima y casi monjil pero, no obstante, atractiva y perturbadora secretaria (Nimri) y de la extraña relación que se establece entre él y Santos (Fernández), encarnación siniestra de Mefisto entre el casticismo grosero y bastante “jeta” y el refinamiento seductor del más poderoso demonio de los abismos del mal. Porque Santos, un hombre que disfruta de la vida y de sus placeres, dice haber sido en otro tiempo paciente del Doctor Fausto y haber recibido un diagnóstico de desahucio médico ocho años atrás ante sus complejas dolencias, y sin embargo, ahora se encuentra ante él, sano y recuperado, obligándole a aceptarlo como cicerone obligatorio por una ciudad desconocida que le resulta inhóspita, decadente, en ruinas.
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