Música para una banda sonora vital: Donnie Darko (Richard Kelly, 2001)

Donnie Darko (2001) es el único título estimable de la filmografía de Richard Kelly. Estrenada en muy pocas salas, y con un bajísimo rendimiento en taquilla, sin duda su incipiente carrera se vio truncada sin remedio. Fueron el alquiler doméstico y el boca-oreja los que han terminado por convertir su película en un moderno clásico de culto. Excepcional en muchos sentidos, tan imaginativa y fresca como osada y surrealista, con un finísimo sentido del humor, cuenta además con un magnífico catálogo de estupendas canciones que suenan a lo largo del metraje, entre ellas esta Under the Milky Way, de The Church.

Música para una banda sonora vital – Una Rossanna que no es y un Dr. House con peluca

Uno. Rossanna, tema ochentero de los californianos Toto, suele interpretarse erróneamente como un tributo del teclista del grupo a su novia de entonces, la actriz Rossanna Arquette. Los miembros del grupo han negado repetidamente esa dedicatoria, atribuyendo la coincidencia al perfecto encaje del nombre en la melodía, pero lo cierto es que la compuso el novio de la intérprete, así que no se sabe qué diría Freud al respecto. Lo que sí es cierto es que en el clip oficial del tema aparece un tipo que pocos años después alcanzaría enorme fama como actor, Patrick Swayze. A ver quién lo ubica…

Dos. Más reconocibles son John Malkovich y Hugh Laurie (mucho habría que decir de la carrera de este señor, como siempre, antes de que la mayoría de la gente se enterara por la tele de que existía) en este vídeo del tema de Annie Lennox Walking on broken glass.

La tienda de los horrores: El guerrero del amanecer (1987)

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Apología del pastiche, esta obra minúscula del aún más minúsculo Lance Hool, cuyo título más relevante en una filmografía más que prescindible es Héroes sin patria (One man’s hero, 1999), crónica de la epopeya del batallón irlandés de San Patricio, conformado por desertores del ejército de la Unión y al servicio de México durante la guerra de 1846-48 con su poderoso vecino del Norte. En El guerrero del amanecer (Steel dawn, 1987), Hool echa a la olla todo lo que se le ocurre, remueve y obtiene un refrito resultón a ratos, patético las más veces, bochornoso en conjunto.

En un futuro post-apocalíptico de cuyo origen no se nos cuenta apenas nada, Nomad (Patrick Swayze, en la cima de su efímero éxito) -Nomad: ¿cómo iba a llamarse si no?-, es un guerrero nómada -queda claro- que vaga por el desierto, o por el mundo, que es ya un desierto, hasta dar con un grupo de colonos -viuda y niño, además de capataz y obreros- que controlan una fuente de agua amenazada por unos bandidos muy malos que quieren hacerse con ella y expulsar a los granjeros del valle. Por supuesto, estos bandidos son responsables, casualmente, de la muerte del único amigo de Nomad, un guerrero oriental que había luchado con él en la guerra -¿qué guerra?- y le había adiestrado en el uso del cortaplumas de cuatro palmos que gasta el tío. Pues bien, el bueno ayuda a los buenos a matar a los malos. Fin de la historia.

¿Tiene la película algo que valga la pena aparte de clichés, lugares comunes, aires de solemnidad bastante ridículos, unas interpretaciones de baratillo y una puesta en escena cutre, pero cutre, cutre, hasta para tratarse de un apocalipsis? No. Es más, el resultado final conjunto es sonrojante, e incluso las escenas de acción y combate, pretendidamente espectaculares pero pobremente elaboradas, se perciben filmadas en precario, coreografías teledirigidas, postizas, más bailadas que atléticas. En cuanto a la ambientación, ni los capítulos más baratos de El equipo A resultaban tan tristes: los vehículos, el molino de agua, los andamios y tenderetes… Todo parece de cartón piedra envuelto en papel de aluminio, parece que van a caerse en cuanto algún actor, o el viento, soplen. Algo más de talento se desprende de las localizaciones desérticas, por más que se note a la legua de que apenas han recorrido un radio de quinientos metros para ubicar los distintos escenarios.

Este subproducto concebido para el lucimiento físico -que no de otro tipo- de Swayze, que arrastraba masas de jovenzanas chocholocos a las taquillas por aquellos años, no es más que la puesta en común y la mixtura fallida de un montón de fórmulas ajenas, que van desde el western, principalmente dentro de los esquemas narrativos de Jack Shaefer trasplantados al cine en Raíces profundas (Shane, George Stevens, 1953) o su inconfeso remake, El jinete pálido (Pale rider, Clint Eastwood, 1985), a la fantasía épica medieval de tebeo tipo Conan, en la que se mezclan las artes marciales, los aires orientales (de ahí la presencia de John Fujioka como guerrero veterano) y la mitología vikinga o nórdica (especialmente en los rituales y ceremonias colectivas, dejando de lado a esa particular asamblea democrática tan risible que es disuelta, oh, qué peligro, por un esbirro de malo que, desde su caballo, y por medio de un lazo, tira al suelo ¡¡¡¡un bidón que contenía maderos ardiendo!!!; maderos que, dicho sea de paso, no se sabe de dónde salen, porque no se ve leña potencial de coña…), pasando, por supuesto, como evidencia el argumento y la estética, por el universo visual del Mad Max del australiano George Miller y de Mel Gibson. La mezcla no sólo atraganta, sino que en algún momento provoca carcajadas. No ya por el reparto, en el que además de Swayze y Fujioka destacan Lisa Niemi (la viuda a la que el héroe se cepilla), Brion Jones (famosísimo rostro ochentero, visto, por ejemplo, como replicante en Blade runner) o Anthony Zerbe, como malo maloso, todos ellos haciendo lo que pueden con un guión de espanto, sino más bien por la escasa tensión, lo previsible del desarrollo y la ridiculez de la puesta en imágenes de todo ello. Continuar leyendo “La tienda de los horrores: El guerrero del amanecer (1987)”

La tienda de los horrores – A Wong Foo, gracias por todo (Julie Newmar)

Cabría preguntarse por qué cuando al cine americano le da por, según ellos, “adaptar” grandes éxitos internacionales a las “particularidades” de su público, siempre opta por hacerlo descargando a excelentes películas de sus mayores logros narrativos e interpretativos y reduciéndolas a meros clichés sentimentaloides, a pastiches sensibleros para esclavos de las taquillas o de eso llamado “entretenimiento”. Hay decenas, cientos de ejemplos (desde Tres solteros y un biberón a Deliciosa Martha, por citar dos grandes éxitos europeos relativamente recientes muy venidos a menos en sus adaptaciones yanquis) de grandes éxitos a nivel mundial procedentes de cinematografías distintas a la norteamericana que, reconvertidas en productos made in Hollywood, fueron banalizadas, plastificadas, estupidizadas y puestas en el mercado para horror de quienes alguna vez se sintieron conmovidos, emocionados o seducidos por las cintas originales. En 1995 le tocó a la simpática comedia australiana Las aventuras de Priscilla, reina del desierto, pasar por la batidora-piqueta y volver a la luz convertida en esta cosa llamada A Wong Foo, gracias por todo (Julie Newmar), rodada por Beeban Kidron, autor de filmes olvidables cuyo mayor éxito es Bridget Jones: sobreviviré, lo cual explica todo, constituye un testimonio vivo de sus nulas cualidades como director.

Este plagio apenas disimulado está igualmente confeccionado bajo la forma de road movie, y cuenta las peripecias de tres drag queens (el malogrado Patrick Swayze, el machorro Wesley Snipes y el frágil John Leguizamo, el único que consigue dotar a su personaje de una dimensión humana que permita ver al espectador algo más que un recipiente de testosterona travestido) que realizan un largo viaje en automóvil a través de Estados Unidos para asistir a un certamen de reinonas. Pero claro, el coche las deja tiradas en medio de ninguna parte y van a parar a un pueblucho de mala muerte en el que los lugareños viven plácidamente en una atmósfera palurda, conservadora, religiosa y represiva, que la aparición de las tres recién llegadas va a transformar para siempre, sacando a la luz la verdadera naturaleza alegre, despreocupada y feliz que sus habitantes llevan dentro… Snif, snif.

Kidron, que da para lo que da, echa por el sumidero todo lo que de especial tenía la cinta australiana, Continuar leyendo “La tienda de los horrores – A Wong Foo, gracias por todo (Julie Newmar)”