Terror de bajo presupuesto: La bestia con cinco dedos

En la filmografía de Robert Florey, discreto director de la primera mitad del siglo XX (en su filmografía destaca asimismo haber llevado a la pantalla a los hermanos Marx en Los cuatro cocos, así como sus adaptaciones de relatos de terror de Poe y otros con Bela Lugosi y Peter Lorre, o incluso alguna de las secuelas de Tarzán), llama la atención una película considerada hoy de culto: La bestia con cinco dedos (1946), escrita por Curt Siodmak, hermano del célebre director de origen alemán. No es de extrañar, porque a pesar de sus evidentes carencias financieras, la película, brevísima (no llega a alcanzar la hora y media), ofrece, a través de un estupendo ejercicio de síntesis, una historia típica de terror con gran acierto en la recreación de atmósferas, estupendos momentos de clímax terroríficos y una galería de personajes bien descritos y desarrollados, un potaje del horror en el que además no escasean los guiños humorísticos, abiertamente paródicos o sutilmente sugeridos. En esta ocasión, el espacio geográfico en el que transcurre la trama es tan poco frecuente como, quizá, improbable, Italia, a priori un lugar no demasiado indicado para situar tenebrosas mansiones repletas de misterios. Sin embargo, ello da pie a unas cuantas notas de folclorismo local que, por otro lado, facilitan a la historia la posibilidad de introducir el elemento supersticioso popular como ingrediente con que acompañar el misterio central del filme.

Misterio que no es otro que la muerte de un famoso pianista Francis Ingram (Victor Francen) poco tiempo después de modificar su testamento en favor de Julie, la enfermera que lleva cuidándolo varios años (Andrea King). Tras una acelerada pero precisa presentación de los personajes centrales, la película nos introduce de lleno tanto en el escenario principal, una mansión gótica propia de este tipo de películas, con sus salones espaciosos y decadentes con enormes chimeneas, majestuosas lámparas y panorámicos espejos, con sus amplios corredores repletos de ruidos durante la noche, y con sus escaleras llenas de sombras, como en el nudo de la trama, cuando, tras la sospechosa muerte del músico, se presentan sus únicos parientes vivos (Charles Dingle y John Alvin) con la intención de hacerse con la herencia y liquidar todo el patrimonio del finado para llenarse los bolsillos. La lectura del testamento, en la mejor tradición de esta clase de escenas al modo clásico, y su sorprendente resultado, dan pie a su impugnación legal, pero el trámite no llega muy lejos: esa misma noche, el abogado Duprex, venido expresamente de París, aparece en un rincón de la casa asesinado cruelmente con unas huellas terribles en el cuello. Eso no impide que los que se creen legítimos herederos porfíen en sus intenciones en contra de Julie, que sólo cuenta con la ayuda de un joven músico que lleva años varado en la mansión (Robert Alda, padre del actor Alan Alda), antiguo asistente de Ingram que poco a poco se ha visto ocioso, apartado, residual, y que malvive vendiendo falsas antigüedades a los turistas. Todo ello bajo la atenta y siniestra mirada de Cummins (Peter Lorre), un estudioso de temas relacionados con el oscurantismo, la nigromancia y la predicción del futuro, que utiliza la vasta biblioteca de Ingram para sus investigaciones.

La muerte de Duprex hace entrar en escena a Ovidio Castanio (J. Carrol Naish), un pintoresco comisario de policía tan aparentemente frívolo y despreocupado como en realidad agudo sabueso. El caso se complica cuando, después de la muerte de Ingram y su abogado, extraños fenómenos empiezan a ocurrir en la casa: de noche, con el salón cerrado a cal y canto, las antiguas melodías favoritas de Ingram suenan en el piano interpretadas con su particular estilo, mientras que la cripta donde reposan sus restos se ilumina misteriosamente. Aunque nada tan extraño e inquietante como el hecho de que, envalentonados los habitantes de la casa y decididos a averiguar la verdad, descubren, tras abrir el cofre mortuorio de Ingram, que al cadáver le falta una mano… Continuar leyendo “Terror de bajo presupuesto: La bestia con cinco dedos”

Pistoletazo al Blaxploitation: Las noches rojas de Harlem

Pocas veces el mito cinematográfico supera con tanta holgura la calidad de la propia película que le da origen como ocurre con Shaft, la obra de Gordon Parks, uno de los más importantes creadores negros de los Estados Unidos de los setenta (escritor, fotógrafo y cineasta), en 1971, considerada por muchos como la obra que dio inicio al breve periodo de auge del fenómeno conocido como blaxploitation, que marcaba la emancipación de los personajes e intérpretes negros respecto a las historias centradas en la mayoría blanca y a sus frecuentes tópicos sobre los negros, así como al papel marginal y pintoresco, casi más bien caricaturesco, de éstos en el cine americano hasta entonces. El detective John Shaft encarnó en las novelas de Ernest Tidyman y en la pantalla la imagen que muchos líderes y grupos nacionalistas “de color”, algunos de ellos de carácter violento, pretendían impregnar en los ciudadanos negros del país a fin de lograr una mayoría de edad política, económica, social y cultural que ni la victoria nordista en la Guerra de Secesión ni las leyes contra la segregación racial impulsadas por Kennedy habían conseguido llevar más allá de la letra impresa en papel mojado.

Con guión del propio creador del personaje y protagonizada por Richard Roundtree, antiguo modelo y ocasional actor de teatro casi desconocido en el que se vieron los valores y cualidades de brutalidad, virilidad, machismo y violencia de los que se quería dotar al personaje, la trama recupera el antiguo clima del cine negro clásico para ofrecer una historia de acción y violencia continuadas apenas salpicadas de un par de interludios presuntamente eróticos envuelta en lugares comunes y tópicos bastante manidos, eso sí, decorada con la estupenda música de Isaac Hayes, premiado con un Oscar por ella, y un buen puñado de peinados, vestuarios y decorados horteras, de colores y formas excesivos y combinaciones de tonalidades y objetos a cual más chirriante, que alternan con la presentación de la acción en el Harlem más deprimido, empobrecido y suburbial en oposición al tantas veces visto Nueva York de oropeles, rascacielos, parques y restaurantes y tiendas de lujo popularizado por el cine por todo el mundo. Lejos de Manhattan, el Harlem de John Shaft es el campo de batalla en el que confluyen traficantes de drogas y armas, rateros, prostitutas, mafiosos, policias corruptos y detectives amorales. Shaft se ve inmerso en un asunto de doble vertiente: tras la muerte accidental en su despacho del esbirro de un conocido traficante negro de Harlem, la policía le aprieta las clavijas para que averigüe algo sobre el próximo estallido de una guerra de bandas en el barrio. Por otro lado, el jefe del matón muerto le contrata para que descubra el paradero de su hija, presuntamente secuestrada por un grupo rival, aunque resulta encontrarse en manos de unos mafiosos italianos que pretenden invadir el territorio de la delincuencia negra. Con ayuda de un antiguo camarada y de su grupo de nacionalistas negros, elabora un plan de rescate en el que los disparos y la sangre abundan a mansalva.
Continuar leyendo “Pistoletazo al Blaxploitation: Las noches rojas de Harlem”