Música para una banda sonora vital: Contraté un asesino a sueldo (I Hired a Contract Killer, Aki Kaurismäki, 1990)

Burning Lights, de Joe Strummer, acompaña a Jean-Pierre Léaud en su huida londinense del asesino a sueldo al que él mismo ha contratado en esta magnífica película de Kaurismäki, que comparte premisa narrativa con Julio Verne o Jardiel Poncela.

Mis escenas favoritas: La noche del cazador (The night of the hunter, Charles Laughton, 1955)

Momentazo de esa joya cinematográfica, injustamente maltratada en su día, que es La noche del cazador, una obra maestra absoluta, un perturbadora odisea infantil en clave de cuento de terror gótico, o viceversa, con el mejor demonio que podría existir: el predicador Harry Powell.

Robert Mitchum y Lillian Gish sintetizan aquí el verdadero sentido de la relación entre el bien y el mal, o del amor y el odio que el reverendo lleva tatuados en sus nudillos: dios y el diablo, letra y melodía de una misma canción.

Pero ya es veranito, y Mitchum no es tan malote. Aquí nos regala uno de sus magníficos temas playeros: saquen sus camisas hawaianas y sus collares de flores, que toca escuchar un calypso zumbón, Jean and Dinah:

 

Un poco de John Ford es mucho: Cuna de héroes (The long gray line, 1955)

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Cualquier espectador que se acerque a Cuna de héroes (The long gray line, John Ford, 1955) desde el tan manido prejuicio que acusa al maestro de ser un cineasta ultraconservador o directamente fascista, creerá que encuentra argumentos para un planteamiento tan simplón: acentuadamente sentimental, volcada en la recreación complaciente de las liturgias militaristas y nacionalistas norteamericanas más retrógradas (si no ridículas), es cierto que la película ofrece una premisa tan ramplona y previsible que se agota en sí misma nada más empezar. Pero a los mandos está John Ford, y eso significa que nada es superficial, aunque pueda parecerlo. Ford encuentra en la historia real del sargento Marthy Maher, un irlandés que sirvió durante más de cincuenta años en la Academia Militar de West Point, el vehículo perfecto para sus temas de siempre: la conformación de la nación, los valores de la historia, la tradición y el ritual como reconocimiento de la comunidad hacia sí misma y permanente ejercicio de construcción, el amor como salvación personal y el homenaje al concepto de sacrificio y lucha abnegada por unos sentimientos superiores: el amor, la familia, la amistad y la prosperidad.

El guión de Edward Hope se construye sobre una estructura episódica. Como toda película que intenta recrear distintas fases de la vida de una persona, se sostiene sobre un débil hilo conductor repleto de elipsis y saltos temporales que, al mismo tiempo que ocasiona desajustes de ritmo -por momentos la acción avanza vertiginosa en los hechos y en el tiempo; en otros se producen parones y recesos dramáticos que prolongan y ponen el énfasis en ciertos pasajes concretos y ningunean o descartan otros- generan un conjunto dramáticamente irregular, en el que la comedia, el drama, la tragedia y el romance se mezclan en compartimentos estancos sin interacción entre sí. Pero, como decimos, John Ford es mucho John Ford, y, aunque no lo logra del todo, se esfuerza en conseguir un equilibrio en su historia a través del recurso que mejor manejó en su carrera: la composición de planos y el tono poético de la narración. Dejando de lado el hecho de que la traducción española califique ligera y gratuitamente de “héroes” a los cachorros de una academia militar, así porque sí, sin entrar a valorar sus acciones (West Point se ha distinguido por dar a luz a un buen número de criminales de guerra norteamericanos, de los que la historia contada por los vencedores nunca habla), Ford se concentra en un único personaje como portavoz de sus puntos de vista, Marthy Maher (Tyrone Power), un emigrado irlandés que ingresa en West Point para cumplir su sueño de integración en el nuevo país.

Pero la película comienza lejos de West Point. Es en Washington, en la Casa Blanca, donde vamos a empezar a conocer la historia de Maher, en relato directo al presidente Eisenhower (mostrado de espaldas). La razón no es otra que Maher protesta contra su orden de jubilación, y para ello acude ante uno de sus antiguos tutelados en la Academia, el general que dirigió las tropas americanas en la II Guerra Mundial y que luego se aupó a la presidencia, con nefastos resultados (dio origen a la dictadura americana dirigida por el complejo militar-industrial, que dura hasta hoy y que ha ocasionado millones de víctimas en todo el mundo, normalmente en conflictos artificiales generados desde la idea de la guerra como negocio). A partir de ese instante, Maher vuelve atrás en su historia, hasta el momento de su llegada a West Point directamente desde el barco que le trajo desde Irlanda. Los primeros minutos del film transcurren por los derroteros de la comedia: el choque cultural se combina con las dificultades de Maher en sus relaciones con los cadetes autóctonos y con su nula adaptación a los distintos oficios que le toca desempeñar, en especial el de camarero (destrozando la vajilla de las cocinas en un par de ocasiones) pero también el de instructor de boxeo (los cadetes le zurran en todo momento) o en la piscina (sin saber nadar). Sus dificultades de adaptación provienen de su falta de entendimiento de la tradición militar (lo cual le ocasiona enfrentamientos y peleas con algunos compañeros de armas, como con el personaje de Peter Graves, o con mandos militares, ante los que se permite discursos y actitudes inapropiados), pero a medida que ésta se vaya subsanando irá encontrando la protección de algunos mandos (el comandante Kohler que interpreta Ward Bond) bajo cuya tutela hacer carrera… y algo más.

Porque de esa protección surge el amor: al servicio de la familia Kohler sirve otra irlandesa, Mary O’Donnell (Maureen O’Hara), de la que Maher se enamora. Continuar leyendo “Un poco de John Ford es mucho: Cuna de héroes (The long gray line, 1955)”