Música para una banda sonora vital: Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975)

Barry Lyndon es la perfección formal hecha cine: máxima emotividad a partir de una frialdad y una distancia deliberadas, pintura en movimiento, tristeza hipnótica, brillante fresco de una época, meticuloso retrato del proceso de vejez y muerte del Antiguo Régimen. A ello contribuye una música admirablemente escogida, primorosa mezcla de temas de Leonard Rosenman y de piezas clásicas de Händel o Schubert, además de melodías populares tradicionales como Piper’s Maggot Jig.

Música para una banda sonora vital – Anything goes

Anything goes, el memorable clásico de Cole Porter, tiene infinita presencia en el Séptimo Arte. Por ejemplo, es una canción que sirve casi de leitmotiv para La huella (Sleuth, Joseph L. Mankiewicz, 1972). Steven Spielberg, que, aunque no lee nada, ha crecido viendo y escuchando cine, tomó nota de ello para su homenaje al inventor del género musical como tal, el coreógrafo Busby Berkeley, al principio de su Indiana Jones y el templo maldito (1984), la más floja entrega de la saga hasta que a Spielberg y Lucas se les ocurrió la mamarrachada esa de la calavera de cristal.

En la secuencia, situada en un presunto local descomunal (de múltiples pisos de altura y con un inmenso escenario que, curiosamente, queda oculto a la vista del público, en el que las bailarinas rubias sustituyen a las chinas como por arte de magia) de la ciudad de Shanghai, por entonces, hasta la ocupación japonesa, calificada como ciudad internacional bajo gestión británica, asistimos a la perfecta simbiosis entre Cole Porter, Busby Berkeley y las películas de Fu Manchú, con Kate Capshaw, que por entonces era o iba a ser la esposa de Spielberg, cantando en chino (suponemos, por la geografía, que chino cantonés) la tonadilla de Porter, eso sí, con su estribillo insustituible, pura moraleja en sí mismo: Anything goes.

Cine en fotos – El resplandor

Aprovechamos una fotografía de un descanso durante el rodaje de El resplandor (The shining, Stanley Kubrick, 1980) -y decimos lo de descanso no porque pararan para comerse el bocata, sino porque fue uno de los escasos momentos de rodaje en los que el bueno de Kubrick no se dedicó en cuerpo y alma a torturar a la pobre Shelley Duval…- para invitar a nuestros queridos escalones a la última sesión por este año del II Ciclo Libros Filmados, organizado por la Asociación Aragonesa de Escritores en colaboración con Fnac Zaragoza-Plaza de España. En esta ocasión se proyectará, of course, El resplandor, de Stanley Kubrick.

II Ciclo Libros Filmados, organizado por la Asociación Aragonesa de Escritores en colaboración con Fnac Zaragoza-Plaza de España:

– 6ª sesión, martes 8 de noviembre de 2011: El resplandor (1980)
– 18:00 horas: proyección
– 20:30 horas: coloquio con Marcos Callau, que se estrena en estas lides, y un servidor

Como siempre, se os espera (o no), esta vez para pasar miedo juntos…

Música para una banda sonora vital – Barry Lyndon

Sólo la música de Händel y Schubert, entre otros, en concreto su Zarabanda y su Trío para piano, respectivamente, podía acompañar con justicia las emotivas, conmovedoras, tristes y espectacularmente bellas imágenes de Barry Lyndon (1975), la obra maestra de Stanley Kubrick basada en el texto de William Thackeray.

Como en sus otros filmes, el tema de Barry Lyndon es el enfrentamiento entre la razón y el caos, y como en buena parte de su filmografía, examina esta oposición a través de la guerra o del estudio de sus efectos en los personajes. Kubrick, cineasta integral, supervisaba personalmente todos y cada uno de los aspectos de sus películas, desde los doblajes para el extranjero a las músicas compuestas o escogidas para cada secuencia, práctica de la que son buena muestra estas dos piezas brillantísimas.

Mis escenas favoritas – El resplandor

Un poco truculenta para ser disfrutada, no obstante esta escena de El resplandor, adaptación sui generis por Stanley Kubrick de la exitosa novela de Stephen King, merece la pena solamente por ver la interpretación de Jack Nicholson en su afán de cortarle el flequillo a golpe de hacha a la pavisosa de Shelley Duvall, actriz traumatizada hasta tal punto por tan accidentado rodaje que casi dejó el cine por completo y se dedicó en adelante a los cuentos infantiles.

Con toda su crudeza es, no obstante, una escena que con el paso del tiempo ha llegado a ser un icono cinematográfico de primera clase.