La tienda de los horrores – Policía (1987)

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Una historia de amor en un mundo cada vez más hostil. Eso dice el cartel de este injustificable pestiño patrio de 1987 dirigido por Álvaro Sáenz de Heredia, perpetrador, entre otras, de las películas de Martes y 13 y Chiquito de la Calzada, además de una amplia variedad de títulos infantiles y juveniles, así como algún otro con pretensiones de comedia que no haría reír ni a un seminarista rodeado de efebos, y entre cuya filmografía destaca, eso sí, un “clásico”: La hoz y el Martínez (1985), con los “mitos eróticos” Andrés Pajares y Silvia Tortosa. Toma ya. Lo que no dice el cartel (que también se las trae…) es que si tras el visionado de este truño el mundo sí se vuelve más hostil: en concreto, el espectador desea reventarle la cabeza a quien concibió semejante petardo.

La mezcla es explosiva: Emilio Aragón, ex Milikito, cómico oficial desde el éxito de su programa Ni en vivo ni en directo, en su doble faceta, por entonces, de aprendiz de actor (que dura hasta hoy) y músico (suya es la esbafada partitura de la película); Ana Obregón, en su doble faceta, por entonces, de aprendiz de actriz de fama internacional (el Equipo A…; la cumbre, vamos) y bióloga de nula reputación; Agustín González, en uno de sus papeles menos comprensibles pero más fáciles: se limita a interpretar una caricatura de sí mismo como cabo López, aunque los cabreos fácilmente pueden deberse a verse metido en semejante producción… Junto a ellos, presencias “gloriosas” como la de Juan Luis Galiardo (tela), María Isbert (tela marinera), el aragonés Fernando Sancho (secundario y figurante de lujo durante muchos años en producciones nacionales e internacionales filmadas en España, durante la era Bronston y posteriormente) y José Guardiola (el entrenador no, el otro). Lo que se dice una joya.

¿Y la trama? Pues nada, que Gumer (de Gumersindo, Emilio Aragón), trabaja como ayudante de farmacia. Obviamente, es un tipo torpe y despistado. Pero cuando un drogata atraca la farmacia y se carga a su jefe y mentor, se deja convencer por su tío para ingresar en la Academia de Policía (¿a alguien le suena?), a pesar de que nunca ha sentido ninguna inclinación por el servicio público. No obstante, a medida que, una vez superados sus estudios, se ve envuelto en peleas, persecuciones, tiros, atracos y demás, el tío va pillándole el tranquillo y el gusto al tema, y de ser un absoluto incompetente pasa a convertirse en el primo castizo de John McClane-Bruce Willis, sólo que no en ninguna jungla urbana, sino en los Madriles, que es más de andar por casa. En una de esas trifulcas aparece Luisa (la Obregón), que es la buenorra del circo y que, aunque el chico es torpe, feúcho y medio tonto, pues se encandila del muchacho, siendo la cosa mutua (el momento del beso es descacharrante, tronchante, pero OJO, no está rodado para hacer reír…). Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Policía (1987)”

Buen cine en la España franquista: Crimen de doble filo

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Aunque a la televisión pública española le guste reducir la filmografía nacional bajo la dictadura de Franco a las consabidas recetas apologéticas del “glorioso” movimiento-cruzada, ya fuera en forma de folclore más rancio o en su habitual expresión de niños prodigio repelentes, o con productos concebidos para el lucimiento del cantante o grupo musical casposo de turno, en un constante derroche de pasteleo, almíbar y cursilería gazmoña de tres al cuarto, la verdad es que durante la época más oscura de la cinematografía, y también de la vida reciente, española, se produjeron igualmente cintas de calidad cuyas líneas temáticas y argumentales distaban mucho de la habitual retahíla de flamenco, coplas, dúos dinámicos, marisoles y joselitos. Los ejemplos, aunque menos de los que debieran haber sido y casi perdidos entre tanta patraña cinematográfica, son numerosos. Uno de ellos es Crimen de doble filo (1964), del cineasta aragonés José Luis Borau (Zaragoza, 1929).
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