Música para una banda sonora vital: Spotlight (Thomas McCarthy, 2015)

Partitura de Howard Shore compuesta para este extraordinario drama periodístico sobre el equipo de investigación de The Boston Globe que destapó multitud de casos de abusos sexuales de sacerdotes católicos ocurridos durante décadas en la archidiócesis de Boston y, por extensión, de todos los Estados Unidos, ocultados por la alta jerarquía eclesiástica con la complicidad de las autoridades. Una película apasionante que revela una verdad que da escalofríos.

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Espías a la antigua usanza: El hombre más buscado (A most wanted man, Anton Corbijn, 2014)

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Película ideal para ilustrar la sustancial diferencia existente entre ritmo y velocidad cuando de narrar en el cine se trata, esta cinta de 2014 se enmarca tanto en el contexto de la llamada “guerra contra el terrorismo” emprendida por las democracias occidentales contra los autoproclamados yihadistas islámicos desde el ataque a las Torres Gemelas de 2001, como en la recuperación de las historias de espías de John le Carré como munición literaria para su adaptación a la gran pantalla. El tono pausado y la importancia de los personajes por encima de la acción gratuita tan común a otro tipo de cine de espionaje no restan un ápice de interés y solidez a un guión repleto de acontecimientos y de elipsis y silencios de lo más elocuentes magníficamente trasladado a imágenes frías, asépticas, y no obstante efectivas, demoledoras, incluso angustiosas por momentos, de un suspense envolvente, capaz de dotar a una ciudad (Hamburgo) retratada a través del cristal, el hormigón y el ladrillo, de una atmósfera sutilmente amenazante, sobriamente terrorífica, y al tiempo sofisticadamente ausente. Porque la ciudad no existe de otro modo que como escenario de las peripecias de los diversos servicios de contraespionaje y seguridad y del objeto de sus investigaciones; lo demás es bosque, figuración, trasfondo, luces y sonidos, vehículos circulando y cuerpos sin idenficar moviéndose ajenos en un entorno urbano bajo cuya superficie se labran incontables tragedias, por cuya salvación mueven los hilos desde la alegalidad seres grises, desconocidos, irrelevantes, prescindibles, sobre cuyo tormentoso insomnio descansa el buen sueño de todos.

Saltan las alarmas: un inmigrante checheno, Issa Karpov (Grirogiy Dobrygin), identificado como sospechoso de terrorismo (hijo ilegítimo de un oficial ruso de alta graduación, que no se hizo cargo de su familia, musulmana), llega ilegalmente a Hamburgo y busca en los bajos fondos a alguien que le ponga en contacto con un poderoso y turbio banquero de la ciudad, Tommy Brue (Willem Dafoe), sospechoso a su vez de maniobras de blanqueo de dinero sucio. Detectado, identificado y seguido por el equipo del agente Günther Bachmann (excepcional Philip Seymour Hoffman), Issa consigue finalmente reunirse con el banquero gracias a la intermediación de Annabel Richter (Rachel McAdams), abogada especializada en derechos humanos e inmigración. Su propósito, retirar de la cuenta de su padre una enorme cantidad, cientos de miles de euros, que Bachmann sospecha que pueden terminar financiando actividades terroristas a través de la naviera de Abdullah (Homayoun Ershadi), hombre de conocido perfil público y talante pacifista del que, sobran indicios de que puede estar jugando a dos barajas. La labor de Bachmann cuenta a su favor con un equipo fiel y comprometido de agentes (Nina Hoss y Daniel Brühl), pero también con una triple dificultad: conseguir no perder al escurridizo Issa, enfrentarse a otras unidades de la inteligencia alemana, deseosas de actuar cuanto antes para detener a Issa y frustrar así la operación de Blachmann contra Abdullah, y la injerencia constante de la CIA, personificada en la agente Sullivan (Robin Wright), que ya tuvo que ver en una mala experiencia pasada de Blachmann en Beirut, en la que perdió a toda su red de informadores por una negligencia en la investigación.

Una película de guión riquísimo y complejo, de elaboración meticulosa y perfecta dosificación, que sin embargo mantiene un tono pausado que le ajusta a la perfección. Corbijn crea un retrato absorbente y desolador, pero también distanciado, cínico, sobre todo muy humano, para bien y para mal, de quienes trabajan en las catacumbas de la seguridad del Estado en la prevención de atentados terroristas y en el ataque sin tregua a sus redes de reclutamiento y financiación, y de cómo los textos legales solo se aplican tangencialmente en una lucha que no puede verse siempre atada por condicionantes jurídicos. Continuar leyendo “Espías a la antigua usanza: El hombre más buscado (A most wanted man, Anton Corbijn, 2014)”

La tienda de los horrores – El diario de Noa

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Es cierto, quien escribe no tiene más remedio que confesarlo: uno, que, como en todo lo demás, cuando ama, ama en exceso (lo que vulgarmente se llama “hasta las trancas”), no es en cambio de puertas para fuera un tipo especialmente romántico. Al menos no hasta que se pone (o se ponía) a ello con algo de esfuerzo. Quizá, a lo Bogart (ya quisiera uno ser como Bogart… en eso), tras su espíritu cenizo, su sarcasmo sin descanso y su cinismo abierto las veinticuatro horas, se oculta un sentimental (como le decía Claude Rains en Casablanca). Pero romántico, en términos almibarados, lo que comúnmente conocemos como “moñas”, lo que se dice romántico, uno no es. Así que volvemos a ir contracorriente en esta sección al recoger la apología de la moñez que supone El diario de Noa, azucaradas dos horas de mermelada de grosella dirigidas por Nick Cassavetes (ilustre apellido mancillado en esta ocasión) en 2004 y que para un amplio espectro de público se ha colocado junto a Ghost o Dirty Dancing (puaj, me crujen los dedos al escribir este título) como una de las referencias habituales a la hora de rescatar algún producto digno dentro de ese endemoniado género de pastiches sentimentaloides que ha dado en llamarse “comedia romántica” y que tantos pestiños incluye, entre los cuales, para este enfant terrible de la cosa del cuore, figura ésta en un puesto de honor.

Vaya por delante que se trata de una película no especialmente mal filmada sino que, al contrario, como toda cinta a caballo entre épocas distintas, supone un notable esfuerzo de producción y ambientación, sobre todo a la hora de componer los distintos escenarios que contiene la historia, desde un pueblecito de los años treinta y cuarenta hasta las breves escenas que tienen la guerra como marco, en la que Cassavetes no se mueve mal, consiguiendo una factura visual y técnica sin alardes pero eficaz. El problema, como tantas veces, no es la forma, sino el fondo, empezando por la previsibilidad del guión. Construida como una acumulación de flashbacks o una retrospectiva fragmentada, la película usurpa en buena parte la estética y la atmósfera del cine mal llamado independiente para contarnos una historia a partir del relato que Duke (James Garner), un anciano que vive en una residencia, lee continuamente y siempre que hay ocasión a Allie (Gena Rowlands), otra residente que arrastra acuciantes problemas de memoria. La historia, claro, trata de dos jóvenes que se conocen durante los años treinta y que viven un amor que es la pera: Noah (Ryan Gosling, otro actor de una sola cara) y, atención, Allie Hamilton (Rachel McAdams). Los mocetes se encuentran en un verano en Carolina del Norte y se encandilan a pesar de que son de extracciones sociales muy opuestas, ella de familia bien y él hijo de un peón (Sam Sephard). Y, cómo no, la cosa empieza con azúcar: el chico se queda tan prendado de la chica que, habiendo subido ésta a la noria de una feria con otro mozo, el joven Noah trepa hasta arriba y amenaza con arrojarse desde lo alto si ella no acepta salir con él. La chica lo toma por un lunático pero, en el fondo halagada y empezando a segregar sustancias corporales varias, por supuesto, acepta.

Desde ese momento, salpicada por continuas vueltas a la residencia en la que la pareja de ancianos comenta la historia, la narración se construye sobre todos los tópicos habidos y por haber sobre lo cursi, tanto en los diálogos como en las situaciones, para mostrarnos el gran amor que viven estos muchachotes: comparten algodón de azúcar, pasean de la mano, contemplan puestas de sol en el campo y, tras haberse mojado con un repentino chaparrón veraniego en mitad del campo se dedican a fornicar, de modo muy romántico, eso sí, en una habitación iluminada con velas de la que el día de mañana ha de ser la casa de sus sueños… Pero claro, los papás de la nena, como el chaval no tiene dónde caerse muerto, lo toman como algo pasajero y no aceptan que, cuando la cosa se pone chunga y la niñata pijotera consentida se empeña en continuar con su novio, su hija se comprometa con semejante mangurrián. Así que, de manera igualmente tópica, la cosa deriva en el drama de un amor imposible por oposición paterna, correo postal inteceptado y Segunda Guerra Mundial incluidos, y en cómo los chicos se separan para reencontrarse años después, cuando él es un tipo de éxito y ella está comprometida con otro (otro tópico), un hijo de papá forrado y de futuro económico asegurado. El drama oscila pues entre ese amor renacido y las comodidades materiales de un matrimonio económicamente próspero entre gente guapa (más tópicos, es la guerra…), y claro, el triunfo del amor es inevitable: no hace falta ser un hacha para que, a través de la coincidencia de nombres mal disimulada averigüemos quién es la pareja de ancianos de la residencia y por qué él le cuenta a ella una vez tras otra la historia.

Además de esta sorpresa que de tan telegrafiada resulta de lo más previsible, es precisamente la tremenda cursilería la que arruina el ingenio que todo esto pudiera tener, sobre todo el juego entre los ancianos desmemoriados y su interés en una historia que presuntamente trata de dos jóvenes desconocidos (y, con perdón, un poco gilipollas). Bien contada pero sin mordiente, sin garra, fuerza ni pasión, la película no deja de ser un drama ajeno en el que el espectador entrará o no según su propio grado de azucaramiento, en el que cuesta encontrar humor, ironía, inteligencia, brillantez en los diálogos u originalidad en las situaciones y en la que sobran clichés y pasteleo. Tanta glucosa se atraganta tanto que uno casi llega a desear que tanto amor se vaya por el sumidero, y el único condimento que podría salvar este monumento al tedio gelatinado, la mala baba, brilla por su ausencia. Será que uno no es un romántico o que la vida no le ha dejado serlo…

Acusados: todos
Atenuantes: la dirección artística
Agravantes: azúcar, mermelada, miel, gelatina, merengue y todos los dulces que el lector sea capaz de imaginar
Sentencia: culpables
Condena: supositorios de sal a tutiplén