Historias de la radio: La madre Fénix

Pudiste leerlo aquí.

Ahora puedes escucharlo. No sé qué es peor…

Valga en todo caso como homenaje a la emisora TEA FM, ubicada en Zaragoza pero con vocación universal, Premio Ondas 2012 a la innovación radiofónica (en mi caso, radioafónica…).

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CineCuentos: Star words

La ciudadana Leia (ha dejado de ser princesa tras la proclamación de la República de los Estados Unidos Intergalácticos) ha puesto un puchero a cocer y está rebozando croquetas para la cena. Entre humos y vapores, lleva un delantal con una estampa de Darth Vader haciendo surf en camiseta y bermudas con un Ewok sobre los hombros que le cubre el reluciente mono blanco, y una redecilla que le sujeta las dos ensaimadas de su peinado en plan Dama de Elche. Rodeada de utensilios de cocina, está relajada pero concentrada al mismo tiempo en dar forma a la pasta de croquetas y bañarla en el huevo de gallinas de la denominación de origen de Tatooine convenientemente batido para la ocasión.

LEIA [cantando despreocupada]: Siempre que vuelves a casaaaaa, me pillas en la cocinaaaa, embadurnada de harinaaaaa, con las manos en la masaaaa…. [se oye un portazo] ¿Eres tú, churri?

SOLO [desde el pasillo, algo contrariado]: ¡Sí, gordi, soy yo! [Se oye un golpe, un objeto contundente que cae en el suelo y hace un ruido enorme] ¡Mierda!

LEIA: ¿Qué pasa, churri? ¿Qué ha sido eso? No traerás otra vez a cenar a R2-D2 sin avisar… Pues no sé qué va a beber, porque hoy en el súper no tenían el aceite de motor de Naboo que tanto le gusta.

SOLO [entra en la cocina cariacontecido; su cabello es ya escaso y tirando a gris, y está muy desordenado, viste una camisa de cuadros y unos vaqueros de peto con zapatillas de deporte, unas gafas de pasta cuelgan de una cadenita alrededor del cuello; deja sobre la mesa llena de chismes de cocina una caja de puros rebosante de billetes y se frota las manos con un trapo lleno de grasa que ha sacado del bolsillo de atrás]: Hola, gordi.

Desanimado, pone la cara para que Leia le estampe un beso de abuela y le manche el moflete de harina.

LEIA: Pues menuda cara traes [lo recorre con la mirada de arriba abajo]; mírate, menuda facha llevas… ¡Siempre te pones así cuando va a venir mi hermano a cenar!

SOLO: No lo he hecho adrede, cari, es que se ha vuelto a estropear el Halcón Milenario y llevo cuatro horas en el hangar metiéndole mano…

LEIA [para sí]: Pues ya podías gastar cuatro horas en meterme mano a mí, que desde lo de la Luna de Endor estoy a dos velas… [Para Solo] ¿Otra vez el Halcón? Ya te dije que vendieras ese pedazo de chatarra cuando lo de la Estrella de la Muerte y que te compraras un carguero espacial en el concesionario de los Jedi, tienen vehículos de ocasión a buen precio y con la ITV pasada. Mi hermano nos habría echado una mano con el préstamo.

SOLO [malhumorado]: ¡Tu hermano, tu hermano, siempre sale a relucir tu hermano…! Continuar leyendo “CineCuentos: Star words”

CineCuentos – Guilty Mambo

En la escena del crimen el detective prende un cigarrillo. El humo de tabaco es una cortina de plata a la luz de los flashes y del tenue resplandor del proyector. El pesado cuerpo yace sentado, agarrotado en la butaca, la mirada naufragada en la pantalla, la boca abierta y extrañamente sonriente que deja escapar un fino hilo de sangre negruzca. Diez centímetros de acero sobresalen de su abdomen y refulgen como un faro en la niebla de sombras recortadas que lo rodean. Unas filas atrás, un hombre de mediana edad mira perplejo sus manos ensangrentadas, perdido en inmediatos recuerdos. Enfrente, Gilda sigue contoneándose y cantando a su amado. El fantasma de Sam Spade no tarda en aparecer entre la multitud que se agolpa tras el cordón policial.

– El acomodador dice que discutían sobre Ella… – le dice el detective sin pronunciar una palabra, señalando a su espalda con el pulgar-. ¿Crees que Rita es el móvil?

Spade da una larga calada a su pitillo, mira a Rita, pasa un dedo sobre su labio roto, y con voz nasal que nadie más oye, habla lacónico:

– Rita es del material del que se forjan los sueños… Échale la culpa al mambo.

CineCuentos – Viena

Los días vieneses son un parque temático para enamorados con banda sonora de la familia Strauss, un cuento de príncipes y princesas que celebran su amor danzando felices la mañana de Año Nuevo por las salas desiertas del Palacio de Schonbrunn o paseando cogidos de la mano por un Prater sembrado de coloridos globos aerostáticos dispuestos a elevarse. Nada tan fácil en Viena como descubrir el amor, nada más sencillo que una muchacha, todavía una niña con trenzas y en uniforme escolar, se enamore perdidamente de un apuesto pianista con el simple hecho de abrirle una puerta a su paso y dejar que sus miradas se crucen por un instante. Que suspire por él días enteros, que viva y sueñe para él. Que muera cada amanecer que lo ve salir de casa del brazo de una mujer, siempre una cara distinta, de la que se despide en la calle con un gesto amable y tierno y a la que jamás volverá a ver. Que ansíe crecer rápidamente, no para convertirse en mujer, en cualquier mujer, sino en esa mujer, en la amante fugaz del hombre al que amaba aun antes de materializarse aquella mañana en el portal de su casa. Nada más mágico que una joven francesa y un estudiante norteamericano, completos desconocidos hasta entonces, traben conversación en el tren de Budapest y se concedan veinticuatro horas para desvelar lo que creen sentir a primera vista el uno por el otro mientras recorren la ciudad en la que los sentimientos andan desbocados. Los días vieneses son ideales para soñar despiertos a la luz del sol de primavera, para dibujar deseos en las servilletas de los cafés o en las empañadas lunas de los tranvías, lavar manchas de un pasado desgraciado en una sobremesa de confesiones o trazar en las nubes ambiciosos planes de reencuentro, proyectos de fusión de dos vidas disparatadamente opuestas, remotas como galaxias separadas por millones de años-luz que han derivado juntas por un capricho astronómico que no volverá a darse en siglos.

Así como los días de Viena son valses salpicados de la risa cantarina y juguetona de las melodías de Mozart o de la sinuosa trompeta del célebre concierto de Haydn, los amaneceres y los atardeceres vienen teñidos de los efluvios pastorales y las melancólicas sonatas de Beethoven, mientras que su Quinta sinfonía o su Obertura Egmont desatan pasiones inmortales que evocan la fuerza de una tormentosa noche de recia lluvia y relámpagos fantasmales. La caída de la tarde es una invitación a recuperar un tiempo olvidado; las parejas llenan los jardines del Prater a los pies de la gran noria o llenan de vida los puentes a lo largo del curso del Danubio y Viena se deja invadir como a ninguna otra hora de los ecos de un imperio desvanecido, de su condición de frontera secular; se impregna de los antiguos aires eslavos y otomanos que un día acamparon a sus puertas, respira aromas bohemios, se enturbia de sabores balcánicos y es campo abonado para las zíngaras que acechan a los turistas incautos que se dejan sorprender por la llegada de la oscuridad para leer en la palma de sus manos las advertencias de un futuro que Viena no supo predecir para sí misma.

Las dulces promesas del día se disfrazan de inquietantes presagios cuando las luces se apagan y Viena se convierte en un escenario gótico donde reinan los espectros del amor y de la muerte Continuar leyendo “CineCuentos – Viena”

CineCuentos – Primavera

Se marcha. Se va. No volveré a verla más. O, mejor dicho, sólo volveré a verla si el destino quiere. Mi experiencia dice que no querrá. No se puede confiar en él. Es un tramposo. Un cabrón. Apenas ha querido que la viera en estos meses. Su barco zarpa a las cinco. No queda tiempo. Qué hacer. Qué decir. Qué pensar. Qué soñar. Qué se puede hacer en la media hora previa a la pérdida para siempre de la persona que amas. Un último instante especial. Algo que no pueda olvidar jamás. Que haga que nunca pueda apartarme de ella del todo. Convertirme en recuerdo recurrente. En flash que de vez en cuando le provoque una sonrisa de nostalgia. Uno no muere hasta que muere la última persona que le recuerda. Budd Boetticher. Chaplin. El payaso. Calvero. Cómo lloró de emoción. Y de risa. Con Keaton. Calvero es la clave. Chaplin la solución. Su risa. Bellísima vitamina. Nunca ha sido tan hermosa como cuando se la regalaba a Charlot.

Unas horas solamente. La pierdo. Ropa vieja. Unos pantalones anchos y un viejo chaqué. Carcomido. Descolorido. Como yo. La cara blanca. Los ojos pintados. No puedo decirle otra vez que la quiero. Ya lo hice. No serviría de nada. No sirvió de nada. Unos zapatones. Un bombín. Un bastón de caña. Unas flores de plástico. O mejor, robadas del jardincito de atrás. Y correr. Correr a toda velocidad. Al galope. Correr Ramblas abajo camino del puerto. Ponerme de rodillas ante ella justo cuando vaya a poner el pie en la pasarela y pedirle que no me olvide. Hacerla reír una última vez. Arrancarle una última sonrisa que recordar siempre. Sus ojos quizá llorosos.

Pero no. No hay sol. Las Ramblas están llenas de gente. Me cuesta horrores seguir la línea recta. La aguja del reloj del puesto de flores se acerca a las cinco. No llego. No puedo ir más rápido. No podré decirle adiós. No podré hacerla reír una última vez. Moriré. Si antes no se me escapa el corazón por la boca. ¿Qué hará ella si llego a tiempo? ¿Qué pensará? Ni pensar en coger un taxi. Día de fiesta. Ni siquiera imagina lo que estoy haciendo. Que corro sin aliento a buscarla. A verla una vez más. La última. No sé cómo Chaplin podía correr con estos zapatos. Maldita sea. Voy a morir. Va a darme un infarto. Qué facha cuando llegue a la sala de urgencias del hospital. El personal sanitario se descojonará de mí. Haré reír a quien me importa un bledo que ría. Me faltará ella. Sin remisión. Moriré dos veces. Una en realidad.

Demonios. Qué sudores. Qué pintas. Cómo se vuelve todo el mundo a mirarme. El payaso supersónico. La velocidad de la luz. Una mano en el sombrero. Para que no vuele. Otra sujetando un ramo de flores descompuesto. Feo. Sí. Es lo que hay. La delincuencia floral tiene sus límites. El jardín de atrás no da para más. Fin de las Ramblas. Sigue la carrera hacia el puerto. Veo el barco de lejos. Un grupo de gente delante. Un reloj digital callejero indica las cinco menos dos minutos. Llego. Qué emoción. Qué haré. Qué hará. ¿Un beso de película? Ni de coña. Probablemente alguien me partirá la cara. Allí están. La veo a lo lejos. El sudor me está echando a perder el maquillaje blanco. Lo noto caer por mi cara y manchar el cuello de la camisa. Ni para payaso valgo. Pero llego. Allí está. Todavía lleva el vestido de novia y aún tiene el ramo de flores en la mano. Las chicas esperan a que lo lance, pero no lo hace. ¿Por qué? ¿A qué espera? Ojalá me esperara a mí.

Llego. Las sirenas del barco protestan su adiós. Ya llego. Estoy agotado. Pero el infarto no ha llegado. Yo sí. Ahí está. Preciosa. Sonriente. Ilusionada. Una nueva vida. Un nuevo país. Otro futuro. Sin mí. Su sonrisa franca se vuelve ahora cauta. Me ve. Me acerco. No me reconoce. O sí. Todos se ríen. Todos me miran. Descompuesto. Sudoroso. Agotado. Casi no puedo caminar sin riesgo de caerme. No he recuperado el resuello. Me inclino hacia delante para apoyar las manos en las rodillas. El bombín cae. Todos ríen. Recobro la respiración. Esperan. Ella espera. Expectante. No sabe quién soy. O sí. Me acerco lentamente a la pasarela. Ella está allí. Ante mí. Ha dado unos pasos hacia tierra firme al verme llegar. Él está detrás. Con su traje caro y su flor en la solapa. Corte de pelo militar. Sonrisa de afortunado. De incrédulo. Todavía no entiende cómo ha podido hacerse con una mujer así. Cómo ella ha podido acabar con alguien así. Un modelo de portada. Un cerebro de mudanza. Pero ella me mira. Por un segundo es toda para mí. Yo. Gesto triste. Lloro. Finjo que lloro. O lloro. Rodilla en tierra. Zapatones. Más risas. Tiendo las flores. Su sonrisa se desvanece. Sus dientes se esconden. Temo hacerle daño. Equivocarme. Hacerla sufrir. Que el musculitos de gimnasio con el que se va a América me dé una paliza. Dicen que es buen tipo. No lo sé. Para mí no puede serlo desde que ella se fijó en él. Ella sigue seria. ¿Qué hace? Saca una mano del ramo de flores y en ella sostiene un revólver. Pobre payaso loco. Sigo de rodillas. Su gesto adopta la seriedad de la muerte. Su mirada se vuelve fúnebre. Apunta a mi cabeza. Mueve el dedo en el gatillo. Dispara.

Las sirenas del barco camuflan con su adiós el mecanismo del arma. Nadie escucha la detonación. Yo tampoco. Por el cañón asoma un cilindro de plástico. De él cuelga un cartelito. Amarillo. Con letras rojas como un centelleo. ¡BANG! Ella vuelve a sonreír. Se ríe con todo el cuerpo. Es adorable verla reír. Vuelve a haber sol. Todos ríen. Ella me esperaba. Sabía que iría. Que me acordaría de Chaplin. Que robaría unas flores en el jardín de atrás. Que correría Ramblas abajo entre turistas y puestos callejeros. Que me arrodillaría ante ella. Ella esperaba para un último guiño cómplice. No olvidó nuestro juego. Pero soy un payaso profesional. Debo morir. Caigo en redondo con un ademán teatral. Dejo una pierna tiesa. Estiro la pata. Más risas. Por el rabillo del ojo, ella ríe más que nadie. Guarda la mano del revólver a su espalda. Se da la vuelta y lanza el ramo hacia atrás. Tortas entre las chicas para hacerse con él. Eso sí que tiene gracia. Pero soy un cadáver. No puedo reírme.

Ella toma las flores de mi mano muerta. Sube a cubierta abrazada a su machorro. Los operarios retiran la pasarela. Las sirenas vuelven a vomitar su despedida. Ya nadie ríe. Buenos deseos. Adioses. Lágrimas. Esperanzas. Recuerdos. Un payaso en el suelo. Muerto. Con media cara blanca. Un te quiero atragantado. Sonrisa torcida en la boca. Como de primavera rota.

CineCuentos – Delitos y faldas

ESCENA 39. Interior de un restaurante italiano de Manhattan. Noche.

Larry, columnista de una revista local de no demasiada difusión, se ha citado para cenar con su amigo Walter, un pintor de cierto renombre en la ciudad. Larry ha llegado un poco antes de la cita y se entretiene pellizcando el pan, comiendo aceitunas y dando sorbos a un insípido lambrusco que le han servido mientras espera. Se queda paralizado cuando, a través del ventanal que da a la calle, ve a Walter acercarse al restaurante acompañado de una rubia alta y muy sensual a la que no ha visto jamás. La mira de arriba abajo y se atraganta con el hueso de una aceituna. Bebe sorbitos de lambrusco y come miga de pan visiblemente nervioso hasta que Walter y la mujer llegan junto a él.

LARRY [notablemente azorado]: Oh, qué sorpresa, vienes acompañado…

WALTER: Larry, te presento a Ingrid. Ingrid; mi amigo Larry. No es gran cosa, pero es lo que hay…

INGRID: Encantada, Larry.

LARRY: Y yo más, Ingrid. Gracias Walter, eres muy amable. Recuérdame que te contrate como asesor de imagen cuando me presente a la presidencia. Ingrid, no te creas que soy así; es más bien una obra benéfica: me empeño en tener este aspecto para que este cretino siga creyéndose que es guapo.

Tras saludarse, Ingrid se disculpa y se encamina hacia el excusado. Walter se deja caer en la silla, devora las últimas aceitunas del platito de Larry y apura la botella de lambrusco en su copa. Larry se sienta frente a él, todavía más agitado.

LARRY: ¿Qué es esto, Walter? ¿Quién es ésa? ¿De qué mercadillo de esculturales esclavas sexuales la has sacado?

WALTER: Es la bomba: finlandesa, campeona de natación, y no veas cómo se le da la sauna…

LARRY: Sí, ya me imagino dónde cuelgas la toalla. ¿Quieres explicarme qué demonios hace aquí? ¿No habíamos quedado a cenar tú y yo? Tenemos muchas cosas de que hablar. ¿Qué pinta ella aquí? ¿Y Jackie?

WALTER: Tranquilízate. Ha ido al Metropolitan con Susan. Estrenan un nuevo montaje de Shakespeare, una comedia, Mucho ruido y pocas nueces, creo. El protagonista es Leo Fuller y nunca se lo pierde.

LARRY: ¿Al Metropolitan? ¿A dos manzanas de aquí? ¿Y te presentas tan campante agarrado a la cintura de Miss Laponia con tu mujer a quinientos metros escasos? De Mucho ruido y pocas nueces esto puede acabar en La tempestad.

WALTER: Larry, relájate, todo va bien. Ha empezado a las nueve. Podemos cenar tranquilamente y antes de que Pedro de Aragón se dé cuenta de que su hermano le mueve la silla ya nos habremos ido de aquí, tú a tu casa a ver Cantando bajo la lluvia y yo al hotelito de la esquina.

LARRY: Ya, con Lady Godiva a horcajadas sobre ti. Pero, dime una cosa, ¿qué pasa con Jackie? Es estupenda, inteligente, discreta, sensata y sigue siendo muy atractiva. ¿Para qué tienes que liarte con esas mujeres físicamente perfectas?

WALTER: Tú no lo entiendes, Larry. Hace años que la relación más íntima que tienes con una mujer es con la camarera que te sirve el café a la hora del almuerzo. Me inspiran, ¿lo entiendes? Miro sus cuerpos y siento fluir las ideas camino del lienzo.

LARRY: Sí, no hace falta que me digas qué aspecto tienen esas ideas. Pero escucha: si Jackie llegara a sospechar alguna vez algo así la matarías del disgusto. Ella te quiere; si no fuera así no creo que hubiera aguantado contigo más de veinte minutos en esta vida.

WALTER: Larry, no hables como mi abuela. Lo necesito, ¿entiendes? Estoy experimentando, enriqueciendo mi bagaje. Amo a Jackie, la adoro, tú lo sabes, pero a ellas las deseo y, créeme, antes de llegar a ponerlo todo sobre una balanza, contigo pan y cebolla y todo eso, ya estoy con los pantalones abajo. Demonios, ¿has visto lo bien que habla inglés?

LARRY: Walter, en Finlandia todo el mundo sabe inglés. Pero apuesto a que sabe un buen puñado de idiomas más.

WALTER: Bueno, ¿te gusta o no? Si te gusta, tiene una amiga que se le parece mucho.

LARRY: Estupendo, lo que me faltaba, una devoradora de fluidos corporales. Ya sabes que para mí sólo cuenta Laurie. Continuar leyendo “CineCuentos – Delitos y faldas”

CineCuentos – Quiero la cabeza de Alfredo Moreno

– Cincuenta mil. La mitad ahora y el resto cuando esté hecho el trabajo. Ya sabes, como en las películas. Tómate tu tiempo pero no quiero vivo a ese cretino dentro de un año por estas fechas, ¿me oyes? Me da igual lo que hagas con él, pero que sufra. Nada de dos tiros de cualquier manera, un navajazo, un atropello o un empujón por las escaleras. Si le pegas dos tiros o le das una puñalada, que sea en el bajo vientre, que la agonía es más larga y duele más, ¿entendido? No te será difícil con la barriga que tiene ese mamón: cuando se presentó a un casting para hacer de doble le dijeron que mejor fuera para hacer de triple… Y si le atropellas, más te vale echar luego marcha atrás y darle otro repaso. Lo ideal sería que antes lo torturaras un poco, que le cortaras algo de aquí y de allá, que lo sangraras como a un gorrino, y que después me trajeras su cabeza en una cesta, como el tipo aquel de México por cuya cabeza el padre de la chica que dejó preñada ofreció un millón de pavos. Quizá no tengamos ni tanto tiempo ni tanta suerte, pero que sufra, ¿estamos?

El por qué no es asunto tuyo; limítate a hacerlo y a sacarle una foto después para que por lo menos pueda echarme unas buenas risas a su costa. Y sin remordimientos, no te dé ninguna pena. Créeme, en el fondo le hacemos un favor, a él y al mundo. No necesitamos a otro vulgar juntaletras que nos diga lo que tenemos que hacer o que pensar, ya nos basta con la tele. Tampoco va a perderse gran cosa con la porquería de vida que lleva. Fíjate, mira qué careto. Joder, seguro que le dieron la primera comunión con una pértiga… Una mezcla de Tony Soprano y Boris Karloff, sólo le faltan los tornillos a los lados del cuello, porque está claro que en la cabeza no tiene ninguno. Hasta el personal de quirófano se asustó cuando lo vieron nada más nacer y lo dejaron caer al suelo. No es de extrañar que las mujeres pasen de él. Desde luego, si tiene éxito con alguna mujer será por efecto del coma etílico… Y además, seguro que la tiene pequeña.

Para colmo ahora hace ya algún tiempo que encima se las da de escritor y de crítico de cine. ¡Pero si en su vida ha cogido una cámara ni ha pisado nunca un rodaje! ¡Si dice que lleva un montón de tiempo escribiendo no sé qué guión o qué pestiño de novela y nadie jamás ha visto nada suyo que no sean unos cuentos de mierda de tres o cuatro párrafos como mucho! Pero no, el señorito se cree con derecho a decirme a mí que no sé dirigir, que mis películas son una birria, que mis actores no saben actuar, que mis guiones son delirantes. ¡A mí! ¡Con la pasta que me gasto en efectos especiales para que no se note que tiene razón! Vale que Chuck Norris no es precisamente un gran actor, que es idiota, que Sandra Bullock es tonta del culo y que Renée Egelzegger, Zegelwelter, Welgezeguer o como coño se llame no sabe decir dos palabras seguidas que tengan sentido, pero de algún sitio tendré que ahorrar, digo yo. ¿Qué más quieren? ¿Que me rebaje el sueldo? ¿Que piense en hacer cine en vez de en cómo hacer dinero? ¿Acaso yo me meto en su trabajo? Me tiene harto, he aguantado mucho más de lo que puedo soportar, así que quiero que te lo cargues cuanto antes de la forma más dolorosa de la que seas capaz. Ya sabes, otro tanto cuando me traigas su fotografía… o su cabeza en una cesta.

Antes de que transcurriera el año, ella estaba de nuevo ante el escritorio de nogal del despacho de grandes ventanales con vistas a Burbank y los estudios. En silencio, ante la expectación de su interlocutor, abrió lentamente la caja que tenía sobre las rodillas, extrajo un paquete envuelto en un papel grueso, blanco, teñido de sangre, y lo dejó sobre la mesa por el lado manchado. Él sonrió con suficiencia: días atrás, nada más escuchar su voz al otro lado del teléfono, había adivinado al instante que su encargo había sido cumplido y había pasado toda la semana recreándose en el momento en que pudiera tener la prueba ante sus ojos, regodeándose, paladeándolo por anticipado. Con gran excitación, tomó el paquete entre sus temblorosas manos sin importarle que sus dedos y hasta los puños de la camisa fueran impregnándose del espeso líquido rojo. Casi emocionado, destapó el envoltorio y puso el corazón todavía sangrante sobre la mesa.

– Buen trabajo, sí señora -dijo entre dientes, con una sonrisa de crueldad, casi de psicópata de sus películas de serie B, que le cruzaba de oreja a oreja-. ¿Cómo fue? ¿Cómo se lo arrancaste? ¿Con una cuchara, un serrucho, una taladradora, una perforadora, un martillo pilón? Cuéntamelo todo. Con detalles. No te ahorres ni omitas nada, sobre todo si es escabroso.

Ella se mantuvo seria, ensimismada, con la mirada perdida, al parecer poco satisfecha con el papel que le había tocado desempeñar en aquella historia. Incómoda, pero conservando el pleno dominio de sí misma, respondió.

– Supongo que he cumplido sus órdenes al pie de la letra, aunque no me gustó hacerlo. Tiene que estar contento porque fui mucho más cruel y despiadada que todo eso.

Ante el visible nerviosismo que consumía el ansioso rostro de su interlocutor, los ojos desencajados de azufre y casi al borde de las lágrimas, la nariz hiperventilando, las mejillas sonrosadas y el perfil cubierto de sudor, sacó del bolso el sobre con el fajo de dólares adelantado tiempo atrás, lo arrojó con desdén sobre la sangre que se extendía lenta pero incesantemente por la mesa y, antes de girarse hacia la puerta de salida, se limitó a añadir, glacial:

– Hice que se enamorara de mí.

– ¿Sí? -preguntó embobado, perplejo, venciendo por vez primera la rabia que le impedía reparar en la hipnotizante hermosura de la mujer que se hallaba ante él.

– Claro que no. Le obligué a ver todas tus películas una tras otra…

Y dando la vuelta, ocultando un principio de sonrisa y reprimiendo una lágrima que amenazaba con desbordarse, se marchó dejándolo con las manos manchadas de sangre.

CineCuentos – La Madre Fénix

motel

Sentada en su mecedora junto a la ventana, la madre observa la violencia de la lluvia que golpea contra el tejado del bungalow y encharca la tierra demasiado reseca. Son las luces del porche en forma de ele las que iluminan la cortina de agua; más allá, a lo lejos, sólo oscuridad, el rumor de un mar embravecido que se vierte sobre el desierto, la única fuente que nutre la laguna cenagosa que tantos secretos esconde tras la casa. Son tan pocas las ocasiones en que el cielo se muestra clemente en aquellas áridas latitudes que a la madre no le cuesta ningún esfuerzo rememorar otra noche de lluvias torrenciales muchos años atrás, en los últimos días de su lucha por conservar la última juventud. Una nube ensombrece su corazón al recordar la mirada de su hijo, todavía un niño, allí de pie, en la entrada de ese mismo dormitorio, clavada en James, fría, inexpresiva, tras la que cree adivinar ahora, quizá por un imaginado casi imperceptible tic sobre la refleja inclinación de su ceja izquierda, una ira desbocada a duras penas contenida. Vuelve a escuchar su propia voz chillándole airada, ordenándole que se vaya, que los deje solos, que se encierre en su habitación y que no vuelva a salir hasta que ella vaya a buscarlo a la mañana siguiente. Y de nuevo ve al niño allí, inmóvil, desviando su atención hacia ella, la mandíbula en tensión y los puños apretados, luchando con todas sus fuerzas por no dejar entrever su odio. Escucha la voz de James rogándole que no le grite así al niño, mientras se incorpora en la cama para dedicarle una sonrisa y un ademán conciliatorio ante los que su única reacción es dar media vuelta y caminar por el pasillo hacia su habitación, resignado, como repentinamente ausente.

Cree revivir la embriaguez del amor, los besos de sal de James, el sueño reparador y el despertar envuelto en un esbozo de algo que reconoce como parecido a la felicidad que nunca había tenido ni ha vuelto a tener jamás. Y tras el desayuno de café y tostadas, y los últimos besos y caricias, se desata el horror: el ahogo, la fiebre, las convulsiones; ve desplomarse a James sobre la cama revuelta, el nudo de la corbata a medio hacer, sus ojos desencajados, su cara hinchada, su sudor empapando la ropa y confiriéndole a su rostro un brillo de muerte. Y de repente, mientras ella empieza a sentir el frío ascendiendo desde las profundidades de su alma y lo nota escapar como una erupción de calor a través de su piel, ve a su hijo entrar plácidamente por la puerta del dormitorio con una sonrisa cruel en los labios. Ella no se sostiene en pie, cae de rodillas y tose compulsivamente. Su vista empieza a nublarse, se arrastra como puede hasta la cama y se acurruca junto al desplomado James. Lo último que recuerda de aquella mañana es la tierna y dulce sonrisa de satisfacción de su hijo y la mano firme que sostiene el frasquito en cuyo letrero se lee una única palabra: arsénico.

Los tambores de la tormenta acompañan las ensoñaciones de la madre sentada en su mecedora junto a la ventana. Súbitamente, más allá de las luces del porche, unos focos potentes irrumpen desde la oscuridad para detenerse junto al bungalow. Una mujer se apea del vehículo y mira hacia el interior a través de los cristales. La madre la observa girarse hacia la casa y se da cuenta de que la ha descubierto al trasluz de la ventana. Se aparta de ella y va a parar ante el espejo del armario: al principio no se reconoce, ve los juveniles y delicados rasgos de su hijo bajo su pelo recogido al estilo decimonónico. Un instante después se queda atónita al ver cómo su cara va cambiando frente a ella, como si la imagen hubiera empezado a envejecer vertiginosamente, surgen arrugas, vello facial, un gesto adusto y malhumorado, la piel cada vez más repleta de grietas y pliegues, hasta, de manera aterradora, romperse, cuartearse, para revelar los músculos y nervios que la pueblan, y, finalmente, la desnuda calavera que hay bajo ella…

El claxon de un coche la libra de su alucinación. Vuelve a verse en el espejo como es, joven y bella, y eso la tranquiliza. Escucha descender por la vieja escalera de madera los pasos de su amado hijo, siempre tan atento y servicial, y cuando se acerca a la ventana lo ve salir de casa bajo un destartalado paraguas y bajar los escalones de cemento que llevan hasta el motel para atender a la recién llegada. De lejos la ve juvenil y atractiva; seguro que es una de esas mujeres fáciles y vividoras que van camino de California para ganarse la vida en trabajos indecentes, actriz, bailarina o quién sabe si algo peor. No los ve bien, pero le da la impresión de que ambos charlan animadamente y se sonríen. Pobre muchacho, tan ingenuo, tan fácil de impresionar. Esa chica no es para ti, hijo mío, no has aprendido nada de lo que te he enseñado. No es una mujer respetable y decente como tu madre.

Antes de apartarse de la ventana ve iluminarse el viejo letrero de neón, el mismo que su hijo olvida encender tan a menudo porque por la carretera vieja hace tiempo que no pasa casi nadie, sólo algún vecino de Fairvale camino de Phoenix o alguna buscona en ruta hacia Hollywood. Mientras se acomoda de nuevo en su mecedora, piensa que va a tener que hablar con su hijo Norman muy seriamente. Al fin y al cabo, la mejor amiga de un muchacho es su madre…

CineCuentos – Daños colaterales

guantes

El quinto asalto. Pasaporte a la gloria. Posteridad de un cinturón de campeón con mi nombre. “Tranquilo”, dijo, “él ya sabe lo que tiene que hacer”.

No es que me sintiera orgulloso de ganarle así a un tipo al que hubiera podido rompérselo todo con el brazo derecho atado a la espalda si no hubiera creído a Marsellus y no hubiese pasado la noche entre chicas, nadando en alcohol, anfetas y coca a espuertas. Pero nadie quiere riesgos: demasiado dinero en juego para pensar en imprevistos. Además, nadie osa llevar la contraria al gran hombre cuando decide cómo van a ser las cosas. O casi nadie, debería decir. En otro caso yo seguiría vivo.

No es verdad que cuando mueres tu vida desfile ante tus ojos como diapositivas. Sin embargo, algo sucede. Apenas unos flashes breves, intensos, irreales, como espasmos reflejos de un último atisbo de actividad cerebral que busca recuerdos de lo que ha sido para seguir sintiéndose vivo, para prolongar de forma ilusoria lo que inmediatamente va a dejar de ser. Las peleas callejeras en Cleveland, el primer gimnasio, esa derecha que alguien describió en su columna de un periódico de California, el contrato, el viaje en autobús de la Greyhound por la ruta 66, combates, victorias, cejas rotas, hielo y protector bucal, reporteros rivalizando por colar una pregunta en la rueda de prensa de mis pesajes, mi nombre en letras enormes en los carteles y en las páginas de deportes, filas de seguidores emocionados como adolescentes lloriqueantes para verme entrar o salir de cada velada (qué ironía, llamar velada a una noche de tipos sudorosos partiéndose la cara), pidiendo un gesto, una firma, un choque de palmas, chicas colándose en mi hotel de Austin, Chicago o Vancouver, haciendo cola en recepción para darle el reposo del guerrero al campeón… Imágenes auténticas se cruzan con hipótesis delirantes de lo que debió ser y nunca fue. ¿Marsellus dijo que Coolidge se dejaría caer en el quinto o lo soñé? ¿Fue cierto o mi cabeza está vaciando la papelera? “En el quinto, su culo irá a la lona”, retumba su voz potente, como recuerdo o alucinación, en mi maltrecho cerebro, lo invade todo, ahora que está a punto de dejar de existir junto al resto de mi triste humanidad. El bueno de Marsellus Wallace, el gran hombre, quien decide cómo van a ser las cosas, quien dijo que todo era seguro, rápido y fácil.

Alguien me contó, aunque ya no sé si es un hecho cierto u otro exabrupto de mi conciencia moribunda, que la tira de esparadrapo de su cabeza pelada es un recuerdo del diablo. Se desconocen los términos de la transacción, pero se dice que Marsellus le vendió su alma y que el diablo, excelente cirujano, extirpa quirúrgicamente su preciada compra por la nuca con una pequeña incisión, y, cual órgano a trasplantar, la guarda en un maletín de combinación 666. Algo, no obstante, salió mal con Marsellus: el diablo, que es sabio por edad pero no tanto para saber que con Marsellus no se juega, olvidó pagar lo convenido. A Marsellus no le gustó y mandó a dos de sus esbirros a recuperarla a tiro limpio. Y lo consiguió, según dicen. Pero el diablo, el Gran Cabrón, jamás se rinde ni paga el precio que él mismo fija; lo quiere todo y se lo lleva todo. Yo soy su respuesta: por una venganza, por orgullo profesional, por dinero, Floyd Ray es historia.

CineCuentos – John Ford Point

Hace muchos años que en la noche de cada 31 de agosto Jonas ‘Big Jackal’ Johnson sale en plena noche de su cabaña, monta en su camioneta Chevrolet roja, y pisa a fondo el acelerador hasta más allá de la reserva por la ruta del cañón.

La noche es clara, las caprichosas formas de arenisca se recortan de manera fantasmal contra el cielo estrellado en el que a estas horas los antepasados deben estar ya entonando sus cánticos alrededor del gran fuego, y el coche devora millas levantando una enorme nube de polvo que se ve gris a la luz de la luna. ‘Big Jackal’ (llamémosle esta noche por la traducción inglesa de su nombre navajo) teme llegar tarde; siempre se le adelanta su amigo -por una sola noche- Val ‘Red Horse’ Smith, que viene de la frontera de Dakota, mucho más al norte, desde mucho más lejos.

La luna llena atrae el aullido del lobo. Hace décadas que dejó de haber lobos por esta zona; hoy ni siquiera queda apenas algún chacal escuálido que amenace la plácida existencia de los pequeños roedores. Pero el anciano indio sabe que sus espíritus no faltarán a la cita. Incluso, entre el rugido del motor, ‘Big Jackal’ cree oír un murmullo lejano, un lastimero quejido lanzado al leve resplandor de la noche como un homenaje perpetuo que le lleva al esplendoroso pasado de su pueblo, cuando hombre, lobo y tierra eran uno.

Tampoco faltarán los grupos de guerreros blandiendo al aire sus tomahawks, con sus cantos de guerra y sus cuerpos y rostros pintados mientras cabalgan por las inmensas llanuras de la otra vida, en un paraíso de tierra fértil, agua, caballos y búfalos, ni las mujeres con sus vestidos de fiesta danzando erectas al son del tambor, el rostro serio, grave, gráciles y terriblemente dulces, llorando por los guerreros que marcharon a las praderas eternas antes de tiempo.

‘Big Jackal’ no se ha equivocado. Cuando detiene el coche al pie del promontorio el Jeep azul ya esta allí. En lo alto se ve el resplandor tenue de una fogata. ‘Red Horse’ ya habrá preparado sus pinturas de guerra y esperará enfundado en sus ropas de Gran Jefe. La ascensión se hace penosa, y al llegar arriba ‘Big Jackal’ reconoce en su cansancio las señales del agotamiento de su pueblo. ‘Red Horse’ le espera sentado ante el fuego, fumando su pipa tranquilamente, el rostro surcado de líneas rojas, amarillas y blancas, con su penacho de plumas blancas descansando a un lado, tarareando una antigua nana que su madre le cantaba en los largos inviernos, su rostro a la luz naranja del interior de la tienda.

Esta noche, como todas cada 31 de agosto desde 1973, un cheyenne y un navajo, con Monument Valley como anfiteatro, danzarán alrededor del fuego y emularán un combate cuerpo a cuerpo cuchillo al viento entonando cánticos de celebración por el espíritu del Chief John Ford, que pasa la eternidad bebiendo “agua loca” sentado al fuego sagrado del Gran Consejo, como un anciano más de la tribu.

Douglas F. Leibowitz
Western American Tales
Books of Middle West – Des Moines, 1997.