Mis escena favoritas: Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, Luchino Visconti, 1960)

Sublime momento en los altos de la catedral de Milán, tanto por el contenido dramático como por la forma en que se relaciona con el empleo del espacio, para esta maravillosa película de Luchino Visconti. Espléndido reparto (Alain Delon, Renato Salvatori, Annie Girardot, Katina Paxinou o Claudia Cardinale, entre muchos otros), música de Nino Rota y fotografía de Giuseppe Rotunno en una colosal obra maestra que, como todo clásico, pervive con toda la fuerza de su mensaje.

Costa-Gavras (I): Estado de sitio (Etat de siege, 1972)

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Dentro de la corriente de cine político tan fructífera a finales de los años sesenta y a lo largo de la siguiente década del pasado siglo, el nombre del cineasta greco-francés Constantin Costa-Gavras ocupa un lugar preferente. Una posición combativa y comprometida que se ha prolongado hasta la actualidad en producciones de distinto interés y nivel de calidad, pero siempre impulsadas desde la misma voluntad de denuncia y contestación. En el caso de Estado de sitio (Etat de siege, 1972), el objetivo de Costa-Gavras son los, por entonces, regímenes dictatoriales de América del Sur sostenidos por los Estados Unidos, y parte del caso particular del movimiento de los Tupamaros en Uruguay para relatar la forma en que el Departamento de Estado y las distintas agencias de seguridad norteamericanas adiestraba, apoyaba y daba cobertura técnica, logística y material a las fuerzas de seguridad de las dictaduras iberoamericanas.

Philip M. Santore (Yves Montand) es un experto en comunicaciones, adscrito a una agencia norteamericana de cooperación al desarrollo, que debido a su profesión ha vivido en distintos países de América Latina (Brasil, República Dominicana, ahora Uruguay…). Los Tupamaros lo secuestran junto a otras dos personas (un diplomático de la embajada de Estados Unidos y el cónsul de Brasil, país vecino gobernado en aquel tiempo por una dictadura), y los ocultan con intención de interrogarles, obtener información y, a través de las oportunas presiones internacionales, conseguir la dimisión del gobierno uruguayo. La trama oscila entre los grandes acontecimientos políticos del país, la convulsión que genera el secuestro, los debates parlamentarios, la repercusión en los ambientes financieros, las distintas operaciones policiales y militares para localizar a los secuestradores y descabezar al grupo rebelde…, y las conversaciones entre Santore y sus secuestradores, sobre todo con el llamado Hugo (Jacques Weber), en las que queda claro que el secuestrado no es quien dice ser, un inocente diplomático centrado en temas agrícolas y comerciales, sino un especialista en seguridad enviado por los Estados Unidos para adiestrar y dirigir los cuerpos policiales de los países en los que ha vivido gracias a su tapadera diplomática, y en los que sistemáticamente se recurre a la tortura y la violación de los derechos humanos. La conexión entre ambos puntos de vista es la óptica periodística, representada por el veterano cronista político Carlos Ducas (el célebre O. E. Hasse, veterano actor de amplia filmografía conocido popularmente por dar vida al asesino Otto Keller en Yo confiesoI confess, Alfred Hitchcock, 1953-), que contribuye a dar una visión de conjunto, a sintetizar las dos formas de afrontar la crisis, y proporciona unas cuantas gotas de cinismo que permiten relativizar tanto las intenciones revolucionarias de los Tupamaros como los “patrióticos” y “ejemplares” comportamientos de los políticos y de sus apoyos tradicionales, los financieros (la mayoría de los ministros son banqueros e industriales), el clero y los militares.

Contada en flashback a partir del violento desenlace del secuestro de Santore, Costa-Gavras construye una historia absorbente, apasionante, completamente desprovista de efectismos, trucos de guion, carruseles de acción y acrobacias visuales tan frecuentes en el cine político de hoy (en su mayoría, falsamente político, meramente propagandístico). El estilo del filme está caracterizado por su lenguaje directo, seco, con toques tanto de cine de intriga y suspense como de narración documental, de una desnuda contundencia a pesar de su textura naturalista Continuar leyendo “Costa-Gavras (I): Estado de sitio (Etat de siege, 1972)”

Film noir forever: Historia de un policía (Flic story, Jacques Deray, 1975)

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Uno de los aspectos más apasionantes del cine negro -o, teniendo en cuenta el origen francés del término, el film noir- es la retroalimentación de las relaciones literarias y cinematográficas de esta corriente a ambos lados del Atlántico, en especial entre Francia y los Estados Unidos (o a tres bandas, incluyendo en ocasiones a Japón). En el caso francés en particular, la tradición negra corre paralela a la estadounidense, gozando de plena salud hasta bien entrados los años setenta o incluso con breves destellos posteriores. Uno de los directores más presentes en esta época del neo-noir francés es Jacques Deray, autor de algunos de los clásicos de esta fase, casi siempre acompañado de rostros populares del cine policíaco y de acción francés de aquellos tiempos, como Jean-Paul Belmondo, Alain Delon, Lino Ventura o Jean-Louis Trintignant. Delon y Trintignant, precisamente, coprotagonizan Flic story (el título en inglés, sin duda, otra sinergia entre tradiciones negras franco-norteamericanas), en España Historia de un policía, título dirigido por Deray en 1975 a partir de un guión propio y de Alphonse Boudard que a su vez adapta un libro escrito por Roger Borniche, un policía francés que llevó sus experiencias al papel.

Roger Borniche (Alain Delon) es un atípico policía francés de 1947, tan sólo dos años después de la liberación de Francia del yugo nazi. Joven, talentoso, ambicioso y perspicaz, sus puntos fuertes son la verborrea que emplea con los criminales, sus dotes de persuasión, su capacidad para amedrentarlos y su cintura para negociar (o, directamente presionar, a veces incluso chantajear) con detenidos y superiores las vías más adecuadas para hacer pagar a los culpables de la manera más eficiente y productiva para la policía. Eso le ocasiona tiras y aflojas continuos con sus superiores, pero también le proporciona simpatía, comprensión y respeto por parte de los criminales. Además de todo eso, Borniche raramente porta armas o hace ostentación de ellas, por lo que es tenido entre compañeros y contrarios como un tipo razonable que entiende sus límites y los de la ley. Por el contrario, Emile Buisson (Jean-Louis Trintignant), es un duro delincuente fugado que desea proseguir con su carrera criminal, además de vengarse de unos cuantos traidores que lo llevaron entre rejas. En cuanto pisa la calle, elimina a un delator (un acordeonista de un local de bodas y fiestas), rehace su banda de atracadores y comete un par de robos violentos que acaban con muertes. Ese es el punto flaco de Buisson, que tira de gatillo fácil: no sólo sus acciones terminan casi siempre en un baño de sangre, sino que incluso sus compañeros, aquellos que dudan, son demasiado tibios, o de los que sospecha una posible traición, son pasaportados sin miramiento, a veces incluso mientras aprovechan una parada del coche en el arcén de la carretera para vaciar la vejiga. La película no tarda en centrarse en el enfrentamiento entre Borniche y Buisson, y no sólo entre ambos, sino, primordialmente, entre sus distintos métodos, la razón y la violencia.

Asistimos, por tanto, durante 108 minutos, al clásico juego del ratón y el gato a través de algunos de los tópicos más presentes en el cine criminal con tintes negros. Borniche, joven y casado, desatiende sus obligaciones maritales o sus proyectos comunes debido a su constante absorción por el trabajo, aunque su esposa terminará por incorporarse a su mundo y será pieza decisiva en la resolución final de la trama. Por otro lado, se mueve en un entorno de confidentes, delatores, timadores y tramposos, y también entre discutidos policías, algunos de su propio grupo investigador, en los que se adivina un pasado violento en la Resistencia antinazi y que emplean medios no admisibles en una democracia para hacer valer la ley (violencia, golpes, torturas), si bien no llega al extremo de denunciarlos. Precisamente este es un de los puntos fuertes de la cinta, cómo integra el pasado reciente de Francia en la Segunda Guerra Mundial en el argumento, no a través de la trama propiamente dicha, sino en cuanto a los territorios humanos que la pueblan, antiguos combatientes que han abierto negocios, marginados que se han quedado sin espacio una vez finalizada la contienda, tipos que adquirieron el dominio de las armas y una preparación técnica y física que ahora invierten en una carrera delictiva a tiro limpio, etc., etc. Por otra parte, también está el jefe de unidad que es una mezcla de policía y de político, y al que, sin referirse a los posibles méritos que haya tenido para ascender (también en él se atisba un pasado de lucha en favor de la Francia Libre), se caricaturiza para oponerlo a la serenidad y determinación de Borniche. En la otra orilla, Buisson, que encarna a un criminal con tintes psicopáticos en la línea de James Cagney, Paul Muni o Edward G. Robinson, pero más hierático, frío y distante, menos apasionado y cerril, Continuar leyendo “Film noir forever: Historia de un policía (Flic story, Jacques Deray, 1975)”