CineCuentos – Sol de justicia

Otra vez el dichoso temblor. Y el dolor, un latigazo desde la punta del dedo corazón hasta la articulación del hombro como un dardo de fuego que aprisiona y petrifica músculos, huesos y cartílagos, que me convierte prácticamente en un inútil, en un hombre muerto.

Hoy es el día, lo he presentido desde el amanecer cuando he notado un sabor ocre en la boca. De súbito he comprendido lo que tantas veces he oído decir: te quedas sin saliva, empiezas a transpirar aunque no haga calor, sin saber por qué, a la vez que tiritas como la llama de una vela aunque no haga frío, una extraña nube amortigua tus pensamientos y, a través de ella, como un relámpago de lucidez, una única idea se abre paso con el eco de un trueno que anuncia el fin de la tormenta. Lo que no encaja es que no me siento poseído de esa paz interior de la que hablan, esa quietud fúnebre, esa tranquilidad interna producida por la asunción del inevitable destino, del convencimiento, para nada perturbador, sino relajante, balsámico, de que no habrá mañana. Sin duda es por culpa del temblor de este brazo mío que se resiste a permitirme abandonar este mundo con la dignidad precisa, sin que parezca que me consume el pavor ante mis enemigos y sin presentarme ante los testigos de mi muerte como una vieja gloria venida a menos, lastrada por una antigua herida que vuelve como una pesadilla recurrente justo el día menos oportuno. No me pondré la chaqueta: el sol del desierto aprieta a mediodía y no quiero que piensen que es el miedo lo que me hace sudar.

Tomo el revólver en la mano temblorosa y aun así ajusta como un guante. Da la impresión de que la sólida arquitectura de la culata y el percutor se han ido erosionando durante años para ajustarse al hueco de mi mano, a la curva de mis dedos. El destello del reflejo de la luz en su cañón de plata me recuerda días mejores, cuando, siendo apenas un joven, me hice un nombre en la frontera. A esa edad uno cree tener por delante la vida que se dedica a ir arrebatando a otros por un precio, sin llegar a sospechar que tarde o temprano puedas ser tú quien ocupe el otro lado de la relación mercantil, que seas tú mismo el objeto del contrato. Y de pronto llega ese día y ya nada importa, ni las vidas que has robado ni las que has perdonado, no importa lo que arrastres a cuestas y mucho menos lo que pudieras tener por delante. Alguien te ha puesto la vista encima. Con eso basta. Es cuestión de tiempo, de dónde y cómo.

Sólo espero que el temblor me deje bajar la escalera y cruzar entre las mesas del salón manteniendo el tipo, que todos sigan sintiendo mi nuca como si tuviera ojos y pudiera controlar los movimientos de aquellos cobardes que empuñan sus armas cuando nadie los mira, dispuestos a cobrarse una pieza de la que presumir. Sólo espero que el brazo se aquiete, que me responda, que me permita desenfundar, apuntar, ojalá que disparar, y, cuando sienta la punzada cálida como un beso de la bala penetrando mi carne, caer con el revólver en la mano, decir adiós conforme a mi fama, a mis glorias pasadas, al nombre que inspiraba tanto respeto como temor en toda la frontera. Sólo espero que no lo hagan por la espalda.