Mis escenas favoritas: La noche del cazador (The night of the hunter, Charles Laughton, 1955)

Momentazo de esa joya cinematográfica, injustamente maltratada en su día, que es La noche del cazador, una obra maestra absoluta, un perturbadora odisea infantil en clave de cuento de terror gótico, o viceversa, con el mejor demonio que podría existir: el predicador Harry Powell.

Robert Mitchum y Lillian Gish sintetizan aquí el verdadero sentido de la relación entre el bien y el mal, o del amor y el odio que el reverendo lleva tatuados en sus nudillos: dios y el diablo, letra y melodía de una misma canción.

Pero ya es veranito, y Mitchum no es tan malote. Aquí nos regala uno de sus magníficos temas playeros: saquen sus camisas hawaianas y sus collares de flores, que toca escuchar un calypso zumbón, Jean and Dinah:

 

Música para una banda sonora vital – Marilyn Monroe

Celebramos el reciente 90 aniversario del nacimiento de Norma Jean Baker, Marilyn Monroe, con una de sus más célebres interpretaciones musicales, el tema One silver dollar de la película Río sin retorno (River of no return, 1954), western dirigido por Otto Preminger en el que compartía protagonismo con Robert Mitchum.

No es que Marilyn tuviera una gran voz, pero era única también en eso.

Llora Irlanda: La hija de Ryan (Ryan’s daughter, David Lean, 1970)

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A menudo se dice del gran maestro británico David Lean que pocos directores han logrado como él conjugar poéticamente la majestuosidad de los amplios y hermosos exteriores de muchas de sus superproducciones con la introspección, la sensibilidad y el lenguaje emocional de los rostros y, sobre todo, de los silencios de sus protagonistas. Es decir, su mágica fórmula para combinar lo épico y lo íntimo. Esto, que es una verdad incuestionable, y que conforma uno de los rasgos distintivos, y también más apreciables, de su cine, no hace menos cierta otra cualidad fundamental de las películas de Lean: la capacidad de sus historias para, partiendo de una clave particular, del drama de unos personajes concretos, erigirse en altavoz, en símbolo, en metáfora, prácticamente en resumen, de una situación (política, social, económica, cultural, etc.) de conjunto directamente relacionada con el contexto histórico en el que sitúa sus narraciones. Una vez más sucede así en La hija de Ryan (Ryan’s daughter, 1970), la bellísima y triste historia del matrimonio Shaughnessy, que no deja de ser en cierto modo una traslación melodramática de la bellísima y triste idiosincrasia de Irlanda.

Durante la Primera Guerra Mundial, los ecos de los recientes acontecimientos derivados del alzamiento de Pascua de 1916 sacuden la isla. Charles Shaughnessy (Robert Mitchum, impecable como acostumbra), un maduro maestro de escuela que ha enviudado hace ya algunos años, retorna a su aldea desde Dublín y Rosy (Sarah Miles, nominada al Óscar por su interpretación), antigua alumna suya, una joven impulsiva, caprichosa, algo ilusa y extravagante, enamorada de él, logra seducirle y casarse con él. La vida matrimonial, no obstante, no parece traerle todo el romanticismo que ella suponía a la situación, y Rosy encuentra en Randolph Doryan (Christopher Jones), nuevo comandante de la guarnición británica, la pasión que Charles no le proporciona. Quieren las circunstancias que Rosy sea hija del tabernero del pueblo, el Ryan que da nombre a la película (Leo McKern), patriota irlandés que presume de contactos y vivencias en la lucha contra los británicos que, sin embargo, actúa como confidente de estos en los días que uno de los sublevados más activos y buscados por los ocupantes, Tim O’Leary (Barry Foster), anda por la zona preparando el desembarco de armas y pertrechos enviados por Alemania para conseguir que estalle una rebelión en Irlanda y forzar a los británicos a luchar en un segundo frente. El panorama vital del lugar lo completan el padre Collins (inmenso Trevor Howard) y el pobre Michael (John Mills, premiado con el Óscar), que padece un retraso mental además de varias malformaciones que despiertan el rechazo, cuando no las burlas, de los vecinos, y del que el padre Collins se erige en protector.

Con estos parámetros, David Lean dibuja, en un pueblo de una calle construido para la ocasión, un pequeño mosaico de lo que implica el conflicto irlandés, su dualidad frente al fenómeno de la ocupación británica y también de sus dobleces morales, religiosas, identitarias, pero sobre todo de su ansia por lograr la independencia, de conseguir que los británicos se marchen a casa (a este respecto, se trata, recordamos, de una superproducción británica). Rosy constituye así el centro de un cuadrado cuyos lados son la educación, el progreso y la cultura (Charles), la secular ocupación británica (Doryan), la tradición católica (el padre Collins) y una figura paternal que se mueve entre dos aguas, que encarna la fidelidad y la traición (Ryan), en lo que parece ser una lectura simbólica de la historia irlandesa. Continuar leyendo “Llora Irlanda: La hija de Ryan (Ryan’s daughter, David Lean, 1970)”

La tienda de los horrores – Intriga extranjera (Foreign intrigue, Sheldon Reynolds, 1956)

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Más bien, cagarro extranjero. Personalísimo proyecto del, por otra parte, discretísimo Sheldon Reynolds (que se encarga aquí de producir, coescribir y dirigir, nada menos…), Intriga extranjera (Foreign intrigue, 1956), ideada a partir de una serie televisiva del mismo título también con Reynolds a los mandos, falla a todos los niveles. Tanto es así, que a alguien se le debió olvidar que se trataba de una película, no de una serie, y que no había capítulo posterior en el que se resolviera todo. Porque el gran problema de la película, el único importante a decir verdad, es que el argumento se queda en el aire, en suspenso, flotando en el fundido en negro que cierra el filme.

La cinta bebe del cine de espionaje clásico (homenajea explícitamente a Carol Reed y Orson Welles o a Alfred Hitchcock, entre otros) para contar una historia situada en “exóticas” localizaciones europeas, que se enreda a cada paso y que en teoría debería ir a alguna parte, tanto en la trama principal, los misterios que rodean la muerte de un enigmático multimillonario en la Costa Azul y los secretos de su pasado como turbio negociante durante la Segunda Guerra Mundial, como en la subtrama romántica que protagonizan Robert Mitchum y la sueca Ingrid Thulin (aquí llamada Tulean, no se sabe por qué). El caso es que Mitchum da vida a Dave Bishop, un periodista a sueldo del susodicho millonario, para el que ha ideado una completa vida ficticia que explique ante la opinión pública dónde pudo, verosímil y legítimamente, originarse su fortuna. Tras su repentina muerte, agonizando en brazos de Bishop, tanto la esposa (Geneviéve Page) del fallecido (una esposa legal pero meramente aparente en lo afectivo) como su médico personal, un abogado vienés que se dice depositario de una documentación del fallecido y un agente enviado por la compañía de seguros insisten extrañamente en averiguar si el finado pronunció algunas últimas palabras antes de morir. Intrigado por el significado de este hecho, Bishop viaja a Viena para averiguar el contenido del sobre depositado allí por su patrón. Se da inicio así a una intriga europea (de la Costa Azul a Viena, de allí a Estocolmo y otros lugares de Suecia, y algún que otro lugar más antes de dejarlo todo colgado cuando le tocaba el turno a Londres) que atrapa y absorbe, y que merecía sin duda, no mejor resolución, sino al menos una resolución cualquiera que no dejara al espectador con cara de tonto.

La dirección, efectiva aunque sin nervio, sirve adecuadamente al propósito narrativo, el mero entretenimiento detectivesco salpicado de acción y romance. La ambigüedad de los personajes, aunque pésimamente establecida en el caso de la mujer del muerto, que más parece una psicopáta que una intrigante, y cuya postura inicial con sus sucesivos cambios sobre la marcha queda sin explicar, alimenta el misterio y hace avanzar la acción, y el guión utiliza todos los resortes a su alcance para mantener la atmósfera de suspense, aunque con demasiadas lagunas y cabos abiertos para permitir que el público haga pie en algún punto. Continuar leyendo “La tienda de los horrores – Intriga extranjera (Foreign intrigue, Sheldon Reynolds, 1956)”

Un western noir: Perseguido (Pursued, Raoul Walsh, 1947)

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Para el cine, Raoul Walsh es sinónimo de ritmo. Las películas de Walsh son pequeñas piezas de orfebrería narrativa, densas, jugosas y complejas tramas a menudo comprimidas en metrajes concentrados, económicos, comedidos, historias que fluyen en su propia inercia y que arrastran a personajes y espectadores en un carrusel en que las secuencias se suceden en una marcha frenética sin descuidar el contenido, la importancia de cada diálogo, la relevancia de cada detalle importante para el argumento. En el caso de Perseguido (Pursued, 1947), nos encontramos además con una mixtura de géneros en que el escenario del western tardío (nos hallamos en los albores del siglo XX) se entremezcla con el film noir, el thriller psicológico y el melodrama. A ingredientes puramente propios del cine del Oeste, como son la venganza, la lucha entre rancheros o la rivalidad masculina, cabe añadir la influencia de un destino fatal predeterminado, el tormento personal y el culebrón familiar para conformar un puzle de situaciones, sentimientos y traumas que Walsh y el guión de Niven Busch desgranan con maestría en 97 minutos.

El relato parte de un flashback que emparenta la cinta directamente con la corriente negra entonces en alza. Thor Callum (Teresa Wright, bellísima y nada pavisosa en esta película, en la que es presentada como la estrella principal en los créditos) cabalga hasta una abandonada propiedad en un remoto rincón rocoso de Nuevo México; allí se oculta Jeb Rand (Robert Mitchum), el antiguo hermano adoptivo que con los años se convirtió en su esposo, al que una oscura amenaza le obliga a huir. El lugar encierra un misterio sobre el pasado de Jeb, la muerte de su familia y el vínculo que se estableció con los Callum gracias a su madre (Judith Anderson), que lo llevó a su casa y lo crió junto a sus propios hijos, Thor y Adam (John Rodney), a pesar de los deseos de su cuñado Grant Callum (Dean Jagger) por culminar su venganza en él, exterminar a toda la familia Rand y evitar futuras tentativas de venganza. Con el tiempo, los sentimientos mutuos entre Thor y Jeb, la rivalidad de este con Adam por la primacía en la familia y en el rancho, y la reaparición de Grant, convertido ahora en un importante hombre del gobierno de Nuevo México, van tejiendo una red de resentimientos, odios y rencores alrededor del pasado intuido por Jeb hasta que su retorno de la guerra de 1898 con España actúa como detonante de la violencia.

Se trata, por tanto, de un personaje que, siguiendo la tradición noir, se ve abocado a un destino trágico cuyos condicionantes son previos a él pero actúan de manera autónoma y metódica hacia su inexorable conclusión. Los vanos intentos de Jeb por que quienes conocen su pasado le revelen lo ocurrido chocan con los únicos fragmentos de memoria que pueblan sus recuerdos: la visión y el roce metálico de unas espuelas entrevistas desde su refugio en una noche remota y unos fogonazos que rompen la oscuridad. Continuar leyendo “Un western noir: Perseguido (Pursued, Raoul Walsh, 1947)”

Cine en fotos: “Kirk, te necesito”

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Disfruté trabajando con Billy Wilder. Es un director brillante, un escritor lúcido y un prolífico narrador de anécdotas. Siempre contaba cosas sorprendentes. En broma, solía decir verdades como puños. Uno de sus cuentos se refería a la elección del elenco de The defiant ones (Fugitivos), una película en que un negro y un blanco (finalmente los papeles fueron interpretados por Sidney Poitier y Tony Curtis) van esposados. Billy hace el siguiente relato:

-Primero fueron a ver a Marlon Brando para pedirle que actuara en la película. Marlon dijo: “Sí, acepto, pero quiero interpretar al negro”. Luego abordaron a Robert Mitchum, que respondió: “Demonios, no pienso trabajar en una película con ningún negro”. Por último, fueron a ver a Kirk Douglas para pedirle que actuara en el filme. Douglas dijo: “Sí, participaré. Pero quiero interpretar ambos papeles”.

El hijo del trapero. Autobiografía. Kirk Douglas (Ediciones B, 1988).

Vidas de película – Robert Young

Robert Young 1930's - by Tanner (MGM)

Lo más memorable de la carrera artística de Robert Young es haber formado parte del triplete de Roberts que dan vida a los tres principales personajes de la obra maestra de Edward Dmytryk, basada en una novela del también cineasta Richard Brooks, Encrucijada de odios (Crossfire, 1947), junto a Robert Mitchum y Robert Ryan.

Nacido en Chicago en 1907, se trasladó ya de joven a Los Ángeles junto a su familia, y se formó en diversos centros de estudios de esa ciudad y de Pasadena. Sin llegar a las cotas de importancia y popularidad de otros actores de su tiempo, sí atesora un buen puñado de títulos reseñables, como por ejemplo, El agente secreto (Secret agent, Alfred Hitchcock, 1936), Tres camaradas (Three comrades, Frank Borzage, 1938), con Robert Taylor y Franchot Tone en la adaptación de la obra de Erich Maria Remarque (esposo, por cierto, de Paulette Godard) o Paso al noroeste (Northwest passage, King Vidor, 1940), épica histórica a todo color protagonizada por Spencer Tracy que fue la primera gran superproducción de gran formato en Hollywood después de Lo que el viento se llevó.

Sin embargo, sumido en continuas depresiones, intentos de suicidio incluidos (el más serio, intoxicación por monóxido de carbono procedente del tubo de escape de su propio coche) y en sus crónicos problemas con el alcohol, Young se refugió desde los años 60 en la televisión, consiguiendo varios premios Emmy.

Falleció en 1998, con 91 años. Para ser una figura, aunque discreta, del mundo del artisteo hollywoodiense, en él se dio una circunstancia infrecuente: en el momento de su fallecimiento estaba viudo de su única esposa, la que fue su novia durante el instituto.