Música para una banda sonora vital: El color del dinero (The color of money, Martin Scorsese, 1986)

La cinefilia de Martin Scorsese llega al extremo de continuar una de las más grandes películas americanas de todos los tiempos, El buscavidas (The hustler, Robert Rossen, 1961). En El color del dinero (The color of money, 1986), recupera a uno de los mejores personajes escritos para Hollywood, Eddie Felson (Paul Newman), genio del billar que, ahora retirado y dedicado a regentar una tienda de licores, descubre a una joven promesa del billar (Tom Cruise) que presume de no haber encontrado un rival de su talla.

Probablemente innecesaria, irregular y notoriamente inferior tanto respecto a la película de Rossen como a la filmografía de Scorsese de la década anterior (en una lenta pero incesante cuesta abajo que poco a poco le iba llevando hacia la impersonalidad que, con contadas excepciones, arrastra hoy en día), si la película tiene un interés es asistir a la impresionante interpretación de Paul Newman en un personaje que se le ajusta como un guante, muy superior a Tom Cruise entonces y en todo lo que este haya podido hacer después o haga en el futuro. Newman se come una película en la que le da la réplica Mary Elizabeth Mastrantonio, mientras Tom Cruise encarna su típico personaje de listillo gilipollas. Además, John Turturro, Forest Whitaker, Iggy Pop…

Eric Clapton, entre otros, puso música a su banda sonora: Is in the way that you use it, un tema puramente ochentero para el lucimiento guitarrístico de su compositor. Se supone que el título de la canción se refiere al taco de billar…

 

Vidas de película – John Ireland

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El canadiense John Ireland, nacido en Vancouver en 1914, pasa por ser, junto con Errol Flynn, uno de los actores mejor dotados de la historia de Hollywood (y no precisamente en lo que a cualidades dramáticas se refiere…). Sea como fuere, John Ireland atesora una extensísima carrera como actor de cine y televisión, en especial como villano, esbirro y matón en toda clase de producciones de cine negro, western y cintas bélicas.

Sin embargo, y tras sus comienzos como nadador en espectáculos acuáticos, su salto al teatro fue para interpretar nada menos que a William Shakespeare. Su primera película fue la bélica Un paseo bajo el sol (A walk in the sun, Lewis Milestone, 1945), y de inmediato pasó al otro género en el que trabajó asiduamente, el western, nada menos que con Pasión de los fuertes (My darling Clementine, John Ford, 1946). Además de participar en algunos de los hoy olvidados pero más que estimables primeros films noirs del cineasta Anthony Mann, Ireland apareció en las espléndidas Río Rojo (Red River, Howard Hawks, 1948) y El político (All the king’s men, Robert Rossen, 1949), en ambas junto a la que se convertiría en su primera esposa, la actriz Joanne Dru (estuvo casado dos veces más, también con actrices). Junto a ella trabajó en cuatro películas más, sobre todo westerns, antes de su divorcio en 1957. La más memorable de aquellas cintas es El valle de la venganza (Vengeance valley, Richard Thorpe, 1951), junto a Burt Lancaster y Robert Walker.

En la siguiente década, formó parte de otro western basado en el famoso tiroteo de Tombstone, Duelo de titanes (Gunfight at the OK Corral, John Sturges, 1957), y es una de las más estimables presencias de la fenomenal Chicago, años 30 (Party girl, 1958) de Nicholas Ray. A partir de entonces apareció en películas de distinto nivel de calidad, aunque por lo general, cuando se trata de buenas producciones, en papeles cada vez menos importantes. Es el caso de Espartaco (Spartacus, Stanley Kubrick, 1960), 55 días en Pekín (55 days at Peking, Nicholas Ray, 1963), La caída del Imperio Romano (The fall of the Roman Empire, Anthony Mann, 1964), la nueva adaptación de Adiós, muñeca (Farewell my lovely, 1975) que dirigió Dick Richards, o, de manera mucho más curiosa, la célebre cinta erótica de trasfondo nazi Salón Kitty (Salon Kitty, Tinto Brass, 1976).

Desde entonces siguió participando en subproductos de toda clase hasta el año de su muerte, 1992, a causa de una leucemia.

 

Vidas de película – Robert Parrish

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A lo largo de una carrera irregular pero tremendamente personal, Robert Parrish (1916-1996) dirigió una veintena de películas, desde los primeros cincuenta hasta mediados de los setenta, dejando especial huella en el cine negro –Grito de terror (Cry danger) o El poder invisible (The mob), ambas de 1951- y el western –Historia de San Francisco (The San Francisco Story, 1952), Más rápido que el viento (Saddle the wind, 1958) o su celebrada Más allá de Río Grande (The wonderful country, 1959)-, pero también en una línea más particular que entremezclaba géneros y elementos muy diversos de manera solvente y efectiva -el bélico Llanura roja (The purple rain, 1954), Orgullo contra orgullo (Lucy Galiant, 1955), el documental, codirigido con Bertrand Tavernier, Mississippi Blues (1984) o la cinta al estilo de la nouvelle vague, rodada en Francia y, que sepamos, nunca estrenada en España, In the french style (1963)-. Más conocidas, aunque de peor nivel, son su contribución al accidentado rodaje de Casino Royale (1967) y Contrato en Marsella (The Marseille contract, 1974).

Atípico cineasta que genera sorpresas agradables con prácticamente cualquiera de sus títulos gracias a un estilo a un tiempo tremendamente personal e inusualmente atractivo, fue galardonado en nada menos que cuatro ocasiones con el Óscar de la Academia por su trabajo como montador, labor en la que trabajó para directores como John Ford, Robert Rossen, George Cukor, Lewis Milestone o Max Ophüls, entre otros. Antes de dedicarse al montaje, no obstante, ya había hecho sus pinitos como actor infantil junto a estrellas como Rofolfo Valentino, Charles Chaplin y Douglas Fairbanks, y como intérprete adolescente para cineastas de la talla de Cecil B. DeMille, Raoul Walsh o Allan Dwan.

Lo que se dice un auténtico “hombre de cine”.

 

El pan nuestro de cada día: El político (All the king’s men, Robert Rossen, 1949)

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Tras el visionado de El político (All the king’s men, Robert Rossen, 1949), son muchas, muchísimas, las preguntas que asaltan la mente del espectador. La no menos importante es: ¿qué le pasa a la gente que rodea a Willie Stark? Todos saben cómo es, todos han comprobado con creces su carencia de escrúpulos y los límites a los que puede llegar para conservar su posición, todos se dan cuenta de que es capaz de todo por aferrarse al poder. ¿Por qué, entonces, continúan a su lado? ¿Por qué trabajan día tras día para él mientras tratan de cicatrizar sus propias heridas del desgaste y la erosión producidos por la cegadora luz del faro bajo el que se cobijan? ¿Por qué se enamoran de él si conocen su naturaleza podrida y criminal? ¿Por qué no le denuncian a las autoridades o publican en la prensa sus fechorías y desmanes cuando ellos solos, con un pequeño paso, podrían acabar con su pretendida grandeza? Ahí, más aún que en la avasalladora figura del protagonista, radica la importancia de una película como El político, su foco real de atención, su tema de fondo: no en la corrupción del líder propiamente dicha, sino en los mecanismos que hacen que quienes lo rodean sean indulgentes con ella, la acompañen, la promuevan, la fomenten y la contemplen con tibieza, si no con agrado o incluso con aprovechamiento. De hecho, el título original en inglés, que se traduciría por Todos los hombres del rey, evoca directamente el tono de tragedia propio de William Shakespeare, esas atmósferas enrarecidas y atormentadas en las que el ascenso al trono y su conservación a toda costa, el desarrollo de las paranoias conspirativas y los baños de sangre preventivos, son el escenario al que conduce inevitablemente un destino ya previsto.

Pero El político es mucho más. Especialmente supone un retrato sin anestesia de los entresijos de los regímenes democráticos, incluso de los respetables, particularmente en tres vertientes: la primera, en cuanto a la inmensa influencia de los grupos de presión no elegidos por los ciudadanos en el proceder de los representantes que, en teoría, están para satisfacer las demandas y los derechos de los electores y velar por el cumplimiento de la ley; la segunda, el retrato del poder como droga seductora capaz de nublar juicios, diluir principios, sepultar conciencias y arrancar sentimientos e ideales con tal de alimentar el lado oscuro que todos llevamos dentro: el egoísmo ilimitado (la famosa frase de el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente); por último, el aspecto público, la forma de gestionar ante los ciudadanos una realidad manipulada y populista que permita el mantenimiento de una fachada de falsa rectitud y respetabilidad que posibilite la continuidad del tráfico subterráneo de influencias, negocios, extorsiones y componendas para sacar adelante los objetivos espurios de los poderosos y de quienes los financian y viven de ellos, así como el enriquecimiento, por lo general ilícito, de todos los actores esquilmando, abiertamente o de manera oculta, las arcas públicas. Es decir, ni más ni menos, que Robert Rossen, director y guionista, y Robert Penn Warren, autor del libro galardonado con un Pulitzer en el que se basa la película, ya adelantaron en 1949 lo que viene a ser la realidad de la política española históricamente predominante y que el régimen democrático de “derechos” y “libertades”, hoy más que nunca en cuestión, solamente ha hecho más visible, tangible, desde 1978, pero sin llegar ni siquiera a acercarse a su erradicación.

En una hora y tres cuartos, Rossen nos presenta la premonitoria, para España y buena parte del mundo, historia de Willie Stark. Es imposible no ver en ella una aproximación bastante exacta a lo que es el relato de ascenso y “caída” de montones de nombres conocidos del panorama público español e internacional. Stark, interpretado por un magistral Broderick Crawford, ganador del Oscar cuando ganarlo significaba algo, da vida a un hombre sencillo y valiente que lucha contra viento y marea frente a los poderes establecidos de su Estado, denunciando sus maniobras corruptas, el choque entre los intereses de quienes sostienen el poder y el bienestar de los ciudadanos. Continuar leyendo “El pan nuestro de cada día: El político (All the king’s men, Robert Rossen, 1949)”

Vidas de película – Dorothy Dandridge

Dorothy Dandridge es otra de las momentáneamente célebres estrellas de Hollywood que quisieron pasar a la otra vida antes de hora. Su lugar en la historia del cine lo tiene garantizado por ser la primera intérprete negra nominada al Oscar a la mejor actriz principal, lo que ocurrió por Carmen Jones (Otto Preminger, 1954), cinta musical que adaptaba la obra de Prosper Merimée a un entorno sureño y militar de los Estados Unidos, y cuyo reparto, al modo de los montajes shakespearianos de ambiente caribeño del Mercury Theatre de Orson Welles, estaba formado íntegramente por actores y actrices negros. La misma fórmula, con el mismo director, y con la misma protagonista, se emplearía en 1959 para Porgy y Bess.

Sin embargo, pudo verse cantar y bailar a Dorothy Dandridge mucho antes en la gran pantalla, aunque de forma anónima y un tanto escondida, nada menos que en el extenso número musical que Harpo Marx comparte con un buen puñado de cantantes, bailarines y figurantes negros de todas las edades en la fenomenal Un día en las carreras (A day at the races, Sam Wood, 1937).

Nacida en Cleveland en 1923, comenzó a cantar y bailar junto a su hermana Vivian hasta que alcanzó cierta notoriedad al aparecer en una de las películas de la serie de Tarzán que interpretó Lex Barker, Tarzán en peligro (Tarzan’s peril, Byron Haskin, 1951). Después de la exitosa dupla de películas con Otto Preminger, aparecería en el melodrama interracial Una isla al sol (Island in the sun, Robert Rossen, 1957), junto a James Mason, Joan Fontaine, Stephen Boyd o Joan Collins.

La fama y el trabajo se fueron tan fácilmente como habían llegado, y su carrera sufrió un parón irreversible y definitivo a comienzos de la década de los 60. Sumida en una depresión y enganchada al alcohol, comenzó a cantar y bailar en locales nocturnos. Finalmente, se suicidó mediante una sobredosis de barbitúricos en septiembre de 1965, a los 41 años, en plena ebullición por los derechos civiles, un camino que ella había contribuido notablemente a abrir. Había estado casada dos veces, pero en el momento de su muerte estaba sola y abandonada por el Hollywood donde fue una estrella durante apenas cuatro años.

El extraño amor de Martha Ivers: melodramático cine negro

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Esta película de 1946 dirigida por el eficacísimo Lewis Milestone (Sin novedad en el frente, Arco de triunfo, La cuadrilla de los once, Rebelión a bordo…) es una de las cimas del cine negro americano de los años cuarenta. No es para menos si tenemos en cuenta la nómina de involucrados en el proyecto, desde los intérpretes hasta los productores, pasando por el guionista o el compositor de la música.

La historia, adaptada por Robert Rossen, nos presenta a tres antiguos amigos, Martha (Barbara Stanwyck, en un personaje hecho a medida para ella), Sam (Van Heflin) y Walter (Kirk Douglas, en su debut en la interpretación) que comparten un oscuro y sórdido secreto relacionado con un suceso desgraciado que tuvo lugar en su primera adolescencia y que ha forjado sus respectivos destinos: Sam abandonó la ciudad como polizón en el tren de un circo, Martha y Walter terminaron casándose (es opinable determinar quién salió peor parado…). Muchos años después, Sam vuelve a la ciudad: Martha ha aumentado la cuantiosa fortuna que heredó de su anciana tía fallecida años atrás (Judith Anderson, en otro personaje, breve pero implacable, que ni pintado en la senda del ama de llaves de Rebecca), mientras que Walter, hijo del antiguo tutor legal de Martha, es su flamante esposo y candidato a revalidar su mandato como fiscal del distrito. Como siempre sucede en estos casos, el regreso inesperado de una presencia del pasado remueve los cimientos del presente y amenaza cualquier esperanza de futuro. Las intenciones de Sam se reducen a solamente ir de paso, pero tras conocer a una chica recién salida de la cárcel y cruzarse con sus antiguos amigos, algo paranoicos por culpa de una existencia a la que se han visto anclados por un secreto irrenunciable, hacen que aparezcan en escena palabras como extorsión, adulterio, chantaje, amenazas o asesinato. Continuar leyendo “El extraño amor de Martha Ivers: melodramático cine negro”