Vidas de película – Robert Young

Robert Young 1930's - by Tanner (MGM)

Lo más memorable de la carrera artística de Robert Young es haber formado parte del triplete de Roberts que dan vida a los tres principales personajes de la obra maestra de Edward Dmytryk, basada en una novela del también cineasta Richard Brooks, Encrucijada de odios (Crossfire, 1947), junto a Robert Mitchum y Robert Ryan.

Nacido en Chicago en 1907, se trasladó ya de joven a Los Ángeles junto a su familia, y se formó en diversos centros de estudios de esa ciudad y de Pasadena. Sin llegar a las cotas de importancia y popularidad de otros actores de su tiempo, sí atesora un buen puñado de títulos reseñables, como por ejemplo, El agente secreto (Secret agent, Alfred Hitchcock, 1936), Tres camaradas (Three comrades, Frank Borzage, 1938), con Robert Taylor y Franchot Tone en la adaptación de la obra de Erich Maria Remarque (esposo, por cierto, de Paulette Godard) o Paso al noroeste (Northwest passage, King Vidor, 1940), épica histórica a todo color protagonizada por Spencer Tracy que fue la primera gran superproducción de gran formato en Hollywood después de Lo que el viento se llevó.

Sin embargo, sumido en continuas depresiones, intentos de suicidio incluidos (el más serio, intoxicación por monóxido de carbono procedente del tubo de escape de su propio coche) y en sus crónicos problemas con el alcohol, Young se refugió desde los años 60 en la televisión, consiguiendo varios premios Emmy.

Falleció en 1998, con 91 años. Para ser una figura, aunque discreta, del mundo del artisteo hollywoodiense, en él se dio una circunstancia infrecuente: en el momento de su fallecimiento estaba viudo de su única esposa, la que fue su novia durante el instituto.

Mis escenas favoritas – Los profesionales

Son unos hijos de puta.

Sí, señor. Pero lo nuestro es de nacimiento; usted se ha hecho a sí mismo.

Excepcional instante de Los profesionales (The professionals, 1966), magistral western de Richard Brooks con un espléndido reparto (Lee Marvin, Burt Lancaster, Jack Palance, Robert Ryan, Claudia Cardinale, Woody Strode, Ralph Bellamy…), una fotografía excepcional de Conrad Hall, una bellísima música de Maurice Jarre, y una combinación de un riquísimo texto literario y un buen número de magníficas secuencias de acción que construyen una película amarga, nostálgica, sobre la pérdida y el desencanto. También hay quien ha querido ver en ella una crítica velada a la escalada militarista norteamericana en Vietnam que sucedió al asesinato de Kennedy. Momentazo.

Películas como puñales: Encrucijada de odios

Decir Encrucijada de odios, decir Crossfire, es apelar al mito del cine, a la leyenda, a la épica puesta en imágenes. Dirigida en 1947 por Edward Dmytryk, luego cuestionado por el maccarthysmo (y esta película parece tener buena parte de culpa de ello), basándose en una novela del reconocido guionista y posteriormente aclamado director Richard Brooks, no sólo se trata de una de las cimas del ciclo dorado del cine negro norteamericano, sino también uno de los pilares del cine social estadounidense del periodo clásico. Ejemplar ejercicio de síntesis (su duración apenas supera los ochenta minutos) por la abundancia, el tamaño y la complejidad de los temas y las relaciones que aborda y analiza (la intriga criminal, las costumbres y rituales de las relaciones de pareja, las secuelas sociales de la Segunda Guerra Mundial…), pero en especial por la poco complaciente radiografía que realiza de la vida americana tomando como ejemplo además a uno de sus sectores por aquel entonces con mejor prensa, los muchachos que acababan de ganarle la guerra al totalitarismo en los campos de batalla (aunque en los despachos el resultado, como se ve hoy en día, no esté tan claro), destaca igualmente por el magnífico reparto, que incluye a los tres Robertos, Robert Ryan, Robert Young y Robert Mitchum, y a la fea más hermosa del cine, Gloria Grahame, que derrite, como siempre, cualquier fotograma en el que aparece.

La historia empieza desgranándose a borbotones: en una secuencia magistral que recoge un episodio violento, en la penumbra cortada por luces que parecen cuchillos, un hombre es apalizado en un apartamento claustrofóbico. Una figura vestida de uniforme despabila a otra que yace grogui y la saca de allí, dejando tras de sí el cuerpo inerte abandonado. Inmediatamente da inicio una investigación policial del asesinato encabezada por el detective Finlay (Young) que, habiendo recuperado la documentación del presunto asesino, caída en la escena del crimen, se centra en el ambiente de un grupo de soldados de una base cercana que esa noche se encuentran de permiso en la ciudad. Además, varios testigos oculares recuerdan al fallecido tomando copas en un bar y charlando con tres soldados, con lo cual el caso parece claro. Los interrogatorios incluyen a Keeley (Mitchum), muy cercano al presunto culpable que la policía anda buscando, y también a Montgomery (Ryan), un tipo un tanto ambiguo que aparece de repente en el piso mientras la policía realiza la inspección ocular del escenario del crimen. Los interrogatorios, las conversaciones, la ausencia de pistas contundentes y las averiguaciones sobre el principal sospechoso, que anda deambulando por la ciudad ajeno a todo intentando curarse el desencanto que le provoca la ausencia de su mujer, lo cual no le impide buscar cariño casi maternal en una de esas chicas de club que “bailan” a cambio de unos dólares y una invitación en la barra (Grahame), conllevan la multiplicación de las hipótesis, las conjeturas y las explicaciones, las versiones de lo que ha podido acontecer en el apartamento y del posible móvil del crimen, una incógnita para todos tras haberse excluido el robo o la rivalidad sexual por una mujer, y que sólo se revela cuando la especial virulencia de uno de los interrogados pone a Finlay en la pista: el asesinado era judío.

Dmytryk consigue que cada fotograma pese, que la imagen adquiera cuerpo hasta parecer algo sólido que se derrite y amenaza con rebosar la pantalla. Continuar leyendo “Películas como puñales: Encrucijada de odios”

Un Melville imprescindible: La fragata infernal

Peter Ustinov, además de entrañable persona, excelente actor, y la mejor encarnación que ha tenido en la pantalla el Hercules Poirot de Agatha Christie, posee una breve pero estimable filmografía como director, iniciada en un periodo tan temprano como la década de los cuarenta, y finalizada en los ochenta, nada menos que con una producción yugoslava. Sus mejores películas como director, sin duda, son Pacto con el diablo (1972), enésima reunión de Elizabeth Taylor y Richard Burton, en la que Ustinov se reserva un goloso personaje, y sobre todo La fragata infernal (1962), en la que de nuevo las ansias de los traductores españoles por dejar su impronta de peliculeros de tercera cambian el título de la célebre obra de Melville Billy Budd por un engendro más propio de telefilmes basura o de peliculitas para adolescentes glotones de palomitas.

Un elemento externo a la propia película sirve para enmarcarla mejor en su contexto temático y temporal: el estreno, el mismo año, de la accidentada Rebelión a bordo, de Lewis Milestone. De hecho, La fragata infernal parece constituir una especie de revés en negativo de la famosa película erigida para mayor gloria del ego de Marlon Brando: la espectacularidad visual del filme protagonizado por Brando es aquí sustituida por los espacios angostos y opresivos y por las brumosas y oscuras atmósferas de unas aguas frías y gobernadas por el mal tiempo; los grandes espacios naturales de las islas del Pacífico nada tienen que ver con una narración situada íntegramente en los camarotes y la cubierta de un buque de guerra; el Technicolor aquí es un blanco y negro más bien sombrío merced a la fotografía de Robert Krasker; la abundante presencia de mujeres polinesias es aquí una atronante ausencia de personajes femeninos; la extremadamente alargada narración de Milestone (tres horas) no puede compararse con la narración escueta, directa, contundente, de Ustinov (de algo menos de dos horas); la majestuosa música de Borislau Kaper nada tiene que ver con la partitura compuesta por Anthony Hopkins (otro, obviamente) para el filme de Ustinov que, más allá del inevitable tema principal, ofrece melodías sutiles y minimalistas perfectamente engarzadas con los distintos episodios dramáticos de la trama.

Todo ello para la aproximación que esta producción británica hace a la obra de Herman Melville, Billy Budd, para contar la historia de un joven marinero de un barco mercante (Terence Stamp, nominado al Oscar al mejor actor de reparto -no se sabe por qué de reparto- por este papel) que es reclutado a la fuerza por un buque de guerra británico que lo intercepta en alta mar y que, en plena campaña napoleónica (nos encontramos en 1797, año del frustrado intento de Nelson de ocupar Tenerife, humillante derrota británica, convenientemente olvidada en Trafalgar Square y que al famoso almirante le costó un brazo), se dirige a las costas de España para mantener el bloqueo militar a la Europa ocupada por los franceses. Poco de esto, no obstante, impregna el drama principal de la película, dado que son las relaciones entre los tripulantes, la oficialidad y los marineros, las que cobran todo el protagonismo, en especial la de Billy con el mala sangre del maestro de armas (inconmensurable, como casi siempre, Robert Ryan). Continuar leyendo “Un Melville imprescindible: La fragata infernal”

Mis escenas favoritas – Grupo salvaje

La desaparición de la frontera, la imposibilidad de la revolución, último acto del viejo oeste, canto del cisne del western (con permiso de Clint Eastwood), callejón sin salida para sus héroes, espalda contra la pared, sin más camino que una muerte a tiro limpio, una lucha desesperada, sin huida posible, tan aceptada y conscientemente buscada como ineludible.

Grupo salvaje (The wild bunch), de Sam Peckinpah (1969). En recuerdo de una charla con buenos amigos en la noche zaragozana del pasado 21 de mayo.

Western psicológico de Anthony Mann: Colorado Jim

Puede considerarse una vergüenza para esta escalera no haberse ocupado antes del cine de Anthony Mann, director muy prolífico (llegó a acumular tres películas en un mismo año, 1953, ésta entre ellas) recordado sobre todo por su cine historicista y sus originales westerns pero cuya carrera cubre todo el espectro de géneros de su tiempo y con un nivel de calidad desde lo más que aceptable a lo sencillamente sublime. En particular, destacan sus filmes del oeste con James Stewart como principal seña de identidad (una colaboración que se prolongó en otros títulos alejados del western, como Música y lágrimas o Bahía negra, las otras producciones del mismo año), desde la colosal Winchester 73 a su tripleta Horizontes lejanos, Tierras lejanas y El hombre de Laramie, todas ellas magníficas y dotadas de un sello propio, de un estilo personal que huye de los espacios semidesérticos popularizados por los westerns de John Ford y se adentra en el norte, en las montañas nevadas, los ríos caudalosos y los bosques de zonas frías, que sustituye a los apaches, navajos o comanches por los sioux, los dakotas o los crow, y que busca la profundidad psicológica en los personajes por encima de la épica de la propia historia. Colorado Jim, obra maestra de una puesta en escena grandiosa, es la quintaesencia de este estilo tan personal.

Mann nos mete de lleno, sin innecesarios preámbulos y sin rodeos retóricos, en una historia de persecución y venganza. Jesse (Millard Mitchell) es un hombre mayor, casi anciano, que viaja por las tierras del norte en busca de oro y petróleo. Colorado Jim (única pega, para quien escribe, de la película, la ridiculez extrema del pseudónimo escogido por quien desea ocultar su verdadera identidad, Howard Kemp, al que da vida James Stewart y que se usó en España para fastidiar la hermosura del título original, La espuela desnuda) es un cazarrecompensas que va tras Ben Vandergroat (Robert Ryan), conocido forajido y asesino huido tras haber disparado a un sheriff y al que acompaña su joven protegida (Janet Leigh), medio hija adoptiva medio amante. Colorado ficha a Jesse como guía para seguir el rastro de los fugitivos, y a ellos se une Roy (Ralph Meeker), un soldado de la Unión licenciado con deshonor. Tras la captura de Ben, sin embargo, la armonía de los perseguidores parece romperse. El astuto bandido (genial interpretación de Ryan) no vacilará en aprovechar todos los elementos que posee a su favor a fin de sembrar la discordia entre ellos y provocar que se eliminen mutuamente a fin de poder acabar con el último y escapar. Así, usa los encantos de la chica con el fin de ganarse la confianza y la credulidad de Colorado y que ella pueda acabar con él a traición, al mismo tiempo que, mientras con fantasías sobre ocultas minas de oro va minando la moral de Jesse, revelando el precio de su cabeza -cinco mil dólares- consigue que éste y Roy empiecen a pensar más en el reparto del botín (o en cómo hacerse con una parte mayor, incluso con la parte de los demás) que en llevar al reo ante la justicia. Cuando la chica y los invitados a la fiesta conocen además que Howard-Colorado y Ben tienen una historia pasada juntos y que la mujer de Jim murió durante la guerra civil mientras él estaba con las tropas sudistas, el puzzle de secretos y mentiras está completo, y sólo la amenaza de los indios, heridos porque Roy ha violentado a la hija de un jefe de la tribu, consigue que la armonía se instale en el grupo en aras de la autodefensa, unos por salvar la vida, otros intentando encontrar una ocasión para huir, y otros pensando en una cuantiosa recompensa monetaria que puede volatilizarse. Continuar leyendo “Western psicológico de Anthony Mann: Colorado Jim”

El día más largo: momento crucial de nuestro presente

Los largos sollozos del otoño hieren mi corazon con monotona languidez (Paul Verlaine).

Estos versos sirvieron de mensaje cifrado a los aliados para advertir a la Resistencia europea de que se avecinaba el momento que llevaban un lustro esperando, del principio del fin de la Segunda Guerra Mundial, de la sangría que llevaba devastando Europa desde 1914 e incluso antes. Casi novecientos años después de que Guillermo el Conquistador cruzara el Canal de la Mancha con sus normandos y robara Inglaterra a los sajones, y apenas cuatro años después de que Hitler fracasara en esa misma invasión como habían fracasado antes Felipe II o Napoleón Bonaparte, tuvo lugar la operación militar más formidable de toda la Historia de la Humanidad: el traslado, esta vez haciendo el camino a la inversa, de más de tres millones de soldados y cientos de millones de toneladas de material en unas cuatro mil embarcaciones de todo tipo y con el apoyo de más de once mil aviones de combate, cientos de submarinos e incontables combatientes anónimos tras las líneas alemanas de la costa. El desembarco de Normandía, la operación Overlord, cuyo posible fracaso había sido ya asumido por escrito por los oficiales que la diseñaron (encabezados por Eisenhower, Montgomery o Patton, entre otros) en unas cartas ya firmadas que jamás vieron la luz hasta décadas más tarde, constituye un hecho de los más trascendentales de nuestra historia moderna. Primero, por la ubicación, ya que entre otros lugares para efectuar la operación entraban las costas españolas, con el fin de desalojar ya de paso a Franco (pero, curiosamente, fue Stalin quien se opuso por razones estratégicas y de urgencia, salvándole así el culo al dictador anticomunista), y además, porque los hechos que propició pusieron las bases de las modificaciones en el mapa de Europa que siguieron produciéndose durante décadas hasta convertirlo en el que conocemos hoy.

En 1962, el productor-estrella Darryl F. Zanuck, una de las piedras angulares del cine clásico americano, casi una leyenda, decidió llevar a la pantalla el novelón de Cornelius Ryan, adaptado por el propio autor, con una tripleta a los mandos de la dirección (Ken Annakin, Andrew Marton y Bernhard Wicki), para recrear de manera monumental y con un reparto de lujo hasta el mínimo detalle del desarrollo de la invasión de Europa el 6 de junio de 1944, el principio del fin del poder de los nazis en el continente. Con los épicos acordes de la pomposa música de ecos militares de Maurice Jarre (debidamente respaldada por los primeros instantes de la Quinta Sinfonía de Beethoven, tres puntos y una raya que en código trelegráfico identifican el signo de la victoria) y una maravillosa fotografía en blanco y negro ganadora del Premio de la Academia, la película recoge los largos prolegómenos de la invasión y las primeras horas de las tropas aliadas combatiendo en las playas de Normandía. Película de factura colectiva, adolece por tanto de una enorme falta de personalidad y se acoge al poder de lo narrado, apela continuamente a la épica y busca constantemente la trascendencia de frases de guión y encuadres superlativos, como forma de contrarrestar la frialdad y la distancia de una historia demasiado grande incluso para tres horas de metraje y que no puede ser contada de otra forma.

Con todas las carencias apuntadas en orden a su carácter impersonal, la película no carece de grandes momentos y de imágenes imperecederas. Continuar leyendo “El día más largo: momento crucial de nuestro presente”