Anatomía del juguete roto de Hollywood: The big knife (Robert Aldrich, 1955)

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Este drama de Robert Aldrich, premiado en Venecia con el León de Plata, titulado en España indistintamente La podadora o El gran cuchillo, parte de una obra teatral de Clifford Odets para ofrecer un retrato particularmente devastador del poder de Hollywood y de sus criaturas para destruir carreras, corromper espíritus, traicionar principios, devorar a sus hijos y asfixiar a sus semejantes.

Extraño artefacto fílmico deudor de los modos y maneras de la escena teatral, dependiente casi en exclusiva del texto, su fuerza principal radica en la intensidad de las interpretaciones del excelente y logrado reparto. Charlie Castle (Jack Palance) es un actor tan exigente consigo mismo como con la calidad de los proyectos en los que se embarca. No obstante, está muy descontento y frustrado con las películas que su draconiano contrato le ha obligado a protagonizar para Stanley Hoff (Rod Steiger), el magnate que controla el estudio, y que, a pesar de que han recaudado mucho dinero y han sido grandes éxitos, no han satisfecho a Charlie en lo “artístico”. Eso hace que se replantee la firma de un nuevo contrato con Hoff y que se vea sometido a un vaivén de aspiraciones e intereses contrapuestos, representados por dos de sus personas de confianza: la primera, su esposa, Marion (Ida Lupino), con la que se encuentra en trámites de divorcio, que desea que Charlie se libere de la tiranía de Hoff y pueda crecer personal y profesionalmente lejos de él, en cuyo caso podría reconsiderar la ruptura de su relación y rechazar la propuesta de matrimonio que le ha hecho el mejor amigo de Charlie, Hank (Wesley Addy), un escritor de Nueva York; la segunda, su representante, Nat (Everett Sloane), más pragmático y realista, que ve en las cifras del nuevo contrato la estabilidad profesional y la solvencia financiera que la carrera de Charlie precisa, además de un porcentaje seguro en sus propios emolumentos. Pero las dudas de Charlie van más allá de lo profesional porque Hoff, un tiburón sin escrúpulos, y Smiley (Wendell Corey), su lugarteniente y negociador, poseen cierta información sobre el pasado del actor que serían capaces de utilizar en su contra si este se negara a renovar su compromiso profesional con el estudio. ¿Qué pasó aquella noche en la que el coche de Charlie, después de salir de una fiesta algo bebido, atropelló a una niña y le provocó la muerte? ¿Quién conducía? ¿Quién acompañaba a Charlie en el coche? ¿Fue justa la condena a prisión de Mickey (Wesley Addy), amigo y asistente personal de Charlie, o bien se trató de una maniobra de Hoff para evitarle la cárcel a su máxima estrella? El dilema profesional se complica con el deseo personal: Charlie ama a Marion pero no puede evitar sus esporádicas aventuras extramatrimoniales -ahí están, por ejemplo, las amenazas de Connie (Jean Hagen), la esposa de su amigo y representante, Buddy (Paul Langton), o la de una de sus antiguas y ocasionales amantes, Dixie (Shelley Winters), ¿tal vez la chica que viajaba con él en el coche la noche que todo ocurrió?-, al tiempo que el rechazo del contrato es un requisito imprescindible para su futuro junto a ella; por otro lado, si no firma puede acabar en prisión, además de perder su estatus como estrella y su seguridad económica.

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El enrevesado y multidireccional planteamiento emocional concentra un pequeño microcosmos de Hollywood en el salón de la casa de Charlie, donde, salvo un puñado de escenas y breves transiciones, transcurre la parte central de la acción. No falta ni siquiera la entrometida cronista de chismes, al estilo de Louella Parsons o Hedda Hopper, llamada aquí Patty Benedict (Ilka Chase), que intenta sonsacar y presionar a Charlie y a sus seres más próximos para publicar la exclusiva de su divorcio. Convertido el salón en escenario principal, distintos de sus elementos decorativos o funcionales cobran especial relevancia y valor narrativo: la escalera de caracol, por donde ciertos personajes aparecen y desaparecen muy significativamente, y de donde proviene (en elipsis visual) la fatalidad de la secuencia final; el retrato picassiano que cuelga en un lugar central, y que alude continuamente a los matices crematísticos de las dudas y de los peligros que flotan en el ambiente; el mueble bar, lugar de búsqueda de inspiración o consuelo; el sofá, espacio para los agotados y los derrotados; el tocadiscos, mecanismo de expresión de la conciencia o del deseo de evadirse de ella; la galería, que separa el cargado interior del luminoso jardín exterior… Continuar leyendo “Anatomía del juguete roto de Hollywood: The big knife (Robert Aldrich, 1955)”

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Música para una banda sonora vital: En el calor de la noche (In the heat of the night, Norman Jewison, 1967)

Temazo de Ray Charles, titulado igual que la cinta, para esta película de Norman Jewison, espléndida en el tratamiento de la tensión racial que entonces (y ahora) vivían los Estados Unidos. El guión, basado en una novela de John Ball, centrado en la investigación de un asesinato en Sparta (Mississippi), que llevan a cabo el jefe de la policía local (Rod Steiger, qué manera de mascar chicle…) y un policía de Filadelfia (Sidney Poitier) que se encuentra de paso, señala tanto las incongruencias, miserias, contradicciones y trampas morales de los racistas del sur, como los prejuicios, recelos, desconfianzas y rencores de los planteamientos revanchistas de ciertos grupos militantes por los derechos civiles de la población negra. Nada que ver, por tanto, con ese cine de corte racial reivindicativo de los últimos años que, al calor de la administración Obama, ha creado productos de diseño políticamente correctos y rebozados en melosa moralina marca Oprah.

Tributo a Aldo Sambrell (1931-2010), el villano español por antonomasia

SAMBRELL-39Alfredo Sánchez Brell, Aldo Sambrell, es unos de los rostros más habituales y característicos del western europeo de los años sesenta y setenta, y, aunque estamos acostumbrados a verlo secundar a Clint Eastwood, Lee Van Cleef o Rod Steiger en las cintas de Sergio Leone, también uno de los actores españoles más prolíficos (en su filmografía reúne tres centenares de títulos de distintos géneros).

Su vida es en sí una película: hijo de militar republicano exiliado, criado entre España y México, estudiante de arte dramático en Estocolmo, futbolista del Puebla mexicano, del Alcoyano y del Rayo Vallecano, debutante en el cine español con Atraco a las tres, intervino en la pantalla junto a grandes como Ernest Borgnine, Orson Welles, Sean Connery, John Carradine, Yul Brynner, James Mason, Jack Palance, Alain Delon,  Anthony Quinn o Kirk Douglas, lo que lo convierte, a despecho de otros más mediáticos e inflados por la publicidad, en uno de los intérpretes españoles más internacionales y reconocidos.

Recuperamos aquí un corto documental sobre su figura.

Diálogos de celuloide – La ley del silencio

TERRY: Las hermanitas me molían a estacazos. Tenían este lema: “La letra, con sangre entra”. Pero las fastidié bien.

EDIE: Quizá no supieran manejarte.

TERRY: ¿Cómo lo harías tú?

EDIE: Con algo más de paciencia y ternura. Si no se pone un poco de bondad, se fracasa.

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TERRY: ¿No ve que me pide que delate a mi propio hermano? Y Johnny Friendly solía llevarme al béisbol de pequeño…

PADRE BARRY: Dejémoslo; no puedo aconsejarte nada. Ha de pedírtelo tu propia conciencia.

TERRY: ¿Conciencia? ¿Conciencia? Si uno la oye se vuelve loco.

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On the waterfront. Elia Kazan (1954).

El día más largo: momento crucial de nuestro presente

Los largos sollozos del otoño hieren mi corazon con monotona languidez (Paul Verlaine).

Estos versos sirvieron de mensaje cifrado a los aliados para advertir a la Resistencia europea de que se avecinaba el momento que llevaban un lustro esperando, del principio del fin de la Segunda Guerra Mundial, de la sangría que llevaba devastando Europa desde 1914 e incluso antes. Casi novecientos años después de que Guillermo el Conquistador cruzara el Canal de la Mancha con sus normandos y robara Inglaterra a los sajones, y apenas cuatro años después de que Hitler fracasara en esa misma invasión como habían fracasado antes Felipe II o Napoleón Bonaparte, tuvo lugar la operación militar más formidable de toda la Historia de la Humanidad: el traslado, esta vez haciendo el camino a la inversa, de más de tres millones de soldados y cientos de millones de toneladas de material en unas cuatro mil embarcaciones de todo tipo y con el apoyo de más de once mil aviones de combate, cientos de submarinos e incontables combatientes anónimos tras las líneas alemanas de la costa. El desembarco de Normandía, la operación Overlord, cuyo posible fracaso había sido ya asumido por escrito por los oficiales que la diseñaron (encabezados por Eisenhower, Montgomery o Patton, entre otros) en unas cartas ya firmadas que jamás vieron la luz hasta décadas más tarde, constituye un hecho de los más trascendentales de nuestra historia moderna. Primero, por la ubicación, ya que entre otros lugares para efectuar la operación entraban las costas españolas, con el fin de desalojar ya de paso a Franco (pero, curiosamente, fue Stalin quien se opuso por razones estratégicas y de urgencia, salvándole así el culo al dictador anticomunista), y además, porque los hechos que propició pusieron las bases de las modificaciones en el mapa de Europa que siguieron produciéndose durante décadas hasta convertirlo en el que conocemos hoy.

En 1962, el productor-estrella Darryl F. Zanuck, una de las piedras angulares del cine clásico americano, casi una leyenda, decidió llevar a la pantalla el novelón de Cornelius Ryan, adaptado por el propio autor, con una tripleta a los mandos de la dirección (Ken Annakin, Andrew Marton y Bernhard Wicki), para recrear de manera monumental y con un reparto de lujo hasta el mínimo detalle del desarrollo de la invasión de Europa el 6 de junio de 1944, el principio del fin del poder de los nazis en el continente. Con los épicos acordes de la pomposa música de ecos militares de Maurice Jarre (debidamente respaldada por los primeros instantes de la Quinta Sinfonía de Beethoven, tres puntos y una raya que en código trelegráfico identifican el signo de la victoria) y una maravillosa fotografía en blanco y negro ganadora del Premio de la Academia, la película recoge los largos prolegómenos de la invasión y las primeras horas de las tropas aliadas combatiendo en las playas de Normandía. Película de factura colectiva, adolece por tanto de una enorme falta de personalidad y se acoge al poder de lo narrado, apela continuamente a la épica y busca constantemente la trascendencia de frases de guión y encuadres superlativos, como forma de contrarrestar la frialdad y la distancia de una historia demasiado grande incluso para tres horas de metraje y que no puede ser contada de otra forma.

Con todas las carencias apuntadas en orden a su carácter impersonal, la película no carece de grandes momentos y de imágenes imperecederas. Continuar leyendo “El día más largo: momento crucial de nuestro presente”

CineCuentos – La tumba de Pasha ‘el perdedor’

En un rincón apartado y descuidado del Memorial Mamayev Kurgan de Volgogrado hay una tumba sin nombre apenas visible bajo la capa de tiempo que ha ido amontonándose sobre ella. Pero, según me cuenta Irina, la traductora sin cuya ayuda estaría perdido en mi viaje, Vasili, el anciano achacoso y encorvado que, luciendo orgulloso sus medallas descoloridas y oxidadas en el bolsillo de su raída americana oscura, hace de cicerone por este monumento al horror y la muerte, jamás deja de enseñarla a quienes, cada vez en menor número, se acercan a rendir homenaje a los dos millones de espectros de un pasado que nutre nuestro presente. Síganme, síganme, va repitiendo mientras asciende por la colina con un ánimo y una fuerza impropios de su edad en dirección al último muro de ladrillo que separa el complejo funerario de la hermosa pradera de flores silvestres que brotan para honrar los recuerdos, justo al otro extremo de la impresionante figura de piedra que, representando a la Madre Patria, desde lo alto de la colina, blande una enorme espada al cielo ruso. Al llegar por fin junto a la tumba, apenas una baldosa cuadrada de ni un metro de lado cubierta de césped y hierbajos, Vasili se detiene y nos observa curioso y divertido. ¿Sabe quién descansa aquí?, pregunta por la dulce voz de Irina. Aguarda con su sonrisa metálica y desdentada que me dé por vencido y entonces añade: el buen Pasha, el hombre cuya desgracia salvó mi vida.

A los diecisiete años, relata el anciano a través de Irina, yo había matado ya a media docena de hombres, casi todos alemanes, pero nunca había besado a una chica. Cuando llegué en el invierno del 42 no me hacía ilusiones de que fuera a salir de aquí con vida; nadie se las hacía. Pensé que moriría sin sentir los labios de una joven contra los míos, el calor de su cuerpo, la tensión de sus muslos… Y casi estuvo a punto de ser así, si Pavel, porque ya no era tan joven como para seguir llamándolo Pasha, no se hubiera cruzado en mi camino. Y jamás hubiera venido a Stalingrado a encontrar la muerte en mi lugar si, muchos años atrás, Larissa no le hubiera abandonado por Yuri Zhivago.

El viejo notó mi sorpesa cuando escuché por boca de Irina el nombre de Zhivago. La novela de Pasternak, la película de David Lean, con Omar Sharif, Julie Christie, bellísima, Alec Guinness, Rod Steiger… Una historia de amor ambientada en la Revolución Rusa y la posterior guerra civil, rodada en buena parte en Soria y con equipo y actores españoles. Pero, yo al menos, desconocía que la obra de Pasternak estuviera basada en personajes reales, de carne y hueso, personas a las que él hubiera podido conocer y tratar, y mucho menos que, a la larga, su historia fuera a desembocar entre las ruinas de Stalingrado, hoy Volgogrado, en el invierno de 1942-43, con la derrota de Paulus y el principio del fin del III Reich. Además, por lo que yo recordaba, Pasha había muerto mucho antes, se había suicidado al enterarse de la marcha de Lara con Komarovski o, capturado en la guerra civil por los rusos blancos, había logrado matarse antes de que lo fusilaran cerca de Yuriatin. Por supuesto, me dispuse a escuchar con la mayor atención todo lo que el anciano tuviera a bien decir mientras intentaba hacer memoria y recordar quién daba vida a Pasha en la película, el jovencito con gafas redondas y gorra a lo Trotski que, enamorado de Lara, la hermosa Lara, volcaba en la causa bolchevique toda su frustración, el desamor acumulado durante años… Sí, recordé al fin, Tom Courtenay. Un revolucionario por amor, quién lo diría viendo a Lenin o Stalin, a Beria o Molotov, los crímenes de Magadán o Kolymà.

Pero el viejo no dijo nada más. Hizo el signo ortodoxo de la cruz y ya daba media vuelta cuando, con la ayuda de Irina, le pedí que me contara algo más de Pasha. Pavel Antipov, se limitó a contestar, un perdedor. Se hizo bolchevique para olvidar el amor, dio lo mejor de su vida por una causa que creyó justa pero que terminó por desengañarle como a todos, para terminar aquí, uno más entre millones de fantasmas, sin nadie que lo recuerde, que sepa que, si Lara le hubiera amado, si él hubiera dedicado su vida a hacerla feliz, yo llevaría años muerto. Él me salvó, ni siquiera se sacrificó por un general, por el partido o por la patria; lo hizo por un humilde y desconocido carpintero de Novosibirsk. Gracias a él sobreviví a Stalingrado, y a Varsovia, y al frente húngaro, y al cruce del Elba, y a la toma de Berlín. Gracias a él me casé con una buena mujer, trabajé décadas en una fábrica de tractores. Gracias a él tuve dos hijos que ahora se ganan la vida en occidente…

¿Cómo ocurrió? ¿Cómo le salvó la vida?, le preguntó Irina traduciendo mis palabras. ¿Qué más da?, contestó. En la guerra ocurren esas cosas continuamente. A nadie le importan de verdad los Pavel Antipov de este mundo, sólo a mí. Ni siquiera quien relató su historia tuvo el detalle de dejar constancia para la posteridad del digno y heroico final que tuvo. Perdió su amor, perdió su vida y ha perdido hasta el recuerdo.

Tras limpiarse las lágrimas con un pañuelo sucio y lleno de agujeros, sacó algo del bolsillo de su americana, un libro pequeño y de pocas páginas. Trabajosamente, se inclinó sobre la tumba y lo colocó encima sujeto con una piedra. Sin más, echó a andar colina abajo.

Un momento después, levanté la piedra y ojeé el libro, una vieja edición de los poemas de Yuri Zhivago. En la primera página, la fotografía de una hermosa mujer de rasgos delicados, rubia, con el pelo recogido. Al pie, un texto. Irina lo leyó: “Larissa Fiodorovna Guishar”. Lara Antipovna.

Mis escenas favoritas – Doctor Zhivago

La grandiosa novela de Boris Pasternak fue llevada al cine en 1965 de forma magistral por el cineasta David Lean, financiada por el productor italiano Carlo Ponti con la colaboración de la infraestructura industrial montada en España por Samuel Bronston (la película está rodada, entre otras localizaciones, en Soria y alrededores). En su reparto cuenta con Omar Sharif, Rod Steiger, Geraldine Chaplin, Alec Guinness y una hermosísima Julie Christie, entre otros.

Junto a la escena de la carga de caballería, la represión por parte de las fuerzas zaristas de una manifestación pacífica organizada por el incipiente movimiento obrero ruso durante la crisis de la guerra rusojaponesa de 1905, una de mis favoritas en cuanto al retrato de la represión por parte del poder ejercida contra quienes reclaman justas demandas de igualdad, la primera escena de la cinta, el entierro de la madre de Yuri, resulta verdaderamente sobrecogedora. No sólo por tratarse de un funeral, sino porque en apenas unas pinceladas apunta dos de los hilos narrativos de la película y del momento histórico que retrata: la soledad del personaje central, por un lado, y la insignificancia del ser humano en relación con la inmensidad del enorme espacio ruso, detalle que resulta imprescindible para la comprensión de la idiosincrasia y de los avatares políticos de aquel país. Las grandes obras suelen tener comienzos formidables. Y este lo es.