Dos de espías berlineses (II): Funeral en Berlín (1966)

El mes pasado se cumplieron cincuenta años del nacimiento del James Bond cinematográfico en la piel de Sean Connery combatiendo contra el Dr. No. El grado de calidad y el éxito en taquilla de las tres primeras entregas de la saga propició un femonenal efecto de emulación, que consistió tanto en la adaptación de obras literarias en la estela de Ian Fleming con grandes presupuestos y estrellas como en una paralela y sorprendente corriente paródica que terminó impregnando a James Bond de su tono ligero y su banalidad durante el periodo protagonizado por Roger Moore. A la repercusión del pimer Casino Royale, codirigido, entre otros, por John Huston, de accidentado rodaje y estelar reparto, cinta en la que, partiendo del mismo Ian Fleming (cuyo hermano Peter, por cierto, estaba casado con Celia Johnson, la protagonista del Breve encuentro de David Lean), se parodiaba al Bond más canónico, hay que sumar la serie de películas del agente Matt Helm, protagonizadas por un Dean Martin cuya carrera en los sesenta consistió básicamente en reírse de sí mismo, e incluso una chorrada italiana protagonizada por el agente James Tont, cuyo Fiat 500 (como un 600 pero aún más pequeño) estaba lleno de gadgets. Entre las películas “serias” que consiguieron cierto grado de repercusión y apreciable calidad técnica y artística durante aquellos años destaca la saga del agente Harry Palmer (Michael Caine), prolongada durante 30 años, aunque solo a través de cinco películas (la última de ellas de 1996), que destaca porque su protagonista siempre está interpretado por el mismo actor, con lo que, a diferencia de Bond, el tiempo sí pasa por él. Una de las mejores entregas de las películas de Harry Palmer es la segunda de ellas, Funeral en Berlín (1966), que funciona como un negativo de James Bond, como un espejo de sus contrarios, y que resulta más “realista” y menos “superheroica” que las adaptaciones de 007. Parte fundamental del buen hacer de estas primeras entregas es que a los mandos se encontraran los productores de la propia saga Bond, Albert Broccoli y Harry Saltzman, y también el director Guy Hamilton, que participó nada menos que en cuatro películas de James Bond (James Bond contra Goldfinger, Diamantes para la eternidad, Vive y deja morir y El hombre de la pistola de oro).

Nacida de una novela de Len Deighton, el agente Palmer y sus avatares personales y profesionales están desprovistos de todas las notas características que acompañan a James Bond. En primer lugar, su nombre (en la novela el agente permanece anónimo); cuenta la leyenda que el nombre de Harry Palmer surgió de una conversación entre Saltzman y Caine, en la que éste eligió el nombre más soso en inglés y el apellido del compañero de escuela más anodino y aburrido que podía recordar. Por otro lado, su aspecto y su forma de vida: las únicas veleidades que se permite Palmer son su gusto por la música clásica y su afición a ser un cocinillas. Por lo demás, es un tipo reclutado a la fuerza en los servicios secretos británicos (cogido en una falta que debe compensar sirviendo a las autoridades de Su Majestad), que viste vulgarmente (trajes idénticos unos con otros y una gabardina de lo más corriente), vive en un apartamento pequeño y desastrado, trabaja fichando de nueve a cinco y usa unas enormes y antiestéticas gafas de pasta. Su físico tampoco es para tirar cohetes, y no posee habilidades especiales, ni buena puntería, ni fuerza física, ni conocimientos o capacidades destacables, excepto su instinto y su brillante ingenio, el cual suele servirle sobre todo para contemplar la vida desde un punto de vista escéptico y cínico, y para emitir réplicas sardónicas a los comentarios de jefes y compañeros. Pero, lo más importante: Harry Palmer, un reconocido don nadie, es perfectamente prescindible. Por eso se le envía a las misiones más arriesgadas y peligrosas, las que más sospechas pueden despertar en cuanto a posibilidades de ambigüedad, traición, desaparición o muerte. Por eso cuando el servicio secreto británico tiene conocimiento de que el veterano coronel Stock (el gran Oscar Homolka), jefe del espionaje soviético en Berlín Este, tiene intención de desertar, es Palmer el enviado a la capital alemana para ponerse en contacto con él y establecer el plan de fuga. La única ayuda con la que cuenta es con la de su amigo Johnny (Paul Husbschmid), otro agente británico, un alemán de origen que ha prestado excelentes servicios al MI5. Sin embargo, surgen dos complicaciones: por un lado, un experto en fugas de Alemania del Este, cuya actuación y relaciones con Palmer resultan ser más turbias de lo que parecen; por otro, una atractiva joven (Eva Renzi) entra en contacto con Harry, empeñada en seducirlo. Como él no es Bond, se da cuenta de que tan repentina atracción no puede ser “natural”, y por tanto le sigue el juego hasta descubrir que es una agente israelí. El caso se complica, y lo que al principio no es más que la complicada deserción de un importante militar soviético se convierte en una espiral de muertes, persecuciones, mentiras y dobles juegos en torno a la figura de un antiguo nazi desaparecido y de los documentos que pueden confirmar su identidad actual.

Alejado de escenarios exóticos, de locales ‘glamourosos’, de localizaciones naturales apabullantes, la película se acerca más a las truculencias y a los lúgubres y sombríos ambientes que deben servir de escenario a la auténtica labor de espionaje. Igualmente, los personajes que transitan por la trama son oscuros, ambivalentes, tramposos, siempre movidos por mecanismos ocultos que alteran sus lealtades o flexibilizan su moral. Continuar leyendo “Dos de espías berlineses (II): Funeral en Berlín (1966)”

Cine en serie – Casino Royale

PÓKER DE FOTOGRAMAS (VII)

Y James Bond resucitó. Tras languidecer varios años en continuas secuelas que, desde los tiempos inmemoriales de Sean Connery como agente 007 y el humor y la fina ironía autoparódica de Roger Moore, hacían perder fuelle y gracia a cada nueva entrega, Martin Campbell, realizador británico responsable en los noventa del primer intento (frustrado) de resurrección del personaje (Goldeneye, 1995), dio en el clavo con más pericia que verdadero talento en la, por fin, vuelta de Casino Royale a la matriz de la franquicia original de la saga 007 tras la cuestión de derechos que permitió la existencia de esa rareza coral de reparto inigualable filmada en 1967 al margen y como parodia del Bond oficial.

En 2006 se recuperó por tanto el espíritu de las obras de Ian Fleming con este retroceso a los primeros tiempos de James Bond (Daniel Craig) como agente doble cero y su primera misión en busca del banquero del terrorismo internacional, un individuo llamado Le Chiffre (Mads Mikkelsen), al cual debe derrotar en una multimillonaria partida de poker a celebrar en el Gran Casino de Montenegro, a fin de hacerlo depender de la voluntad de los servicios secretos británicos y poder sonsacarle así toda la información posible. Bond es asistido por una agente del tesoro, Vesper (Eva Green), con la que, además de compartir trampas y peligros, termina compartiendo cama. Como siempre, pero de manera distinta: porque es la primera vez que Bond se compromete verdaderamente con una mujer, hasta el punto de que algunos de los sucesos que rodean a ese compromiso cambiarán su existencia para siempre.

Por encima de la película en conjunto, magnífico vehículo para la acción y la violencia pero narración imperfecta, en algunos puntos incluso ridícula (determinadas frases de guión, las maniobras auto-reanimatorias de Bond gracias a un marciano botiquín de primeros auxilios incluido como gadget en su flamante coche, el retrato de Montenegro como una especie de Costa Azul en la que todo el mundo habla francés y los coches de lujo se dan la mano con los edificios señoriales y de solera), destacan ciertos aspectos sueltos que, unidos, no logran convertir la cinta en algo verdaderamente apreciable por más que sí suponga revitalizar una saga que daba síntomas, no ya de agotamiento, sino de muerte cerebral. En primer lugar, la figura de Daniel Craig. Su contratación como Bond supone una declaración de intenciones: la vuelta al 007 original, al literario, al personaje que, más allá de las banalidades del lujo y del glamour (sea lo que sea eso) es tosco, violento, salvaje e indisciplinado. El físico rompedor de Craig en este aspecto, sus rasgos fuera del canon habitual del galán y su brutal presencia, conducen a otra forma de entender a Bond inexplorada hasta ahora en el cine más allá de momentos puntuales que salpican la saga. Ello no deja de causar una sensación algo extraña, ya que asistimos con la estética y las técnicas más recientes al nacimiento de un personaje y a algunas de sus claves más reconocibles (cómo llega a hacerse con su famoso Aston Martin o el surgimiento de su gusto por el Martini con vodka mezclado, no agitado) al que hemos acompañado en una veintena larga de títulos y cuyas características ya conocíamos, al menos en parte, aunque alejado en algunos aspectos del Bond literario, y a la vez a la puesta al día formal de una saga que abarca cinco décadas diferentes.

Otro aspecto destacable es el cuerpo central y el clímax de la película. Lejos de encontrarse en las habituales escenas de acción, riesgo, persecuciones, tiroteos y destrucción del personaje negativo, aunque estos aspectos sigan muy presentes, hay que añadir el contenido emocional de la historia de amor (más allá del sexo) y, sobre todo, el hecho de situar las claves de la trama en una gran apuesta de dinero al poker narrada al estilo clásico, con sus lugares comunes (meticulosa y bellamente filmados) ligados a la tensión entre jugadores, la figura de los mirones, los nervios y la tensión palpables, los destinos dependientes de un giro del destino en forma de carta, la pérdida o ganancia de auténticas fortunas en un breve instante y, por encima de todo, del concepto de farol. Continuar leyendo “Cine en serie – Casino Royale”

La tienda de los horrores – El santo

El amigo Val Kilmer, actor de cartón piedra que ocasionalmente y de chiripa ha realizado buenas interpretaciones (como en The doors, por ejemplo) parece pedir excusas por su actuación en este fotograma extraído de uno de los mayores blufs del cine reciente, el intento de rescate de una de las míticas series televisivas de los setenta y su conversión en saga cinematográfica al más puro estilo James Bond (cuando hace dos décadas fueron las películas de Bond las que echaron mano de Roger Moore, protagonista de El Santo para revitalizar a 007) para disfrute de amantes del cine de acción y de espionaje y satisfacción de los estudios que pretendían sacarse de la manga otra franquicia rentable llena de cosas que poco o nada tienen que ver con el cine. El intento se quedó en caricatura.

Dirigida por Philip Noyce, que ya nos tiene acostumbrados a mezclar en su filmografía alguna que otra cinta interesante con otras profundamente banales, la película pretende enlazar su trama con el origen de Simon Templar, su infancia en un duro orfanato y su conversión en el ladrón más eficaz de todos los tiempos. Realmente este comienzo es, junto con los sucesivos y en ocasiones sorprendentes cambios de personalidad de Kilmer que, cual glamouroso Mortadelo muda de apariencia cada dos por tres para resguardar su identidad, lo mejor de una película que cuando se centra en la historia que pretende contar se convierte en un absurdo: Continuar leyendo “La tienda de los horrores – El santo”

Adiós a Deborah Kerr y Lois Maxwell

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El pasado 16 de octubre nos ha dejado la gran actriz escocesa Deborah Kerr, la pelirroja por excelencia de la Historia del cine (con permiso de Rita Hayworth). Retirada desde 1985, permanecía apartada de los medios de comunicación debido al avance rápido e imparable de la enfermedad de Parkinson que sufría.
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